Lapsus

El otro día Brunetina se acordó de ella. Bueno, vamos en primera persona: el otro día me acordé de ti. Estaba haciendo planes, organizando mi fin de semana, pensando en la gente a la que iba a ver… vamos, lo normal de cualquiera justo antes de unos días libres. Y justo en ese momento, cuando repasaba mentalmente el listado de personas a visitar, te colaste. Sí, sin más. Sin avisar, sin una llamada y sin pedir permiso. Pensé: pues esta tarde voy a verte.

Cómo describir el asombro al darme cuenta de ese lapsus. El estupor, la sorpresa, el susto, la pena, el dolor, el desgarro. Cómo ser capaz de usar las palabras para describir esas sensaciones. Que sí, que Brunetina sabe que pensamos en palabras (o al menos así lo afirman muchos lingüistas), pero una cosa es conocer la teoría o estudios al respecto, y otra muy diferente e intentar demostrar que es cierta.

Es algo que le pasa a veces a Brunetina. no poder verbalizar sentimientos o sensaciones. Es algo muy suyo, sí, pero también muy incómodo. Porque a ver cómo se puede uno librar de una losa que le oprime el corazón cuando no encuentra la manera de contar lo que está viviendo. Cuando el lenguaje es un impedimento, es una herramienta insuficiente para exteriorizar la maraña de sensaciones que bullen por tu cerebro. O por tu alma, no sé, por qué no. Y este era uno de esos casos: era una situación totalmente inesperada, desagradable, incómoda y para la que no estaba preparada.

Quizás sea cierto que las personas no desaparecen mientras sigamos pensando en ellas. Pero es que si eso es verdad… estás más presente que antes porque es prácticamente imposible que pase una semana completa sin acordarme de ti. De tu forma de reírte con una timidez muy infantil, de tu forma de contar anécdotas con todo lujo de detalles, de tus preguntas sobre la vida en la ciudad, de tus consejos de moda, de tus sofocos con la política. Y lo que te hacía rabiar, que me encantaba. Tenías tan buen carácter que hasta eso te gustaba de mí. Pero es que de ti me gustaba todo. Y ese todo te lo llevaste contigo. Y a ver, dime tú, lo que hacemos los que nos quedamos atrás con este vacío.

Vale, vale: llevas razón. No tiene sentido acordarme de ti para regañarte. Pero hazme un favor, te lo pido. Tómate una tapita de jamón (no tomabas carne, no, pero el jamón no lo perdonabas) y una cerveza helada a mi salud, ¿vale? Y yo brindo por ti con la mía.
Y a los que me habéis leído: dadle un beso y un abrazo a quien tenéis al lado y sed felices, porque sabemos cuándo venimos y no cuándo nos toca irnos. No merece la pena preocuparse por tonterías. El amor todo lo puede y es lo único que importa.

¡Sed felices! Se os quiere.

P.D.: Sí, he llorado como una idiota escribiendo esto. No os juzgaré si os pasa igual al leerme 🙂

Y al tercer día…

O a los tantos meses, ni idea. La cuestión es que Brunetina ha resucitado. Así, como lo lees. Se ha echado una siesta de esas en las que al despertar no sabes si llegas tarde al curro o es domingo, de las de pijama y orinal, de las de mirar el calendario al abrir el ojo y no entender si te toca ponerte el bikini o buscar el traje de fin de año. Ya me entiendes.

Total: I’m back, que diría Terminator. Sí, que no es una referencia millennial, pero poco importa eso ahora. Y cuando a una le apetece algo, y ese algo no es un delito ni hace daño a nadie, está como feo negárselo a su propio ser.

Eso sí, vaya por delante el aviso de que esto a partir de ahora no va a tener el orden de antes: ni vas a saber qué día se sube un post ni cuál de las dos secciones va a tocar esa vez. Pero habrá cosas que leer de vez en cuando, y sabes de más que estar informado es tan sencillo como suscribirse al blog. Vamos, un segundo de tu valioso tiempo que se te va en ello. Nada más que eso.

