Intangible

Cuesta trabajo definirlo, porque todo aquello que tenga que ver con sensaciones o sentimientos nunca es fácil de explicar. Y tampoco es sencillo conseguirlo o perseguirlo. Cuanto más te preguntas cómo ha ocurrido o por qué no está pasando, más te alejas de ello.

¿No te has dado cuenta de que hay personas con las que tienes una conexión instantánea y otras a las que no entiendes por mucho que habléis el mismo idioma? Y no es una cuestión de atención o interés, porque de hecho suele ocurrir que le dedicas más tiempo a aquellas desconexiones con el objetivo de conseguir arreglarlas o mejorarlas. Olvidas que no se trata de atenciones, de mimos o de horas invertidas. No es una cuestión de ponerle ganas… es que hay relaciones que están destinadas al fracaso mucho antes de nacer.

Te niegas a ello, por supuesto. Con esa manía humana de querer razonarlo todo, meditarlo, analizarlo, diseccionarlo y arreglarlo. Se te mete entre ceja y ceja que te vas a llevar bien con el universo entero, con todos los habitantes del planeta tierra. Pero estás pasando por alto que hay algo intangible en las relaciones que ocurre… o no. Esa chispa que se enciende y que hace que te comuniques con alguien con una siemple mirada, y que otra persona sentada a su lado no te entienda ni aunque le escribas un libro de instrucciones de 300 páginas. Y es algo tan agradable, a la par que recíproco, que los dos acabáis hablando de cualquier cosa que se os pase por la cabeza sin notar que lo estáis haciendo, olvidando que pueda haber otras personas alrededor.

¿No es bonito? Mágico, incluso. Lo fácil que es a veces que dos cerebros conecten y se retroalimenten, se contagien el entusiasmo por haberse encontrado, se distraigan, entiendan, animen, gusten. Lo inesperado, la sorpresa, el encuentro fortuito que te alegra la tarde, que te hace querer quedarte más tiempo aunque deberías irte, que te haga pensar que mereció la pena salir del sofá y pisar la calle, andar en busca de ese yo complementario en una cabeza ajena que haría de un día normal una tarde inolvidable.

Quizás gran parte de su belleza radice presicamente en su carácter aleatorio, en la imposibilidad de provocar una sensación así de manera premeditada. En un mundo lleno de tecnología donde todo se puede reducir a algoritmos y meter en bases de datos artificiales, una conexión humana contra todo lo pevisto te demuestra que, como ya sabías, las mejores cosas de la vida son gratis. E inexplicables.

Feliz semana.

Nos equivocamos

Pasamos tanto tiempo de nuestra vida diaria ocupados en actividades mecánicas, en tareas de esas que realizamos sin pensar, que se nos olvida que la vida es eso justamente que nos está ocurriendo. No es el plan de futuro, ni la quedada del sábado, ni el viaje a Islas Mauricio del próximo noviembre. Es ahora, es esto, es hoy, es este preciso minuto en el que andas leyendo las cuatro palabras que me he animado a juntar tras las vacaciones.

¿No te da pena a veces? Pensar que te pasas toda tu existencia corriendo de un lado a otro, sin darte ni cuenta de que solo rellenas huecos, víctima del horror vacui que nos domina a todos en esta sociedad moderna de tecnología, inmediatez y todo tipo de dispositivos que no nos conectan, sino que nos hacen cada vez más torpes, insensibles, asociales, inhumanos.

Sin querer, como por una bendita casualidad de esas que se dan a veces en la vida, te encuentras en otro lugar y no se parece nada a la ciudad en la que vives. Y, sin saber cómo ni por qué, dejas que el ambiente local se te contagie, se te pegue a la piel, te entre en los pulmones al respirar, se meta en los tímpanos en forma de voces calmadas, pájaros cantarines sin prisa, coches que pasan sin más preocupación que la de llegar pronto a la playa para poder tomar el sol y darse un baño bien merecido. Y te das cuenta de que nos equivocamos: lo importante no es ir corriendo de una parte a otra, lo verdaderamente interesante es disfrutar de la nada. Simplemente dejar que lo que te rodea te marque el paso, el rumbo, el ritmo.

