NO QUIERO

Me niego, mi cabeza no lo asume, mi cuerpo lo rechaza… todo mi ser se opone a esto. Y no hay nada que pueda hacer al respecto. No es algo que esté en mis manos resolver. ¿Cómo es eso que dicen? Suelen recomendar los psicólogos, a las personas en épocas de estrés, que cojan papel y lápiz y hagan una lista. Deben anotar todo lo que les preocupa. Una vez hecho esto, tienen que separar esos problemas en dos grupos: los que tiene solución, y los que no la tienen. Para aquellos que parece que tengan remedio, debemos planear la estrategia y ponernos manos a la obra. Para los que quedan sin solución posible, te dicen que debes aprender a vivir con ellos, adaptarte, resignarte, saber que en la vida siempre habrá circunstancias que no puedas controlar que te harán daño, pero sólo tanto como tú se lo permitas. Tienes que hacerte fuerte, doblarte pero no romperte. Be water, my friend. O, como decía la tía Casilda: “si tiene solución, de qué lloras; y si no tiene solución, pa qué lloras”.

Pero no quiero. Resulta que no me da la gana. Y lo he intentado, que no parezca que no he puesto de mi parte. Pero es que en este caso hay poco o mal remedio. ¿Sabes lo que me pasó ayer? Que estaba pensando en el próximo post que iba a escribir, y me dije: “se me ha olvidado preguntarle si le está gustando el blog últimamente”. Y, de repente, como un fogonazo, caí en la cuenta. No estás, no has podido leer nada, no conociste mi web. Sencillamente porque la creé cuando ya te habías ido. Nos dejaste un lunes 25 de abril y publiqué mi primera entrada un lunes 20 de junio. Dos meses necesité, ocho semanas me hicieron falta para poder asumir tu pérdida, tu abandono, tu ida sin vuelta. Y ese domingo previo a la escritura recuerdo perfectamente que abrí los ojos, vi el sol entrar por la ventana… y supe que tenía que hacer algo. Que ya no podía tener más tiempo este dolor en el pecho, este malestar en las yemas de las manos, este nudo en la garganta. Que de nada servía llorar cada vez que cogía el teléfono pensando en llamarte. Que no había remedio ni consuelo – que esto no tenía vuelta atrás. Y lo único que se me ocurrió para poder ahogar las penas fue crear una web, en tu honor, y dedicarte la primera publicación. Porque las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito permanece. Y yo quería que tu existencia no se fuera con un golpe de levante, que tu esencia no se olvidara, que tu paso por este mundo tan perro no cayera en el olvido. Y escribí, me senté delante del portátil lleno de pegatinas de colores y le di a la tecla. Y salió todo rápido, fácil, fluido – aunque tenía que levantarme cada dos o tres frases a lavarme la cara y sonarme los mocos. Si me pagaran por llorar, podría navegar en una piscina de dinero, como el tío Gilito. Que, por cierto, de llorona ibas tú también servida – no te me hagas ahora la digna. Cuando arrancabas con la lágrima te hartabas – se ve que lo llevo en la sangre.

Me vino bien, me suavizó la pérdida. Y pude ir publicando otras cosas, menos serias, o a veces hasta graciosas. Me dediqué a mirar lo que escribía como el que ve crecer una planta: con calma, paciencia, amor y asombro. Y tuve mis entradas mejores y peores – como imagino que debe ser. Pero no importaba, porque era mi intento de crear arte nacido del dolor. Era mi amago de sacar algo bueno de algo malo. Y tanto he escrito, tanto he andado, tanto tiempo ha pasado… que se me había olvidado que lo hice para ti y que nunca pudiste verlo. Tanto me he enfrascado en mis propios pensamientos – los que me tenían que salvar de tu pérdida – que he conseguido no llorarte a todas horas. Aunque hay días, como hoy, en los que no quiero verlo de color de rosas ni tirar de frases manidas de autoayuda. No me apetece fingir que sonrío pensando en ti, porque hoy no he sonreído… se me ha encogido el corazón y he sentido un puñal que me atraviesa el pecho.

Por eso hoy, y solo hoy, no me viene en gana asumir que te has ido. Ni pintarme una sonrisa en la cara, ni decir que estoy entera. Hoy me dueles y no pienso fingir. No voy a bailar en tu honor ni a reírme pensando en una de tus anécdotas absurdas. No me apetece hacer de tripas corazón. No quiero.

BRUNETINA Y EL COLE

Puede que nos pase a todos, que recordamos lo que nos ocurría de niños con las proporciones incorrectas: todo en nuestra mente se graba ampliado, de grandes dimensiones, como si nos hubiéramos tomado una galleta de las que hacían encoger a Alicia en su país surrealista y fuéramos personas muy pequeñas en espacios enormes. Como si fuera un sueño en lugar de un recuerdo – aunque quizás los recuerdos se graben en la mente de la misma manera que lo hacen los sueños, mezclando partes de realidad con pequeñas dosis de imaginación.

Cuando Brunetina se pone a recordar su colegio de St Cadoc’s, en Cardiff, se le antoja gigante. El edificio tiene pasillos anchos, amplios, con percheros muy altos donde colgar los minúsculos abrigos y las diminutas mochilas con el lunch del día. El patio del colegio, que rodea el edificio, existe en sus recuerdos como una explanada que no tiene fin, donde se entremezclan jardines y asfalto, donde se puede correr, saltar a la comba, jugar al escondite, hacer carreras de sacos.

