BRUNETINA Y EL COLE

Puede que nos pase a todos, que recordamos lo que nos ocurría de niños con las proporciones incorrectas: todo en nuestra mente se graba ampliado, de grandes dimensiones, como si nos hubiéramos tomado una galleta de las que hacían encoger a Alicia en su país surrealista y fuéramos personas muy pequeñas en espacios enormes. Como si fuera un sueño en lugar de un recuerdo – aunque quizás los recuerdos se graben en la mente de la misma manera que lo hacen los sueños, mezclando partes de realidad con pequeñas dosis de imaginación.

Cuando Brunetina se pone a recordar su colegio de St Cadoc’s, en Cardiff, se le antoja gigante. El edificio tiene pasillos anchos, amplios, con percheros muy altos donde colgar los minúsculos abrigos y las diminutas mochilas con el lunch del día. El patio del colegio, que rodea el edificio, existe en sus recuerdos como una explanada que no tiene fin, donde se entremezclan jardines y asfalto, donde se puede correr, saltar a la comba, jugar al escondite, hacer carreras de sacos.

Por cierto, ahora que lo piensa, solía haber un concurso por parejas de distintas disciplinas. Nada especialmente elaborado, algo propio para entretener a los niños y darle una oportunidad a los padres de ver a sus hijos en acción, de conocer a sus amigos, de vivir con ellos cómo ganan una medalla o diploma. Su mejor amiga, Rachel (la piojosa, tema que ahora no hace al caso, pero que más adelante entenderemos), fue su compañera en una de las carreras. Consistía en correr por parejas unidos por el tobillo con un lazo. Requería de una gran coordinación, ya que podías usar sin problema una pierna, pero la otra dependía de que tu amiga quisiera y pudiera avanzar a la vez que tú. Daba para reírse, porque en la mayoría de los casos se acababa pisoteada y haciendo la croqueta por el suelo. Inevitable, sin duda.  Algo que iba acompañado de otra carrera de huevos, con una cuchara en la boca y un huevo n equilibrio sobre ella, que no podía caerse hasta que llegaran a la meta. Pero les dieron un diploma, a Brunetina y a su amiga Rachel, así que tan mal no lo harían.

Ya, que por qué era la piojosa. Pues ocurrió que un día, en casa, la madre de Brunetina descubrió que… su preciosa melena estaba habitada por unos minúsculos bichos que le hacían rascarse a todas horas. Y, curiosamente, la seño le explicó a su padre que Brunetina se había hecho la mejor amiga de una de las niñas de la clase que tenía fama por tener piojos. Brunetina anunciando ya desde una temprana edad su gran ojo para escoger amistades, algo que la perseguirá toda su vida.

Aunque había más niñas en la clase aparte de Rachel, y muchas que se interesaban por Brunetina – al fin y al cabo era la nueva, la guiri (irónico), la sensación en el cole. Y todas querían ser sus amigas, aunque Brunetina, la pobre, al principio no podía enterarse de gran cosa en ese idioma ajeno. Pronto descubrió que lo que ella inventaba en el coche camino de Gales poco tenía que ver con el inglés – primera lección vital que le enseño que no era tan lista como se creía. Pero sus compis se lo intentaban poner fácil y la incluían en todos los juegos. Como ese recreo en el que estaban plenamente convencidas de que si cogían un cristal del suelo podrían usarlo para hacerle a Brunetina agujeros en las orejas. Menos mal que eso nunca ocurrió, habríais sido muy interesante explicarle a sus padres qué teñía en la cabeza cuando decidió cortarse con un cristal recogido del suelo. Y no, Brunetina no tenía pendientes (eso es digno de un post en sí mismo, pero dejémoslo en que no le quisieron imponer eso de bebé, sino dejar que ella decidiera por su misma de adulta si le interesaba agujerearse las orejas para llevar ese complemento).

Si cierra los ojos y se concentra, Brunetina puede oler el comedor, el gravy que acompañaba al puré de patatas con guisantes. Quizás para una mente española eso sea´, como poco, desagradable. Pero su mente lo tiene como un recuerdo positivo y es un olor que entra en la categoría de los que le abren el apetito y le hacen sentirse como en casa. Y puede sentir también el frío saliendo al patio, la sensación de que se le congelaban los huesos con la humedad en las mañanas más frías, y lo que le fascinaba ver los charcos helados – se acercaba a ellos, los pisaba con cuidado, los observaba maravillada.

Y es que los recuerdos del cole no se olvidan, y hasta se magnifican. Se graban en la mente y se convierten en vivencias lejanas positivas, que siempre consiguen arrancarte una sonrisa en los días grises, cuando te tumbas a mirar por la ventana y ver la vida pasar.

 

BRUNETINA Y EL VIAJE

Va en el coche, en el asiento trasero, a la izquierda, justo detrás del conductor. Brunetina se dedica a mirar por la ventana, a ver el paisaje, a hacer dibujos con el dedo índice en la ventanilla… Le encanta estar así, sin hacer nada. Ir en el coche en silencio mirando por la ventana le gusta mucho – algo que le seguirá gustando toda su vida, quizás porque se curtió de pequeña y ahora lo asocia a recuerdos positivos de su infancia.

Como decía: mira por la ventana y ve pasar el paisaje, los coches, la vegetación los animales. Mira el cielo y empieza a pensar a qué le recuerdan las nubes. Cree ver un perro, sí, un perrito. Tiene las orejas levantadas, como si hubiera divisado una presa (quizás un gato), la boca abierta y la lengua fuera. ¡Cuánto me gustan los perros!, piensa Brunetina. Suele pensar que nunca va a tener la suerte de que le regalen uno – aunque quizás está siendo demasiado melodramática… otro rasgo de su carácter que la acompañará toda la vida, sin duda. Qué sabe ella de la vida a sus tiernos 4 años, veamos. Poca cosa. Así que eso de creer que la mala suerte le impedirá tener nunca un perro al que hacer monerías es sólo su mente jugando a saberlo todo demasiado pronto. Claro que, a día de hoy, su mente también juega a saber mucho. Y, no nos engañemos, no sabe de la misa ni la mitad. La edad no te hace sabio, eres el mismo pero con más años. Tu esencia permanece igual para toda la vida. Brunetina seguirá soñando despierta e imaginando cosas que poco tienen que ver con la realidad.