Y hablando de todo un poco, o de lo primero que se le pasa a una por la cabeza… Qué maravilloso el párrafo de la canción de Shawn Mendes Like to Be You:

I don’t know what it’s like to be you
I don’t know what it’s like but I’m dying to
If I could put myself in your shoes
Then I know what it’s like to be you

¿No sería fabuloso? El poder ponernos en el lugar de los demás. No ya poder, que no es que no seamos capaces – es que no nos apetece lo más mínimo. Pero es la mayor demostración de cariño y respeto de un ser humano a otro: ponerse en sus zapatos e intentar saber lo que se siente. Y luego, ya si eso, opinar. Una vez que uno haya entendido el dolor y las preocupaciones del que tiene delante. Empatizar, comprender, escuchar, prestar atención. Qué bonito sería tenerle tanto aprecio a alguien como para cantarle que lo que quieres es poder saber qué le pasa en la cabeza, qué le hace comportarse así. Qué maravilloso querer entender en lugar de criticar, acusar, tachar, descartar a las personas como pañuelos usados.

Y si ya encima dices:

Tell me what’s inside of your head
No matter what you say I won’t love you less
And I’d be lying if I said that I do

Es decir, que si me cuentas todo eso que tienes en el coco… todo eso que te angustia, que con muy alta probabilidad te haga sentirte ridículo y vulnerable, si me lo cuentas: ¿sabes qué pasa? Que no te voy a querer menos. No, eso no va a pasar. Porque estoy deseando conocer tus secretos y demostrarte que no son debilidades sino fortalezas.

Porque aquello que tienes en lo más oculto de tu ser es lo que te define y te hace único. Y es lo que quiero que me desveles para poder demostrarte que te quiero justamente por ello. Qué bonito, ¿no?

Qué bello es que te quieran así, y qué bonitas son las personas que te demuestran día a día que les importas, que eres especial y que te quieren gracias a (y no a pesar de) lo que tú consideras tus defectos.

Y qué maravilla que existan canciones que nos lo digan de una forma tan preciosa.

Nada, eso es lo único que tiene que decir Brunetina hoy.

Disfruta del viernes y de esas personas que valen su peso en oro por adorarte como eres y por no tirar nunca la toalla. Una ronda de aplausos a los pilares de nuestra existencia.

Y que viva el amor del bueno, el de verdad, el que no se va cuando se acaba la fiesta.

TGI, my friends!!!

Besos mil 🙂

 

Brunetina se despide

Hace cosa más de un año empezaba esta andadura personal, este pequeño proyecto en el que puse todas mis ilusiones, ganas y esperanzas. Nació de una necesidad imperiosa de escupir todas las sensaciones, pensamientos y reflexiones que se me escapaban a borbotones a golpe de teclado (por los dedos índice de cada mano, que nunca supe escribir como Dios manda).

Una mañana, tumbada en la cama pensando en cosas varias… me di cuenta de que necesitaba crear este blog. Quería empezarlo con un homenaje a mi tía, porque era la que ocupaba mis pensamientos día y noche en esos momentos, y quizás porque pensaba (de manera equivocada o no) que le hubiera gustado leerlo, saber que lo hacía yo, imaginarme escribiendo algo cada semana que podía llegar a cualquier persona que tuviera unos minutos que dedicarle a mi web.

Le puse la mayor de las ilusiones y le dediqué bastantes horas. Tuve que aprender a diseñar la web (más o menos), para lo cual necesité la ayuda de quien siempre me tiende la mano cuando me veo en apuros. Aprendí, o lo intenté, a darle vida al blog. Al menos tuve la impresión de darle un poco de caña a las neuronas, porque parece que cuantos más años cumples, más te acomodas y menos las usas.

Y escupí todo aquello que me quemaba por dentro. Primero, dos veces en semana, Luego, una sola vez a la semana. Contaba sensaciones, inventaba historias, disfrazaba anécdotas, inventaba historietas o situaciones. De todo aquello que me flotaba por la mente escogía lo que me parecía más interesante, lo moldeaba, disfrazaba, adornaba y lo plasmaba en esta falsa página en blanco.