Por cierto, ahora que lo piensa, solía haber un concurso por parejas de distintas disciplinas. Nada especialmente elaborado, algo propio para entretener a los niños y darle una oportunidad a los padres de ver a sus hijos en acción, de conocer a sus amigos, de vivir con ellos cómo ganan una medalla o diploma. Su mejor amiga, Rachel (la piojosa, tema que ahora no hace al caso, pero que más adelante entenderemos), fue su compañera en una de las carreras. Consistía en correr por parejas unidos por el tobillo con un lazo. Requería de una gran coordinación, ya que podías usar sin problema una pierna, pero la otra dependía de que tu amiga quisiera y pudiera avanzar a la vez que tú. Daba para reírse, porque en la mayoría de los casos se acababa pisoteada y haciendo la croqueta por el suelo. Inevitable, sin duda.  Algo que iba acompañado de otra carrera de huevos, con una cuchara en la boca y un huevo n equilibrio sobre ella, que no podía caerse hasta que llegaran a la meta. Pero les dieron un diploma, a Brunetina y a su amiga Rachel, así que tan mal no lo harían.

Ya, que por qué era la piojosa. Pues ocurrió que un día, en casa, la madre de Brunetina descubrió que… su preciosa melena estaba habitada por unos minúsculos bichos que le hacían rascarse a todas horas. Y, curiosamente, la seño le explicó a su padre que Brunetina se había hecho la mejor amiga de una de las niñas de la clase que tenía fama por tener piojos. Brunetina anunciando ya desde una temprana edad su gran ojo para escoger amistades, algo que la perseguirá toda su vida.

Aunque había más niñas en la clase aparte de Rachel, y muchas que se interesaban por Brunetina – al fin y al cabo era la nueva, la guiri (irónico), la sensación en el cole. Y todas querían ser sus amigas, aunque Brunetina, la pobre, al principio no podía enterarse de gran cosa en ese idioma ajeno. Pronto descubrió que lo que ella inventaba en el coche camino de Gales poco tenía que ver con el inglés – primera lección vital que le enseño que no era tan lista como se creía. Pero sus compis se lo intentaban poner fácil y la incluían en todos los juegos. Como ese recreo en el que estaban plenamente convencidas de que si cogían un cristal del suelo podrían usarlo para hacerle a Brunetina agujeros en las orejas. Menos mal que eso nunca ocurrió, habríais sido muy interesante explicarle a sus padres qué teñía en la cabeza cuando decidió cortarse con un cristal recogido del suelo. Y no, Brunetina no tenía pendientes (eso es digno de un post en sí mismo, pero dejémoslo en que no le quisieron imponer eso de bebé, sino dejar que ella decidiera por su misma de adulta si le interesaba agujerearse las orejas para llevar ese complemento).

Si cierra los ojos y se concentra, Brunetina puede oler el comedor, el gravy que acompañaba al puré de patatas con guisantes. Quizás para una mente española eso sea´, como poco, desagradable. Pero su mente lo tiene como un recuerdo positivo y es un olor que entra en la categoría de los que le abren el apetito y le hacen sentirse como en casa. Y puede sentir también el frío saliendo al patio, la sensación de que se le congelaban los huesos con la humedad en las mañanas más frías, y lo que le fascinaba ver los charcos helados – se acercaba a ellos, los pisaba con cuidado, los observaba maravillada.

Y es que los recuerdos del cole no se olvidan, y hasta se magnifican. Se graban en la mente y se convierten en vivencias lejanas positivas, que siempre consiguen arrancarte una sonrisa en los días grises, cuando te tumbas a mirar por la ventana y ver la vida pasar.

 

ÚNICOS

El ser humano es el único animal capaz de sufrir sólo imaginando un escenario adverso, de dolor, de pérdida, de ausencia. Ese perro al que tanto cariño le tienes y que humanizas poniéndole ropa no puede hacerlo. Ese gato del que dices que es tan inteligente y al que tratas como si la casa fuera suya en lugar de tuya es incapaz de ello. Esa boa, hámster, cobaya, pez, tarántula, canario, ardilla… Di el animal de compañía que te plazca: podrás seguir pensando que es una persona, que es tu mejor amigo, que te entiende como nadie. Podrás vestirlo, abrazarlo, quererlo más que a tu propia vida. Podrás venerarlo; pero es incapaz de hacer lo que el cerebro humano.

Así somos: capaces de las mayores pasiones y de las más bajas perversiones. Descendientes de los primates más agresivos, esos que matan por placer, esos que pueden tirar a otro de un árbol sólo porque les apetece matarlo. Y nosotros tenemos la habilidad de imaginar situaciones con tal nivel de detalle, tan reales, tan tangibles… que nos hacen llorar o reír igual que si las estuviéramos viviendo.

