BRUNETINA Y SU TÍA

Parece que fue ayer, por aquello de que el tiempo pasa volando (algo que de niña dices sin pensar, pero que de adulta sientes cual puñal que se te clava entre las costillas), pero el 25 de abril de 2016 Brunetina recibió la peor noticia que puede recordar en su no tan breve existencia: la muerte de su tía materna, su madrina, su segunda madre.

Son circunstancias cotidianas, al fin y al cabo, nadie está libre de venir al mundo tan solo como deberá abandonarlo – con suerte, en muchísimos años… con menos suerte, siendo joven aún. Pero resulta que eso que es tan cotidiano, tan natural, tan normal… parece que se te haga antipático cuando los astros se alinean y te toca a ti – no en primera persona, claro, pero pasando muy de cerca y notando el aliento de la señora de la guadaña en la oreja. Y, entre otras muchas cosas, sientes una rabia e impotencia que no se pueden expresar con palabras. Que sí, que lo intentas, y por eso existe este blog – como muestra, un botón, que dirían los clásicos. Pero esa noticia, que no te pilla por sorpresa, te deja un nudo en la garganta que te impide funcionar como una persona normal.

Ya no eres un ser humano, eres un robot. Porque esos miedos que te mantenían despierta por la noche, que te hacían correr con la nieve de cara, que te ponían a hacer listas de tareas por cumplir sin fin… esos miedos se han materializado. Y no hay nada ni nadie que pueda salvarte de la noticia que te acaban de dar: se ha ido. Sin mirar atrás, sin remedio, sin posibilidad de arrepentimiento. Tu tía, esa persona a la que conoces desde hace 35 años, acaba de abandonar la faz de la tierra.

Es curioso, porque no pasa como en las películas. No te pones a gritar, o a llorar, o a correr desconsolada por las calles de la ciudad. No. Simplemente cuelgas el teléfono y sigues andando, por el camino que ibas, en la misma dirección, con el piloto automático, sin tener la más mínima idea de dónde ibas y por qué. No ocurre nada, ¿sabes? Nada digno de mención, nada que pueda aparecer en tu serie preferida o en tu novela de cabecera. El mundo sigue exactamente igual – miras alrededor y nada ha cambiado. Nada. Los coches siguen circulando, la gente se cruza contigo (algunos se chocan, ofuscados, pero los pobres no saben el estado en el que te encuentras). La vida sigue, irónicamente. La suya, por desgracia, no. ¿Pero la de los demás? Exactamente igual que antes de que recibieras la llamada, esa llamada que no querías recibir pero que llevabas semanas temiendo que tendría lugar.

La sensación, tan desagradable, es de estupor. Ante la muerte no sabemos lo que hacer, lo que decir, lo que sentir. Y nos quedamos como entumecidos, catatónicos, sorprendidos, asombrados. De repente eres consciente de la fugacidad de la vida y de tu propia mortalidad y se te congela el mundo alrededor. Es como si te hubieran quitado un brazo, o una pierna, o un órgano, o una oreja. Es como que, de repente, sigues tu camino faltándote algo – aunque no sabes muy bien el qué. Es una sensación muy desagradable, rara, incómoda. Es un sentimiento que no entiendes, que no eres capaz de expresar con palabras, que no puedes comunicar a los que te rodean. Algo que no es como imaginabas y ante lo que no sabes reaccionar.

Así que sigues tu camino, de manera un tanto automática, cual sonámbula… y pretendes que las cosas sean como antes, como siempre, como han sido y como serán. Porque, por algún motivo que desconoces, no puedes llorar, ni desahogarte, ni sacar fuera lo que sea que se supone que llevas dentro. Y te vas, a casa, y sientes que te sobran las paredes, los muebles, los brazos, las piernas, los ojos, el corazón y el cerebro. Así que sales. Te vas a una terraza y te pides una cerveza, esperando que lo que te comentan sirva para distraerte de lo que realmente ha ocurrido. Porque la verdad es que no eres muy consciente de lo que ha pasado.

Y al día siguiente vas a trabajar, y no quieres hablar del tema. Te dan el pésame, te quieren comentar cosas… Pero, para qué mentir, lo último que te apetece es hablar de eso, de lo que ha pasado, de ella, de su ausencia, del viaje sin retorno. Y pocos días después estás en un tren camino de casa, recorriendo un trayecto que se te hace nuevo porque nunca te había pasado llegar y no verla. Y llegas, y no la ves, y te montas en otro bus, y te vas a la feria. Y pides comida, y bebida, y oyes, y hablas, y posas en fotos, y bailas. Pero, de repente, notas que ese agujero en el estómago que tienes desde el lunes se agranda. Empieza a ser demasiado grande, se ensancha, se amplía y parece que estés en un centrifugado de una lavadora. Y en el momento más tonto de la tarde… empiezas a llorar sin consuelo. Las lágrimas te caen por la cara y ya no eres capaz de seguir con el piloto automático. Sólo quieres llorar, sacar la rabia que llevas dentro, el dolor, la pena, la impotencia, el desgarro. Y te vas a casa.

