Brunetina y las modas (II)

Es curiosa la moda, nunca deja de sorprendernos. Más que nada, porque parece que todo estaba ya inventado y sólo era cuestión de recuperarlo del baúl de los recuerdos. Coges una plataforma de cuando tenías 15 años, le quitas un poco el polvo, le añades unos pitillos… ¡y tienes tu atuendo listo!

Parece que nos hayamos quedado sin ideas, o quizás se cumple aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y, siguiendo esa máxima, salen del fondo del armario cosas que ya creíamos olvidadas. Por ejemplo, las plataformas de más arriba. O los leggins (que antes se llamaban mallas, pero son lo mismo). De hecho, este otoño vuelven los clásicos que se sujetaban con la planta del pie. Era muy práctico para que aquello tan elástico no se te subiera y acabaras pareciendo Induráin, pero también hay que reconocer que no es demasiado estético.

Cada vez que veo un body me acuerdo de Madonna en sus tiempos mozos (cuando no fingía que era una madre seria que le prohíbe ver la tele a su hija). Y cuando me topo con los shorts de tiro alto no puedo evitar acodarme de Sensación de Vivir. Aunque lo que conseguimos, se ve que es nuestro aporte, es coger lo de otra época y hacerlo con menos tela. Porque los bodies antes tapaban mucho, tenían hasta mangas – y ahora son “lenceros” y casi tienen menos tela que un bañador. Y los shorts, pues, qué decir de ellos. Enseñas tanto culo con uno de ellos puesto que estarías mucho más recatada saliendo en ropa interior a la calle.

Y eso me lleva al tema candente: ¿qué cosas veis por la calle? El verano es curioso, cuanto menos, por no decir temible. Yo es que es llegar primavera y ver a la gente empezar a lanzar ropa por los aires (aunque haga 12 grados, nos da igual, ya queremos ir como nos trajeron al mundo en cuanto olemos de lejos al verano)… y temerme lo peor. Porque es bien cierto que la gente ahora se cuida mucho más que hace 20 años, por lo que te rodean cuerpazos allá por donde vayas. Pero también hay que reconocer que no siempre te topas con esas personas, y no todas las personas tienen espejos en sus casas (o amigas que las quieran). Y al grito de “quiérete a ti mismo, eres un dios del olimpo”, las hordas se afanan por ponerse todo lo que consideran veraniego en un claro intento de estar guapos, cómodos, fresquitos y sexies. Sí, señores, todo eso a la vez. Y no siendo un ángel de VS, es complicado. Porque ellas están guapas hasta con una bolsa de basura por vestido y el pelo sin lavar en un moño feo, pero el resto de los mortales debemos seguir una serie de normas de conducta. Por nuestro bien y, sobre todo, por el de todos aquellos que nos rodean.

Con lo cual… es asomarse Lorenzo con más fuerza de lo habitual y empezar a desplegarse el hortera máximo por todas partes. Desparecen los abrigos (una pena), se olvidan los vaqueros (más pena aún), dejan de existir los zapatos (oh, drama) y empieza la pasarela de la calle de turno. Si tienes suerte y vives en una ciudad en la que haga mucho calor, podrás toparte con un número alto de especímenes con un nulo sentido de la moda. Y entretenerte mucho, a la vez que pierdes la fe en la humanidad para siempre.

