Brunetina y la avaricia

Brunetina lo intenta repasar por última vez mentalmente, no sea que se le haya escapado algo: el bikini, la ropa de la playa, la de salir por la noche, los tacones, los esmaltes de uñas, las cremas, perfume, bolso de diario, bolso de salir, revistas de cotilleo. Yo creo que está todo, piensa dubitativa. Aunque, a decir verdad, puede que necesite llevar más cosas. Porque luego Carmen siempre está venga a pedirme la crema, María que si le presto el clutch, Isa que si el esmalte para la pedicura. ¡No hacen más que pedir! Y encima se enfadan si no les presto las cosas. Pero, ¡es que son mías! Y, lo que yo digo, ¿por qué se las tengo que dejar? ¿Dónde está escrito que lo mío es suyo? Si quieren crema o esmalte o bolsos, que se los compren. O que hagan la maleta con tiempo. Que parece que soy la única que tiene que estar pendiente de esas cosas. Pues no, este verano no me pasa. No voy a ser la santa del grupo, que siempre me pasa lo mismo. Y encima me critican por ponerles pegas. ¿Por qué no se las voy a poner? ¿Acaso tengo que poner mis cosas al servicio de la primera despistada que pasa por la puerta? Ni hablar, por ahí sí que no. Este año que se busquen la vida.

Se pasea descalza por el pasillo con sus piececitos con una perfecta pedicura en tonos azul cielo y una tobillera de pequeñas perlas nacaradas, un regalo de su ex. De Raúl. No era mal chico, pero… aquello no podía cuajar. Otro que no hacía más que quejarse de que le costaba compartir. ¿Costarme? ¿A mí? A ver, que no me importarte prestarte algo en caso de necesidad, pero es que no entiendo que tenga que estar todo rato encima de ti. ¿Tengo pinta de ser tu madre? Yo creo que no. Por lo tanto, me parece que no soy la que debe prestarte dinero cuando el cajero no funciona. Y a ver dónde dejamos lo de los viajes. Que por sistema teníamos que hacer un fondo común para las comidas. ¿Y eso? ¿Por? ¿Dónde está escrito que haya que compartir gastos? Porque, hasta donde yo sé, no hay una ley escrita al respecto. Por lo tanto, si quieres comer en tal o cual sitio, vamos. Pero, eso sí, cuando llegue la cuenta, pagamos a escote. Que somos novios, no siameses. Y yo no tengo por qué pagar tu cerveza de más o ese chupito de hierbas que has decidido tomar en el último momento. Además, con ese dinero que me ahorro puedo luego comprarme algo el mes que viene. Que me cuesta mucho trabajo ganarme el sueldo para ahora tener que desperdiciarlo con el primero que pasa por la puerta en antojos suyos. Porque son antojos suyos, que no míos. Con lo cual, no estoy interesada. Y no pienso pedir disculpas por ello.

A Brunetina le vienen a la cabeza todos esos cumpleaños pasados, todos esos regalos recibidos y todas las quejas. Porque parece que lo que ella regalaba no caía demasiado en gracia. Veamos, piensa, es que tampoco creo que esto sea una competición. ¿Que él quiere regalarme unos Manolos? Pues, oye, gracias. Lo agradezco de corazón. Y se lo hago saber. Pero eso imagino que no quiere decir que debo corresponderle igual cuando llegue su día. Porque las cosas que a él le gustan (bueno, gustaban, claro) son bastante caras y prefiero guardar ese dinero para el futuro. Que no quieres más por gastarte más dinero, ¿no? Pues eso, entonces no entiendo sus quejas ni sus malas caras ni sus días sin hablarme. Ni tampoco considero oportuno el tener que darle explicaciones. Que sí, que vale, que a lo mejor aquella vez que le regalé un masaje de 20 minutos en un spa no acerté en exceso. Pero tampoco tiene que ponerse de tan mal humor si al día siguiente me ve con mi anillo nuevo de Tous con piedras preciosas. Porque eso es un capricho que tuve y que no pude evitar comprar. Tiene que entender que, siendo mi dinero, puedo hacer lo que quiera con él. Y no se me pasaría por la cabeza decirle cómo administrar su salario. ¿Cómo es posible que él ose hacer algo así? Desde luego, es algo que no tiene ni pies ni cabeza.

Bueno, que es mejor no darle más vueltas. Que eso ya es agua pasada y no me interesa remover recuerdos incómodos. Como Brunetina que me llamo que ese aún se está arrepintiendo de haberme dejado. Porque eso fue uno de los grandes errores de su vida. ¿Dejarme él a mí? ¿En qué cabeza cabe? En la suya, porque en la de un hombre normal y sensato, no. Y mucho menos insinuar que soy avariciosa. Eso ya es algo que mejor ni pienso, porque me pongo de mal humor.