Poco sabía Brunetina entonces que ese momento, justo ese, era en el que empezaría a curarse. Porque es imposible salir de un pozo sin haber tocado fondo, porque solo puedes empezar a vivir la vida sin alguien cuando realmente le digas adiós, la llores, la dejes ir. Porque la vida sin ella es otra, pero no indigna de vivir. Porque su recuerdo merece que, al menos, intentes hacer las cosas con la misma pasión que siempre las has hecho.

Porque tu tía no está, pero su recuerdo no te abandona. Y por él, por ella, has sido capaz de crear este blog. Porque ha pasado un año y has conseguido escribir esto sin derramar una sola lágrima.

La vida sigue, irremediablemente.

Se fueron

Es así: se fueron para no volver. Y es duro entenderlo, lleva tiempo. No son días o semanas – son meses y años. Porque esas personas se llevan con ellas un trozo de ti y nadie te lo devuelve. Ocupaban un espacio que nadie rellena y ese vacío duele. En el día a día aprendes a no hacerle caso, pero ese agujero negro existe y se manifiesta en fechas señaladas.

Carlos se fue poco a poco. El shock inicial de su enfermedad fue duro, pero él era más duro que ese golpe. Y se dedicó a darme ánimos. Él a mí: inconcebible. El que debía luchar contra una enfermedad que acabaría siendo mortal era el que animaba y le restaba importancia, el que te hablaba de otros temas, el que no quería ver una cara triste a su alrededor. Y ese tiempo que estuvo enfermo no quiso hacerme partícipe de sus citas médicas, de sus náuseas, de su malestar, de su falta de energía, de su deterioro físico y psíquico. Supo que yo era mucho más débil que él y decidió ahorrarme ese tormento. Cara a cara ante la muerte, en las puertas del último viaje, decidió ser más grande. Pensó en ser más grande que todo lo que ocurría y que, si se iba, sería por la puerta grande. Y el tiempo que le quedó, los huecos que le dejaba esa lacra de nuestro siglo, lo llenó de encuentros, viajes, experiencias, personas, sitios, eventos. No quiso desperdiciar un día sólo de los que le quedaban, se dio cuenta del milagro que es la vida y tomó las riendas de la situación. Y continuó su viaje como si no pasara nada, como si tuviera una gripe o un virus pasajero, como si no tuviera relevancia alguna ese veneno que lo estaba consumiendo por dentro. Se recuperaba de cada operación con coraje, salía de la quimio sin una mueca de dolor. Era muy duro, era muy resistente, era un ser humano único e irremplazable. Y no es que no tuviera defectos; tenía muchos, como todos. Pero su inteligencia era sobrehumana, por eso la enfermedad quiso atacarle al cerebro, a su órgano más preciado. Era un amigo único, daba los mejores consejos, no te decía lo que querías oír… te espabilaba si hacía falta y no te dejaba quejarte por tonterías. Tampoco te dejaba hacer el tonto – me quitaba el móvil de las manos cuando veía que iba a meter la pata con alguna amiga. Evitaba por todos los medios que me hiciera daño a mí misma, intentaba que reflexionara, que fuera menos visceral. Él me perdonaba mis prontos, pero sabía que no todo el mundo estaba equipado para saber llevarme, entenderme, apagar mis fuegos. Tan bien me conocía que, en sus últimas semanas, cuando ya lo habían desahuciado y dije de ir a verlo, me mintió. Me dijo que estaba un poco feo y que prefería que lo viera perfecto. Me preguntó que cuándo era mi feria (poco después) y me dijo que lo invitara, que nos veríamos ahí, que él quería ir a mi feria. Y me lo creí – quizás en el fondo algo no me cuadraba, no podía entender que de repente se estuviera curando… pero mi fe absoluta en su persona me cegó y quise creer sus palabras. Yo sé que lo hizo adrede, sé que sabía lo que hacía y sé que fue por mí, no por él. Quiso evitarme el mal trago, quiso irse como lo que era: un señor.