Pero, no nos distraigamos. El coche, el asiento, la ventana trasera y las nubes. Oye la conversación de sus padres en la parte delantera. Su padre, conductor designado, anda al volante diligentemente. Su madre ocupa el asiento del copiloto con un mapa en la mano. Hablan sobre el camino que hay que coger, sobre si deberían parar a comer algo. Puede que los niños estén cansados, a mí no me vendría mal un café bien cargado, estirar las piernas no estaría de más, qué tal un bocata de jamón o de queso. Vamos a parar ahora, que cuando salgamos de España, a ver qué nos encontramos.

Se van de España, sí, están emigrando. Todo eso que ve por la ventana desaparecerá. Todo ese paisaje conocido pasará a ser un recuerdo. A Brunetina la espera lo desconocido: otro idioma, otro país, otra gente, otros coches, otra forma de conducir, otra vida. Con sus cortos años, apenas le ha dado tiempo de saber bien qué es esto de vivir… pero ya lo va vislumbrando. Y es plenamente consciente de que se avecina algo totalmente nuevo. Se ha despedido de sus amigas en su ciudad natal, de su seño, de sus vecinos, de su cole. Vaya, el cole, a ver qué tal va eso. Porque lo mismo el de allí no le gusta tanto. Vete tú a saber. ¿Y a su hermano? Mira a la derecha y ahí anda, sentado, mayor, digno. Bueno, claro, que a la edad de Brunetina cualquiera puede parecer mayor. Y se alegra de tenerlo ahí, piensa que todo va a salir bien. Si algo no fuera como debiera, ya se encargaría su hermano de defenderla. Esto es pan comido, esta aventura está controlada.

Va a volver a mirar por la ventana, pero parece que le están hablando, Sus padres, su hermano. ¿Qué? Que si sabes hablar inglés, que te va a hacer falta. Y Brunetina contesta que sí, y todos se parten de risa. Ella piensa que no entiende por qué se ríen… claro que sabe el idioma. Y empieza a balbucear para sí misma palabras inventadas que se preparó con su amiga, pensando con total convencimiento que eso era la lengua que iba a necesitar allí. No entiende que eso despierte las risas de su familia. De hecho, muchas veces dice algo y los ve reírse… y piensa que es que no la están entendiendo, porque lo que ella cuenta es algo muy serio.

Claro que sabe inglés, faltaría más. Esto va a ser muy fácil – irá al cole y usará esas palabras para hacer nuevas amigas.. Verás qué sorpresa se llevan cuando vean que la española ya lo trae todo de serie. A ver si al final le van a pedir ayuda sus padres o su hermano, que todo es posible. Este viaje se pone interesante, a ver si llegamos ya. No puedo con la impaciencia. Bueno, voy a jugar al “veo-veo” con mi hermano, o a disparar a conductores de camiones, así se nos hace más ameno lo que quede.  No está mal esto de viajar en coche, me relaja.

QUÉ PASARÁ

Y así empiezas el año: lleno de dudas, de incertidumbre, de preguntas sin respuesta, de planes escritos, de ideas geniales en la cabeza, de promesas hechas, de fracasos en la basura, de correcciones en el tintero. Qué pasará, qué misterio habrá… puede ser mi gran año.

Los días previos están repletos de encuentros, comidas, regalos, viajes. Es una lluvia constante de quedadas, un torbellino de emociones. Necesitas sacar la energía restante del año para hacer frente a tanto evento. Y, entre todos esos momentos, te asaltan las dudas, te haces preguntas, titubeas. ¿Escribo los propósitos de Año Nuevo? ¿Servirá de algo? Porque se suele decir que, según se acerca el final del año, debes encargarte de dos cosas fundamentales: conseguir tu ropa interior roja (que, al parecer, da suerte y es la única que puedes usar ese día y/o noche) y escribir una lista de todo aquello que quieres conseguir en el año que empieza.

Te has hecho con una libreta y un boli, uno que parece que escribe más o menos bien… No son tiempos de escribir a mano, todo lo haces con el móvil o el portátil, así que el simple hecho de sentarte a escribir en un cuaderno se te antoja de otra época. Le da un toque nostálgico al asunto, sin lugar a dudas. Y empiezas por pensar en el repaso de todo lo ocurrido en los últimos doce meses: lo vivido, las risas, los llantos, los encuentros, las despedidas, las sorpresas, los viajes, los paseos. Y te das cuenta de que no lo has hecho nada mal, de que has conseguido superar baches, tropezarte unas cien veces con la misma piedra… y levantarte. Sí, cuando te caíste -todas las veces- juraste en arameo. Te lamentaste, te tiraste de los pelos, maldijiste tu suerte y te preguntaste el tan manido “¿por qué a mí?” (qué tendremos los humanos que siempre nos sorprendemos de que nos pase algo malo y nos preguntamos por qué eso nos tiene que tocar a nosotros; no falla, nos creemos invencibles hasta que la vida nos demuestra lo contrario). Y, sin embargo, fuiste capaz de salir de ese bucle de queja permanente, romper con ese hilo de pensamientos negativos y sacudirte el polvo para poder afrontar lo que viniera después con una sonrisa de oreja a oreja. Renaciste de tus cenizas, te vestiste con tus mejores galas y le hiciste frente a eso que ni esperabas ni creías merecer.

Nunca mereces lo malo que te ocurre, si bien tienes que concienciarte de que no se trata de que las cosas no sean justas sino de cómo te enfrentas a la adversidad. En lugar de tomar la postura pseudo-adolescente de decir que no mereces algo, mejor toma las riendas de la situación y decide que eso no te afecte, que no cambie el curso de tu día. No le des el poder de decidir qué clase de día vas a tener – relativiza y estarás por encima de todas aquellas piedras del camino. No permitas que un atasco, un tropiezo, una discusión o una mala cara sean más importantes que el hecho de estar donde estás haciendo lo que quieres. No dejes de ser tú porque la vida sea una carrera de vallas en lugar de un paseo por el campo.

