LA POCILGA

Cómo olvidar a Clint Eastwood entrando en el saloon tras ver el cadáver de su amigo y diciendo: “Who owns this shithole?” (¿quién es el dueño de esta pocilga?). Hay frases de película que no se olvidan, hay fotogramas que permanecen en la memoria para siempre.

Y es que el cine te transporta a otro lugar, te permite vivir otra realidad y olvidarte de lo que te rodea durante varias horas. Cómo no sucumbir a ese billete a otro mundo, a otras vidas, a otras mentes, a otros cuerpos. Ese mundo que no es el tuyo, que no puede serlo. Un mundo en el que nada de lo que ocurre puede afectarte en exceso. En el que los dramas se acaban cuando se encienden las luces, en el que las muertes no son reales, en el que los amores siempre acaban bien… y que aun cuando acaban mal, no te deben afectar en exceso porque cuando pongas el primer pie en la calle todo eso ha quedado atrás. Todo ese mundo irreal se queda dentro de la sala, en la butaca, en el reposabrazos al que te agarrabas cuando no podías creer lo que le estaba pasando al protagonista.

Las películas tienen el poder de hacerte entrar en otra realidad y formar parte de ella durante unos minutos. Todo queda aparcado cuando entras en la sala: el trabajo, tu ruptura, la lavadora que tienes que poner, la entrega a la que no llegas, la cita con el dentista, las facturas, la multa que te va a llegar por pasarte de velocidad para llegar a esa cena con tus amigas, la gotera del baño que no vienen a arreglar los del seguro. Cualquier circunstancia que te preocupe o presione o frustre pasa al cajón del olvido cuando el acomodador te indica tu butaca. Y es algo que te ocurre sobre todo en la sala. Puedes ver películas en casa y quedarte absorto, pero el proceso de ir a un sitio concreto a disfrutar del visionado le añade un plus de hermetismo: todo lo que ocurra en ese lugar tiene única y exclusivamente que ver con la película; no es el salón donde ayer tuviste que recoger el pipí que se había hecho tu perro, o donde recibiste la llamada con malas noticias ayer justo cuando te ibas a la cama. Es un lugar neutro dedicado al disfrute de la emisión.

El proceso empieza antes de salir de casa, porque tienes que decidir lo que ponerte. Dependerá mucho de con quién hayas quedado – puede que escojas tus mejores galas o algo más cómodo, de diario. Y por el camino irás anticipando la ilusión del encuentro con tu sala preferida. Una vez que llegues podrás saber que estás en buenas manos por el olor a palomitas y el ruido de la gente expectante. Irás hacia tu sala, entrada en mano, con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Te gustará esta vez? ¿Le darás la razón a los críticos? ¿Será el final que esperas? ¿Estará guapo tu actor favorito?

Te sientas, colocas las cosas, te acomodas, miras que el móvil esté en silencio. Palomitas, refresco, asiento mullidito… lo tienes todo. Sólo esperas que no se siente alguien delante que te tape media pantalla (no, por favor, no esta vez). Y… se apagan las luces. ¡Bien! Ves perfectamente la pantalla, te hundes un poco en el asiento, te preparas para ver los tráilers que te vayan preparando para la película, que te hagan ir desconectando de todo lo que has dejado aparcado fuera. Se tes escapa un pequeño suspiro y te quedas mirando fijamente la pantalla.

Fotogramas, colores, sonidos, música, paisaje… historias, en definitiva. Algunas no tienen nada que ver con tu vida y, aún así, la película consigue que te mimetices con los personajes, que empatices con ellos, que sientas lo que ellos sienten y que te afecte como si te estuviera ocurriendo a ti. Si es algo que te ha pasado, en mayor o menor medida, tardarás aún menos en meterte de lleno en lo que estás viendo. Ya tendrás ideas preconcebidas de cómo se sienten los personajes y lo vivirás con mayor intensidad, teniendo un debate interno sobre si tú actuaste igual o sobre si deberían ellos comportarse de otra manera. Eres parte de la trama, te llega lo que está ocurriendo. Y tanto lo vives, tanto lo sientes, tanto lo palpas; que se convierte en un proceso catártico. Ríes, lloras, aplaudes, te entusiasmas. Te dejas la piel por ellos, porque te han cogido suavemente de la mano y te han llevado a un mundo en el que puedes sentir cualquier cosa, puedes vivirla con toda la intensidad que necesites y salir airosa.

