NO QUIERO

Me niego, mi cabeza no lo asume, mi cuerpo lo rechaza… todo mi ser se opone a esto. Y no hay nada que pueda hacer al respecto. No es algo que esté en mis manos resolver. ¿Cómo es eso que dicen? Suelen recomendar los psicólogos, a las personas en épocas de estrés, que cojan papel y lápiz y hagan una lista. Deben anotar todo lo que les preocupa. Una vez hecho esto, tienen que separar esos problemas en dos grupos: los que tiene solución, y los que no la tienen. Para aquellos que parece que tengan remedio, debemos planear la estrategia y ponernos manos a la obra. Para los que quedan sin solución posible, te dicen que debes aprender a vivir con ellos, adaptarte, resignarte, saber que en la vida siempre habrá circunstancias que no puedas controlar que te harán daño, pero sólo tanto como tú se lo permitas. Tienes que hacerte fuerte, doblarte pero no romperte. Be water, my friend. O, como decía la tía Casilda: “si tiene solución, de qué lloras; y si no tiene solución, pa qué lloras”.

Pero no quiero. Resulta que no me da la gana. Y lo he intentado, que no parezca que no he puesto de mi parte. Pero es que en este caso hay poco o mal remedio. ¿Sabes lo que me pasó ayer? Que estaba pensando en el próximo post que iba a escribir, y me dije: “se me ha olvidado preguntarle si le está gustando el blog últimamente”. Y, de repente, como un fogonazo, caí en la cuenta. No estás, no has podido leer nada, no conociste mi web. Sencillamente porque la creé cuando ya te habías ido. Nos dejaste un lunes 25 de abril y publiqué mi primera entrada un lunes 20 de junio. Dos meses necesité, ocho semanas me hicieron falta para poder asumir tu pérdida, tu abandono, tu ida sin vuelta. Y ese domingo previo a la escritura recuerdo perfectamente que abrí los ojos, vi el sol entrar por la ventana… y supe que tenía que hacer algo. Que ya no podía tener más tiempo este dolor en el pecho, este malestar en las yemas de las manos, este nudo en la garganta. Que de nada servía llorar cada vez que cogía el teléfono pensando en llamarte. Que no había remedio ni consuelo – que esto no tenía vuelta atrás. Y lo único que se me ocurrió para poder ahogar las penas fue crear una web, en tu honor, y dedicarte la primera publicación. Porque las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito permanece. Y yo quería que tu existencia no se fuera con un golpe de levante, que tu esencia no se olvidara, que tu paso por este mundo tan perro no cayera en el olvido. Y escribí, me senté delante del portátil lleno de pegatinas de colores y le di a la tecla. Y salió todo rápido, fácil, fluido – aunque tenía que levantarme cada dos o tres frases a lavarme la cara y sonarme los mocos. Si me pagaran por llorar, podría navegar en una piscina de dinero, como el tío Gilito. Que, por cierto, de llorona ibas tú también servida – no te me hagas ahora la digna. Cuando arrancabas con la lágrima te hartabas – se ve que lo llevo en la sangre.

Me vino bien, me suavizó la pérdida. Y pude ir publicando otras cosas, menos serias, o a veces hasta graciosas. Me dediqué a mirar lo que escribía como el que ve crecer una planta: con calma, paciencia, amor y asombro. Y tuve mis entradas mejores y peores – como imagino que debe ser. Pero no importaba, porque era mi intento de crear arte nacido del dolor. Era mi amago de sacar algo bueno de algo malo. Y tanto he escrito, tanto he andado, tanto tiempo ha pasado… que se me había olvidado que lo hice para ti y que nunca pudiste verlo. Tanto me he enfrascado en mis propios pensamientos – los que me tenían que salvar de tu pérdida – que he conseguido no llorarte a todas horas. Aunque hay días, como hoy, en los que no quiero verlo de color de rosas ni tirar de frases manidas de autoayuda. No me apetece fingir que sonrío pensando en ti, porque hoy no he sonreído… se me ha encogido el corazón y he sentido un puñal que me atraviesa el pecho.

Por eso hoy, y solo hoy, no me viene en gana asumir que te has ido. Ni pintarme una sonrisa en la cara, ni decir que estoy entera. Hoy me dueles y no pienso fingir. No voy a bailar en tu honor ni a reírme pensando en una de tus anécdotas absurdas. No me apetece hacer de tripas corazón. No quiero.

ÚNICOS

El ser humano es el único animal capaz de sufrir sólo imaginando un escenario adverso, de dolor, de pérdida, de ausencia. Ese perro al que tanto cariño le tienes y que humanizas poniéndole ropa no puede hacerlo. Ese gato del que dices que es tan inteligente y al que tratas como si la casa fuera suya en lugar de tuya es incapaz de ello. Esa boa, hámster, cobaya, pez, tarántula, canario, ardilla… Di el animal de compañía que te plazca: podrás seguir pensando que es una persona, que es tu mejor amigo, que te entiende como nadie. Podrás vestirlo, abrazarlo, quererlo más que a tu propia vida. Podrás venerarlo; pero es incapaz de hacer lo que el cerebro humano.

Así somos: capaces de las mayores pasiones y de las más bajas perversiones. Descendientes de los primates más agresivos, esos que matan por placer, esos que pueden tirar a otro de un árbol sólo porque les apetece matarlo. Y nosotros tenemos la habilidad de imaginar situaciones con tal nivel de detalle, tan reales, tan tangibles… que nos hacen llorar o reír igual que si las estuviéramos viviendo.

Vas corriendo por el parque, es un día de entrenamiento normal, un martes rutinario de tu semana. Los cascos, la lista de Spotify, las mallas reflectantes, los guantes, el paso acompasado. Respirar – uno, dos -, avanzar, calmarse, tomar aire, concentrarse en la canción, adelantar a esas dos personas cortando el paso, dar saltitos esperando que el semáforo se ponga en rojo. Todo va bien, como de costumbre. Todo está en orden. Pero decides cambiar el camino, darle una pincelada de color a la rutina, salir del hábito. Giras a la derecha y entras en un parque por el que nunca pasas. Y al principio corres normal, sigues con tu calentamiento como de costumbre. Pero empiezas a ver cada vez menos luz, varias farolas rotas, te adentras en la oscuridad y oyes un grupo de varios chicos. Los notas a tu izquierda, con el rabillo del ojo. Y de repente piensas que no ha sido tan buena idea, que puede que te pase algo, que uno de ellos se ha movido y te está diciendo algo, que otro empieza a seguirte. Y corres, mucho, lo más rápido posible. Vas cuesta arriba pero no te importa. Notas que el corazón te late muy rápido, que te falta el aire, que tienes mucho calor. Un último esfuerzo… ya estás en la calle transitada, te paras, te agachas para tomar aire, te pones las manos en las rodillas, flexionas las piernas. Te giras y no ves nada. No hay nadie, ninguna persona te ha seguido. Estaba todo en tu cabeza.