El boli en la mano, la libreta abierta, la mirada fija, absorto en tus pensamientos. Vive, siente, quiere, ríe, llora, blasfema y pelea. Pon en la lista lo que quieras, todo lo que consideres importante – hacer deporte, aprender un idioma, viajar más, promocionar, conseguir un aumento, aprender a cocinar, comer más sano, quedar más con la gente importante, no enfadarme tanto, mostrar cariño. No te dé vergüenza mostrar tus sentimientos, porque lo único que puede pasar es que no sean recíprocos… ¿acaso eso tiene importancia? ¿Qué tiene de malo querer sin esperar nada a cambio? ¿Qué hay más puro que el amor sin condiciones, sin ataduras, sin egoísmo? Quiere y te querrán, sonríe y te sonreirán.

O no, porque la vida no es un dulce paseo por la orilla del mar. Se asemeja más a ese mar, que tan pronto te mece como te lleva hasta sus profundidades con un temporal, Tan pronto se moja los tobillos con suavidad como te lanza con una ola inesperada. Y tú eres el capitán de tu propio barco – y podrás con todas las tempestades, marejadas y resacas posibles. Porque lo plácido aburre y la aventura da para muchas historias que contar a tus amigos vino en mano y sonrisa en cara.

No está mal tu lista de propósitos, pero recuerda: no los vas a cumplir en un día. Iras sumando anécdotas cada paso del camino para conseguir ser mejor, avanzar, moldearte. Y toda y cada una de esas anécdotas bailarán por delante de tus ojos cuando el año que viene vuelvas a sentarte con la libreta, boli en mano, intentando cuadrar la nueva lista de propósitos. Porque no sabes lo que pasará y ahí reside el encanto: en la incertidumbre ante la aventura aún por vivir y escribir.

Brunetina y las vacas

Pues, así a lo tonto, a Brunetina se le echan encima las vacaciones de navidad. Parece que fue ayer cuando cogió el teclado para escribir su primer post y ahora… ¡se acaba el año!

Se suceden las comidas, los encuentros con amigos de la toda la vida, la visita de familia que vive lejos, las llamadas de gente a la que se ve poco durante el año. Es el momento en el que todos quieren un trocito de una, y una quiere poder estar con todos.

Es tiempo de reencuentros, de celebrar, de dar cariño y de recibirlo. La agenda se llena de comilonas, de encuentros en los que sales con alguna copa de más y una indigestión totalmente planeada.

Se acerca el día de ponerse a preparar las uvas, de tararear la canción de Mecano mientras oyes la tele de fondo y piensas en que lo más probable es que se te atragante alguna uva, como todos los años, y acabes sin poder seguir las campanadas como Dios manda.

Y se avecina peligrosamente la noche de Reyes, la ilusión de la cabalgata y la emoción de regalar y de abrir tus propios regalos.

Por eso y por todo más, Brunetina necesita unas vacaciones. Unos días para poder reponerse, ver a todos los queridos y añorados y llenar el buche.

Os desea que tengáis las mejores navidades posibles, que os quieran y os hagan reír a carcajadas. Que os den abrazos de esos que cortan la respiración y regalos de los que te hacen brillar los ojos. Que las navidades sean la antesala del mejor de los años. Que el año nuevo traiga salud, dinero y amor – que son las tres cosas que hay en la vida. Y que en 2017 nos veamos de nuevo, vía blog, para seguir contando tonterías de las nuestras. Gracias por todo.

Nos vemos la semana del 9 de enero.

¡FELIZ NAVIDAD!

¡FELIZ 2017!

Brunetina y los cumples

Le parece a Brunetina esto de cumplir años, entre otras cosas, curioso. Sobre todo porque no hay dos personas que lo vivan de la misma manera – pero una persona suele vivirlo igual durante toda su vida, independientemente de los que años que le caigan.

Si haces repaso mental, puedes comprobar que te vienen a la mente diferentes formas de afrontar el día: con ilusión, con ganas, con miedo, con pasotismo. La gente suele ser o de los que celebran por todo lo alto, cumplan los que cumplan y caiga quien caiga, o de los que no quieren que nadie sepa que es su día porque ni piensan celebrarlo, ni quieren regalos, ni disfrutan siendo el centro de atención.

A Brunetina le encanta celebrar su cumpleaños. Puede que influya que de pequeña le montaran unas fiestas impresionantes, pero la cosa es que según se va acercando el día de cumplir años, se pone nerviosa, ansiosa y feliz. La noche de antes apenas puede dormir, a la espera de amanecer en su día. ¡El día que vino al mundo! Y es que, de pequeña, el cumpleaños era un día muy especial en el que todos la mimaban y le permitían hacer lo que quisiera. Por eso la víspera era tan emocionante… Al fin y al cabo, a las 12 de la noche ya se podía decir que estaba de cumpleaños, con lo que los minutos previos se hacían larguísimos. Para su fiesta conseguía una serie de tarjetas con las que invitar a sus amigas del cole a su fiesta, que con muchas ganas y planificación preparaba su madre. Esas tarjetas solían ser de color rosa, o de princesitas, o de hadas – todo muy de niña, acorde con su edad y con los tiempos. Y esa fiesta tenía hasta piñata. Chuches, medias noches, tarta y refrescos para los niños. Bebidas más espirituosas para los adultos que habían traído a esos niños.

Los cumpleaños en la edad adulta se suelen ver de otra manera, pero eso es sólo en teoría. Porque, quien los ha vivido con plena ilusión en su infancia, los vivirá igual el resto de su vida. Y probablemente los celebre con alguna fiesta, una comida especial, un viaje o cualquier actividad que le guste y que le haga sentir ese día como una celebración de su llegada al mundo.

Hay que celebrar tu cumpleaños, te lo dice Brunetina, hazle caso. ¿Sabes por qué? Porque el mundo es mejor desde que estás tú, porque hiciste muy felices a tus padres y a tus abuelos con tu llegada. Porque tu aparición en el hogar fue un rayo de esperanza, y porque los niños siempre vienen con un pan bajo el brazo. Y con tus monerías, tus balbuceos, tus gateos… animaste la casa e hiciste sonreír. Tienes muchas fotos que lo demuestran – en color o en blanco y negro. Y debes creértelo. Porque, con el paso de los años, fuiste fuente de alegría e ilusión para muchas otras personas: hermanos, primos o amigos. Hubo quien se enamoró de ti y quien vio el brillo de tus ojos como la imagen más bella. Y eso sigue existiendo a día de hoy, y todos los años que quedan por venir.