Tuvo una finalidad claramente terapéutica, y por ello, muchas veces me hizo llorar. Bueno, o me hice llorar, porque el blog no es un ente separado de mí. Tuve monólogos, quejas, charlas, reflexiones. Pude descargar la rabia que llevaba dentro, pude darle un espacio a ella y a tantos otros que nos han dejado. Pude quejarme de lo que más me incordiaba y reírme de lo que me parecía ridículo. Pero, ante todo, me di la oportunidad de decir la verdad, sin tapujos, sin filtros, sin cortapisas y sin ningún tipo de expectativa que no fuera el poder volcarlo y, posteriormente, olvidarlo.

Durante estos meses tuve la oportunidad de recibir muchos comentarios positivos, críticas, aportaciones, ánimos, piropos… cariño, en definitiva. Porque el hecho de que alguien encuentre unos minutos para leer tu punto de locura es un halago. Y que dedique otros tantos a hablarte de lo que ha sentido leyéndote es verdaderamente maravilloso.

Y este proyecto, como tuvo un principio, tiene un final. Todos lo tenemos, y no por ello la vida deja de ser interesante… más bien al contrario. Pero ya he cumplido con los objetivos propuestos y considero que es el momento idóneo para echar el cierre. Para poder hacer una despedida digna y caminar hacia otro lado.

No olvido vuestras palabras ni consejos y, sobre todo, no podré borrar lo bien que me hizo sentir saberme apoyada. Os quiero, lo sabéis. A unos y a otros: a todos. Y me siento satisfecha y feliz de los pasos que he dado y de lo que aprendido del mundo y de mi forma de vivirlo.

La web seguirá existiendo y se podrá leer o releer las veces que uno quiera… pero ya como libro cerrado que tienes en la repisa y al que te acercas en esas tardes un tanto nostálgicas. Y yo estaré donde siempre, en todas partes y en ninguna. Cerca de los que tengo al alcance de la mano, y a golpe de chat de aquellos que por desgracia me pillan lejos.

Gracias. A todos, a mí, a ti… porque el dolor de tu recuerdo me animó a crear esto y a día de hoy solo siento alegría pensando en ti, en lo que fuiste y en lo que me diste.

Hasta pronto.

 

Brunetina y la Fashion Week

Se acaba el verano y parece que con él termina todo lo bueno… pero no. Porque en realidad lo que ocurre es que llega la temporada de las Fashion Weeks. Es decir, una sucesión de vídeos de desfiles varios en Nueva York, Madrid, París, Milán. Así que Brunetina guarda el pareo y el bikini y lo cambia por el wifi más cercano para poder seguir en el móvil todas las tendencias del momento – no sea que se le escape alguna moda sin revisar, criticar o comentar.

No solo se trata de ver moda, sino de echarle un ojo a los que se acercan a los photocalls de turno y tienen la suerte de asistir en la front row. Antes, hace años, esa primera fila de los desfiles de las grandes firmas se veía repleta de modelos y diversos ejemplares de la fauna del diseño, la moda o las artes de alguna manera. ¿Hoy en día? Muchos de esos sitios se ven ocupados por pequeños traseros fibrosos de chicas (y chicos, aunque en menor medida) cuya principal fuente de ingresos viene de subir a su canal de Youtube una serie de vídeos sobre su día a día y sus consejos de moda, decoración o tendencias. Sí, los sitios antes designados a famosos ahora se ocupan por la nueva ola de personajes conocidos: los YouTubers (o vloggers, en cualquiera de sus formas).

Los diseñadores, por tanto, deben tener esto en cuenta a la hora de elaborar sus colecciones y de intentar promocionarlas… bien es sabido que uno debe adaptarse a la demanda del público – idealmente, anticiparse a ella y satisfacer esa necesidad, pero al menos intentar detectar lo que esté de actualidad y ofrecer la experiencia más satisfactoria para los asistentes. Porque de ellos, y de sus móviles de última generación, depende el alcance de tu marca. Y gracias a los vídeos que suban y tagueen, podrás llegar a cientos de miles… para bien o para mal.

¿La moda en sí? Relevante tambíen, por supuesto. Pero no exclusivamente lo que circula por las pasarelas sobre modelos de 1,85 de cuerpos de extremidades interminables, no. Es importante quién va, qué lleva, cómo y con quién se fotografía. Y es igual de divertido que ver lo que se llevará en las próximas estaciones. Vuelta a las botas altas (¿soy la única que se acuerda de Pretty Woman estas semanas?), tangas que suben por encima del pantalón y se dejan ver sin pudor (“aserejé”, al menos en mi cabeza) y el regreso de las grandes.