Estás en tu mesa, la de siempre, la misma de hace quince años. Se dice pronto, pero son los que han pasado. Miras por la ventana, parece que hoy hay poca contaminación. Ah, ha sonado un email, veamos en lo que consiste. Y lo abres sin presiones, con tranquilidad, con parsimonia… son las 8.30 y tampoco te bombea tan rápido el corazón a estas horas. Pero ese email lo cambia todo. En un segundo ves pasar tu vida por delante de tus ojos. ¿Que hay una reorganización? ¿Qué quiere decir eso? No queda claro, te empiezan a surgir dudas. Sales del despacho y buscas a tu compañero del café… Vaya, parece que no eres la única que ha recibido el email – ni la única a la que se le ha acelerado el pulso. Y, ahora que ya estás con él, vienen otros cinco más. Entre todos conseguís desmontar la empresa en un abrir y cerrar de ojos. Ya os veis en la calle. Bueno, no sólo eso: os imagináis en la cola del paro, esperando cuatro horas para que os sellen la tarjeta, sin derecho a prestaciones, sin el finiquito porque se trataba de despido procedente, sin ingresos para poder afrontar la hipoteca, el garaje, las facturas, la gasolina, el abono de transporte, el teléfono. Y ese viaje que tenías planeado con tus amigas por las islas griegas en verano, mejor cancelarlo. ¿Y cómo cuentas esto en casa? ¿Y qué va a ser de ti? ¿Y dónde vas a trabajar ahora? ¿Y cómo te vas a reinventar? Te duele la cabeza, todo te da vueltas, respiras muy rápido y te cuesta concentrarte. De repente, te das cuenta de que te has terminado el café y que estás sola delante de la máquina. Todos se han vuelto a sus despachos a producir. Tiras el vaso, vas hacia tu sitio, te vibra el móvil con un nuevo email y empiezas a temblar. Te armas de valor y lo abres: te están felicitando por tu nuevo ascenso. Parpadeas y te das cuenta de que lo habías imaginado todo. No es un email con tu despido. Estaba todo en tu cabeza.

Y es que así es el ser humano: capaz de sufrir por situaciones que sólo existen en su cabeza. Así es y así somos: únicos.

 

La Navidad

Me dispongo a escribir este post y veo que en la numeración de artículos guardados desde el primero que publiqué en Fluttering Thoughts, este viene a ser el 24. Es decir, el día de Nochebuena. ¿Casualidad? Quizás serendipia o una señal del destino. Depende de las creencias particulares de cada uno. Pero al menos podrán concederme el que es una casualidad simpática – y eso no me lo puede negar nadie.

Se acercan peligrosamente esas fechas: las que tantos admiradores y detractores tienen. El tiempo de ver las calles llenas de adornos, luces alumbrando las compras, bolsas en tonos rojos, jerséis feos heredados de la costumbre anglosajona. Y hay quienes detestan esta época – quizás no sin razón. El grinch que todos llevamos dentro se rebela ante este consumismo desenfrenado, los atascos en las carreteras, el ansia de querer comprar todo lo que está en las estanterías, la necesidad de quedar con personas que no ves en todo el año, los compromisos, los regalos impuestos, las presiones, los gastos excesivos, las prisas, los agobios.

Pero la Navidad, la real, su esencia… es otra. Es hacerte una lista de tus villancicos preferidos y oírlos mientras paseas por la calle. O ponértelos de camino al trabajo y sentir que te invade el espíritu navideño, que la mueca de sufrimiento se te convierte en un principio de sonrisa, que los problemas ya no lo son tanto si te acuerdas de los villancicos en familia, los abrazos, las risas. Es estar un mes antes de la fecha señalada pensando en cómo decorar la casa, e ir calculando dónde irá el árbol, en qué sitio quedará mejor el belén, si la flor de pascua está bien al lado del reno o tiene más sentido ponerla junto a la estrella con purpurina. Es pasear por las calles viendo todas las luces, los adornos, la magia. Es ir a hacer la ruta de los belenes, quedarte mirando cada pieza, cada escena, cada decorado con todo tipo de detalles. Es querer hacerte una foto en cada árbol gigante que ves en una plaza o en una esquina.

El espíritu navideño te lleva a acordarte de todas esas personas a las que quieres pero que, por tener lejos, no puedes ver tanto durante el año. Es pensar en ellas y sonreír sabiendo que al fin van a cuadrar las agendas. Es llamarlas y charlar con ellas como si el tiempo no hubiera pasado. Y concretar un día y una hora para veros. Con vuestras mejores galas y la mayor de las alegrías, sin mirar el reloj, poniéndoos al día de todo lo que os pasado durante los meses anteriores: lo bueno y lo malo, por supuesto. Y ser capaces de consolar al otro, de darle el abrazo añorado, de demostrarle el cariño que le tienes al fin. Poder darle un regalo y ver su felicidad al abrir el paquete. Es decirle lo que significa para ti pero que durante el año parece que te dé vergüenza hacerlo. Es desearle lo mejor en el año que entra y querer, de corazón, poder vivirlo juntos, poder verlo, poder compartir lo que venga, para bien o para mal.

Son las fiestas de hacer regalos, pero no por compromiso, sino porque al fin tienes una excusa para ir de tienda en tienda buscando cosas bonitas para la gente más importante de tu vida. Por fin es el momento de colmar de regalos a tus seres más importantes, da igual que sean familia o amigos, lo que cuenta es que son prolongaciones de tu persona. Y te animas a escribir tarjetas felicitando las fiestas… ¡con un boli! Como en los viejos tiempos – nada de vídeos por chat. No, te sientas y le escribes una tarjeta a cada persona, a cada trocito de ti que merece abrir el buzón un día y no ver facturas, sino un sobre navideño que contiene mucho amor, purpurina, angelitos.

Es la ocasión de planear encuentros en fechas especiales, de decidir dónde cenas el 24, dónde comes el 25, cómo te tomarás las uvas. ¡Y de pensar en los modelitos! Tienes que ir cuadrando lo que te irás poniendo en cada uno de esos encuentros. Desempolvas les lentejuelas, rebuscas entre tus tacones de vértigo, revisas las plumas y las pieles. Piensas en recogidos (¿quizás una visita a la peluquería?), en lazos para el pelo, en barras de labios rojo pasión, en uñas con manicura especial.