Hay personas a las que les alegras el día con solo ver tu sonrisa por las mañanas. Hay quien es feliz oyéndote contar tus historias. Hay quien disfruta de ir contigo al cine o a tomar una caña. Hay quien consigue olvidarse de sus problemas cuando le das un abrazo. Hay quien no entiende su semana sin llamarte por teléfono para contarte todo lo que le pasa o le preocupa. Hay quien no querría viajar con otra persona que no fueras tú. Hay quien disfruta más de sus horas de gym gracias a que las comparte contigo. Hay quien es feliz probando la cocina que le haces, incluso cuando está mala. Hay quien se siente mejor cuando le das unas palabras de ánimo. Hay quien empieza el día mejor si lo saludas. Hay algún animalito que está deseando que lo acaricies. Hay ciudades que iluminas con tu presencia. Hay bares que te necesitan entre sus clientes. Hay libros que están deseando caer en tus manos. Hay ropa que cobra vida cuando te la pones. Hay canciones que suenan mejor cuando las canturreas, aún desentonando. Hay casas que te echan de menos cuando te ausentas. Hay libretas que cobran vida cuando las usas. Hay móviles que se quedan inertes cuando no los llevas contigo.

No eres consciente de lo mucho que aportas al mundo, de cómo lo haces un mundo mejor. Y por eso, y por timidez, y por no querer llamar la atención… Te ocultas, dices que no quieres celebrar, que no te gusta tu cumpleaños. Y estás en tu derecho – no a todos nos gustan las mismas cosas. Pero, piensa algo: ¿alguien te ha dicho que tenga que ser una fiesta multitudinaria? No, ¿verdad? Puedes aprovechar que es tu día para dejarte mimar, que te regalen cosas bonitas, que te den cariño o que te inviten a comer. Haz eso que tanto te gusta y para lo que nunca tienes tiempo. Date ese masaje que siempre aplazas. Visita esa ciudad que tanto te apetece. Queda con esa persona a la que tanto echas de menos. Mímate, quiérete, dedícate el día.

Es tu día y te mereces que sea especial, que sea diferente a los demás. El mundo es un lugar diferente, mejor, desde que apareciste en él. Las personas que te rodean te lo pueden confirmar. Así que, ya sabes: sacúdete esa pereza, sal del sofá y recuérdale a todos que te quedan muchos años por delante de dar, recibir, compartir y disfrutar. Porque la vida son dos días, y lo que merece la pena es llegar al final despeinado y hecho pedazos – no totalmente niquelado y sin un rasguño. ¡Felicidades!

Brunetina y el anuncio

Estaba Brunetina tumbada en el sofá viendo la tele y, como quien no quiere la cosa, se vio el nuevo anuncio de la lotería de navidad. Le puso atención, por aquello de que todos los años da que hablar, pero no se pudo sentir más decepcionada. ¿Están seguros de que eso es lo mejor que podían haber hecho?

Tradicionalmente se trataba de un anuncio que apelaba a la patata y que conseguía emocionar a todos. Consiguieron que se nos olvidara el famoso “calvo” haciendo otros anuncios tiernos o simpáticos. Pero quizás el querer estirar tanto la cuerda haya hecho que se rompa.

Este año ponen a una señora de avanzada edad que, según empieza el anuncio, está preparándole al nieto el desayuno. ¿Es el nieto un niño pequeño que no sepa hacerse un Cola Cao? No, señores, es un niño ya mayorcito que bien podría encargarse de hacerle él el desayuno a su abuela – si es que tiene algo de modales, que se ve que no va sobrado. Tan impresentable es que permanece en el sofá cuando ella le trae la bandeja, no da ni las gracias y sigue enfrascado en cualquier conversación estúpida que esté manteniendo vía móvil. Que todos tenemos cierta adicción a los chats y redes sociales, pero sabemos soltar la maquinita cuando nuestra abuela está dejándose los riñones preparando comida que ni necesitamos, ni hemos pagado, ni nos merecemos. Un mínimo de vergüenza torera, por favor. Vaya imagen damos presentando a un joven con esas formas.

No contentos con el inútil del nieto… Se ve que los que preparaban el anuncio (o decidían en qué se invertía dinero estas navidades), cogen el bote de Cola Cao pero le quitan la pegatina. Parece que no había dinero para pagar por poner ese bote en el anuncio – se ve que tienen otros gastos más importantes (quizás no en marketing o publicidad, porque el anuncio les ha quedado para llorar… pero de la pena que da cuando se ve esa birria).

Una vez que superamos el shock del inútil de metro ochenta y la señora esclava que es su abuela, se dirige ella hacia la tele para ver que le ha tocado. Obviamente, no ha sido así – la pobre mujer se ha confundido con el sorteo del año pasado y no sabe ni en el día que vive. Y el simpático del nieto no la saca de su error. ¿Para qué? Si es una vieja chocha y a nadie le importa lo que piense. Y en esa línea de pensamiento tenemos a todos los que participan de la pantomima, guardia civil incluida. Todo el maldito pueblo riéndose en la cara de una pobre señora que cree que le ha tocado la lotería.

Existen dos opciones para que la señora se equivocara: o parece demencia senil o, simplemente, tiene la torrija en todo lo alto. Y no sé si es más hiriente reírse de un demente o de una persona totalmente despistada por culpa de su edad. Porque en este país que ha adoptado la corrección política anglosajona no se puede decir nada de aquellos que no sean como la mayoría – por religión, costumbres o habilidades mentales o físicas – pero se puede uno pitorrear de la gente mayor porque se les tiene cero respeto. No le faltes al borderline, pero trata como idiota a una muer de 80 años. Claro que sí.

Nosotros, que tan modernos nos creemos, que tan internacionales nos vemos, que tan liberados estamos… somos los mismos de la época del destape y no tenemos la más mínima idea de lo que es la clase, el buen gusto o el respeto. Y por eso nos hacen un anuncio que es una verdadera basura y lo aplaudimos (muchos, a lo mejor otra gente también se saca los ojos con la cucharilla del café cada vez que se topa con semejante aberración). No es tierno, no es amable y no es bonito. Engañar a una señora por el simple hecho de que es mayor… es tratarla como si fuera tonta y no supiera lo que hace. Y ese final en el que el hijo va a hablar y ella lo calla, que te deja pensando que ella lo sabe pero finge por ellos… tampoco es bonito. Porque los ve más tontos que a sí misma, y no habla por no cortarles el rollo.