Versace nos ha regalado la vista con un fin de fiesta de la mano de las grandes modelos, esas que inventaron lo que es ser top model y por las que parece que no pasen los años: Carla, Claudia, Naomi, Cindy y Helena. Homenaje único a Giani Versace 20 años después de su muerte. Si no te gusta la moda, al menos pincha en alguno de los miles de vídeos que capturan ese momento genial. Y recuerda: los 90 no han muerto, vuelven con más fuerza que nunca.

Brunetina y la vuelta

A Brunetina no le resulta desagradable volver… al cole, a la rutina, al otoño, a los abrigos, a las noches de mantita en el sofá delante de la tele pensando que va a salir a Rita. Y le viene pasando de siempre. Porque la sola idea de ir a por libros nuevos y poder encuadernarlos siempre le produjo entre emoción, impaciencia y alegría. Quizás había un punto de miedo… a lo desconocido, a las nuevas asignaturas, a los exámenes, al posible fracaso. Pero todo eso se veía superado por la emoción de saber que va a poder abrir la montaña de libros nuevos, uno a uno, y aspirarlos con los ojos cerrados. Ese olor a libro nuevo, a tinta. Esa promesa de aventuras por descubrir. Ese mundo nuevo. Ese cúmulo de emociones, de incertidumbre, de alegría por poder volver a ver tus amigos, contarles tu verano, preguntarles por el suyo, enseñarles fotos o juguetes, probar sus bolis de colores, prestarles tus fluorescentes, ver la pulsera nueva que compraron en el puesto de la playa o contarles la última peli que te llevó a ver tu hermano mayor.

Hay cosas que, afortunadamente, no se pasan con el paso de los años. Y esa expectación por el momento de la vuelta es algo que a Brunetina se le ha quedado grabado. Y año tras año, sin falta, vive las mismas sensaciones. Y por eso le cuesta unirse a la multitud de caras largas, quejas, lamentos, malos humores de todos aquellos que solo saben echar pestes cuando agosto llega a su fin y toca volver a la cotidianeidad del trabajo, las obligaciones, a la rutina que aparcaron cuando el sol derretía las aceras y nublaba el entendimiento.

Pero el otoño es un momento ideal para retomar las riendas de tu vida, para plantearte nuevos retos, comprarte una agenda nueva (o dos, por qué no), estrenar bolis de colores en el curro, instalarte esa app de aprender idiomas, darle por fin al boxeo, planear escapadas de fin de semana a todos esos sitios en los que eres incapaz de estar cuando hace cuarenta grados a la sombra. Es el mejor momento para volver a ver a aquellos que llevan dos meses tostándose en la playa y que te cuenten sus anécdotas, siempre con una caña fresquita en la mano.

Te puedes reinventar, renovar, mejorar, espabilar. Puedes animarte a cambiar el vestuario, mostrar tu mejor yo y vivir este momento de transición como lo que realmente es: una nueva oportunidad para pisar con fuerza y enseñarle al mundo todo aquello de lo que eres capaz.

Otoño: te estamos esperando. Bienvenido.

Quizás, Brunetina

Quizás esté cansada, porque es un año de blog y pesa. Quizás el verano la deje lacia, con pocas ganas de darle alas a las neuronas. Quizás los 40 grados a la sombra no ayuden. Quizás estar sentada bajo el chorro de aire frío en el salón le hiele los pensamientos. Quizás la jornada de verano le trastoque su rutina habitual. Quizás el mes de julio no se haya inventado para grandes reflexiones. Quizás el ventilador del portátil le queme el muslo izquierdo mientras escribe en ropa de verano. Quizás el sol que intenta entrar por la ventana la distraiga. Quizás el tener que beber agua cada cinco minutos le ocupe mucho tiempo. Quizás tenga la mente en estado de vacaciones. Quizás sus neuronas estén fuera de cobertura. Quizás sea importante parar, a veces, para volver con más ganas. Quizás la creatividad no pueda forzarse. Quizás sea necesario aburrirse para poder crear.