¡Hay que celebrar! Comer, brindar, saltar, bailar, querer, abrazar y besar. Dar gracias por lo que tenemos y recordar lo que hemos perdido. Ser un poco benevolentes con nosotros mismos: deja ya de pensar en si ese pantalón te queda bien… llevas todo el año trabajando, cumpliendo, pagando facturas, siendo un ciudadano ejemplar. Es el momento de darte un respiro y de olvidar tanta norma. De alegrarse por seguir aquí un año más, por tener con quién salir a cantar, a reír, a llorar… o compartir la resaca. Lo que sea. Recuerda: siempre hay motivos para bailar. Después de la tormenta sale el sol. Y, total, cuando te caes… vuelves a levantarte. Mañana será otro día. Ponte guapo, o guapa, sal y disfruta. Porque este regalo que es la vida ocurre una sola vez. Y cuando tengas 120 años (o más) pensarás que pasó en un suspiro. Y no te arrepentirás de lo que hiciste, sino de lo que dejaste pasar por pereza o miedo o el qué dirán. Quiere y te querrán. Regala y disfruta viendo la cara de alegría de quien reciba tu sorpresa. Da gracias, reparte alegría… y harás del mundo un lugar mejor sólo con tu presencia. Deja de exigirte tanto: lo estás haciendo muy, pero que muy, bien. Lo estás bordando – no me lo discutas.

Corre: sal a disfrutar de lo que te ofrece el mundo. Pero recuerda poner los zapatos a la vista y acostarte temprano el día 5, que si no, no pasan los Reyes por tu casa (o te dejan carbón).

Mis mejores deseos en estas fechas: ¡FELIZ NAVIDAD!

Se fueron

Es así: se fueron para no volver. Y es duro entenderlo, lleva tiempo. No son días o semanas – son meses y años. Porque esas personas se llevan con ellas un trozo de ti y nadie te lo devuelve. Ocupaban un espacio que nadie rellena y ese vacío duele. En el día a día aprendes a no hacerle caso, pero ese agujero negro existe y se manifiesta en fechas señaladas.

Carlos se fue poco a poco. El shock inicial de su enfermedad fue duro, pero él era más duro que ese golpe. Y se dedicó a darme ánimos. Él a mí: inconcebible. El que debía luchar contra una enfermedad que acabaría siendo mortal era el que animaba y le restaba importancia, el que te hablaba de otros temas, el que no quería ver una cara triste a su alrededor. Y ese tiempo que estuvo enfermo no quiso hacerme partícipe de sus citas médicas, de sus náuseas, de su malestar, de su falta de energía, de su deterioro físico y psíquico. Supo que yo era mucho más débil que él y decidió ahorrarme ese tormento. Cara a cara ante la muerte, en las puertas del último viaje, decidió ser más grande. Pensó en ser más grande que todo lo que ocurría y que, si se iba, sería por la puerta grande. Y el tiempo que le quedó, los huecos que le dejaba esa lacra de nuestro siglo, lo llenó de encuentros, viajes, experiencias, personas, sitios, eventos. No quiso desperdiciar un día sólo de los que le quedaban, se dio cuenta del milagro que es la vida y tomó las riendas de la situación. Y continuó su viaje como si no pasara nada, como si tuviera una gripe o un virus pasajero, como si no tuviera relevancia alguna ese veneno que lo estaba consumiendo por dentro. Se recuperaba de cada operación con coraje, salía de la quimio sin una mueca de dolor. Era muy duro, era muy resistente, era un ser humano único e irremplazable. Y no es que no tuviera defectos; tenía muchos, como todos. Pero su inteligencia era sobrehumana, por eso la enfermedad quiso atacarle al cerebro, a su órgano más preciado. Era un amigo único, daba los mejores consejos, no te decía lo que querías oír… te espabilaba si hacía falta y no te dejaba quejarte por tonterías. Tampoco te dejaba hacer el tonto – me quitaba el móvil de las manos cuando veía que iba a meter la pata con alguna amiga. Evitaba por todos los medios que me hiciera daño a mí misma, intentaba que reflexionara, que fuera menos visceral. Él me perdonaba mis prontos, pero sabía que no todo el mundo estaba equipado para saber llevarme, entenderme, apagar mis fuegos. Tan bien me conocía que, en sus últimas semanas, cuando ya lo habían desahuciado y dije de ir a verlo, me mintió. Me dijo que estaba un poco feo y que prefería que lo viera perfecto. Me preguntó que cuándo era mi feria (poco después) y me dijo que lo invitara, que nos veríamos ahí, que él quería ir a mi feria. Y me lo creí – quizás en el fondo algo no me cuadraba, no podía entender que de repente se estuviera curando… pero mi fe absoluta en su persona me cegó y quise creer sus palabras. Yo sé que lo hizo adrede, sé que sabía lo que hacía y sé que fue por mí, no por él. Quiso evitarme el mal trago, quiso irse como lo que era: un señor.

No pudo hacer eso mi abuela… el Alzheimer se la fue llevando tan poco a poco que los días se hicieron años y ella no tuvo forma de despedirse de nadie. Recuerdo, eso sí, el primer día que supe que la había perdido. Yo estaba sentada en el sofá y ella llegaba de la calle, la acababan de recoger. Vino hacia mí y la miré y… no estaba, sus ojos eran dos pozos sin fondo, estaban vacíos, huecos. Era como mirar a una pantalla negra de una televisión, como mirar a un fantasma, a un muerto viviente. Era la nada más absoluta. Y me atravesó el pecho una espada, fue un dolor punzante, físico. Lo pude sentir; y tuve que dejarla sola para ir a llorar donde no me viera. Se me había helado el alma y ya nunca podría hacer que volviera a entrar en calor. Y tuvo sus momentos de lucidez, en los que lloraba asustada… Pero, por suerte para ella, los fue perdiendo. Era mejor que no viera su propio estado, era menos doloroso así. Nosotros ya no la teníamos, pero al menos ella podía estar tranquila, escondida en algún rincón de su mente, apartada del mundo real, viviendo en algún pasado remoto. Al menos no perdió el gusto por la cerveza – esa sí que se la tomaba con ganas. Y eso se lo aplaudo, que le quedara eso cuando ya no le quedaba nada. Tuvo la gracia de quedarse con lo más simpático, y tiene su ironía, porque siempre fue una mujer vital y divertida – no podía haberse quedado con algo mejor de su yo anterior que su pasión por las tapitas y la cerveza.