Vas corriendo por el parque, es un día de entrenamiento normal, un martes rutinario de tu semana. Los cascos, la lista de Spotify, las mallas reflectantes, los guantes, el paso acompasado. Respirar – uno, dos -, avanzar, calmarse, tomar aire, concentrarse en la canción, adelantar a esas dos personas cortando el paso, dar saltitos esperando que el semáforo se ponga en rojo. Todo va bien, como de costumbre. Todo está en orden. Pero decides cambiar el camino, darle una pincelada de color a la rutina, salir del hábito. Giras a la derecha y entras en un parque por el que nunca pasas. Y al principio corres normal, sigues con tu calentamiento como de costumbre. Pero empiezas a ver cada vez menos luz, varias farolas rotas, te adentras en la oscuridad y oyes un grupo de varios chicos. Los notas a tu izquierda, con el rabillo del ojo. Y de repente piensas que no ha sido tan buena idea, que puede que te pase algo, que uno de ellos se ha movido y te está diciendo algo, que otro empieza a seguirte. Y corres, mucho, lo más rápido posible. Vas cuesta arriba pero no te importa. Notas que el corazón te late muy rápido, que te falta el aire, que tienes mucho calor. Un último esfuerzo… ya estás en la calle transitada, te paras, te agachas para tomar aire, te pones las manos en las rodillas, flexionas las piernas. Te giras y no ves nada. No hay nadie, ninguna persona te ha seguido. Estaba todo en tu cabeza.

Estás en tu mesa, la de siempre, la misma de hace quince años. Se dice pronto, pero son los que han pasado. Miras por la ventana, parece que hoy hay poca contaminación. Ah, ha sonado un email, veamos en lo que consiste. Y lo abres sin presiones, con tranquilidad, con parsimonia… son las 8.30 y tampoco te bombea tan rápido el corazón a estas horas. Pero ese email lo cambia todo. En un segundo ves pasar tu vida por delante de tus ojos. ¿Que hay una reorganización? ¿Qué quiere decir eso? No queda claro, te empiezan a surgir dudas. Sales del despacho y buscas a tu compañero del café… Vaya, parece que no eres la única que ha recibido el email – ni la única a la que se le ha acelerado el pulso. Y, ahora que ya estás con él, vienen otros cinco más. Entre todos conseguís desmontar la empresa en un abrir y cerrar de ojos. Ya os veis en la calle. Bueno, no sólo eso: os imagináis en la cola del paro, esperando cuatro horas para que os sellen la tarjeta, sin derecho a prestaciones, sin el finiquito porque se trataba de despido procedente, sin ingresos para poder afrontar la hipoteca, el garaje, las facturas, la gasolina, el abono de transporte, el teléfono. Y ese viaje que tenías planeado con tus amigas por las islas griegas en verano, mejor cancelarlo. ¿Y cómo cuentas esto en casa? ¿Y qué va a ser de ti? ¿Y dónde vas a trabajar ahora? ¿Y cómo te vas a reinventar? Te duele la cabeza, todo te da vueltas, respiras muy rápido y te cuesta concentrarte. De repente, te das cuenta de que te has terminado el café y que estás sola delante de la máquina. Todos se han vuelto a sus despachos a producir. Tiras el vaso, vas hacia tu sitio, te vibra el móvil con un nuevo email y empiezas a temblar. Te armas de valor y lo abres: te están felicitando por tu nuevo ascenso. Parpadeas y te das cuenta de que lo habías imaginado todo. No es un email con tu despido. Estaba todo en tu cabeza.

Y es que así es el ser humano: capaz de sufrir por situaciones que sólo existen en su cabeza. Así es y así somos: únicos.

 

BRUNETINA Y EL VIAJE

Va en el coche, en el asiento trasero, a la izquierda, justo detrás del conductor. Brunetina se dedica a mirar por la ventana, a ver el paisaje, a hacer dibujos con el dedo índice en la ventanilla… Le encanta estar así, sin hacer nada. Ir en el coche en silencio mirando por la ventana le gusta mucho – algo que le seguirá gustando toda su vida, quizás porque se curtió de pequeña y ahora lo asocia a recuerdos positivos de su infancia.

Como decía: mira por la ventana y ve pasar el paisaje, los coches, la vegetación los animales. Mira el cielo y empieza a pensar a qué le recuerdan las nubes. Cree ver un perro, sí, un perrito. Tiene las orejas levantadas, como si hubiera divisado una presa (quizás un gato), la boca abierta y la lengua fuera. ¡Cuánto me gustan los perros!, piensa Brunetina. Suele pensar que nunca va a tener la suerte de que le regalen uno – aunque quizás está siendo demasiado melodramática… otro rasgo de su carácter que la acompañará toda la vida, sin duda. Qué sabe ella de la vida a sus tiernos 4 años, veamos. Poca cosa. Así que eso de creer que la mala suerte le impedirá tener nunca un perro al que hacer monerías es sólo su mente jugando a saberlo todo demasiado pronto. Claro que, a día de hoy, su mente también juega a saber mucho. Y, no nos engañemos, no sabe de la misa ni la mitad. La edad no te hace sabio, eres el mismo pero con más años. Tu esencia permanece igual para toda la vida. Brunetina seguirá soñando despierta e imaginando cosas que poco tienen que ver con la realidad.