Porque nos preocupamos demasiado por cosas tan insustanciales… sin querer ver que lo único que vale es un abrazo, un plato de comida, un buen vino, una caña helada, un ataque de risa tras oír un chiste malo, charlar con la panadera sobre una empanada, agradecer el piropo del quiosquero, admirar la fachada de esa iglesia por la que pasas a diario, acariciar al perrete que se te acerca moviendo la cola, sonreír al ver a esa niña intentar darle de comer a las palomas, tener un techo bajo el que dormir y un peluche al que abrazar cuando no te apetece salir de casa. Porque la vida está en esas pequeñas cosas.

Hemos vuelto en Sweet Limerence… Bienvenidos.

Sin salida

A veces la calle está cortada, o no tiene salida. Así que avanzas hacia la nada, quizás sin saberlo, quizás por dejadez ni viste la señal que te avisaba de que ese camino no llegaba a ninguna parte. Bueno, sí que llegaba, pero a un final, a un punto de no retorno… no te llevaba a otra calle, no había giros, salidas, escapatoria. Y te encuentras, de repente y sin previo aviso, en una calle que has recorrido en su totalidad y a la que no le queda ni un centímetro más que pisar. Has parado en todos los puntos, admirado los paisajes, las vistas, saludado a los viandantes, acariciado a los perros que se te cruzaban, te has hecho selfies y has charlado con el frutero. Pero se te ha acabado.

¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¿Cómo actuar? ¿A quién acudir? ¿Qué dirección tomar? ¿Cómo hacerlo? ¿Cuándo? ¿Pedir consejo? ¿Hacer caso a esos consejos? ¿Reflexionar? ¿Meditar? ¿Parar y ver la vida pasar? ¿Esperar? ¿Rezar? ¿Darle vueltas a todo? ¿No pensar en nada? ¿Dejarlo estar? ¿No hacer nada? ¿Ponerlo todo patas arriba? ¿Darle la vuelta a la tortilla? ¿Resignarte? ¿Pelear? ¿Crear un camino nuevo? ¿Desandar lo andado? ¿Borrar tus propios pasos?

Puede que una calle sin salida sea justo lo que necesitas, lo que te lleva a crear tu propia salida, a poner las baldosas y pisarlas, una a una. A no dar nada por hecho, a no fosilizarte, a no confiar en el inmovilismo, a retarte, a cuestionar tus propias decisiones, a desconfiar de la rutina, a inventar una nueva. Es muy probable que la ausencia de salida sea una escapatoria en sí misma, una señal de alarma, una oportunidad.

Para. Descansa. Mira hacia atrás. Recuerda lo bueno. Guarda lo malo como lecciones aprendidas. Levántate. Sacúdate el polvo. Saca pecho. Respira. Sonríe. Y da tu primer paso en el nuevo camino que vas a inventar. Actúa.

Descompresión

La alarma. El atasco. El bus. El taxi. El coche. La bici. La moto, El código de entrada. Los emails. El móvil. La reunión. La llamada. El ascensor. Las escaleras. El taper. La merienda. La fruta. El super. Las colas. El calor. El sueño. La casa. La fregona. La limpieza. La sartén. Las horas que pasan volando. Las noches en vela. El madrugón. Las ganas de siesta. La fecha de entrega. El plazo que se acorta. El cambio de opinión. Los planes improvisados. El metro que no llega. El que se va en tu cara. El abono caducado. El taxi que pasa de largo. La terraza llena. El chorro de agua que te empapa las gafas. La bebida caliente. La cubitera sin hielos. El último helado del congelador. Las colas. El sudor. El peinado que se cae. El golpe de viento que te levanta el vestido. La lluvia repentina que te pilla antes de llegar a casa. La caca del perro en el portal. El camión de la basura haciendo ruido. El afilador a una hora inesperada. El tapicero y sus altavoces. El vecino gritón. La vecina con tacones. El ruido, el calor, el bullicio, el estrés.