Mi tía supo que se iba, tuvo en momento fugaz en el que me regaló repentinamente un libro… algo que nunca hacía. Siempre me daba regalos (a escondidas, no la dejaban hacerlo abiertamente), pero nunca arrancaba a darme algo porque sí. Y ese día se levantó para despedirme, me miró y me dijo: espera. Fue hacia la repisa, no sin dificultad, y cogió el libro que se acababa de leer. Quiero que te lo quedes, me dijo, es un regalo. Y yo, quizás en sincronía con su repentina despedida antes de tiempo, le pedí que me lo firmara. Ella me dijo que no sabía lo que poner, que tenía la letra mal por el pulso, pero le dije que no era importante. Me miró y lo entendió. Y me lo firmó. Igual que me entendió cuando me dio el último abrazo y no me quería soltar. No me han abrazado tan fuerte en la vida – y se lo agradezco, porque se despidió de mí con lo mejor que supo darme nunca: amor incondicional.

Y no vuelven. No porque no quieran, sino porque ya no pueden. Su tiempo con nosotros se agotó y tuvieron que irse. Pero lo que dejaron es inmenso y eso nadie se lo puede llevar. Y hoy les dedico este homenaje y les doy las gracias por haberme dado tanto y por haberme hecho tan feliz cuando pudieron. Espero que allá donde estén los cuiden como se merecen y sepan que nunca los voy a olvidar. Personas tan grandes nunca se van, permanece su esencia. Gracias por haber pasado por este camino fugaz al que llamamos vida. Os echo de menos, pero os prometo disfrutar de todo lo que venga con vuestro recuerdo en la mente.

Se fueron pero siguen con nosotros.

 

Limerencia

El amor obsesivo, la atracción irrefrenable por otra persona. Cierras los ojos y piensas en su cara, en sus labios. Los labios con los que te besa, te dice lo guapa que eres, lo bien que hueles, lo suave que estás. Esos labios por los que se te eriza la piel si se te acercan, de esa boca que sabe a miel, ese aliento que reconoces, ese sabor único. Sabor inconfundible, el sabor de estar en casa al fin, de no tener que buscar más.

Sus ojos negros, sus pestañas largas, su mirada. Esos dos ojos negro azabache mirándote, desmontándote, deshaciendo tus barreras. La mirada que te traspasa, la mirada limpia que te adora, la mirada que te desnuda, la mirada que te hace sentirte querida, atractiva, mujer. La mujer que eres a través de sus ojos, la persona única en el mundo que lo hace sentirse completo. Los ojos que miran con deseo, con avidez, con fruición, con pasión. Los ojos que miran suplicando cariño en un día negro, pidiendo clemencia cuando se han equivocado, reclamando cariño cuando más lo necesitan. Los ojos que se posan en ti y te ven de verdad, sin artificios, como eres – con tus defectos y tus virtudes. Los que te ven por quien eres y no quien finges ser de cara al mundo. Los ojos que saben lo que ven y lo veneran. Los ojos que te iluminan un día gris, que te dan los buenos días con sólo un gesto, que te hacen sentirte abrazada sin palabras. Ojos negros que hablan, que se comunican mirando de lado, de frente, entornados, muy abiertos, muy fijos, concentrados… siempre mirándote a ti. Ojos que te buscan en la multitud, en una plaza llena de gente en la que aún no os habéis encontrado. Sus ojos grandes, negros, almendrados, misteriosos o interesantes.

Esa sonrisa. A veces es una simple mueca, pero no necesitas más. Esos labios que se abren un poco y dejan ver su sonrisa, sus dientes blancos, perlados, alineados, perfectos. Esa cara única que podrías dibujar con los ojos cerrados, que tantas veces has recorrido con las manos, acariciado, recordado en la oscuridad de tu cuarto, al abrir los ojos por la mañana, al notar que te pesan los párpados por la noche. Sus ojos negros, sus labios, su sonrisa, su pelo negro ensortijado, su cara… él. La única cara que sabes que nunca olvidarás, da igual el tiempo que estés sin verla. La cara que te consigue tranquilizar sólo viéndola en la distancia, los rasgos que sabes de memoria, el rostro que encuentras en la multitud cuando llevas tiempo sin verlo y confundes su cara con otras – cuando te puede la impaciencia.

¿Dónde está? Por qué no me llama, por qué no contesta a mis mensajes, se habrá olvidado de mí, estará con otra, le habrá pasado algo, estará en la oficina, estará en casa, con los amigos, en el gimnasio, conduciendo. Por qué tarda tanto,  a qué hora dijo que venía, le gustará este regalo, me verá guapa con esta falda, y si no le gusta este perfume nuevo, me recojo el pelo, me lo aliso, me maquillo o no, dónde están mis tacones, será una cita informal o me visto de fiesta. Que no sepa que ando pensando en él, que no se me note, que no se me vea impaciente, no quiero parecer una loca, no quiero asustarlo, no quiero que huya, no quiero perderlo, no quiero que me lo quiten, no quiero que me lo roben, no puedo estar sin él, sentirá lo mismo que yo, tendrá miedo de perderme, me habrá echado de menos, se acordará de que es nuestro aniversario, me verá guapa cuando aparezca, será impuntual, estará deseando abrazarme, recordará mi sabor como yo el suyo.

¡Ya lo veo! Noto su andar pausado, tranquilo, de estar seguro de sí mismo. Su ropa impecable, su espalda ancha, sus brazos al son de sus pasos, sus manos. Esas manos fuertes, manos que acarician, abrazan, conducen, arreglan cosas. Sus manos. Sus ojos negros me han visto, me estaban buscando y se han encontrado con los míos. Leve sonrisa, giro de cabeza, acelera el paso, ya casi lo tengo delante. Un abrazo, de los que aprietan, de los que dejan sin aliento. Su abrazo. Un beso, suave, ligero, delicado. Su beso. Me recorre un escalofrío, empieza por la nuca y baja por toda la espalda, sigue por las piernas y llega a los dedos de los pies. Su olor lo impregna todo, mi ropa huele a él, mi pelo, mi bufanda. Me da la mano, entrelazamos los dedos, empezamos a andar. Yo a la derecha, él a la izquierda.

Un amor que levanta, que transporta, que transforma, que desgarra, que rompe en mil pedazos. Que te puede elevar a lo más alto o sumirte en la oscuridad de un pozo sin fondo. Un amor que trastorna, que descoloca, que desmonta todo lo que sabías hasta el momento, que te desfigura las siluetas de tus recuerdos, que te pone el mundo patas arriba. Que te hace querer ser mejor persona para poder merecer su cariño, que te convierte en celosa, que te hace darte cuenta de lo mucho que tienes y lo que podrías perder si se fuera. Un amor que lo inunda todo, que es una fuerza de la naturaleza. Querer por encima de todos, por encima de ti misma, más que a tu propia persona. Poner siempre en primer lugar a esa persona, saber de memoria su olor, su sabor, su tacto, sus luces y sus sombras. Anhelar su presencia en cualquier minuto del día, contar los segundos hasta el reencuentro. No ser nadie en su ausencia, perder la visión sin su luz que alumbre el camino, no saber andar sin el báculo que ofrece su presencia. Querer sin esperar nada cambio, hacerlo por el placer de dar, por la belleza de la adoración en sí misma.