Pero, no nos distraigamos. El coche, el asiento, la ventana trasera y las nubes. Oye la conversación de sus padres en la parte delantera. Su padre, conductor designado, anda al volante diligentemente. Su madre ocupa el asiento del copiloto con un mapa en la mano. Hablan sobre el camino que hay que coger, sobre si deberían parar a comer algo. Puede que los niños estén cansados, a mí no me vendría mal un café bien cargado, estirar las piernas no estaría de más, qué tal un bocata de jamón o de queso. Vamos a parar ahora, que cuando salgamos de España, a ver qué nos encontramos.

Se van de España, sí, están emigrando. Todo eso que ve por la ventana desaparecerá. Todo ese paisaje conocido pasará a ser un recuerdo. A Brunetina la espera lo desconocido: otro idioma, otro país, otra gente, otros coches, otra forma de conducir, otra vida. Con sus cortos años, apenas le ha dado tiempo de saber bien qué es esto de vivir… pero ya lo va vislumbrando. Y es plenamente consciente de que se avecina algo totalmente nuevo. Se ha despedido de sus amigas en su ciudad natal, de su seño, de sus vecinos, de su cole. Vaya, el cole, a ver qué tal va eso. Porque lo mismo el de allí no le gusta tanto. Vete tú a saber. ¿Y a su hermano? Mira a la derecha y ahí anda, sentado, mayor, digno. Bueno, claro, que a la edad de Brunetina cualquiera puede parecer mayor. Y se alegra de tenerlo ahí, piensa que todo va a salir bien. Si algo no fuera como debiera, ya se encargaría su hermano de defenderla. Esto es pan comido, esta aventura está controlada.

Va a volver a mirar por la ventana, pero parece que le están hablando, Sus padres, su hermano. ¿Qué? Que si sabes hablar inglés, que te va a hacer falta. Y Brunetina contesta que sí, y todos se parten de risa. Ella piensa que no entiende por qué se ríen… claro que sabe el idioma. Y empieza a balbucear para sí misma palabras inventadas que se preparó con su amiga, pensando con total convencimiento que eso era la lengua que iba a necesitar allí. No entiende que eso despierte las risas de su familia. De hecho, muchas veces dice algo y los ve reírse… y piensa que es que no la están entendiendo, porque lo que ella cuenta es algo muy serio.

Claro que sabe inglés, faltaría más. Esto va a ser muy fácil – irá al cole y usará esas palabras para hacer nuevas amigas.. Verás qué sorpresa se llevan cuando vean que la española ya lo trae todo de serie. A ver si al final le van a pedir ayuda sus padres o su hermano, que todo es posible. Este viaje se pone interesante, a ver si llegamos ya. No puedo con la impaciencia. Bueno, voy a jugar al “veo-veo” con mi hermano, o a disparar a conductores de camiones, así se nos hace más ameno lo que quede.  No está mal esto de viajar en coche, me relaja.

QUÉ PASARÁ

Y así empiezas el año: lleno de dudas, de incertidumbre, de preguntas sin respuesta, de planes escritos, de ideas geniales en la cabeza, de promesas hechas, de fracasos en la basura, de correcciones en el tintero. Qué pasará, qué misterio habrá… puede ser mi gran año.

Los días previos están repletos de encuentros, comidas, regalos, viajes. Es una lluvia constante de quedadas, un torbellino de emociones. Necesitas sacar la energía restante del año para hacer frente a tanto evento. Y, entre todos esos momentos, te asaltan las dudas, te haces preguntas, titubeas. ¿Escribo los propósitos de Año Nuevo? ¿Servirá de algo? Porque se suele decir que, según se acerca el final del año, debes encargarte de dos cosas fundamentales: conseguir tu ropa interior roja (que, al parecer, da suerte y es la única que puedes usar ese día y/o noche) y escribir una lista de todo aquello que quieres conseguir en el año que empieza.

Te has hecho con una libreta y un boli, uno que parece que escribe más o menos bien… No son tiempos de escribir a mano, todo lo haces con el móvil o el portátil, así que el simple hecho de sentarte a escribir en un cuaderno se te antoja de otra época. Le da un toque nostálgico al asunto, sin lugar a dudas. Y empiezas por pensar en el repaso de todo lo ocurrido en los últimos doce meses: lo vivido, las risas, los llantos, los encuentros, las despedidas, las sorpresas, los viajes, los paseos. Y te das cuenta de que no lo has hecho nada mal, de que has conseguido superar baches, tropezarte unas cien veces con la misma piedra… y levantarte. Sí, cuando te caíste -todas las veces- juraste en arameo. Te lamentaste, te tiraste de los pelos, maldijiste tu suerte y te preguntaste el tan manido “¿por qué a mí?” (qué tendremos los humanos que siempre nos sorprendemos de que nos pase algo malo y nos preguntamos por qué eso nos tiene que tocar a nosotros; no falla, nos creemos invencibles hasta que la vida nos demuestra lo contrario). Y, sin embargo, fuiste capaz de salir de ese bucle de queja permanente, romper con ese hilo de pensamientos negativos y sacudirte el polvo para poder afrontar lo que viniera después con una sonrisa de oreja a oreja. Renaciste de tus cenizas, te vestiste con tus mejores galas y le hiciste frente a eso que ni esperabas ni creías merecer.