El olor a mar. Los gorriones cantando. Unas gaviotas de lejos. El aire fresco en la piel. La comida recién hecha. La siesta improvisada. El silencio. El paseo por la playa. La tapa con amigos. Las risas. La paz.

Pánico escénico

El miedo como forma de vida. Como motor principal de tu día. Como cristal de las gafas que llevas puestas para ver el mundo. Como amigo inseparable que no deje de susurrarte ideas negativas al oído. Como fiel escudero que te hace más mal que bien.

Se dice que el miedo es bueno, que es una respuesta natural del organismo ante situaciones desconocidas o potencialmente peligrosas. Que es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie. Que es aquello que nos protege de hacernos daño o, incluso, matarnos. De adentrarnos en lugares que podrían hacer peligrar nuestras vidas. O de acercarnos a quienes podrían dañarnos.

Pero el miedo, a veces, se pasa de precavido y nos hace daño. Porque, con la excusa de que él mira por nuestro bien, se nos sienta en el hombro – cual loro – y se pone a soplarnos cosas en la oreja. Y esas cosas, a veces, no son positivas. Bueno, nunca suelen serlo. Pero, en algunos casos, no nos hacen bien. Y ese miedo, fiel amigo, nos coge de la mano y no nos suelta. Y no le da la real gana de dejarnos en paz. De dejarnos vivir, de permitirnos seguir el camino que tenemos marcado, la decisión que hemos tomado.

A veces hay que aprender a convivir con él, a no tenerle miedo al propio miedo, a decirle que entiendes que te dice las cosas por tu propio bien… pero que sabes cuidar de ti mismo. Y que, aunque los argumentos que te da no son inciertos, puede que se esté precipitando pensando en lo peor. Y que siempre tomas decisiones basadas en hechos racionales. Que este paso que vas a dar es necesario, interesante. Que es una oportunidad, un reto, una ocasión para crecer y aprender. Que habrá muchos obstáculos en el camino, pero al final merecerá la pena.

Que tiene para rato, porque no piensas tirar la toalla. Así que: miedo, ponte cómodo, porque esto lo gana el que ría último… y aún no he empezado a reírme.

Abróchense los cinturones, que empieza la aventura.

Olores

Ves los anuncios… esa chica corriendo vestida con gasa rosa, melena rubia el viento, las olas del mar, una sonrisa, un hombre perfecto que la abraza y le da vueltas en el aire. Felicidad, amor, risas, sol, playa, alegría. Es un anuncio de perfume. Lo sabes porque cuando se ven imágenes de ese tipo y no entiendes bien de lo que va el tema, casi seguro que van a anunciar alguna fragancia.

No los culpas, no puede ser fácil tener que plasmar en imágenes lo que supone un perfume. Lo que se siente cuando vas andando por la calle y una nube de un olor reconocido te sacude. Cierras los ojos, paras en seco, te giras hacia esa fragancia. Quieres saber quién la lleva. Miras y… no, no es quien creías. Pero te ha venido su imagen a la mente, su voz, sus ojos, su sonrisa, su tacto. Su yo.

Porque los olores son tan personales que una de las cosas más difíciles es regalarle a alguien un perfume, por mucho que conozcas a la persona. Da igual que sea alguien cercano; sin su nariz y su forma de experimentar el olfatear ese frasco, es imposible saber si estás errando. Porque le puede gustar el olor dulce, o a jazmín, o a roble, o a césped recién cortado, o a bebé que acaban de sacar del baño. Pero, sobre todo, porque no hay dos personas que huelan igual usando la misma fragancia.

Ese perfume se funde con el olor de la piel de quien lo usa y se convierte en algo único, irrepetible, reconocible, inolvidable. Se convierte en su esencia, en el olor a tu amiga, tu mejor amigo, tu abuela, tu madre, tu vecino, tu amante, tu marido. Porque la piel que hay bajo esas pulverizaciones tiene un olor característico que le imprime al perfume recién sacado de la caja una personalidad, un carácter, una forma de ser y de existir en el mundo.