Querer a alguien no es mentirle ni reírle las gracias, sobre todo cuando eso implica que uno haga el ridículo delante de todo el dichoso pueblo. Querer a tu abuela es no dejar que sea tu esclava sino darle un beso y un abrazo cuando te hace el desayuno. Querer a tu madre es no dejarla que vaya de vecina en vecina haciendo el más espantoso de los ridículos. Quererla es decirle que no, que se ha equivocado, que vaya pena, que ojalá nos toque. Y decirle que te la llevas de comilona a ella y a toda la familia como premio, para festejar que la quieres y que os tenéis los unos a los otros. Y que a lo mejor al día siguiente podéis cantar que os ha tocado, si es que os toca. Pero que, por ahora, tenéis lo único que no se compra con dinero: el amor.

Respetar al público es hacer un anuncio de calidad, con buenos actores, con una historia bonita y emocionante. No buscar la lágrima fácil y no tirar de estereotipos manidos de posguerra. Querer a tu público es ofrecerles algo de calidad que les incite a comprar tu producto, que les haga tenerte respeto y querer invertir en aquello que les ofreces. Porque la navidad no es un puñado de gente triste y gris que monta un espectáculo de mentira para complacer a una loca, no. La navidad es mucho más que eso. Y con su maldito anuncio la empañan y la mancillan. Y le quitan su verdadero significado.

¿Y sabéis lo que cree Brunetina? Que tener un poco de honestidad es dimitir como jefe de esa campaña o directivo aleatorio que la aprobara, porque es una basura y tu empresa merece alguien que tome mejores decisiones. Ese es el espíritu navideño.

Brunetina y el maestro

Se suele decir comúnmente: “maestro liendre, que de todo sabe y de nada entiende”. Pero a Brunetina le gusta más la expresión inglesa, que reza: “jack of all trades, master of none”. Viene a ser lo mismo, pero a ella le resulta más simpática la expresión inglesa. Y hace al caso ahora, en estos tiempos de redes sociales, móviles inteligentes y personas adictas a las nuevas tecnologías.

Todas las semanas salta alguna noticia que nos alarma a todos, por diversos motivos, y todas las veces nos comportamos como eruditos en la materia. Cuando se transmitió en televisión el documental de OT, las redes sociales se inundaron de personas indignadas porque nadie había estado viendo el programa de Évole. Bueno, lo de nadie es una exageración innecesaria – en realidad se echaban las manos a la cabeza porque la audiencia se había volcado con el programa de Operación Triunfo, algo que se consideraba indignante porque demuestra el analfabetismo de nuestros compatriotas.

La cosa es que era la ocasión ideal para que todos se lanzaran a las redes sociales, que, gracias a su anonimato, nos permiten a todos dictar cátedra e insultar sin ningún tipo de control. Nos escondemos detrás de la pantalla del móvil o del portátil y arrancamos a teclear con furia para demostrar al mundo lo poco que saben y lo sumamente superiores que somos. Porque todos llevamos dentro un maestro, un genio, un sabelotodo, y las redes sociales nos permiten regalarle al mundo esos conocimientos. Gracias a internet podemos ser pedantes, intolerantes, presuntuosos… y lo mismo hasta caemos en gracia y tenemos muchos seguidores. No quiere esto decir que la conectividad global sea la culpable de nuestros fallos, pero sí que la era en la que vivimos en la que se prima el amor propio y la autocomplacencia por encima de los valores clásicos, las personas nos sentimos poderosas y con derecho a todo.

Por lo tanto, lo que era simplemente escoger una cadena de televisión estando en el sofá se convirtió en un debate abierto sobre si tenías o no derecho a ver lo que te plazca en el salón de tu casa. Y todos se indignaban por la cobra de Bisbal a Chenoa, y todos creíamos saber lo que había pasado y como se sentían ambos. Pero, poco tiempo después, salió Trump como presidente de los Estados Unidos, y los defensores de Chenoa de repente eran expertos en política internacional. Las redes sociales se alarmaban, la gente estaba de luto, el universo se preguntaba qué había podido pasar. Parecía que, de la noche a la mañana, todos sabíamos de América más que los propios americanos y debíamos dejar constancia de ello en internet.

A fin de cuentas: da exactamente lo mismo. Es decir, no es que no tenga relevancia una elección de uno de los países más poderosos del mundo o cuáles son los programas más vistos en televisión. Pero el problema no es ese en realidad. Es que nos envalentonamos y nos dedicamos a opinar sin que nadie nos lo pida gracias a unas plataformas que nos hacen creer que somos líderes de masas. Y cuando alguien nos lleva la contraria, no es que debatamos con ellos, no, es que montamos en cólera y somos capaces de mandar a la guillotina a cualquiera – ya no importan las afinidades ni el respeto, sólo importa el quedar por encima.

Pero no podemos extrañarnos. Al fin y al cabo, somos los nietos de una guerra civil – una de la que todo el mundo opina sin tener la más mínima idea (como el maestro liendre o el master of none). Un episodio de nuestro pasado que decimos querer olvidar pero que utilizamos de manera recurrente para insultar, menospreciar y ganar votos de cara a unas elecciones (como Trump usa sus armas, eso es). Va en nuestra naturaleza el ser cabezotas, tercos, impulsivos. El no querer entrar en razón y, si la cosa se pone negra, cargarnos a nuestro vecino o cuñado o hermano. Porque es mucho más importante llevar razón que sentarse a razonar. No nos gusta dialogar, no queremos dar nuestro brazo a torcer, no nos apetece demostrar que las posturas enfrentadas no tienen por qué no entenderse. No pierdes tu esencia si dialogas, al contrario, te engrandeces.

Lo que ocurre es que es muy humano ser vanidoso y dejarse llevar por las trampas de las redes sociales. Y, en lo que se refiere a noticias candentes, esa pizarra que es internet es demasiado golosa como para que no caigamos en la tentación. Con lo cual, si combinamos nuestro ego, las redes sociales, el anonimato y el auge del yo… tenemos una mezcla perfecta para el desastre. Porque nuestro genio interior se anima y le dice a todos por qué no saben de música, de cine o de política. Ese genio empieza a dar lecciones de cómo comportarse desde su púlpito, sabiendo a ciencia cierta que está en posesión de la verdad absoluta.