Nunca mereces lo malo que te ocurre, si bien tienes que concienciarte de que no se trata de que las cosas no sean justas sino de cómo te enfrentas a la adversidad. En lugar de tomar la postura pseudo-adolescente de decir que no mereces algo, mejor toma las riendas de la situación y decide que eso no te afecte, que no cambie el curso de tu día. No le des el poder de decidir qué clase de día vas a tener – relativiza y estarás por encima de todas aquellas piedras del camino. No permitas que un atasco, un tropiezo, una discusión o una mala cara sean más importantes que el hecho de estar donde estás haciendo lo que quieres. No dejes de ser tú porque la vida sea una carrera de vallas en lugar de un paseo por el campo.

El boli en la mano, la libreta abierta, la mirada fija, absorto en tus pensamientos. Vive, siente, quiere, ríe, llora, blasfema y pelea. Pon en la lista lo que quieras, todo lo que consideres importante – hacer deporte, aprender un idioma, viajar más, promocionar, conseguir un aumento, aprender a cocinar, comer más sano, quedar más con la gente importante, no enfadarme tanto, mostrar cariño. No te dé vergüenza mostrar tus sentimientos, porque lo único que puede pasar es que no sean recíprocos… ¿acaso eso tiene importancia? ¿Qué tiene de malo querer sin esperar nada a cambio? ¿Qué hay más puro que el amor sin condiciones, sin ataduras, sin egoísmo? Quiere y te querrán, sonríe y te sonreirán.

O no, porque la vida no es un dulce paseo por la orilla del mar. Se asemeja más a ese mar, que tan pronto te mece como te lleva hasta sus profundidades con un temporal, Tan pronto se moja los tobillos con suavidad como te lanza con una ola inesperada. Y tú eres el capitán de tu propio barco – y podrás con todas las tempestades, marejadas y resacas posibles. Porque lo plácido aburre y la aventura da para muchas historias que contar a tus amigos vino en mano y sonrisa en cara.

No está mal tu lista de propósitos, pero recuerda: no los vas a cumplir en un día. Iras sumando anécdotas cada paso del camino para conseguir ser mejor, avanzar, moldearte. Y toda y cada una de esas anécdotas bailarán por delante de tus ojos cuando el año que viene vuelvas a sentarte con la libreta, boli en mano, intentando cuadrar la nueva lista de propósitos. Porque no sabes lo que pasará y ahí reside el encanto: en la incertidumbre ante la aventura aún por vivir y escribir.

Bienvenidos

¡Feliz Año Nuevo!

 

Ya hemos superado los reencuentros, las comilonas, las cenas, las copas, los aperitivos… y estamos viviendo la primera resaca del año. Algunos han empezado el día sin saber si el último refresco de anoche tenía algo que les sentó mal – o bien el dolor de cabeza y la boca pastosa son fruto de las cañas, vinos, copas y chupitos previas a ese vaso del final. Otros están altamente orgullosos de empezar 2017 haciendo deporte y con la sangre libre de toxinas.

En Sweet Limerence nos complace informar del nuevo formato de la web, ya que no puede empezar una nueva época sin que intentemos mejorar y aprender del pasado.

Y el plan es: un post semanal cada martes. El próximo martes 10 de enero empezaremos con Fluttering Thoughts, que seguirá siendo como hasta ahora – pensamiento varios, ideas, reflexiones. Y el martes 17 podremos disfrutar de las nuevas aventuras de Brunetina – que empieza el año recordando su infancia, rescatando de los rincones de su frágil memoria imágenes del pasado y contándolas de una forma intimista y cercana.

Esperamos que os guste y atraiga el nuevo contenido; y estaremos, como siempre, encantados de oír vuestros comentarios.

Os dejamos disfrutar de una semana más de vacaciones, que seguro que los Reyes os traen muchas cosas – muy merecidas – y aún os quedan personas a las que abrazar y felicitar las fiestas.

¡Bienvenidos al nuevo blog!

Brunetina y las vacas

Pues, así a lo tonto, a Brunetina se le echan encima las vacaciones de navidad. Parece que fue ayer cuando cogió el teclado para escribir su primer post y ahora… ¡se acaba el año!

Se suceden las comidas, los encuentros con amigos de la toda la vida, la visita de familia que vive lejos, las llamadas de gente a la que se ve poco durante el año. Es el momento en el que todos quieren un trocito de una, y una quiere poder estar con todos.

Es tiempo de reencuentros, de celebrar, de dar cariño y de recibirlo. La agenda se llena de comilonas, de encuentros en los que sales con alguna copa de más y una indigestión totalmente planeada.

Se acerca el día de ponerse a preparar las uvas, de tararear la canción de Mecano mientras oyes la tele de fondo y piensas en que lo más probable es que se te atragante alguna uva, como todos los años, y acabes sin poder seguir las campanadas como Dios manda.

Y se avecina peligrosamente la noche de Reyes, la ilusión de la cabalgata y la emoción de regalar y de abrir tus propios regalos.

Por eso y por todo más, Brunetina necesita unas vacaciones. Unos días para poder reponerse, ver a todos los queridos y añorados y llenar el buche.

Os desea que tengáis las mejores navidades posibles, que os quieran y os hagan reír a carcajadas. Que os den abrazos de esos que cortan la respiración y regalos de los que te hacen brillar los ojos. Que las navidades sean la antesala del mejor de los años. Que el año nuevo traiga salud, dinero y amor – que son las tres cosas que hay en la vida. Y que en 2017 nos veamos de nuevo, vía blog, para seguir contando tonterías de las nuestras. Gracias por todo.