Se encienden las luces y estás en tu butaca, parpadeando, sin saber muy bien cómo poner palabras a lo que has vivido. Porque muchas veces los sentimientos apenas tienen palabras, cuesta elaborar frases que los definan como se merecen. Y miras alrededor para ver las caras de los demás y saber si lo han vivido como tú. Y piensas: qué bonito es el cine, cuánto nos permite sentir sin movernos de esta sala. Qué pena que sólo pensemos en ello cuando cierra nuestra sala favorita – aquella en la que vimos tantos taquillazos de niños, aquella que nos enseñó a soñar. La que nos convirtió en quienes hoy somos.

 

Brunetina y Marlon

Hey, Stella!! Le resuena esa frase a Brunetina en la cabeza. La grita el actor a pie de escaleras, le vocea a su mujer. Su pantalón de tiro alto, la camiseta ajustada que puso de moda (no James Dean, no, la puso de moda él), sus malos modales, su acento indescifrable, su afición por la bebida, su falta de refinamiento.

Es Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”. Es EL ACTOR. Así: con mayúsculas. Porque no se le puede nombrar de otra manera. Parte de su atractivo reside, quizás, en su pertenencia al cine de antes, al cine clásico, al de la época que pasó y ya no es demasiado probable que vuelva (aunque si es cierto que la historia es pendular, no podemos descartarlo). Esa época dorada en la que los hombres tenían mal carácter y peor beber, y las mujeres vivían en un estado permanente de histeria. Ellos eran muy duros y ellas, muy femeninas. Ambos bandos sabían jugar bien sus cartas para conseguir lo que se proponían, no existía el sexo débil: eran sólo maneras diferentes de jugar esa mano.

Recuerda Brunetina un reportaje sobre la vida de Marlon, uno de esos que ves por casualidad en la 2 como quien no quiere la cosa en una tarde-noche que te pilla en el sofá, sin planes y sin muchas ganas de mirar el móvil para socializar. Una de esas raras noches en las que, por algún extraño motivo, no te molesta quedarte en casa. Y disfrutas de la nada, de la ausencia de planes, de la parada inesperada en el ritmo frenético de la capital. Bueno, lo ves o te lo recomiendan, lo que toque en ese caso. La cuestión es que en él se contaba su vida, su infancia, sus problemas, su final tan complicado. Pero llamaba la atención su verdadera obsesión por las mujeres, su incapacidad para contener su afán de conquista ante toda falda que pasara. Bueno, no mintamos, no toda falda; que no se le conocen conquistas feas. Pero, sin lugar a dudas, su perdición eran las mujeres. Y eso que vicios no le faltaban – era la suya una naturaleza viciosa de nacimiento (puede que reforzada por ese padre ausente y esa madre alcohólica, no parece que fueran factores que ayudaran a su desarrollo como un niño carente de problemas). La cosa es que en ese reportaje llamaban la atención dos cosas, o tres. Por una parte: cómo se camela a la entrevistadora cuando le anda preguntando algo serio, cómo consigue desmontarla hablándole de que con ese flequillo no se le ven bien los ojos… Se lo aparta de la cara, la mira pícaro y ella olvida por completo lo que está haciendo allí y qué se supone que debe decir. En otro instante, según lo entrevistan por la calle, pasa una chica joven y atractiva en minifalda y él no sólo la ve sino que la llama y le hace algunos comentarios que no sólo no le sientan mal sino que la hacen sonreír y sentirse deseada. Todo un experto en la materia, sin duda. Una bendición para sus innumerables amantes y una cruz para sus mujeres, obviamente. Sale en el documental una de esas parejas: una mujer elegante y guapa, a pesar de no ser nada joven cuando la entrevistan – pero hay bellezas que no consiguen aplacar ni el paso de los años ni los golpes de la vida. Y esa mujer guapa, elegante, discreta y consciente de su belleza pasada y presente cuenta que sí, que fue pareja de Marlon. Y, como por todos es sabido que no era hombre de una sola mujer, le preguntan por cómo lo llevaba ella, cómo soportaba eso de su pareja, y ella cuenta algo en esta línea:

“Yo llevaba un tiempo con él y no lo estaba pasando bien, era un hombre difícil y una pareja complicada. Mis amigos querían algo mejor para mí e intentaban presentarme hombres. Me mandaron a una cita a ciegas a la que acudí porque sabía que en el fondo llevaban razón; debía intentar buscar a un hombre mejor, una pareja fiel. Y fui a esa primera cita sin saber quién sería él. Y llegué y era… Elvis. Sí, el mismísimo Elvis. En sus comienzos, jovencito. Era un buen chico de pueblo, inocente, torpón. No había ningún tipo de química, era un chico del montón, no había nada que hacer. Y en cambio Marlon… era Marlon. Te miraba y se te olvidaba el mundo exterior. Sabía qué hacer para tenerte. Volví corriendo a sus brazos.”

Ese era él: el hombre. Guapo, de ceño fruncido, de sonrisa pícara. No tenía nada que ver su cara de enfado con su sonrisa de niño travieso. Y, con todo eso, su cara de persona pensativa y profunda seguía siendo igual de bella (o más) que la risueña. Porque tuvo una infancia difícil, pero nunca fue una persona carente de profundidad, de capas, de matices, de aristas. Era alguien introspectivo, con un nivel de auto exigencia muy alto. Se exigía tanto a sí mismo que intentaba dañarse para que se le respetara. Intentaba sacar arte de su sufrimiento. La falta de autoestima de su madre, que la llevaba a tener relaciones con hombres que la maltrataban, hizo mella en él. Disfrazó su alta sensibilidad de fortaleza y fingió ser un hombre sin escrúpulos. Pero era un actor apasionado por su profesión y dedicado a su carrera. Se implicaba al extremo para bordar el papel que le tocara y no paraba hasta hacerlo todo lo bien que podía. Eso lo hacía un compañero de reparto difícil, pero: ¿acaso conoces a algún genio con un carácter dulce y afable?

Serio, profundo, risueño, pícaro, con mal genio, cariñoso, adulador, conquistador, pendenciero, adicto a la vida. Sus adicciones y su auto disciplina lo llevaron a una espiral de auto destrucción – cómo olvidarlo llorando cuando intentaba explicarle a los periodistas la muerte de su hijo. Vivió la vida al límite y la vida le devolvió palos, tortas, patadas y puñetazos. Porque en esta vida hay que llegar al final hecho pedazos, cojeando y con cicatrices – no como un pincel sin un mísero rasguño. Porque sólo se vive una vez.

Ese es un hombre, piensa Brunetina, el que puso de moda la camiseta ajustada. No James Dean, el niño escuálido y asustadizo que no hubiera llenado ni la talla 12 de niños de Zara…

Brunetina y el cine

Lleva Brunetina unos días pensando si quedar con su amiga para ir al cine, pero mira la cartelera y no sale de su asombro. De un tiempo a esta parte parece que ya no haya películas nuevas. Da la impresión de que todo son remakes o películas al estilo de temporadas pasadas. Como si todo estuviera inventado ya y sólo tuviera cabida el reciclar lo vivido en otras décadas.

Con lo cual, si lo piensas, no vas al cine a ver “la nueva de…” sino alguna versión actual de todas las pelis de acción del pasado. Y, si no se cumple esa premisa, se trata de una película ambientada en otra época. Lo que nos gusta ahora llamar “cine nostálgico”. ¿Es que ya está todo inventado o es que vivimos en una sociedad de nostálgicos? Existe la posibilidad de que el público objetivo haya cambiado, por lo que todo aquello que se produzca para entretener deba satisfacer unas necesidades diferentes, moldeadas por las circunstancias presentes. Si la juventud cada vez comprende un margen mayor de edad, si los 40 son los nuevos 30, que son los nuevos 20. Si la edad para tener hijos se posterga, si los óvulos se congelan (pensando en embarazos en la cuarentena bien avanzada, algo inimaginable hace un par de décadas). Si las personas compran una casa cada vez con más años. Si compartir piso ha pasado de ser algo propio de estudiantes a una circunstancia normal en treintañeros (largos). Si todo eso es nuestro día a día, es más que probable que los productores, directores, maestros del entretenimiento en general se encuentren ante un público maduro pero de costumbres marcadamente juveniles. Quizás, y sin que nadie se sienta ofendido (no es la intención), se trate de personas con ciertas características infantiles, con una necesidad imperiosa de recordar tiempos mejores. ¿Cuáles? Su infancia. Y, ¿cuándo tuvo lugar? En los años ochenta. Y, ¿qué se veía en esa década? Se consumían películas como Rocky, E.T., Tiburón, Los Goonies. Y se salpicaba de éxitos de tiempos pasados, como es el caso de Ben-Hur.