A lo mejor deberíamos empezar a escucharnos entre nosotros, a respetar las opiniones ajenas, a no creernos que una opinión que tengamos nos hace expertos de nada. Y no debemos olvidar que la ignorancia es atrevida, por lo que es muy probable que, cuanto más hablemos, más posibilidades tengamos de meter la pata hasta el fondo. Por eso, yo ya dejo de hablar y os dejo darle vueltas al tema. Ha sido un placer.

Brunetina y la coleta

Es curioso cómo te crees que las cosas cambian con los años, mejoran o maduran, y te equivocas. En eso anda pensando Brunetina, porque aquellas cosas del pasado típicas del patio del colegio… siguen siendo exactamente igual muchos años después. Y es, como poco, sorprendente. Ponte cómodo, estira las piernas, apóyate en ese cojín que esta historia te va a gustar. Hazme caso.

¿Te acuerdas de que en el cole siempre había un niño que te tiraba de la coleta? Sí, ese que te ponía enferma. Y que, cuando hacía eso, te hacía daño. Vamos, te incordiaba adrede con la única intención de darte el día. Te ofuscabas y encima tenías que oír: “los que se pelean se desean”. Y pensabas: no veo la hora de que nos hagamos mayores y esto deje de pasar. Pues lo siento, amiga, porque eso no va a ocurrir. Repite conmigo: ¡error!

Ya no te van a tirar de la coleta, pero el equivalente es igual de frustrante (o más) y te sigue gustando igual de poco (o menos aún, si cabe). Resulta que de los creadores de “te tiro de la coleta porque quiero llamar tu atención y me gustas” llega “me río de ti porque me gustas y no tengo ni idea de cómo tratarte”. En sus cines próximamente, en todos los idiomas y apto para todas las edades. Porque esto es algo que nos afecta a todos, amigos, y no podemos dejar de verlo.

Ese niño del colegio se fijaba en una niña y no tenía ni idea de lo que hacer: pobrecito, tan pequeño, la ve guapa y no sabe cómo comportarse. Como ellos se dedicaban a juegos un tanto más toscos que los de las niñas, carecían de la experiencia mostrando o verbalizando sentimientos, por lo que se dedicaban a llamar la atención de la niña en cuestión con gestos, a falta de palabras. Y esos gestos, por desgracia, solían ser: un empujón, una patada en la espinilla, un codazo, un rodillazo, un tirón de la mochila (que casi te hace caerte de culo) o el clásico tirón de la coleta. Y es que: ¿qué esperabas? Tu coleta con el pelo largo ondeando al viento era una auténtica provocación para todos, te lo estabas buscando. Pero, bueno, con perspectiva te ríes y lo recuerdas como algo simpático de niños. Pobres, perdónalos, que no saben lo que hacen.

Y ese niño va luego al instituto, a la universidad, consigue un trabajo. Ese no es un niño: es un hombre. Bueno, en teoría y sobre el papel, porque si fuera por su forma de actuar pensarías que estás ante un niño de colegio. Pero llamémoslo hombre y pongamos los puntos sobre las íes, no nos despistemos. Ese hombre se fija en una mujer aleatoria (a lo mejor eres tú la afortunada, amiga mía) y empieza a fantasear con ella. Hasta aquí, todo normal. Pero, en ese momento en el que crees que ahora dedicará su madurez a comunicarse con esa mujer, a conversar con ella, a comentarle cosas interesantes… vas y te equivocas. ¡Tu gozo en un pozo! No tiene ni idea de lo que hacer, lo que decir ni cómo comportarse. Le encantaría darte un codazo en las costillas según pasas, lo que ocurre es que eso se consideraría agresión.

Ese hombre totalmente perdido en el mundo de los adultos se pone a pensar… No, venga, no dramaticemos, no puede ser verdad que esto sea algo fruto de mucho razonamiento – preferimos pensar que es un acto reflejo fruto de su inexperiencia para relacionarse con el mundo que lo rodea. La cosa es que ese hombre decide que tiene que llamar la atención de esa mujer, y descarta cualquier medio lógico para ello. Así que, básicamente, se dedica a incordiar hasta que le hagan caso.

¿Cómo incordia? Pues tiene varias maneras, aunque no deja de sorprenderte. En vez de hablarte, habla cerca de ti con alguien para que notes su presencia pero que parezca que no sabe que existes. En vez de darte los buenos días o saludarte si os cruzáis, saluda a otra persona a tu paso. Cuando habláis, por casualidades de la vida (no porque él lo intente), te dice frases del tipo: ¿Cuándo has llegado? No te he visto – ¿Es esa tu amiga? A ver si me la presentas – Pídeme algo, que me estoy quedando sin bebida. Y cosas por el estilo. Si estás en grupo, hablará con el grupo (y no contigo). Si te haces algún cambio por el que todos te piropean, fingirá no haberse dado cuenta y se hará el indiferente. Si dices que te gusta el día, dirá que le gusta la noche. Si te gusta viajar, él defenderá que lo mejor es estar en casa. Lo importante es llevarte la contraria, que quede muy claro que no se fija en ti, que no respeta lo que dices y que tiene su propia opinión contraria a la tuya, por supuesto. Y es primordial el anti-piropo. Si te están diciendo que llevas unos zapatos preciosos, él hará alguna gracia ofensiva al respecto (lo que sea, pero que quede claro que se está riendo de ti para que te dé rabia).

Y ese hombre… No tiene ni pajolera idea de lo que está haciendo. Y se sorprenderá de que otros se harten de ligar y a él no le den ni la hora. Pero, amigo, eres muy mayor y estás haciendo el tonto. No se trata de hacer sufrir a una mujer para que se fije en ti, se trata de hacerla feliz para que te coja cariño. Reírte de su ropa no es una forma de hacer que no deje de pensar en ti, es un método infalible para que piense que eres un estúpido sin modales. No escribirle cuando te escriba no hará que enloquezca de amor y de deseo, sino que la hará pensar que eres un cretino pagado de sí mismo. No saludarla si te la cruzas no hará que corra a tus brazos, sino que la dejará pensando en lo impresentable que eres. No estás consiguiendo que se vuelva loca por ti, sólo está deseando no cruzarse más contigo en la vida por lo inútil que eres.