Y es que no hay nada más personal que el olor, más íntimo, más inimitable, más perdurable, más atractivo, más especial. Su olor. Tu olor.

Crece

Al principio piensas que no vas a poder, que es algo que siempre se te ha resistido por algo. Quizás no hayas nacido para eso, quizás sea pura torpeza. Puede que hicieras algo muy malo en otra vida y por eso en esta te impiden conseguir hacer esto bien. Y, por todo eso que te da vueltas en la cabeza, lo pospones. Lo dejas estar. Lo olvidas. Lo asumes con resignación.

Pero una buena mañana piensas: ¿y si lo veo como un reto? Es decir: ¿y si pienso que no es algo que nunca vaya a conseguir sino algo que deba intentar con mayor dedicación? Solo se trata de trazar un plan y seguirlo paso a paso. Es decir, que si me lo propongo, lo consigo. ¿Por qué no? ¿Por qué no ponerle ganas en lugar de tirar la toalla?

Y lo haces: te paras a pensar, decides cómo lo vas a hacer y te ciñes al plan establecido. Al principio, con ciertas reticencias. Esto no puede ser tan fácil. No porque lo piense con fuerza me va a salir mejor que las veces anteriores. ¿O sí? Quizás mi propio derrotismo me impedía intentarlo con ganas, con la ilusión que se merece.

Así pasan los días, las semanas, los meses. Y una buena mañana te das cuenta de que sí, de que era cuestión de ponerle ganas. De que no era torpeza, sino falta de fe en tu propia persona. Y no puedes evitar sonreír mientras miras las nuevas hojas de tu planta. Bueno, de tus plantas, que ya son dos. Porque, viendo que no matabas a la primera, te animaste a tener una segunda. Y así descubriste que no se te daban mal las plantas, simplemente no sabías cómo tratarlas. Era una cuestión de aprender, de tener paciencia y ganas de hacerlo bien. Y la planta te lo agradeció creciendo, siendo cada mes más frondosa y alegrando a todo aquel que quisiera mirarla.

Porque las plantas también notan el cariño, las ganas y la paciencia. Y, si sabes escucharlas y entender lo que necesitan, te lo recompensarán con creces. Porque no se trata de ver cómo crece, sino de crecer con ella.

Es mental

Respiras un poco más fuerte, aunque no puedes percibirlo. Lo intuyes porque cuando estás a punto de adelantar a alguien, mira hacia atrás según te acercas. Se ve que tu aliento te precede. Coge aire por la nariz, expúlsalo por la boca. Intenta hacer respiraciones profundas, acompasar los latidos, calmar el cuerpo para poder cumplir con el plan establecido.

Un paso, otro más… ya no tienes piernas. Eres un robot en funcionamiento, se suceden los movimientos mecánicos, se mezcla el sudor con el calor, el cansancio, el agotamiento. No, eso no, aún no has terminado tu ruta. No puedes darte por vencida, no debes dejar que eso ocurra. Pero… cuesta trabajo. Te duele el costado, parece que no has respirado todo lo bien que creías. Y sientes la alergia, que te ralentiza. Te pican los ojos – eso es que te ha entrado sudor. Hablando de sudor, si te intentan abrazar, te escapas cual pastilla de jabón recién usada. Mira, justo a tu derecha, tres amigas tomando una caña en una terraza. Anda, a la izquierda, un perrito muy mono – tienes unas ganas tremendas de parar para acariciarlo. Jo, se te ha metido algo en el ojo. Vaya, te acabas de tragar un mosquito – eso te pasa por no cerrar la boca. Si se veía venir. ¿Y estos pasos? Me acabo de ver reflejada en ese cristal y parezco alguien que necesite que le concedan la extrema unción. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Por qué lo estoy haciendo? No valgo, no sé, no puedo. No voy a ser capaz. Es un esfuerzo inútil. No sirve de nada. No me luce. No me gusta. No me lo estoy pasando bien. No mejoro. No avanzo. Mira aquel, me ha adelantado como si nada. Me duele todo, quiero parar, no pienso volver a correr, no sé qué hago aquí, no entiendo por qué pensé que esto era una buena idea, no sé hacerlo, no puedo, no nací para esto. Me ahogo, quiero parar, no puedo un segundo más.