Así que te topas con personas con un dudoso atractivo físico – estoy siendo todo lo educada que puedo – y un gusto nulo para la moda. ¿Dónde está la fashion police cuando se la necesita? Te encuentras un chorreo de camisetas de colores estridentes, tejidos complejos (¿licra?), sin mangas, quizás cortas (enseñando la barriga sexy y el piercing)… con poca tela y estilo duro de ver sin tener escalofríos. Luego te fijas en la parte inferior del tronco y no sabes lo que hacer salvo usar una cucharilla del café para arrancarte los ojos – esas imágenes se han grabado en tus retinas para siempre y serán fruto de pesadillas recurrentes en tus próximos meses. Ves que las posaderas y piernas se cubren de… poca cosa. Básicamente de una mezcolanza de faldas, pantalones cortos, ropa deportiva (corta, de nuevo) que nada tiene que ver con la parte superior salvo el que es igual de hortera, tapa igual de poco y te duele lo mismo mirarla. Y… cuando llegas a los pies, cuando crees haberlo visto todo descubres que aún te quedaba lo mejor. Te topas con pies de Frodo, con uñas mejilloneras, con sequedades, callos, deformaciones, hongos, manchas… todo ello en un calzado que para nada debería llevarse andando por una calle, y mucho menos si careces de unos pies de princesa japonesa. Se trata de chanclas o sandalias o cualquier tipo de diseño de cosa que cubre el pie que en realidad es una suela (mala) con algo encima que sujeta a duras penas el pie y que NUNCA lo cubre. No favorece, no sujeta, no ayuda a andar bien y encima nos brinda a todos el dantesco espectáculo de ver esas terminaciones de piernas que nunca deberían conocer la luz del sol.

Y todo eso ocurre a 40 grados a la sombra. Y no te explicas por qué, y no ves la hora de que llegue de nuevo el invierno. Porque al menos se verán obligados a esconder su mal gusto bajo algún abrigo o bota (si, por favor, unas botas) y podrás pasear tranquilamente sin miedo. Miedo a los pies apestosos, a los sobacos malolientes, a la carne a la vista que debería estar escondida. Miedo al mal gusto que invade a una gran parte de la población cuando hace calor.

Ya has perdido la esperanza de que la gente se descubra la cabeza al entrar en los sitios (no, no se debe llevar sombrero ni gorro ni gorra bajo techo), pero quieres pensar que al menos aún te queda ese momento del año en el que una buena capa todo lo tapa. Dios bendiga al invierno.

Brunetina y las modas (I)

¿Os habéis dado cuenta de la angustia que tiene la gente con Pokémon Go? Que si es un comecocos, que si la juventud ha perdido el norte, que si a ver cómo es posible que esas personas sean los que nos vayan a pagar la jubilación.

Ok, parece que es el fin del mundo. Parece que nadie recuerde nuestras distracciones (altamente intelectuales) del pasado. ¿Nadie se acuerda de a qué dedicábamos las horas de clase en el instituto? Nos dio por coger el boli Bic (casi siempre sin capucha y mordido, a medio gastar) y dedicarnos a intentar hacerlo girar en una sola vuelta perfecta sin que se nos cayera de los dos dedos con los que sujetábamos. ¡Tachán! Magia, sorpresa. A eso dedicábamos horas, no nos engañemos. Coge el boli, sujétalo con fuerza, apoya bien, decide los dedos que vas a utilizar para impulsarlo y… ¡a por ello! Una, dos, tres, cuatro… cien mil veces. Ay, que se me cae. Vaya, es que no me da la vuelta completa. Oye, ¿me ayudas? Que no me sale bien.

Un boli Bic mordido dando vueltas en la mano con la que escribieras. Esa actividad altamente intelectualoide era nuestra pasión. La nuestra, la de todos los que nos echamos la mano a la cabeza porque las personas que nos rodean saquen su teléfono y cacen unos animalitos de colores andando por la calle lanzándoles una bola. ¡Se acaba el mundo! ¡La gente ya no le da vueltas al boli Bic! ¿Qué va a ser de nosotros?

Qué agoreros somos, y qué poco originales. Llevan las generaciones quejándose de las nuevas ideas/distracciones/avances/ocurrencias toda la vida, desde que el mundo es mundo. Me imagino al primero que vio un mechero y pensó: la humanidad está perdida, lo bueno era frotar dos palitos y soplar, para que siete horas después saliera algo de calor (o una llama, aunque lo dudamos). Y cuando inventaron la fregona, esa señorona de armas tomar diciendo que a ver cómo iban a quedar los suelos, que lo suyo es ponerse de rodillas y frotar con un cepillo. Que al que algo quiere, algo le cuesta.

