Brunetina y el mar

A Brunetina no le gusta la playa, vaya eso por delante. Y no es que tenga algo en contra de la arena, o del mar y sus olas. Es que solo de pensar en tener que ponerse al sol a las cuatro de la tarde en julio, rodeada de familiones, con niños corriendo alrededor llenándole la toalla de arena, señoronas contando el cotilleo de la Esteban a voces a sus amigas, grupos de adolescentes oyendo trap a toda pastilla en el móvil mientras intentan encontrar la pose que más abdominales y biceps les saque – mientras ellas se hacen el selfie de rigor poniendo morritos y sacando pecho, la orilla llena de algas, el mar lleno de basura, la arena – que te abrasa los pies – con sus correspondientes colillas y latas de resfrescos abandonadas, el coche aparcado a 3km porque era imposible dejarlo cerca de la playa – con gorrilla o sin él… solo de pensar en ese escenario le hace querer abrir el armario e irse al mundo de Narnia de cabeza, con un buen abrigo de plumas y una bufanda a juego.

Pero el mar, ay, eso ya es otra cosa. Porque estar en el sofá tirada y pensando en por qué hace 40 grados y cuándo volverá el frío… mientras alarga la mano para coger el mando a distancia del aire acondicionado, no es vida. Lo que realmente apetece es coger un bañador retro, una toalla, un capazo y salir hacia la playa. Y encontrar aparcamiento a la primera, nada de levante, un poco de sol – pero no en exceso-, tener una sombrilla, poder plantarla cerca de la orilla, para que la brisa marina le refresque la piel mientras ve las olas romper y a las gaviotas de lejos. ¿Número de personas en la playa? Pocas, y silenciosas. Un señor mayor dando un paseo por la orilla, una mujer tomando el sol en su hamaca, una parejita en la orilla intentando entrar en el agua de a poquitos, tres niños haciendo un castillo de arena con la concentración de un adulto haciendo un sudoku. Una amalgama de personas, vidas cruzadas, sensaciones, situaciones… con el mar de fondo. El mar frío, sin algas, limpio. Las olas rompiendo con fuerza, pero no tanta como para que ondee la bandera roja. Ir hacia ellas poco a poco, sin prisa, respirando el aire puro y evitando molestar a los niños del castillo en el camino. Poner los pies en el agua y sentir el frío recorrer desde la punta de los dedos hasta la nuca. Esa sensación de frescor, de alivio, de disfrutar del descanso de guerrero en la naturaleza. Y entrar en el agua sin prisa, esquivando las olas, yendo de lado para evitar el impacto directo. Y, en un momento dado, soltarse la coleta y zambullirse de cabeza. Y bucear. Sacar la cabeza, mirar alrededor, y nadar. Parar de nadar y quedarse flotando, dejando que la marea te meza y te abrace con sus partículas de sal. Cerrar los ojos y sentir la mayor de las relajaciones. Y sentir, solo sentir… los pies, las piernas, las manos. Y abandonarse.

Porque a Brunetina el mar sí que le gusta.

Writer’s Block

Bloqueo del creativo, miedo ante la página en blanco, pánico ante el vacío. Impaciencia, frustración, impotencia, depresión, resignación.

Paseo, baño, lectura, serie, música… Just Jack:

I must have got up about twenty to seven
Had a shower and had breakfast
And had a couple of pieces of toast
You know, forced it down

Then had a cup of coffee
It was pouring with rain
And I thought oh God
You know, good old England

I get this writer’s block
It comes as quite a shock
And now I’m stuck between
A hard place and the biggest rock

In my own head consumed
I sit back in my room
It’s like the tapestries of life
Get tangled in the loom

Parece que no es tan original esto. Llueve, como en la canción. Te recuerdo diciendo “¿por qué llueve tanto?”. Lo decías una y otra vez, en bucle. Cada vez que llueve sin parar te recuerdo. Postrada en la cama diciendo eso. El bolso rosa empapado. El pompón deformado. Parecía que nos habían tirado cubos de agua. Tuve que echar todo a lavar nada más entrar en la casa. Ni los zapatos se secaban. No tenía ropa que ponerme, había llevado una maleta vacía. Mi mente había sido incapaz de preparar un equipaje que estuviera listo para lo inesperado, la lluvia torrencial, porque lo inesperado ya había ocurrido. Estaba ocurriendo. Lo imposible se hacía posible. Los peores miedos tenían nombre, eran tangibles.