Pues, a lo que iba, voy a ir avisando a las chicas de la hora a la que nos vemos mañana. Y les recuerdo que por favor saquen dinero y comprueben que les funcionan las tarjetas de crédito. Y que nada de ir a restaurantes de esos que tanto les gustan de postureo, no, que eso es tirar el dinero. Y a ver si diciendo que no olviden las cremas tengo suerte. Y esperemos que no tengamos que compartir raciones, porque lo de compartir comida me parece lo peor. No creo que tenga que repartir mi plato entre las presentes, ¿con qué fin? Con el de comer menos que ellas – no lo veo bien. Y esperemos que no me pidan el cargador del móvil ni intenten hacer alguna llamada con mi teléfono, porque luego siempre estamos con lo mismo. ¿Acaso somos una comuna hippy? ¿Es que hay que compartirlo todo? No he salido y ya tengo ganas de volver. Es que con gente tan despreocupada no se puede ir a ninguna parte.

Brunetina y la gula

Salado pero sin estar demasiado curado, como a mí me gusta. Justo en su punto. De ese que tiene un buen corte. Tan bueno y tan bien curado que al ponerlo sobre la lengua y presionar sobre el paladar te deja un regusto… con un lejano toque añejo, pero sin serlo al cien por cien. De esos que te hacen segregar más saliva. De esos que te hacen cerrar los ojos para saborearlos mejor. Qué gusto, este jamón está de muerte. Aunque, bueno, lo que me voy a morir es cuando pidamos la cuenta. ¿Cuántas tapas me he tomado? Para variar, más que los demás. Qué digo más, muchas más. Y ya me van a empezar a mirar raro. Porque, claro, luego me quejo de estos kilos que me sobran y nadie se atreve a decirme que quizás alguna que otra tapa menos podría ayudar a mejorar mi físico.

Veamos, hagamos recuento. Serían: dos de jamón (con su extra de pan con tomate), una de pulpo a la brasa, una de albóndigas, una de ensaladilla, una de bravas, una pulguita de sobrasada y otra de roquefort con anchoas. Bueno, que también me he ventilado la ración de alioli del principio y las aceitunas (además de los frutos secos). Menos mal que eso no nos lo cobran. Bueno, les digo que ahora me subo a casa y no como y fijo que me creen (eso espero).

Vale, me han mirado regular pero he podido subir a casa sin problemas. Sin que se auto invite nadie, que a ver cómo finjo que no como nada más con esta gente pululando por el piso. Por cierto, ¿tenía medio sándwich en el frigo? Juraría que sí, lo que me sobró del desayuno de esta mañana. ¡Míralo! Qué rico, me lo como mientras pienso lo que me puedo cocinar…

Ya sé, voy a prepararme una lasaña. Puede que tarde un rato, pero no pasa nada. Es lo que me apetece. Tengo todos los ingredientes y el cuerpo me pide carne, pasta y bechamel. Que encima me sale una bechamel para chuparse los dedos. Y, vale, puede que no esté en la dieta que pasó la nutricionista… pero por una vez no creo que pase nada. ¡Un día es un día! Venga, me pongo con ello.

Creo que a lo mejor se me ha ido un poco la mano. Porque iba a tomarme una porción y poco a poco… me he acabado la bandeja entera. Que sí, que la lasaña estaba riquísima. ¡Pero yo no tenía hambre! No sé lo que me pasa. Es comer por comer. Pero, oye, qué rica. Yo creo que después de esto sólo me queda un postrecito. Algo dulce para poder hacer bien la digestión.

¿Dónde estaba la caja de donuts del Dunkin? Ah, sí. Al final la guardé en esa repisa de la izquierda para no tenerla en medio. Pues, venga, cojo uno solamente y me lo tomo viendo la tele. Aunque me da pereza coger un plato. Mejor me llevo la caja al salón y escojo allí el que me apetezca. Que son seis, pero lo mismo… me tomo dos en lugar de uno. Ya veremos.

Empezamos por este relleno de chocolate con KitKat por encima. ¡Qué rico! Mmmm, no puedo evitar cerrar los ojos. Noto la textura del chocolate en la lengua, la subo al paladar. Qué intensidad de sabor. Ese punto justo de cremosidad y dulzura sin excederse en el azúcar. Y qué decir de la masa del donut, que se deshace en la boca.

Pensándolo mejor, me tomo otro. Al fin y al cabo, ¿no se venden en packs de dos? Pues el de Coco me lo tomo sin darle más vueltas. Me está poniendo ojitos… ¡magia en tu boca! Ese sabor a coco, qué fresco. Qué bien encaja con la masa dulce.

De acuerdo, dos parecían más que suficientes. Y no tengo hambre. Aunque me temo que me voy a tener que tomar también el de Selva Negra y ese otro con relleno de chocolate blanco. Harían cuatro en total. Tampoco es una barbaridad, ¿no? Que no es por hambre, pero no soy capaz de evitarlo. ¡Están tan ricos!

Creo que me ha sonado el móvil. Mira, es Graciela: «Brunetina, ¿te vienes a tapear esta noche a las 10? Vamos al bar de Carlos». ¡Anda! Pues ahora mismo le contesto. Pero al bar de Carlos, no. Que esas tapas son raquíticas. Les voy a proponer ir al buffet de la calle de al lado. En ese puedes comer hasta llenarte por 10 euros. Y, la verdad, pudiendo comer así… para qué vamos a ir de tapas.

Que no tengo hambre, la verdad. Pero es que me llama más el poder comer sin límite. Y, digo yo, ¿esto que yo hago no tendrá un nombre? ¿No había un pecado capital así?