Un amor que todo lo puede, un amor que mueve montañas. ÉL.

 

No aciertas

Mejor que lo asumas desde ya, desde ahora mismo: no aciertas – ni haciendo una cosa ni la otra. Con lo cual, lo mejor que puedes hacer es resignarte y dejar de darle vueltas. Porque te va a ir mejor. O, por lo menos, te vas a quedar más tranquilo.

Y es que tradicionalmente se concebía todo de otra manera. Pero, con el paso de los años, nos hemos ido al otro extremo, olvidando por completo que podría existir el término medio. Que ahí es donde está la virtud. Pero es que hace muchos años vivíamos en la represión extrema. Y se consideraba que la pureza era la mejor de las virtudes. Es por ello que las personas, cuando estaban interesadas en alguien del sexo opuesto, se cuidaban mucho de acercarse directamente a ellas. Eran siempre los hombres los que debían cortejar a la mujer, y se preocupaban de mantener las formas. Lo que hacían era relacionarse con alguien de su mismo estrato social y de su entorno. Se valoraban los modales, los valores y la pureza de la candidata. Se tenía en cuenta su belleza, cómo no, pero lo importante para escoger una mujer era que la persona fuera honesta y honrada.

Una mujer, eso es. Porque la intención era pedir la mano, casarse con ella y crear una familia. Para lo cual se esperaba que ella llegara virgen a tal fecha y que le entregara su flor a su marido. Aunque ese marido debía ser puro también y poder ofrecerle a ella su inexperiencia, por llamarlo de otra manera. Era un acuerdo no escrito, pero funcionaba de esa manera. Y, como el fin último era el matrimonio, el hombre no tenía ningún problema en ponerlo sobre la mesa. De hecho, no era la mujer en busca del marido al que cazar, sino el hombre en busca de la mujer que cumpliera con esas condiciones que ya había anotado mentalmente. No se buscaba algo fortuito sino una relación estable, una base sobre la que construir algo serio y duradero.

Los tiempos cambiaron, la forma de socializar fue evolucionando, y ya las personas se podían relacionar con otras diferentes. Pero permanecía ese requisito de la pureza, la castidad. Y se valoraba, tanto en ellas como en ellos. De hecho, estaba socialmente muy mal visto no ser virgen o llegar al matrimonio habiendo mantenido relaciones sexuales. Esa pureza era un plus. No hablemos de la promiscuidad. Ser promiscuo era el peor de los males. La sociedad, tu entorno, todos te indicaban el camino: debías ser casto y puro. Nadie te iba a querer si no eras así, tenías algún tipo de enfermedad si es que no sabías llegar al matrimonio conservando la virginidad con a que habías nacido.

Pero… fue cuestión de tiempo que llegara la revolución sexual y todo cambiara. Los hippies, las drogas, las comunas, el amor libre. Lo opuesto luchando con el orden establecido. Los nuevos tiempos comiéndose los antiguos. Y la gente que vivía en la represión pudo por fin romper sus cadenas y estar con quien le diera la real gana. Podían tener encuentros fortuitos, podían tener relaciones fugaces sin pensar siquiera en el matrimonio. Podían escoger cómo vivir sus vidas.

Fruto de eso fue la hiper-sexualización de la sociedad, que llega hasta nuestros días y todo lo invade. Las personas pasaron de ser virginales a animales sexuales. Los estudios que analizaban cómo funciona el cuerpo cuando se excita empaparon a la sociedad de un carácter sexual en todos sus ámbitos – y el marketing lo aprovechó para su propio beneficio. El sexo vende, mucho. Por lo tanto, por todas partes había campañas en las que se podía interpretar que comprando o consumiendo algo se podrían obtener favores sexuales del sexo opuesto, se podría ser más atractivo, se podría conquistar a más hombres o mujeres. Lo que llegó intentando salvar a todos se convirtió en una nueva trampa. Y ahora lo ridículo e irrisorio era no tener relaciones sexuales a diestro y siniestro.

Vivimos en una era que aplaude al promiscuo y tacha al tímido. En unos tiempos en los que todo es sexual y, sobre todo, lo íntimo se considera vox populi. Por lo tanto, lo común es alardear de conquistas y comentar secretos de alcoba como si fuera lo más normal del mundo. Lo ideal es poder contar a todos las muchas personas con las que tienes encuentros, que todos sepan lo sumamente atractivo que eres y lo lejos que estás de la virginidad clásica. Y se señala al que no comparta esa actitud, se obvia que las personas pueden no ser ni una cosa ni la otra… que las conquistas fluctúan a lo largo de la vida, que las apetencias varían, que las circunstancias vitales condicionan todo lo relacionado con la conducta humana – sexo incluido.

Hemos vuelto a caer en nuestra propia trampa: de tanto querer alejarnos de ese puritanismo nos hemos convertido en animales sin rumbo que aplaudimos a cualquiera. Y se nos olvida que seguimos siendo personas, con sentimientos, con necesidades, con capacidad de raciocinio. Que lo importante es respetarnos, entendernos y no meternos en vidas ajenas. Que lo ideal sería que cada uno escogiera su opción personal, que no se la tuviera que contar al mundo, y que nos pareciera genial no saber sus temas íntimos.

Por eso no aciertas: porque no es posible hacerlo. Porque en un mundo en el que hay que mostrar a mujeres semi-desnudas orgásmicas frente a un hombre bastante feo para vender un desodorante, lo de menos son los valores. Y lo demás, lo que vende. Y mientras siga vendiendo, seguirás sin acertar. Pero, no te preocupes, que es cuestión de tiempo. Ya acertaremos.

Ni cuenta

No te has dado ni cuenta. Un día abres los ojos, te desperezas, bostezas, te estiras, miras por la ventana para saber si hace bueno, te giras hacia la izquierda en modo croqueta para salir de la cama… Y te das cuenta de que han pasado nueve años. Y te quedas con los ojos como platos, la boca entreabierta y la postura congelada. Empiezas a ver los últimos nueve años de tu vida pasando por delante de tus ojos en forma de diapositivas y te sorprende lo mucho que ha pasado, lo mucho que has sentido y lo poco que sabías esto cuando viniste pensando que “siempre hay billetes de vuelta”.