No pudo hacer eso mi abuela… el Alzheimer se la fue llevando tan poco a poco que los días se hicieron años y ella no tuvo forma de despedirse de nadie. Recuerdo, eso sí, el primer día que supe que la había perdido. Yo estaba sentada en el sofá y ella llegaba de la calle, la acababan de recoger. Vino hacia mí y la miré y… no estaba, sus ojos eran dos pozos sin fondo, estaban vacíos, huecos. Era como mirar a una pantalla negra de una televisión, como mirar a un fantasma, a un muerto viviente. Era la nada más absoluta. Y me atravesó el pecho una espada, fue un dolor punzante, físico. Lo pude sentir; y tuve que dejarla sola para ir a llorar donde no me viera. Se me había helado el alma y ya nunca podría hacer que volviera a entrar en calor. Y tuvo sus momentos de lucidez, en los que lloraba asustada… Pero, por suerte para ella, los fue perdiendo. Era mejor que no viera su propio estado, era menos doloroso así. Nosotros ya no la teníamos, pero al menos ella podía estar tranquila, escondida en algún rincón de su mente, apartada del mundo real, viviendo en algún pasado remoto. Al menos no perdió el gusto por la cerveza – esa sí que se la tomaba con ganas. Y eso se lo aplaudo, que le quedara eso cuando ya no le quedaba nada. Tuvo la gracia de quedarse con lo más simpático, y tiene su ironía, porque siempre fue una mujer vital y divertida – no podía haberse quedado con algo mejor de su yo anterior que su pasión por las tapitas y la cerveza.

Mi tía supo que se iba, tuvo en momento fugaz en el que me regaló repentinamente un libro… algo que nunca hacía. Siempre me daba regalos (a escondidas, no la dejaban hacerlo abiertamente), pero nunca arrancaba a darme algo porque sí. Y ese día se levantó para despedirme, me miró y me dijo: espera. Fue hacia la repisa, no sin dificultad, y cogió el libro que se acababa de leer. Quiero que te lo quedes, me dijo, es un regalo. Y yo, quizás en sincronía con su repentina despedida antes de tiempo, le pedí que me lo firmara. Ella me dijo que no sabía lo que poner, que tenía la letra mal por el pulso, pero le dije que no era importante. Me miró y lo entendió. Y me lo firmó. Igual que me entendió cuando me dio el último abrazo y no me quería soltar. No me han abrazado tan fuerte en la vida – y se lo agradezco, porque se despidió de mí con lo mejor que supo darme nunca: amor incondicional.

Y no vuelven. No porque no quieran, sino porque ya no pueden. Su tiempo con nosotros se agotó y tuvieron que irse. Pero lo que dejaron es inmenso y eso nadie se lo puede llevar. Y hoy les dedico este homenaje y les doy las gracias por haberme dado tanto y por haberme hecho tan feliz cuando pudieron. Espero que allá donde estén los cuiden como se merecen y sepan que nunca los voy a olvidar. Personas tan grandes nunca se van, permanece su esencia. Gracias por haber pasado por este camino fugaz al que llamamos vida. Os echo de menos, pero os prometo disfrutar de todo lo que venga con vuestro recuerdo en la mente.

Se fueron pero siguen con nosotros.

 

Hasta pronto

Al principio llegas con ilusión: es una gran ciudad, es la tierra de las oportunidades, es un sitio nuevo, es un mundo por descubrir, es la promesa de algo mejor. Y lo primero que hace la ciudad es escupirte. Sin más contemplaciones. Te traga de un solo bocado y te vomita. Porque la vida no es como un capítulo de tu serie preferida y al llegar a una gran ciudad no suenan los violines ni aparecen grupos de personas sonrientes deseando invitarte a su casa, presentarte a sus amigos y llevarte a conocer lo más típico de cada barrio.

Llegas al más puro estilo Paco Martínez Soria: sólo te falta la gallina bajo el brazo (porque la boina, aunque sea en sentido figurado, ya la llevas puesta). Tienes tu maleta, tu plano de la ciudad y una cara de turista que hace frotarse las manos a todos los carteristas en un kilómetro a la redonda. Pero no te desanimas, ni mucho menos. Ese corazón de pueblo te permite mantener intactas la ilusión y la inocencia (al menos durante una semana, aunque se han dado casos de personas que han perdido la fe en tan sólo 24 horas). Es muy sencillo, o eso quieres pensar, y tienes todas las ganas del mundo. El plan es simple: te vas a casa de tu amigo, sueltas la maleta y te pones a buscar piso. No puede ser tan complicado, la verdad. Se trata de usar el plano (que agarras cual anillo de Frodo) y de encontrar una habitación justo en la zona que has marcado.