Miras Runtastic y no vas tan mal, has recorrido mucho más de lo que esperabas y encima lo has hecho rápido. No puedes parar ahora, no lo dejes. No dejes que tu cerebro te engañe, te diga que eres incapaz, te impida cumplir con tu plan de entrenamiento. Venga, un último empujón y llegas a casa. No tires la toalla ahora, deja de buscar excusas. Dile a tu demonio mental que deje de ponerte palos en las ruedas porque no piensas parar. Tu cuerpo puede, estás preparada. Solo te queda lo más difícil: callar las voces de tu cabeza. ¿Sabes por qué? Porque el deporte no es físico, es algo mental.

SIN PRISA

Suena la alarma, la apagas (por la tercera vez), te desperezas, bostezas, vas hacia la ducha. Se suceden desayuno, acicalamiento, ropa, viaje en metro, trabajo, reuniones, obligaciones, compras deporte. No te da tiempo a nada, sabes que los días son demasiado cortos y que podrías llenarlos aunque tuvieran 70 horas.

Lo haces porque tienes que hacerlo, porque es lo correcto, porque es lo que toca, porque se supone que debes. Y si… ¿no fuera cierto? Si existieran otras opciones, otras formas de plantear el día, otras formas de vivir la vida, de exprimirla, de aprovechar cada segundo sin sentir que se te escapa como arena entre los dedos.

Para un momento y piensa: ¿qué harías si no tuvieras que seguir con esa rutina establecida? Con esos horarios, esos compromisos, esas obligaciones, esas pequeñas manías hechas rutina a base de repetición diaria. A lo mejor querrías dormir más, o despertar sin alarma, o quedarte mirando el sol por la ventana desde la cama mientras oyes el canto de los pájaros en los árboles vecinos. ¿Qué tal un desayuno homenaje? Un zumo recién hecho, una tostada de aguacate con huevos escalfados, un cuenco de granola con frambuesas y plátano, un batido con yogur, leer las noticias con la radio de fondo. Sin pensar en el paso siguiente, sin prisa.

¿Y si no tuvieras que ir a la oficina? Si pudieras dedicar la mañana a ir al gimnasio, a leer ese libro que te lleva esperando semanas sobre la mesa, a dar un paseo por el parque o por la playa. Si pudieras pensar lo que te apetece comer ese día, ¿tomarías algo recalentado en un taper? Quizás preferirías ir al mercado a por productos frescos y tomar algo hecho con cariño, con pausa, sin prisa. Algo que se sirve y se come con una copa de vino o una cerveza bien fría.

Por la tarde, quizás, pequeña siesta tras la comida. Y luego, a lo mejor, una serie, o película. O acercarte a esa exposición que llevas tiempo queriendo ver y rematar el día tomando algo con unos amigos en el bar que tienes en tu lista de pendientes.