Un día decides que necesitas salir, alejarte, hacerte a ti misma. Y empiezas a escanear tus opciones, tus alternativas, tus planes vitales. Y te dedicas mañana, tarde y noche a la búsqueda de empleo en la capital. ¿Por qué? Porque es la ciudad en la que siempre has querido vivir, porque llevas años imaginándote paseando por sus calles, probando sus bares, entrando en sus librerías y disfrutando en sus cines. Es tu sueño particular y no ves por qué no se tenga que cumplir.

Tienes todos los sentidos en tu objetivo y, como no puede pasar de otra manera, empiezan a llamarte, a mandarte emails, a citarte para entrevistas. Y vas, con todas tus ganas al principio, con más dudas según pasan las semanas. Y decides que o es en el centro, o no te vas. Que si lo vas a dejar todo será según tus condiciones. Y como tu ángel de la guarda estaba ese día de servicio, ocurre lo inevitable: que tienes la entrevista en la oficina en el centro, la que no vas a poder rechazar. Y, según llegas allí y ves la cara de la entrevistadora, sabes que todo va a ir bien. Tanto aciertas que sales de allí sin un “ya te llamaremos” y con un “¿puedes empezar mañana?” en su lugar.

Lo tienes que explicar en casa – no es algo sencillo. Te quieres ir, pero pierdes el amparo de la familia. Te acercas a tu sueño y te alejas de ellos. Será por eso por lo que dicen que no se puede tener todo en la vida, que hay que dar gracias por lo que consigues y olvidar lo que te falta. La cosa es que la conversación no es fácil y la decisión es toda tuya, puedes triunfar o fracasar. Puedes estar haciendo el tonto, pero la cosa es que empaquetas unas cuantas pertenencias que crees que te harán sobrevivir en la distancia, llamas a un amigo y te vas a su sofá. Con más miedo que vergüenza, todo hay que decirlo.

Llegas a la ciudad de tus sueños con miedo, cansancio, ganas y coraje. El taxista te tira la maleta en un charco bajo el cielo plomizo de la villa, pero te dices a ti misma que eso no podrá contigo. Y te prepararas para encontrar la casa de tu amigo que tienes anotada en un papel a boli Bic. Y pasas la noche en vela en un sofá-cama mirando al techo y pensando que vas a llegar tarde. No ocurre, apenas duermes, así que te vas a buscar el metro muy temprano y apareces en tu nueva oficina, tu nuevo hogar, mucho antes de la hora convenida. Eso te lleva a pasear por el barrio y acabar en un bar tomando un donut, bar que aún no sabes que será escenario de muchas vivencias, de muchos encuentros, de muchas conversaciones.

Tu primer día es difícil, te cuesta entender tus funciones y todo te resulta tan nuevo que es agotador. De hecho, no descartas dejarlo todo y esconder la cabeza en la tierra, cual avestruz. Pero tu madre te explica que no, que la vida no funciona así, que las cosas salen bien cuando se les pone empeño. Que sólo hay que ser más fuerte y darle una oportunidad a todo: el trabajo, la oficina, la casa, la ciudad, la gente. Y lleva razón, como siempre – las madres siempre llevan razón (aunque tengas que tener muchos años para poder darte cuenta de esto).

Esa oportunidad que le diste a tu sueño es la mejor decisión que tomaste en tu vida y nueve años después, que han pasado sin darte ni cuenta, haces repaso mental y no sabes por dónde empezar. Le diste una oportunidad al trabajo y aprendiste a hacerlo tan bien que sigues en el mismo sitio – cierto que no de la misma manera, pero en esencia es lo mismo. Y eso, que otros pueden ver como algo negativo relacionado con la falta de movimiento, se te antoja bonito, romántico, interesante. Te hace pensar que algo harías bien en ese primer mes para que haya durado tantos años. Algún acierto tuviste, eso es seguro.

Dejaste que la ciudad te cautivara, que te hechizara bajo su encanto, que te enseñara a ver las cosas a su manera. Y te diste cuenta de que nunca deja de sorprenderte. Es cierto que al principio te da la impresión de ser demasiado grande y poco acogedora, pero luego, con el paso del tiempo, te das cuenta de que era sólo el color del cristal de las gafas con la que la mirabas. Es grande, pero tierna. Es majestuosa, pero humilde. Es bulliciosa, pero acogedora. Los barrios tienen su propia vida, no tan diferente a la de otras ciudades más pequeñas, y te abrazan para hacerte uno más. Puedes ser quien quieras y no pasa nada: nadie te mira, nadie te señala, nadie te juzga. Hay tantas personas tan diversas que puedes reinventarte las veces que necesites y ella, la ciudad, te acogerá en su seno. ¿Sabes otra cosa que te da? Cariño – cada vez que lo necesites. Si te preocupa algo sólo tienes que pasear por sus calles y sus edificios, sus parques, sus estatuas… te irán calmando ese dolor. Te irán suavizando la pena con imágenes tan bonitas que no habrá lugar para el llanto.

La gente: esa sí que te ha sorprendido. Los que te has ido encontrando por el camino, los que te han ayudado cuando lo necesitabas, los que se han acordado de ti cuando nadie lo hacía, los que se han salido de su camino para ayudarte a andar por el tuyo, para darte la mano, un abrazo, unas palabras de apoyo, un regalo, una cena, un chiste malo o un piropo. Tantas cosas, tantos sitios, tanta gente, tantos recuerdos. Tu pequeña familia en tu sitio nuevo, tu círculo de confianza en la capital, tu familia madrileña.

Y sonríes, te levantas y te vas hacia la ducha pensando: hay que ver, nueve años sin darme ni cuenta. ¿Qué vendrá después?

La vida es bella

Hay una palabra de moda que últimamente oyes por todas partes: resilience. En español: resiliencia, que según el DLE es:

  1. f. Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos.

La tienes, la tenemos. Nos caracteriza, de hecho. Desde el preciso instante en el que abandonamos el vientre materno se suceden una serie de acontecimientos que casi siempre nos perturban, nos son adversos o nos producen algún tipo de malestar.

Primer hecho traumático: el parto. Estás durante 40 semanas en el cuerpo de tu madre recibiendo la comida que necesitas, dormitando, creciendo… siendo un pequeño ser vivo con pocas preocupaciones y muchos mimos. Todos están pendientes de ti sin que tengas que hacer nada al respecto: tus padres, los médicos, la familia de tus padres, sus vecinos y amigos. Si me apuras, hasta las mascotas que puedan tener – los perros se ponen muy protectores ante las embarazadas. Y, tras ese tiempo que pasas formándote, tienes que salir. Se rompe la bolsa y empieza la acción. Eso si todo va como se espera y no se trata de una cesárea: porque si te toca que te animen a salir sin que te lo plantees, el shock es aún mayor. Y, a partir de ese momento en el que sales al mundo exterior y te animan a hacer ruido para comprobar que estás sano y fuerte, todo serán hechos inesperados – buenos, malos, regulares… pero fuera de tu control.