Brunetina está muy agradecida. A todos, los pocos o muchos que estéis leyendo esto. Porque leer comentarios positivos siempre anima a continuar escribiendo ideas y chorradas varias en esta página, semana tras semana. Porque sin vosotros esto no tendría sentido. Y por eso necesita parar. No os merecéis nada más que lo mejor, y ahora mismo puede que los posts perdieran calidad si continuara. Por vosotros y por sí misma, toca parada vacacional en la que reposar y coger fuerzas.

Por todo ello, colgamos el cartel de “cerrado por vacaciones” y nos vemos de nuevo el martes 5 de septiembre. Con reseñas de libros, pelis, series y moda. Porque son las cosas que más le gustan a Brunetina y quiere contaros todo aquello que le salga del corazón – como viene siendo habitual en este pequeño rincón.

No me voy a ninguna parte, podéis escribirme todo lo que queráis durante estas semanas. Estaré encantada de leeros.

¡Feliz verano!

Brunetina y los viajes

A Brunetina le gusta viajar. Bueno, puede que esto suena a típica frase que uno dice para quedar bien en según qué sitios: entrevistas de trabajos, citas a ciegas, reuniones informales, encuentros con culturetas de pro. Pero en su caso, parezca o no frase hecha, es una realidad. Y quizás, puede, a lo mejor… influya su infancia. Porque todos sus recuerdos alegres, divertidos, emotivos, tuvieron lugar viajando o en el coche o en el extranjero – o cruzando España de norte a sur en coche para poder llegar a su querida feria.

No hay nada como un viaje en coche para dejarla en un estado de trance que no lo consigue ni la más preciada de las meditaciones actuales que tan en boga están. Es montarse en el coche, abrocharse el cinturón, acomodarse en el asiento (como los gatos, que andan dando con las patitas al cojín para dejarlo a su gusto, solo que sin las uñas) y sentirse más cómoda que en el sofá de su propia casa. Se gira, mira hacia la ventana, y se acomoda para pasar un buen rato bebiendo el paisaje. Le da igual que sean cinco minutos o tres horas, porque el poder de abstracción es tan brutal que llega a un nivel de abandono de su cuerpo que le hace perder la conciencia del tiempo. Y cuando toca bajarse, la tienen que avisar de que ya han llegado, de que están en el destino, de que hay que abandonar el coche.

Quizás sea por eso, por esa habilidad, sea la que más aguanta en viajes largos sin pedir una parada para beber, o ir al baño, o estirar las piernas. Aunque puede que no se trate de habilidad sino de entrenamiento. Porque cruzarte un país en el asiento trasero del coche con cinco años puede que imprima carácter – es más que probable. Y acabó por aprender a distraerse en la misma espera, por no impacientarse pensando en lo que quedaba para llegar al destino final, por disfrutar del camino en sí, de los paisajes por la ventana, de las gotas de lluvia que caen en los cristales, de las vacas pastando a lo lejos, de las ovejas lanudas paseando, de los coches que adelantan con gente dentro que saluda, de las nubes que hacen todo tipo de formas: caras, animalitos, figuras, corazones, pájaros.

Siempre le gustaron los pájaros, y le siguen gustando. Verlos volar es algo hipnótico: son elegantes, majestuosos, valientes… libres. Pero verlos andar, cuando lo hacen, es extremadamente divertido. Esa garza dando zancadas por la marisma con el fondo anaranjado y rosa de un atardecer en la bahía.

A lo que iba: a Brunetina le gusta viajar. ¿Conocer un sitio nuevo? ¿Su comida? ¿Su cultura? ¿Su historia? ¿Sus gentes? ¿Su forma de entender la vida? Por supuesto, todo eso le fascina. Pero el viaje en sí mismo – en coche, barco, avión, tren, bus – es algo que la hace igualmente feliz. La impaciencia por lo desconocido, el no saber lo que te encuentras en el camino, el sentarse y mirar por la ventana en calma, sin obligaciones, sin prisas, sin preocupaciones. El placer del paisaje contemplado desde la mirada del turista. Sobran las palabras.