Un día lluvioso, un día de Andalucía, un día que jugaba España, un día caluroso en San Pedro… Todas las despedidas grabadas a fuego en la mente. Diferentes, pero dolorosas. Ninguna pasa al olvido.

Día lluvioso en la Bajamar: las calles inundadas, el colegio impracticable, día libre para profes y alumnos. Aventuras que contar a tus vecinas. Excusa para usar las botas de agua – si es que te dejaban salir a la calle.

Primer día lluvioso en Kingston: paseo a reconocer el barrio con muy poco éxito. Los vaqueros de campana, como mandaba la moda del momento. Una cámara de fotos de carrete, un flash no muy eficiente. El agua que ibas recogiendo con los pantalones hasta que te llegaba a la rodilla. El bajo del pantalón cediendo y las pisadas haciendo que se desgastara… un futuro de rotura próxima.

Primer día en Madrid: una maleta grande, un taxista con malos modales, un paraguas endeble y una lluvia incansable. Maleta en el charco, barrio desconocido, poco saldo en el móvil. Preludio de una semana visitando habitaciones de alquiler paraguas en mano, mapa en la otra, móvil con cada vez menos saldo en el bolsillo.

Lluvia en París, frío. Nieve en Berlín, tormenta de nieve. Granizo en Gallipoli. Lluvia suave en Roma. Botas, charcos, paraguas, capuchas… Gente que no cabe en las aceras. Esquivar varillas, mirar al suelo para evitar salpicaduras. Coche que pasa, ola estilo Carrie Bradshaw.

La lluvia como elemento conductor, como pegamento de recuerdos, como agua purificadora que te hace renacer, renovarte. El agua del vientre materno, la vida, el inicio y el fin. El recuerdo del mar, el sonido de las olas, el olor a sal, la brisa marina en la cara, ojos cerrados, respiración lenta.

Las gotas de lluvia contra los cristales, olor a mojado. Relax.

Todo llega

Ves el banco. Está ahí al lado. Necesitas sentarte. Venga, un último esfuerzo y ya lo alcanzas. Y, al fin, estás al filo del banco. Venga, me agacho y me siento – piensas. Bueno, que en teoría es algo sencillo, pero en la realidad no lo es tanto. No lo es ahora, porque antes no suponía gran cosa. ¡Ah! ¡Qué alivio! La cadera me estaba matando. Venga, pongo el bastón a mi derecha. Pero ocupando poco espacio, no sea que alguien quiera sentarse. Que hoy en día no acostumbra nadie a pensar en los demás, pero no hay que perder las buenas costumbres. Claro que no, eso nunca. Uno puede estar como esté, pero al menos los modales y el saber estar que no falten.

Y al mirar hacia abajo… pues no estoy ni tan mal. Mi camisa, mi rebeca, mis chinos (esos que me regaló mi nieta con tanta ilusión) y mis zapatos. Que sí, que se supone que para andar hay que llevar calzado deportivo. O eso me dicen en casa día sí y día también. Pero, ¿es que a esto se le puede llamar deporte? Que es el paseo de cada mañana para aliviar la artrosis y mejorar la circulación. Y, de paso, quitarme un rato de la casa vacía. Que ese gato que se empeñó en regalarme mi hija da de todos menos cariño. Ya se lo dije, claro, pero tampoco quería ponerme pesado. Porque, lo que es la vida, cuando uno es joven y se queja de algo lo consideran un chico con carácter, varonil, asertivo, que sabe lo que quiere. Haz lo mismo a mi edad, verás lo poco que tardan en llamarte cabezota, testarudo, terco… chocho. Porque, oye, el resto de las palabras las puedes soportar. Pero eso de chocho… ya no hace ni gracia. Por mucho que quien te lo diga te quiera y al decirlo ni sepa el daño que te hace. Lo que no sabe es que un día se lo dirán a él o ella, y entenderá que todo llega en esta vida.