Y te añado una cosa: si esas tácticas te funcionan con alguna mujer, sal corriendo en cuanto puedas. Porque ningún adulto en su sano juicio disfruta cuando lo tratan mal, lo ningunean o lo ridiculizan. Si se enamora así, está como una cabra harta de papeles y puede que una mañana amanezcas muerto. Pero, vamos, con esa actitud lo más probable es que amanezcas solo (como siempre) y sin perspectivas de cambio.

¿La quieres enamorar? Trátala bien, cuídala, mímala, dale su espacio, interésate por sus gustos, intenta compartir aficiones, crea vínculos duraderos que os lleven a buen puerto. Y deja los comportamientos de patio de colegio para los niños, anda.

Brunetina y el circo

Se tumba en el puf, deja escapar un suspiro, se estira y se pone a mirar la pantalla de su tele OLED apagada. Brunetina anda dándole vueltas a la cabeza, porque a veces aún existen personas que la sorprenden. No para bien, en este caso.

¿Nunca te has cruzado con el típico gracioso? Ya sabes: un payaso. El que siempre tiene la última palabra, el que vive pensando en la próxima gracia que hacer, el que ve cualquier situación de la vida como una oportunidad para hacer el ganso. Sí, a alguno conoces. ¿A que sí? Pero, claro, no estamos hablando de alguien simpático o con gracia o con el que te apetezca hablar para ver cuál es su última ocurrencia. No, ni mucho menos. Nos referimos al payaso con el que no te quieres cruzar, que esquivas por los pasillos o por el que te cambias de vagón en el metro con mucho sigilo rezando para que no te vea antes de que consigas huir de la “escena del crimen”.

En este circo que es la vida, porque lo es, sin lugar a ninguna duda, nos encontramos con todo tipo de personajes. Y el que nos ocupa hoy, el payaso, cae especialmente mal. En general, a todos. Y con motivo, bueno, con muchos motivos. Se trata de una persona que, por alguna razón aún desconocida, se considera a sí misma llena de chispa – por lo que se ve obligada a repartirla por el mundo. Tan en alta estima se tiene, que no puede menos que compartir ese don caído del cielo con todos los que tengan la mala suerte de cruzarse en su camino.

El payaso puede aprovechar cualquier suceso de un día aleatorio de la semana para hacernos a todos partícipes de su gracejo. Para muestra, unos botones:

– Si le das los buenos días, te contestará “serán para ti”. Esto te parece tan simpático que enmudeces, totalmente hechizada por su embrujo.

– Si le dices tu apellido, que no sea común, te hace algún juego de palabras. Alguno que has oído toda tu vida, pero que fingirás que te hace reír porque parece que ser imbécil está bien, pero no reírle las gracias al tonto es de mala educación.

– Si le pides la cuenta, y tienes prisa (muy importante tenerla), te dice una cifra alta, con muchos ceros. Y espera a que te rías, cosa que haces. Pero la risa se te convierte en mueca cuando entra en un bucle de decirte esa broma en bucle y no consigues saber el precio de lo consumido tras diez minutos infructuosos de bromas sin gracia.

– Si le pides algo de manera educada y seria, se cree que es su momento ideal para no sólo no hacerte caso sino contestarte de guasa. Probablemente sea por su incapacidad para mantener una conversación adulta y carente de estupideces, pero lo hace. Curiosamente, le pasa más con mujeres que con hombres.

– Si dices una palabra que podría tener rima, no sólo hace la rima de rigor, sino que encima se parte de risa y quiere involucrar a todos los que te rodean de la gracia. Porque el chiste de los 15 años no puede pasar desapercibido, y tiene que quedar patente que eres un ser inferior sin sentido del humor que no sabe reírse de memeces.

– Si le preguntas la hora, te dice que son “las carne y hueso”. Esto no merece comentario. No soy capaz de elaborarlo más.

– Si se viene muy arriba, decide imitar el acento andaluz, muy a su manera. Usa cosas como: arsa, arriquitaun, ozú (nunca nadie dijo eso) o similar. Y se ríe mucho, porque es más que obvio que son unas gracias caídas del cielo a las que no se podría resistir ningún andaluz.

– Si te pilla a otra cosa, de repente entra en su racha de contar chistes. Y no te cuenta uno – muy malo – sino que, venido arriba por ese impulso del primer chiste de mierda no solicitado, empieza a enlazar esa basura con otras aún peores y te tiene veinte minutos con la sonrisa helada y queriendo hacerte partícipe del peor festival del humor jamás vivido.

– Si te oye pronunciando algo bien en inglés, empieza a dar palmas, a reírse y a darle codazos al de al lado diciendo cosas como: miraaaaaa, de qué vaaaaaas, qué eres guiriiii. Cualquier cosa que ridiculice al que lo está haciendo bien y pueda disfrazar su complejo de inferioridad más grande que la catedral de Sevilla.

Hay tantos payasos, tantos graciosos profesionales, que esta lista se podría hacer muy larga. Pero, sobre todo, lo curioso es que nunca aceptan la crítica – es algo que no va con ellos. El payaso pura cepa nunca dejará que nadie le diga que es imbécil, porque eso es una falta de respeto y una muestra clara de prepotencia – se ve que su actitud no se lo parece. Será por aquello de ver la paja en el ojo ajeno.

¿Sabes lo mejor? Que en este circo, aparte de los payasos, tenemos a los cotillas, a los lloricas, a los trepas, a los ombligos con patas, a los caraduras, a los envidiosos, a los bocazas, a los liantes. Pero también están los inteligentes, los tímidos, los reservados, los respetuosos, los cordiales, los educados, los bondadosos, los honrados, los cariñosos, los amables, los empáticos. Y, claro, los buenos son tan sumamente adorables que perder el tiempo con los payasos es una verdadera ofensa al universo.

Lo que piensa Brunetina es que lo mejor que se puede hacer, aparte de ignorarlos, es dejarles claro desde el principio que no les ríes las gracias… y que nunca se las vas a reír. Por aquello de que más vale una vez colorado que cientos amarillo. Ese payaso esconde un complejo de ser inferior, torpe e inadaptado, que necesita usar la broma agresiva como un arma para atacar a todos aquellos a los que considera superiores a su existencia triste y miserable. No lo culpemos, bastante tiene con ser como es. Déjalo estar y dedícale tiempo a los demás: son muchos y te necesitan. Deja esa carpa del circo y vete a otra que te interese más. La hay, no lo dudes.