¿Hay mejor ejemplo de este boom que la serie Stranger Things? Personas de cuarenta años viendo una serie infantil de chavales en bici en busca de bichos de otra dimensión. Vamos, Los Goonies, E.T., Carrie y cualquier novela de Stephen King. Mete todo eso en una coctelera y sale la serie, sin lugar a dudas. Pero, ¿quién va a culpar a los que producen estos éxitos? Si las personas con capacidad adquisitiva para poder ir al cine o suscribirse a portales de pago que ofertan series tienen esa edad y viven como eternos adolescentes, ¿no les vas a ofrecer lo que piden a gritos? Porque los que les siguen en edad se han criado con nuevas tecnologías y es mucho más probable que estén interesados en ver algo en el portátil de casa o en la última aplicación para el móvil que en ir al cine. No se criaron haciendo cola para ver la nueva de Los Cazafantasmas. No tenían la ilusión de contar los días hasta que se estrenara en el cine de su ciudad. Porque muchos tuvimos que esperar meses para ver la película de turno, y bien sabemos que no hay nada que avive el deseo como el retrasarlo. Saber que llega, pero no tener una fecha concreta. Saber que otros pueden ver la peli mientras tú vas ahorrando para el día en el que la estrenen. Además, cuando sus padres les den dinero (que les dan mucho más que antes, eso no cabe duda), no lo van a invertir en una entrada de cine y en una bolsa de palomitas (que, por cierto, cualquier día va a ser más barato comprarse un Ferrari que algo para picar en el cine de turno). Lo gastarán en cualquier otra cosa que les interese mucho más. Tienen internet, ya no es tan emocionante el estreno de cine. Los Youtubers son mucho más divertidos. Y ofrecen inmediatez, likes, temas de conversación en el recreo. Y encima se pueden mandar comentarios o vídeos por chat. O publicarlos en las redes sociales. Son todo ventajas.

Aunque si el ir al cine queda aparcado… mejor no mencionemos a los pobres libros. Que sí, que parece que resurgieron cuando se pudo leer en dispositivos electrónicos de todo tipo. Y que hay mucha gente que lee mucho, sin duda. Pero ahora, si no ves series… no eres nadie. No eres cool, no estás in (ya no se dice “en la onda”, avisados quedáis). ¿Qué has hecho el fin de semana? ¿Te quedaste el sábado en casa leyendo un libro? ¿Sólo? ¿Sin mirar el móvil? ¿Sin hacerle fotos? ¿Sin contarlo por chat? ¿Sin decirlo en Twitter? Eres un loser, amigo. Sí, lo que oyes. Lo de leer ya no despierta el asombro o aprobación ajena, más bien eres un apestado del que la gente tiende a alejarse poco a poco y mirando con pena… Pobre, seguro que de chico le pegaban en el cole. No es culpa suya, es que el mundo lo ha hecho así.

Y en realidad, a Brunetina no le extraña todo esto. No le parece tan raro. ¿Realmente tenemos tiempo para tantas distracciones que se nos ofrecen? Es materialmente imposible poder estar a tantas cosas a la vez. Con lo cual, debes escoger una y ceñirte a ella. La que sea – aunque, con el vago que todos tenemos dentro, suele ganar la más cómoda y accesible. Si te pones a juguetear con el móvil, ya tienes el día hecho: chats, apps de ligue, redes sociales, YouTube, juegos varios, selfies, filtros de fotos. Si tiras de portátil, lo mismo más series y películas. Y, si eres el niño que nunca crece, escoge la peli que se te antoje esa semana y ve a verla con tus amigos – para luego ir a cenar a algún lugar de moda, preferiblemente algo que fusione lo que sea con lo asiático (puede que sepa a culo de mono, pero es de un moderno que te rilas).

Hay que ver lo que me enrollo. Creo que voy a pillar entradas para la de Woody Allen. Puestos a ver lo de siempre, vamos a hacerlo con ganas. Nada como una panda de neuróticos para sentirse menos loca una misma.