Porque las mejores cosas de la vida no solo son gratis, sino que suelen llevar tiempo y no son amigas de la prisa, de la rigidez, de la ausencia de flexibilidad, de la falta de descanso, de la mente cerrada a nuevas oportunidades o formas de hacer las cosas. Es como el amor arrebatado de las películas. Ese galán atormentado, volátil, desquiciado. Ese hombre terriblemente atractivo de la pantalla que trata mal a toda mujer que se le acerca, ese protagonista que tiene un motivo oculto de su pasado que le hace despreciar al género femenino pero cuyo físico le hace ser perdonado por cuanta fémina huele sus feromonas a cien kilómetros de distancia. Es el personaje principal que todos tenemos en la mente, es ese chico que tan pronto quiere arrebatadamente como se olvida de ella y se va con otra, o se va de fiesta y olvida hasta de su propio nombre, pero que vuelve de rodillas y llorando. Es esa persona que no es de fiar, esa persona que se vale de sus encantos para poder atrapar a su presa, pero que luego no la valora lo suficiente como para dedicarle el trato que se merece. Y por eso, a partir del momento en el que consigue captar su atención y vencer su resistencia, se dedica a tener explosiones de amor seguidas de otras de odio, momentos de extrema pasión seguidos de discusiones y desprecios. Esa locura que lo hace especial, único, irrepetible… aunque no es de fiar. Es un amor impredecible, infantil, caprichoso, egoísta… no es amor. Son puros brotes de pasión que acaban en nada, porque lo que necesitas es a alguien que te tienda la mano cuando te caes, que te ayude a levantar cuando tropieces, que te ponga la mano en la frente cuando crea que tienes fiebre, que te vaya a la farmacia cuando te encuentras mal, que te sorprenda con tu piruleta preferida en un día malo, que te dé las buenas noches cada día de la semana, que te vea bien sin pintar, que se ría con tus chistes malos, que vea adorables tus manías, que no se asuste con los cadáveres que tienes en el armario. Alguien que haya venido al mundo para quitarte tus miedos e inseguridades, para demostrarte lo increíble que eres, para animarte a seguir tus sueños, para darte alas, para sacarte una sonrisa cuando más lo necesites. Un amor pausado, tranquilo, de fiar. Un amor real.

Quédate con quien puedas hacerte una bolita en el sofá a comer noodles y ver Netflix – olvida las lentejuelas, porque la pasión se le irá tan pronto como se enciendan las luces de la discoteca. Recuerda: sin prisa todo es mejor.

Se siente

Ese libro no se lee, se siente… El tacto de su portada, el olor de sus páginas, el sabor tras aspirar el aroma de la tinta negra sobre el blanco de sus hojas recién sacadas de la imprenta. El sonido cuando lo dejas en la mesita de noche, no queriendo separarte de él pero sabiendo que no puedes retrasar más el ir al baño, a por agua, a contestar el teléfono, al supermercado, a sacar al perro, a tender la ropa… a hacer cualquiera de las anodinas tareas cotidianas durante las cuales seguirás pensando en él, en ellos, en lo que viven, en lo que están sintiendo, en lo que les depara el destino. Ese vivir cotidiano que te aleja de las añoradas páginas que te transportan a otro mundo y te abstraen de una realidad que ya no te interesa.

Te interesa él, sus recuerdos, su familia, su pasión por esa melena pelirroja y por las palabras. Las calles de ese pueblo de infancia, la necesidad de escapar del lugar de nacimiento, la sed por beber la modernidad fuera de un entorno marcado por la guerra, la posguerra, el hambre, las envidias, el miedo a lo desconocido, la desconfianza ante un idioma que aparece en cada esquina en canciones que desafían el orden establecido – interpretadas por seres melenudos, con pelo de chica y movimientos obscenos, con una legión de seguidoras que se desgañitan y desmayan a su paso, que se olvidan del pudor y los buenos consejos maternos en la presencia de chicos totalmente desconocidos y claramente lascivos.

Esa inevitable necesidad de huir de lo conocido para encontrarse a uno mismo en lo desconocido. El descubrimiento, con el paso de que los años, de que el abandono solo era una forma de conseguir madurar para entender que tu familia lo es todo – que eres quien eres gracias a ese pueblo, esos orígenes, esas raíces que repudiabas pero que ahora te definen más que nunca. Entender que tenías que irte para poder volver. Y ver a ese abuelo en esa casa – olerlo, sentirlo y querer abrazarlo. Su abuelo, tu abuelo.

El libro que venera todos los sentidos es, sin duda, “El jinete polaco”, del creador de realidad ensoñadora más potente que haya existido nunca, y a su vez poeta en prosa, Antonio Muñoz Molina.