Brunetina y Marlon

Hey, Stella!! Le resuena esa frase a Brunetina en la cabeza. La grita el actor a pie de escaleras, le vocea a su mujer. Su pantalón de tiro alto, la camiseta ajustada que puso de moda (no James Dean, no, la puso de moda él), sus malos modales, su acento indescifrable, su afición por la bebida, su falta de refinamiento.

Es Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo”. Es EL ACTOR. Así: con mayúsculas. Porque no se le puede nombrar de otra manera. Parte de su atractivo reside, quizás, en su pertenencia al cine de antes, al cine clásico, al de la época que pasó y ya no es demasiado probable que vuelva (aunque si es cierto que la historia es pendular, no podemos descartarlo). Esa época dorada en la que los hombres tenían mal carácter y peor beber, y las mujeres vivían en un estado permanente de histeria. Ellos eran muy duros y ellas, muy femeninas. Ambos bandos sabían jugar bien sus cartas para conseguir lo que se proponían, no existía el sexo débil: eran sólo maneras diferentes de jugar esa mano.

Recuerda Brunetina un reportaje sobre la vida de Marlon, uno de esos que ves por casualidad en la 2 como quien no quiere la cosa en una tarde-noche que te pilla en el sofá, sin planes y sin muchas ganas de mirar el móvil para socializar. Una de esas raras noches en las que, por algún extraño motivo, no te molesta quedarte en casa. Y disfrutas de la nada, de la ausencia de planes, de la parada inesperada en el ritmo frenético de la capital. Bueno, lo ves o te lo recomiendan, lo que toque en ese caso. La cuestión es que en él se contaba su vida, su infancia, sus problemas, su final tan complicado. Pero llamaba la atención su verdadera obsesión por las mujeres, su incapacidad para contener su afán de conquista ante toda falda que pasara. Bueno, no mintamos, no toda falda; que no se le conocen conquistas feas. Pero, sin lugar a dudas, su perdición eran las mujeres. Y eso que vicios no le faltaban – era la suya una naturaleza viciosa de nacimiento (puede que reforzada por ese padre ausente y esa madre alcohólica, no parece que fueran factores que ayudaran a su desarrollo como un niño carente de problemas). La cosa es que en ese reportaje llamaban la atención dos cosas, o tres. Por una parte: cómo se camela a la entrevistadora cuando le anda preguntando algo serio, cómo consigue desmontarla hablándole de que con ese flequillo no se le ven bien los ojos… Se lo aparta de la cara, la mira pícaro y ella olvida por completo lo que está haciendo allí y qué se supone que debe decir. En otro instante, según lo entrevistan por la calle, pasa una chica joven y atractiva en minifalda y él no sólo la ve sino que la llama y le hace algunos comentarios que no sólo no le sientan mal sino que la hacen sonreír y sentirse deseada. Todo un experto en la materia, sin duda. Una bendición para sus innumerables amantes y una cruz para sus mujeres, obviamente. Sale en el documental una de esas parejas: una mujer elegante y guapa, a pesar de no ser nada joven cuando la entrevistan – pero hay bellezas que no consiguen aplacar ni el paso de los años ni los golpes de la vida. Y esa mujer guapa, elegante, discreta y consciente de su belleza pasada y presente cuenta que sí, que fue pareja de Marlon. Y, como por todos es sabido que no era hombre de una sola mujer, le preguntan por cómo lo llevaba ella, cómo soportaba eso de su pareja, y ella cuenta algo en esta línea:

“Yo llevaba un tiempo con él y no lo estaba pasando bien, era un hombre difícil y una pareja complicada. Mis amigos querían algo mejor para mí e intentaban presentarme hombres. Me mandaron a una cita a ciegas a la que acudí porque sabía que en el fondo llevaban razón; debía intentar buscar a un hombre mejor, una pareja fiel. Y fui a esa primera cita sin saber quién sería él. Y llegué y era… Elvis. Sí, el mismísimo Elvis. En sus comienzos, jovencito. Era un buen chico de pueblo, inocente, torpón. No había ningún tipo de química, era un chico del montón, no había nada que hacer. Y en cambio Marlon… era Marlon. Te miraba y se te olvidaba el mundo exterior. Sabía qué hacer para tenerte. Volví corriendo a sus brazos.”

Ese era él: el hombre. Guapo, de ceño fruncido, de sonrisa pícara. No tenía nada que ver su cara de enfado con su sonrisa de niño travieso. Y, con todo eso, su cara de persona pensativa y profunda seguía siendo igual de bella (o más) que la risueña. Porque tuvo una infancia difícil, pero nunca fue una persona carente de profundidad, de capas, de matices, de aristas. Era alguien introspectivo, con un nivel de auto exigencia muy alto. Se exigía tanto a sí mismo que intentaba dañarse para que se le respetara. Intentaba sacar arte de su sufrimiento. La falta de autoestima de su madre, que la llevaba a tener relaciones con hombres que la maltrataban, hizo mella en él. Disfrazó su alta sensibilidad de fortaleza y fingió ser un hombre sin escrúpulos. Pero era un actor apasionado por su profesión y dedicado a su carrera. Se implicaba al extremo para bordar el papel que le tocara y no paraba hasta hacerlo todo lo bien que podía. Eso lo hacía un compañero de reparto difícil, pero: ¿acaso conoces a algún genio con un carácter dulce y afable?

Serio, profundo, risueño, pícaro, con mal genio, cariñoso, adulador, conquistador, pendenciero, adicto a la vida. Sus adicciones y su auto disciplina lo llevaron a una espiral de auto destrucción – cómo olvidarlo llorando cuando intentaba explicarle a los periodistas la muerte de su hijo. Vivió la vida al límite y la vida le devolvió palos, tortas, patadas y puñetazos. Porque en esta vida hay que llegar al final hecho pedazos, cojeando y con cicatrices – no como un pincel sin un mísero rasguño. Porque sólo se vive una vez.

Ese es un hombre, piensa Brunetina, el que puso de moda la camiseta ajustada. No James Dean, el niño escuálido y asustadizo que no hubiera llenado ni la talla 12 de niños de Zara…