No se está mal en este banco. Lo cierto es que es mi punto preferido de la isla. Tenemos parques y paseos. Tenemos muchos centros para los “abuelos” (para los viejos, pero es que hoy en día ya no sabemos qué decir sin ofender… y por eso usamos otras palabras que no hacen al caso, que digo yo que se podrá tener un chorro de años y ningún hijo o nieto). Y hay de todo lo que uno se pueda imaginar para apartar a los que ya no somos jóvenes ni musculados ni atléticos del día a día de los demás. Para que nadie sepa que la vida tiene un fin y que la vejez nos llega a todos (con suerte, que sin ella… ni eso). Pero mi sitio preferido es este. Este banco en el paseo marítimo. Con la ciudad a mi espalda y el mar de frente. Con la arena a unos metros, pero la seguridad del asfalto que protege mis zapatos y mis calcetines. Con el olor a brisa marina que me lleva acompañando desde que vine aquí hace 50 años siguiendo a la mujer más guapa del mundo. A la envidia de todos mis amigos y terror de mi madre – que pronto supo que la iba a dejar en ese pueblo manchego siguiendo al amor de mi vida. No tuve que decirle nada, lo supo cuando me vio entrar con cara de tonto después de haber estado con ella en las fiestas comiendo pipas. Con su tía, claro, que en aquellos tiempos no podía uno citarse con nadie sin una carabina que garantizara que no habría más que palabras. Cuánto han cambiado las cosas. Cómo nos enamorábamos. Que supongo que ahora es todo igual, sólo cambian las formas… Pero aquello fue un flechazo en toda regla. Y aquí me vine, a esta isla. A esta ciudad costera llena de gente abierta y habladora y risueña, todos tan diferentes a mi pueblecito natal. Pero es que por ella podría haber ido al mismísimo infierno. Esos ojos color miel, esta sonrisa y esa cara de niña. De niña traviesa, que era lo que la hacía única. Y no la perdió nunca. Ni la cara ni la sonrisa ni la mirada intensa. Porque por mucho que digan… la belleza solo aumenta con los años. Cuanto más conoces a la persona, más la quieres. Sabes su olor, su sabor, sus sonidos… y esos ojos. Ya puede pasarle cualquier cosa al cuerpo que eso nunca se pierde. La miras y sigue siendo ella. Y lo siguió siendo hasta el último día. Hasta ese maldito día en el que le tuve que decir adiós por una dichosa enfermedad. Ni le solté la mano – ella me lo había pedido y así lo hice. Pese a las quejas de mis hijos, que me decían que ella ya no sentía nada. No, yo sabía que sí. Que ella lo sentía y que se iría más tranquila de esa manera. Nunca le había negado nada, ¿cómo le iba a fallar en ese momento?

Otra ola. Qué relajación el sonido del mar a primera hora. Cuando aún no se ha llenado el paseo marítimo y sólo ves algún corredor a lo lejos en la orilla (¿runners los llaman ahora?). Es el mejor momento del día. Que luego… pues vienen los achaques. Y las pastillas. A esta hora aún puedo mentirme a mí mismo y pensar que sólo tengo un poco de molestia en la cadera. Pero… claro, no nos engañemos, eso no es así. Y encima luego me llama mi hija controlando si me he tomado todas las pastillas. Cómo olvidarlas, si me las tiene etiquetadas en cajas de colores. Pobrecilla, sé que lo hace por mi bien, pero cansa. Quién me lo iba a decir a mí cuando de niño nos escapábamos Ramón y yo para robarle las uvas al vecino. ¡Vaya atracones! Pero merecía la pena. Sobre todo por ver a Don Manuel salir con la escopeta gritando que nos iba a matar. Nunca disparaba, aunque la carrera que pegábamos era como si temiéramos por nuestra integridad física.

Quién me iba a decir a mí cómo me iba a encontrar ahora. Hay que ver. Cuánta razón tenía mi santa madre cuando me reía de ella por no poder perseguirnos con la zapatilla por el pasillo: ¡no te rías de tu anciana madre que todo llega en esta vida!