Nos vemos la semana del 9 de enero.

¡FELIZ NAVIDAD!

¡FELIZ 2017!

La Navidad

Me dispongo a escribir este post y veo que en la numeración de artículos guardados desde el primero que publiqué en Fluttering Thoughts, este viene a ser el 24. Es decir, el día de Nochebuena. ¿Casualidad? Quizás serendipia o una señal del destino. Depende de las creencias particulares de cada uno. Pero al menos podrán concederme el que es una casualidad simpática – y eso no me lo puede negar nadie.

Se acercan peligrosamente esas fechas: las que tantos admiradores y detractores tienen. El tiempo de ver las calles llenas de adornos, luces alumbrando las compras, bolsas en tonos rojos, jerséis feos heredados de la costumbre anglosajona. Y hay quienes detestan esta época – quizás no sin razón. El grinch que todos llevamos dentro se rebela ante este consumismo desenfrenado, los atascos en las carreteras, el ansia de querer comprar todo lo que está en las estanterías, la necesidad de quedar con personas que no ves en todo el año, los compromisos, los regalos impuestos, las presiones, los gastos excesivos, las prisas, los agobios.

Pero la Navidad, la real, su esencia… es otra. Es hacerte una lista de tus villancicos preferidos y oírlos mientras paseas por la calle. O ponértelos de camino al trabajo y sentir que te invade el espíritu navideño, que la mueca de sufrimiento se te convierte en un principio de sonrisa, que los problemas ya no lo son tanto si te acuerdas de los villancicos en familia, los abrazos, las risas. Es estar un mes antes de la fecha señalada pensando en cómo decorar la casa, e ir calculando dónde irá el árbol, en qué sitio quedará mejor el belén, si la flor de pascua está bien al lado del reno o tiene más sentido ponerla junto a la estrella con purpurina. Es pasear por las calles viendo todas las luces, los adornos, la magia. Es ir a hacer la ruta de los belenes, quedarte mirando cada pieza, cada escena, cada decorado con todo tipo de detalles. Es querer hacerte una foto en cada árbol gigante que ves en una plaza o en una esquina.

El espíritu navideño te lleva a acordarte de todas esas personas a las que quieres pero que, por tener lejos, no puedes ver tanto durante el año. Es pensar en ellas y sonreír sabiendo que al fin van a cuadrar las agendas. Es llamarlas y charlar con ellas como si el tiempo no hubiera pasado. Y concretar un día y una hora para veros. Con vuestras mejores galas y la mayor de las alegrías, sin mirar el reloj, poniéndoos al día de todo lo que os pasado durante los meses anteriores: lo bueno y lo malo, por supuesto. Y ser capaces de consolar al otro, de darle el abrazo añorado, de demostrarle el cariño que le tienes al fin. Poder darle un regalo y ver su felicidad al abrir el paquete. Es decirle lo que significa para ti pero que durante el año parece que te dé vergüenza hacerlo. Es desearle lo mejor en el año que entra y querer, de corazón, poder vivirlo juntos, poder verlo, poder compartir lo que venga, para bien o para mal.

Son las fiestas de hacer regalos, pero no por compromiso, sino porque al fin tienes una excusa para ir de tienda en tienda buscando cosas bonitas para la gente más importante de tu vida. Por fin es el momento de colmar de regalos a tus seres más importantes, da igual que sean familia o amigos, lo que cuenta es que son prolongaciones de tu persona. Y te animas a escribir tarjetas felicitando las fiestas… ¡con un boli! Como en los viejos tiempos – nada de vídeos por chat. No, te sientas y le escribes una tarjeta a cada persona, a cada trocito de ti que merece abrir el buzón un día y no ver facturas, sino un sobre navideño que contiene mucho amor, purpurina, angelitos.

Es la ocasión de planear encuentros en fechas especiales, de decidir dónde cenas el 24, dónde comes el 25, cómo te tomarás las uvas. ¡Y de pensar en los modelitos! Tienes que ir cuadrando lo que te irás poniendo en cada uno de esos encuentros. Desempolvas les lentejuelas, rebuscas entre tus tacones de vértigo, revisas las plumas y las pieles. Piensas en recogidos (¿quizás una visita a la peluquería?), en lazos para el pelo, en barras de labios rojo pasión, en uñas con manicura especial.

¡Hay que celebrar! Comer, brindar, saltar, bailar, querer, abrazar y besar. Dar gracias por lo que tenemos y recordar lo que hemos perdido. Ser un poco benevolentes con nosotros mismos: deja ya de pensar en si ese pantalón te queda bien… llevas todo el año trabajando, cumpliendo, pagando facturas, siendo un ciudadano ejemplar. Es el momento de darte un respiro y de olvidar tanta norma. De alegrarse por seguir aquí un año más, por tener con quién salir a cantar, a reír, a llorar… o compartir la resaca. Lo que sea. Recuerda: siempre hay motivos para bailar. Después de la tormenta sale el sol. Y, total, cuando te caes… vuelves a levantarte. Mañana será otro día. Ponte guapo, o guapa, sal y disfruta. Porque este regalo que es la vida ocurre una sola vez. Y cuando tengas 120 años (o más) pensarás que pasó en un suspiro. Y no te arrepentirás de lo que hiciste, sino de lo que dejaste pasar por pereza o miedo o el qué dirán. Quiere y te querrán. Regala y disfruta viendo la cara de alegría de quien reciba tu sorpresa. Da gracias, reparte alegría… y harás del mundo un lugar mejor sólo con tu presencia. Deja de exigirte tanto: lo estás haciendo muy, pero que muy, bien. Lo estás bordando – no me lo discutas.