Brunetina y el mar

A Brunetina no le gusta la playa, vaya eso por delante. Y no es que tenga algo en contra de la arena, o del mar y sus olas. Es que solo de pensar en tener que ponerse al sol a las cuatro de la tarde en julio, rodeada de familiones, con niños corriendo alrededor llenándole la toalla de arena, señoronas contando el cotilleo de la Esteban a voces a sus amigas, grupos de adolescentes oyendo trap a toda pastilla en el móvil mientras intentan encontrar la pose que más abdominales y biceps les saque – mientras ellas se hacen el selfie de rigor poniendo morritos y sacando pecho, la orilla llena de algas, el mar lleno de basura, la arena – que te abrasa los pies – con sus correspondientes colillas y latas de resfrescos abandonadas, el coche aparcado a 3km porque era imposible dejarlo cerca de la playa – con gorrilla o sin él… solo de pensar en ese escenario le hace querer abrir el armario e irse al mundo de Narnia de cabeza, con un buen abrigo de plumas y una bufanda a juego.

Pero el mar, ay, eso ya es otra cosa. Porque estar en el sofá tirada y pensando en por qué hace 40 grados y cuándo volverá el frío… mientras alarga la mano para coger el mando a distancia del aire acondicionado, no es vida. Lo que realmente apetece es coger un bañador retro, una toalla, un capazo y salir hacia la playa. Y encontrar aparcamiento a la primera, nada de levante, un poco de sol – pero no en exceso-, tener una sombrilla, poder plantarla cerca de la orilla, para que la brisa marina le refresque la piel mientras ve las olas romper y a las gaviotas de lejos. ¿Número de personas en la playa? Pocas, y silenciosas. Un señor mayor dando un paseo por la orilla, una mujer tomando el sol en su hamaca, una parejita en la orilla intentando entrar en el agua de a poquitos, tres niños haciendo un castillo de arena con la concentración de un adulto haciendo un sudoku. Una amalgama de personas, vidas cruzadas, sensaciones, situaciones… con el mar de fondo. El mar frío, sin algas, limpio. Las olas rompiendo con fuerza, pero no tanta como para que ondee la bandera roja. Ir hacia ellas poco a poco, sin prisa, respirando el aire puro y evitando molestar a los niños del castillo en el camino. Poner los pies en el agua y sentir el frío recorrer desde la punta de los dedos hasta la nuca. Esa sensación de frescor, de alivio, de disfrutar del descanso de guerrero en la naturaleza. Y entrar en el agua sin prisa, esquivando las olas, yendo de lado para evitar el impacto directo. Y, en un momento dado, soltarse la coleta y zambullirse de cabeza. Y bucear. Sacar la cabeza, mirar alrededor, y nadar. Parar de nadar y quedarse flotando, dejando que la marea te meza y te abrace con sus partículas de sal. Cerrar los ojos y sentir la mayor de las relajaciones. Y sentir, solo sentir… los pies, las piernas, las manos. Y abandonarse.

Porque a Brunetina el mar sí que le gusta.

Brunetina y Manolito

Hace ya años de esto, pero Brunetina se acuerda como si hubiera ocurrido ayer. Quizás porque todo aquello que te pasa de niño se magnifica y deja huella en tu cerebro. O quizás porque le gustan tanto los animalitos que ese tipo de anécdotas siempre están más en la superficie, cercanos, tiernos, al alcance cuando una tarde con los amigos le apetece contar algo simpático de cuando era pequeña.

Al tema: Brunetina tenía un ratón. Sí, eso es. En la casa de Cardiff resulta que había un visitante y se hizo uno más de la familia. Hubo que ponerle nombre, claro, porque no se puede vivir en amor y compaña sin tener forma de llamarlo. Manolito, se llamaba. Algo muy castizo, claro, en honor a los orígenes y fruto de ese pesar que siempre acompaña a los exiliados, ese amor por la patria y añoranza por volver.

Manolito era como se supone que deben ser los ratones: pequeño, tímido, escurridizo y amante del queso. Y por eso le ponían queso, para que él saliera a tomarse una tapa de vez en cuando. Y a Brunetina le encantaba observarlo, llamarlo, ponerle la comida.