Empecemos por el principio: te vas a casa de tu amigo. Lo que te pasa, inevitablemente, es que vas en taxi (imposible pensar en un metro que desconoces nada más llegar) y te dan varias vueltas (adrede) por la ciudad. No, el taxista no es tan amable que te está haciendo un tour, no seas inocente, por favor. El taxista está paseando al guiri de turno para poder cobrar tres veces más de lo estipulado y tú no puedes defenderte porque no tienes ni idea de dónde estás. Y, cuando al fin llegas a la dirección que habías anotado a boli en un post-it rosa, sale rápidamente del taxi y te lanza la maleta a un charco. Si, resulta que está lloviendo a cántaros. No, en esta ciudad no suele llover… pero justo has tenido la suerte de que la tromba de agua esté cayendo hoy, qué casualidad. ¿Y la casa en la que te quedas? Un sofá, se trataba de un simple sofá lleno de muelles. No te equivoques: no es un sofá-cama. Con lo cual, el trabajar, buscar piso y dormir… se convierten en actividades de riesgo. Porque trabajas con sueño, buscas piso sin idea y bajo la lluvia, y duermes cuando todos en el piso se han acostado (en un sofá ruidoso y que crees firmemente que va a ser precintado por Sanidad por poner en peligro la salud de los vecinos).

Pero, milagro, ¡sobrevives! Aunque la ciudad ha conseguido engullirte y escupirte en una simple semana. No ha necesitado más tiempo para agotar tus reservas de energía positivismo y coraje. Y no te extraña: ¿cómo puede ser tan difícil esto? Lo de buscar piso es un aventura para la que no te habías preparado. Entras en un bucle de llamadas y visitas que se parecen tanto entre sí que hacen que ya no entiendas todas tus anotaciones en ese A4 doblado por 6 puntos que llevas en el bolsillo de la chaqueta. No se te había pasado por la cabeza que existieran las habitaciones sin ventana o que tuvieras que pasar entrevistas de acceso. Por eso, cuando al fin consigues encontrar algo decente… sospechas. No eres tú: la ciudad te ha convertido en alguien desconfiado y asustadizo. Y te cuesta creer que exista algo habitable a buen precio. Aunque existe, y lo alquilas, y te quedas. Y empieza tu vida en la gran ciudad.

Y aprendes a quererla. Todo gira, inexplicablemente, y te conviertes en una pieza más del entramado urbano. Y te encanta pasear por sus calles, conocer los pequeños barrios, saberte anécdotas de cada esquina, reconocer plazas. Eres tan de ahí que ya no hablas por zonas, hablas en paradas de metro. Sabes calcular la distancia de unos puntos a otros sumando paradas, reconoces al turista con un simple vistazo y te sientes fuera de lugar cuando te vas de vacaciones. Sorprendente, sí, pero te ocurre. Porque esa ciudad que te tragó y escupió ahora es tu hogar. Ahora es el sitio en el que te han pasado tantas cosas que ya no sabes si eres de aquí o del sitio del que te fuiste con una maleta, un plano y una cara de ilusión irrepetible. Eres la misma persona, pero no te sientes igual. Has aprendido a querer el asfalto, a conocer sus olores, a recordar sus rincones cuando te alejas más de tres días.

Has podido conocer a gente tan variopinta que das las gracias cada día por la oportunidad que agarraste con las dos manos. Has hecho amigos diversos y te han enseñado tantas cosas que tu cuerpo ahora se compone de pequeñas piezas de personas de distintas partes del globo, personas sin las que ahora no entiendes tu día a día. Son tu pequeña familia en la gran ciudad y te encantan. Son tus personas preferidas del mundo, son las que saben darte un abrazo o consolarte o sacarte de cañas o hacerte reír o cogerte de la mano cuando tienes que ir al médico a hacerte unas pruebas inesperadas. Son una prolongación de tu cuerpo y te hacen alegrarte de haber venido. Y, como eres tan feliz, se te olvida que estás en la ciudad. Pero la ciudad no perdona ni olvida. Recuerda: engulle y vomita. Por lo tanto, ya sabes lo que toca. Esas personas se van. Se van porque así son las ciudades. Van a otros sitios a buscar nuevos retos, nuevos horizontes, nuevas oportunidades. Y aprendes a decir adiós, bueno, hasta pronto. Porque odias despedirte, y mucho más de esas personas. Pero no te queda más remedio que hacerlo. Y donde aprendiste a conocer, tienes que aprender a despedir. Y lo que eran promesas de quedadas semanales se convierten en deseos de veros en navidad. Y te enfadas, te niegas, te deprimes. Hasta que te resignas. Porque nadie está tanto tiempo en el suelo tras la caída, porque en algún momento te tendrás que levantar.

Aprendes a vivir con la ilusión del principio, aunque te duela, aunque escueza, aunque sea la último que te apetezca. Te levantas, te sacudes el polvo de la caída y remontas. Y vuelves a empezar. Porque no queda más remedio. Porque en la vida todo son etapas, ciclos, fases. Porque vivir es sumar momentos sin esperar nada a cambio. Porque si los conociste a ellos, conocerás a otros. Porque siempre merece la pena intentarlo de nuevo. Porque no es un adiós, es un hasta luego.