Corre: sal a disfrutar de lo que te ofrece el mundo. Pero recuerda poner los zapatos a la vista y acostarte temprano el día 5, que si no, no pasan los Reyes por tu casa (o te dejan carbón).

Mis mejores deseos en estas fechas: ¡FELIZ NAVIDAD!

Brunetina y los cumples

Le parece a Brunetina esto de cumplir años, entre otras cosas, curioso. Sobre todo porque no hay dos personas que lo vivan de la misma manera – pero una persona suele vivirlo igual durante toda su vida, independientemente de los que años que le caigan.

Si haces repaso mental, puedes comprobar que te vienen a la mente diferentes formas de afrontar el día: con ilusión, con ganas, con miedo, con pasotismo. La gente suele ser o de los que celebran por todo lo alto, cumplan los que cumplan y caiga quien caiga, o de los que no quieren que nadie sepa que es su día porque ni piensan celebrarlo, ni quieren regalos, ni disfrutan siendo el centro de atención.

A Brunetina le encanta celebrar su cumpleaños. Puede que influya que de pequeña le montaran unas fiestas impresionantes, pero la cosa es que según se va acercando el día de cumplir años, se pone nerviosa, ansiosa y feliz. La noche de antes apenas puede dormir, a la espera de amanecer en su día. ¡El día que vino al mundo! Y es que, de pequeña, el cumpleaños era un día muy especial en el que todos la mimaban y le permitían hacer lo que quisiera. Por eso la víspera era tan emocionante… Al fin y al cabo, a las 12 de la noche ya se podía decir que estaba de cumpleaños, con lo que los minutos previos se hacían larguísimos. Para su fiesta conseguía una serie de tarjetas con las que invitar a sus amigas del cole a su fiesta, que con muchas ganas y planificación preparaba su madre. Esas tarjetas solían ser de color rosa, o de princesitas, o de hadas – todo muy de niña, acorde con su edad y con los tiempos. Y esa fiesta tenía hasta piñata. Chuches, medias noches, tarta y refrescos para los niños. Bebidas más espirituosas para los adultos que habían traído a esos niños.

Los cumpleaños en la edad adulta se suelen ver de otra manera, pero eso es sólo en teoría. Porque, quien los ha vivido con plena ilusión en su infancia, los vivirá igual el resto de su vida. Y probablemente los celebre con alguna fiesta, una comida especial, un viaje o cualquier actividad que le guste y que le haga sentir ese día como una celebración de su llegada al mundo.

Hay que celebrar tu cumpleaños, te lo dice Brunetina, hazle caso. ¿Sabes por qué? Porque el mundo es mejor desde que estás tú, porque hiciste muy felices a tus padres y a tus abuelos con tu llegada. Porque tu aparición en el hogar fue un rayo de esperanza, y porque los niños siempre vienen con un pan bajo el brazo. Y con tus monerías, tus balbuceos, tus gateos… animaste la casa e hiciste sonreír. Tienes muchas fotos que lo demuestran – en color o en blanco y negro. Y debes creértelo. Porque, con el paso de los años, fuiste fuente de alegría e ilusión para muchas otras personas: hermanos, primos o amigos. Hubo quien se enamoró de ti y quien vio el brillo de tus ojos como la imagen más bella. Y eso sigue existiendo a día de hoy, y todos los años que quedan por venir.

Hay personas a las que les alegras el día con solo ver tu sonrisa por las mañanas. Hay quien es feliz oyéndote contar tus historias. Hay quien disfruta de ir contigo al cine o a tomar una caña. Hay quien consigue olvidarse de sus problemas cuando le das un abrazo. Hay quien no entiende su semana sin llamarte por teléfono para contarte todo lo que le pasa o le preocupa. Hay quien no querría viajar con otra persona que no fueras tú. Hay quien disfruta más de sus horas de gym gracias a que las comparte contigo. Hay quien es feliz probando la cocina que le haces, incluso cuando está mala. Hay quien se siente mejor cuando le das unas palabras de ánimo. Hay quien empieza el día mejor si lo saludas. Hay algún animalito que está deseando que lo acaricies. Hay ciudades que iluminas con tu presencia. Hay bares que te necesitan entre sus clientes. Hay libros que están deseando caer en tus manos. Hay ropa que cobra vida cuando te la pones. Hay canciones que suenan mejor cuando las canturreas, aún desentonando. Hay casas que te echan de menos cuando te ausentas. Hay libretas que cobran vida cuando las usas. Hay móviles que se quedan inertes cuando no los llevas contigo.