Pero toda buena historia tiene un final, porque nada es para siempre, porque todo lo bueno algún día se termina. Y le explicaron a Brunetina que Manolito tenía que mudarse, que su familia estaba fuera, que había que ayudarlo a salir de la casa. Y se pusieron todos manos a la obra: vamos a poner queso en una caja, que entre, y así salimos y lo dejamos con la caja abierta en la calle para que vaya a buscar a los suyos. Y tenía sentido. Así se hizo, de hecho. Brunetina iba con su hermano y la caja, con Manolito dentro, pero notó que no se movía. ¿Por qué no se mueve? Y su hermano le dijo: es que se está haciendo el muerto, no veas si es listo Manolito, vamos a soltarlo fuera y nos escapamos de puntillas, para no molestarlo. Y, en cuanto no nos vea, se irá como una bala. Y ella, feliz, convencida, sonriente. Corriendo a casa de puntillas, que no nos oiga Manolito.

Qué sorpresa fue para Brunetina descubrir la realidad muchos años después en una comida familiar. Contaba ella la historia a su manera, como la había vivido, como solemos hacer con los recuerdos. Y, por desgracia, descubrió que Manolito no se había hecho el muerto, no. El pobre ratón no era tan buen actor como ella creía. Aunque en su momento creyó ciegamente en lo que le contaron – quizás porque deseaba que fuera verdad, quizás porque su familia estaba tan sorprendida como ella de que Manolito no hubiera resistido el entrar en la caja del quesito trampa.

Manolito: allá donde estés, se te echa de menos. Espero que te estén dando buen queso y agua fresquita, que era lo que más te gustaba.

Brunetina y los consejos

Hay muchas cosas que te dicen a lo largo de la vida. Son pequeñas recomendaciones que sueles anotar mentalmente para cuando las necesites. Pero Brunetina tiene dos consejos, muy sencillos, que aplica casi diariamente. Consejos que puede que sean útiles a casi cualquier persona – niño o adulto.

Son, a saber:

  • Las cosas, de una en una. Gran consejo materno, fruto de unos arrechuchos de Brunetina en los que se quejaba de no poder abarcarlo todo (estudiando o trabajando, sirve en ambas circunstancias). Su madre, con esa sabiduría que da crear vida, le dijo: “me da igual que tengas cien cosas pendientes, no puedes hacerlas todas a la vez. Así que las apartas todas y las vas cogiendo de una en una. Solo tienes que encargarte de una cosa, la que tengas delante. Olvida por completo las demás”. Y Brunetina pensó que era la mejor idea que había oído nunca. Y es que no le faltaba lógica. Porque solemos querer terminar todo a la vez, poniendo en práctica es mala manía que tenemos de aparentar que podemos hacer muchas cosas a la vez. Y, al final, por tanto obsesionarnos con abarcarlo todo… hacemos poco y mal, aparte de acabar derrotados y frustrados por no haber cumplido con nuestras propias expectativas.
  • No se te olvide respirar. Consejo paterno que se basaba en la idea de: “cuando te agobies, necesitas darle un chute de oxígeno al cerebro. Así que vete a un sitio aparte, cierra los ojos y toma aire. Pero tómalo de verdad, llena los pulmones, y luego lo expulsas. Muy lentamente, disfrutando de cada segundo. Así, hasta tres veces. Y verás como te calmas”. Brunetina pensaba que esto sonaba demasiado sencillo para poder funcionar, pero – como siempre ante los consejos de sus padres- se equivocaba. Y descubrió que el oxígeno al cerebro es como el sol a las flores. Y que era tan sencillo como tomarlo a conciencia, poco a poco y durante unos segundos. Pura magia.

Y con esos dos consejos vive Brunetina cualquier tropiezo en su día a día, cualquier preocupación, disgusto, despiste o comedura de coco. Esos consejos que suelen llamar de otra manera, mucho más comercial que lo que se lee arriba – algo del tipo mindfulness o meditación. Pero, no os dejéis llevar por palabras salidas de mentes marketinianas… Estaba todo inventado ya de antes: las cosas de una en una, y no se os olvide respirar.

Porque los mejores consejos siempre vienen de los que trajeron al mundo y te lo dieron todo. Algo que olvidas de adolescente, pero que sabes bien de adulto. Y que nunca olvidarás.