¿Sigo? Por mí, encantada. No será por falta de ejemplos. Nuestros antepasados se dedicaban a ir al circo y ver cómo unos bellos animales se zampaban a los pobres mártires del momento (cristianos en su mayoría, aunque a falta de un buen cristiano… el primer despistado que pasara se caía al foso). Luego están los que se zampaban banquetes en los que había tanta comida que necesitaban vomitar para poder seguir la fiesta. No, no se les ocurría que a lo mejor no era sano. Lo seguían haciendo y encima se les aplaude por ello. Con el paso del tiempo se nos fueron ocurriendo distracciones varias, aunque (para nuestra desgracia) las que más gustaban eran las que tuvieran mucha sangre/tortura/sufrimiento. Cuando nos creíamos más avanzados, dejamos de lado la tortura… aunque seguimos entreteniéndonos haciéndoles barbaridades a los animales. Como no se queja, siempre es más fácil tirar a la cabra de lo alto del campanario que echar a un pobre a los leones. ¿Os fascinan los petardos? ¿Sí? Pues enhorabuena, hay una fiesta dedicada a quemar unas figuras (muy bien diseñadas, dicho sea de paso) que anima a los participantes a celebrar con cohetes ese santo durante esa semana. Una actividad peligrosa, que a los humanos les crispa los nervios y a los animales los llena de pavor y provoca que hagan verdaderas locuras presas del pánico. No hablemos de correr por adoquines borrachos perseguidos por toros bravos, porque no quisiera herir sensibilidades (en exceso). Eso, señores, es lo que nos entretiene y aplaudimos. En nuestro día a día, sin temblarnos el pulso. Así somos y así seremos.

Y yo planteo lo siguiente: ¿a qué tenemos tanto miedo? ¿Por qué nos creemos que estar cuatro horas pegado al sofá viendo series de Netflix o vídeos de gatitos en YouTube es mejor que jugar a cazar bichos con el móvil? Al menos ellos se están moviendo, y eso nadie puede negar que sea positivo. Andar es bueno para la salud. Sí, andar sin mirar puede llevar a que te atropellen y te mueras (pero eso es otro asunto, quizás tenga que ver con la selección natural – y no hace falta meterse en camisas de once varas).

Es un fenómeno, una moda – claro que sí, como otra cualquiera. La que corresponde ahora porque vivimos pegados a los móviles y aquel que inventara un juego que aunara internet, teléfono y paseos tenía el éxito asegurado. Y esas personas que juegan no molestan, o no a mí, al menos. Porque están con su teléfono, consumiendo sus datos, paseando por donde les place y parándose a hacer fotos cuando les apetece. No gritan, no insultan, no atacan a nadie, no atracan, no roban, no estafan, no destrozan el mobiliario urbano. En definitiva: están empleando su tiempo en lo que les viene en gana sin meterse en vidas ajenas, no creo que merezcan ser linchados.

Intentemos, por una vez, ver la cara buena de la situación: gracias a ese juego muchas personas se han levantado del sofá. Gracias a ese juego muchas personas han socializado con otras en un parque. Gracias a ese juego cientos de personas quedan para hacer algo en común en una plaza. Ese juego no nos ha hecho más solitarios sino al contrario. Es la primera vez que un avance tecnológico nos anima a juntarnos, a comunicarnos, a hablarnos para compartir trucos, a intentar vivir en sociedad gregaria y no como islas. Por lo tanto, yo aplaudo al invento y le doy la bienvenida a la sana intención de hacernos ser menos asociales. Eso sí, por favor, que empiecen a mirar por dónde andan y que no dejen los coches en mitad de la carretera para ir a cazar algo. Porque eso, sí, es de anormales. Por favor: jueguen con cabeza.