En la vida nada está predefinido ni escrito ni es susceptible de ser orquestado. Habrá una serie de hechos sobre los que podrás tener cierto poder de decisión, pero deberás ser consciente de que todo lo que te rodea está en perpetuo movimiento y fluctúa. Y nuestra natural tendencia a querer controlar las situaciones, a aficionarnos a la comodidad de la rutina nos juega una mala pasada. Y cuando ocurre lo imprevisto, lo controlable, lo inesperado… Nos frustramos.

Entramos en una espiral que se retroalimenta de pena, desesperación, rabia, desilusión. Sobre todo, eso: desilusión. Perdemos nuestra habilidad para seguir luchando, para ver lo positivo dentro del caos, para recordar que tras la tormenta sale el sol, que existen los arcoíris en los días más grises. No entendemos por qué nos ha pasado eso, no entendemos por qué a nosotros, perdemos la fe, ya no tenemos energía, nos flaquean las fuerzas para seguir luchando. Es algo consustancial al ser humano: la desesperanza ante lo que produce un maremoto en nuestras vidas.

Olvidamos que la destrucción y el horror es parte de la vida en general – que es algo inevitable. En algún momento nos puede dejar nuestra pareja, nos pueden dar de lado nuestros amigos, nos pueden despedir. Incluso, entrando en el terreno de las catástrofes naturales, podemos ser víctimas de un incendio, terremoto o tsunami. Y no habrá nada ni nadie que nos pueda evitar el sufrimiento, el miedo, la angustia o la frustración. No tenemos un seguro que nos evite esas situaciones, ni lo necesitamos. Porque no debemos vivir en una burbuja, no hay que ser el niño de cristal, no hay que dejar de vivir las desgracias o penurias vitales.

Existe la resiliencia – ella es la que entra en juego. La que nos va a acompañar en todos los momentos difíciles de nuestra vida. Van a existir y los vamos a superar. Porque es en los tiempos de crisis cuando se forja nuestro carácter, se agudiza el ingenio, se descubren personas muy valiosas que habían permanecido en la sombra. El bebé que llora sin que su madre venga a auxiliarlo aprende que puede calmarse y dormir solo pensando en su presencia, en su olor, en su voz canturreando nanas. El adolescente que suspende su final descubre que podía confiar en su compañera de pupitre para por fin entender las integrales. El adulto que no encuentra trabajo de lo que lleva meses buscando reacciona y entiende que debe montar su propia empresa viviendo de lo que más le gusta hacer. La persona a la que le rompen el corazón entiende que quien se fue no lo merecía y que lo más importante era quererse a sí mismo. Aquel que pierde a un ser querido encuentra amor en personas que, sin esa circunstancia dolorosa, no habría podido conocer.

Las casas derruidas se reconstruyen. Los corazones rotos se recomponen. Los exámenes suspendidos se recuperan. Los seres ausentes se recuerdan.  Y en ese proceso aprendes a tener paciencia, valor, coraje, autodisciplina, confianza en ti mismo. Descubres que la vida no se construye de momentos de risas sino que es un compendio de épocas grises, blancas y negras. Que los hechos no son lineales sino circulares. Que eres un ser equipado para adaptarse a cualquier situación o conflicto, que vienes de serie con las herramientas para conseguirlo y en la vida solo tendrás que ir aprendiendo a utilizarlas. Que lo mejor que puedes hacer es asumir lo inconstante de la vida ya que, cuando menos te lo esperes, ocurrirá algo que haga temblar tus cimientos. Pero las casas de verdad no se derrumban ante un terremoto, por fuerte que sea. Las casas fuertes se mecen con las ondas y se adaptan a la situación. La sobreviven y salen doblemente fortalecidas.

Eres resiliente, puedes con todo lo que se cruce en tu camino. Asume la belleza de la vida, lo que tiene de bonito no saber lo que te depara el futuro. Y abraza el cambio, porque de toda catástrofe siempre se saca alguna lectura positiva. Lo sabrás cuando venga, y te sorprenderás sonriendo para tus adentros y dándote cuenta de lo bella que es la imperfección. De lo bella que es la vida.

*Con la voluntad se puede hacer de todo. Yo soy lo que yo quiero.* (“La vida es bella”, R. Benigni)

Tu hogar

El lugar en el que más cómodo te sientes, el sitio en el que no llevas ninguna coraza, allí donde duermes a pierna suelta, donde conoces y te conocen, donde no te examinan ni evalúan, a donde vas cuando pones el piloto automático: tu hogar.

Curioso pensar que un hogar no es tanto un lugar en sí sino una sensación, una percepción, un sentimiento de protección y comodidad. Y eso hace que el hogar pueda ser casi cualquier sitio, no ya diferente para cada persona, sino susceptible de variaciones para una misma persona a lo largo de su vida. Puede ser la casa de tu abuela con su olor a arroz con leche, puede ser la casa de tu madre y su ejército de croquetas o la casa de tu tía con su salmorejo.

La cocina: ese santuario de la casa en el que tantas cosas pasan mientras observas lo que cocinan o te piden ayuda como pinche. Hay imágenes que cuesta olvidar, por muchos años que pasen. Aun cuando los protagonistas ya las han olvidado: tu cerebro de niña lo ha grabado a fuego y tu memoria a largo plazo no te falla. Y esa niña se cuela en la cocina en la que su abuela anda entre fogones y se coloca detrás, subida a un taburete para observar tranquilamente en silencio. Y ve cómo esa señora pequeñita, rechoncha, coqueta y bien vestida se coloca unas gafas para poder quitarle las espinas al bacalao. Unas gafas que nunca lleva en público porque cree que la afean – y ella nunca dejaría que no la vieran arreglada, guapa y femenina. Oliendo bien, con su pelo de peluquería (con un baño de color, que ella no se tiñe) y su falda demasiado corta. Nada de escote, eso sí, pero las piernas de porcelana sin una sola imperfección brillan al sol mientras su paso corto e insinuante mueve de un lado a otra la falda. Una forma de andar que no pasaba desapercibida para nadie: ellos y ellas. Una mujer de las que ya no quedan, de las que ya no se llevan: coqueta, aniñada y femenina. Cariñosa, sin dobleces, risueña e inocente. Una mujer que dedicaba toda una mañana a su plato estrella: bacalao con tomate. Ese plato que sólo cocinaba para hacer sentir a su familia el calor del hogar. Esa familia a la que sólo veía en ocasiones contadas y por las que lloraba a mares cuando se despedía. Se asomaba a la ventana, pañuelo en mano, y se despedía con la otra mano. Le gustaba ver el coche yéndose, quizás para poder convencerse de que la dejaban por unos meses y ya no tenía que llenar el frigo de todo tipo de caprichos.

Las gafas, que se me va el santo al cielo… Se las ponía para poder quitarle la espinas al bacalao y que no se le escapara nada. La vista cansada es algo inevitable según pasan los años, aunque todos sabíamos que lo suyo era más miopía que otra cosa – pero ella nunca lo admitiría, faltaría más. Ya he comentado su adorable coquetería. Y desde el taburete la veía afanada en las espinas y en su famoso tomate. Tenía un truco, como los buenos magos, para que supiera de manera que segregabas saliva sólo con la anticipación. Pero me siento incapaz de revelarlo, eso pasa de mago en mago: no se cuenta. Y, de repente, se giraba y me veía. Sonreía, rápido se quitaba las gafas. Me preguntaba cuánto llevaba allí y yo le mentía (me encantaba observarla sin que ella lo supiera, nunca quise decírselo… y ahora creo que fue por pura timidez), y corría a lavarse las manos y a prepararme el desayuno. Lo que quisiera, porque a su parecer siempre estaba delgada y siempre podía comer más. Creo que en eso todas las abuelas coinciden porque al acercarse el nacimiento de su primer nieto las mandan a un curso especial de amor extremo e incondicional que te impide ver los defectos y te lleva a querer sobre proteger a ese nuevo miembro de la familia. Y no se les suele dar mal, creo que a todas les podían dar matrícula de honor.

En otra cocina veo a mi madre con su legión de croquetas: la vigilo igual que a mi abuela. Sentada, sí, y paciente. A ella no la asusto, pero me sorprende su constancia, su perseverancia, su capacidad para no distraerse ante una tarea tan ardua. Su habilidad para dedicarle horas a la bechamel, sus fracasados intentos de enseñarme: no gires así, que se corta – ve siempre en la misma dirección – más lento, no hay prisa. Y esas famosas croquetas me hacían comerme (no demasiado bien) los garbanzos previos. Esos garbanzos que siguen sin gustarme, pero que eran la mejor antesala de las croquetas. No he vuelto a tomar unas croquetas con tanta carne, pero noto el sabor en la boca si me concentro y cierro los ojos.

Son lugares, sensaciones, situaciones. Pero, sobre todo, un hogar es una persona. Esa persona ante la que no te disfrazas, esa persona que es como la sensación a sábanas recién puestas. Como el olor a césped recién cortado. Como el madrugar sin despertador con el sol entrando por la ventana. Como desperezarse en la cama y saber que tienes todo el día por delante por planear y descubrir. Como el olor a chocolate caliente. Como el olor a pelo recién lavado. Como el olor a bebé tras su baño. Como el olor a tu comida preferida.

Es esa persona que cuando te abraza te desmonta, deshace tus nudos, acaba con tus miedos, aniquila tus dolores, fulmina tus penas y ahoga tus preocupaciones. Ese es tu hogar.

Writer’s Block

Bloqueo del creativo, miedo ante la página en blanco, pánico ante el vacío. Impaciencia, frustración, impotencia, depresión, resignación.

Paseo, baño, lectura, serie, música… Just Jack:

I must have got up about twenty to seven
Had a shower and had breakfast
And had a couple of pieces of toast
You know, forced it down

Then had a cup of coffee
It was pouring with rain
And I thought oh God
You know, good old England

I get this writer’s block
It comes as quite a shock
And now I’m stuck between
A hard place and the biggest rock

In my own head consumed
I sit back in my room
It’s like the tapestries of life
Get tangled in the loom

Parece que no es tan original esto. Llueve, como en la canción. Te recuerdo diciendo “¿por qué llueve tanto?”. Lo decías una y otra vez, en bucle. Cada vez que llueve sin parar te recuerdo. Postrada en la cama diciendo eso. El bolso rosa empapado. El pompón deformado. Parecía que nos habían tirado cubos de agua. Tuve que echar todo a lavar nada más entrar en la casa. Ni los zapatos se secaban. No tenía ropa que ponerme, había llevado una maleta vacía. Mi mente había sido incapaz de preparar un equipaje que estuviera listo para lo inesperado, la lluvia torrencial, porque lo inesperado ya había ocurrido. Estaba ocurriendo. Lo imposible se hacía posible. Los peores miedos tenían nombre, eran tangibles.

Un día lluvioso, un día de Andalucía, un día que jugaba España, un día caluroso en San Pedro… Todas las despedidas grabadas a fuego en la mente. Diferentes, pero dolorosas. Ninguna pasa al olvido.

Día lluvioso en la Bajamar: las calles inundadas, el colegio impracticable, día libre para profes y alumnos. Aventuras que contar a tus vecinas. Excusa para usar las botas de agua – si es que te dejaban salir a la calle.

Primer día lluvioso en Kingston: paseo a reconocer el barrio con muy poco éxito. Los vaqueros de campana, como mandaba la moda del momento. Una cámara de fotos de carrete, un flash no muy eficiente. El agua que ibas recogiendo con los pantalones hasta que te llegaba a la rodilla. El bajo del pantalón cediendo y las pisadas haciendo que se desgastara… un futuro de rotura próxima.

Primer día en Madrid: una maleta grande, un taxista con malos modales, un paraguas endeble y una lluvia incansable. Maleta en el charco, barrio desconocido, poco saldo en el móvil. Preludio de una semana visitando habitaciones de alquiler paraguas en mano, mapa en la otra, móvil con cada vez menos saldo en el bolsillo.

Lluvia en París, frío. Nieve en Berlín, tormenta de nieve. Granizo en Gallipoli. Lluvia suave en Roma. Botas, charcos, paraguas, capuchas… Gente que no cabe en las aceras. Esquivar varillas, mirar al suelo para evitar salpicaduras. Coche que pasa, ola estilo Carrie Bradshaw.

La lluvia como elemento conductor, como pegamento de recuerdos, como agua purificadora que te hace renacer, renovarte. El agua del vientre materno, la vida, el inicio y el fin. El recuerdo del mar, el sonido de las olas, el olor a sal, la brisa marina en la cara, ojos cerrados, respiración lenta.

Las gotas de lluvia contra los cristales, olor a mojado. Relax.