No eres consciente de lo mucho que aportas al mundo, de cómo lo haces un mundo mejor. Y por eso, y por timidez, y por no querer llamar la atención… Te ocultas, dices que no quieres celebrar, que no te gusta tu cumpleaños. Y estás en tu derecho – no a todos nos gustan las mismas cosas. Pero, piensa algo: ¿alguien te ha dicho que tenga que ser una fiesta multitudinaria? No, ¿verdad? Puedes aprovechar que es tu día para dejarte mimar, que te regalen cosas bonitas, que te den cariño o que te inviten a comer. Haz eso que tanto te gusta y para lo que nunca tienes tiempo. Date ese masaje que siempre aplazas. Visita esa ciudad que tanto te apetece. Queda con esa persona a la que tanto echas de menos. Mímate, quiérete, dedícate el día.

Es tu día y te mereces que sea especial, que sea diferente a los demás. El mundo es un lugar diferente, mejor, desde que apareciste en él. Las personas que te rodean te lo pueden confirmar. Así que, ya sabes: sacúdete esa pereza, sal del sofá y recuérdale a todos que te quedan muchos años por delante de dar, recibir, compartir y disfrutar. Porque la vida son dos días, y lo que merece la pena es llegar al final despeinado y hecho pedazos – no totalmente niquelado y sin un rasguño. ¡Felicidades!

Se fueron

Es así: se fueron para no volver. Y es duro entenderlo, lleva tiempo. No son días o semanas – son meses y años. Porque esas personas se llevan con ellas un trozo de ti y nadie te lo devuelve. Ocupaban un espacio que nadie rellena y ese vacío duele. En el día a día aprendes a no hacerle caso, pero ese agujero negro existe y se manifiesta en fechas señaladas.

Carlos se fue poco a poco. El shock inicial de su enfermedad fue duro, pero él era más duro que ese golpe. Y se dedicó a darme ánimos. Él a mí: inconcebible. El que debía luchar contra una enfermedad que acabaría siendo mortal era el que animaba y le restaba importancia, el que te hablaba de otros temas, el que no quería ver una cara triste a su alrededor. Y ese tiempo que estuvo enfermo no quiso hacerme partícipe de sus citas médicas, de sus náuseas, de su malestar, de su falta de energía, de su deterioro físico y psíquico. Supo que yo era mucho más débil que él y decidió ahorrarme ese tormento. Cara a cara ante la muerte, en las puertas del último viaje, decidió ser más grande. Pensó en ser más grande que todo lo que ocurría y que, si se iba, sería por la puerta grande. Y el tiempo que le quedó, los huecos que le dejaba esa lacra de nuestro siglo, lo llenó de encuentros, viajes, experiencias, personas, sitios, eventos. No quiso desperdiciar un día sólo de los que le quedaban, se dio cuenta del milagro que es la vida y tomó las riendas de la situación. Y continuó su viaje como si no pasara nada, como si tuviera una gripe o un virus pasajero, como si no tuviera relevancia alguna ese veneno que lo estaba consumiendo por dentro. Se recuperaba de cada operación con coraje, salía de la quimio sin una mueca de dolor. Era muy duro, era muy resistente, era un ser humano único e irremplazable. Y no es que no tuviera defectos; tenía muchos, como todos. Pero su inteligencia era sobrehumana, por eso la enfermedad quiso atacarle al cerebro, a su órgano más preciado. Era un amigo único, daba los mejores consejos, no te decía lo que querías oír… te espabilaba si hacía falta y no te dejaba quejarte por tonterías. Tampoco te dejaba hacer el tonto – me quitaba el móvil de las manos cuando veía que iba a meter la pata con alguna amiga. Evitaba por todos los medios que me hiciera daño a mí misma, intentaba que reflexionara, que fuera menos visceral. Él me perdonaba mis prontos, pero sabía que no todo el mundo estaba equipado para saber llevarme, entenderme, apagar mis fuegos. Tan bien me conocía que, en sus últimas semanas, cuando ya lo habían desahuciado y dije de ir a verlo, me mintió. Me dijo que estaba un poco feo y que prefería que lo viera perfecto. Me preguntó que cuándo era mi feria (poco después) y me dijo que lo invitara, que nos veríamos ahí, que él quería ir a mi feria. Y me lo creí – quizás en el fondo algo no me cuadraba, no podía entender que de repente se estuviera curando… pero mi fe absoluta en su persona me cegó y quise creer sus palabras. Yo sé que lo hizo adrede, sé que sabía lo que hacía y sé que fue por mí, no por él. Quiso evitarme el mal trago, quiso irse como lo que era: un señor.

No pudo hacer eso mi abuela… el Alzheimer se la fue llevando tan poco a poco que los días se hicieron años y ella no tuvo forma de despedirse de nadie. Recuerdo, eso sí, el primer día que supe que la había perdido. Yo estaba sentada en el sofá y ella llegaba de la calle, la acababan de recoger. Vino hacia mí y la miré y… no estaba, sus ojos eran dos pozos sin fondo, estaban vacíos, huecos. Era como mirar a una pantalla negra de una televisión, como mirar a un fantasma, a un muerto viviente. Era la nada más absoluta. Y me atravesó el pecho una espada, fue un dolor punzante, físico. Lo pude sentir; y tuve que dejarla sola para ir a llorar donde no me viera. Se me había helado el alma y ya nunca podría hacer que volviera a entrar en calor. Y tuvo sus momentos de lucidez, en los que lloraba asustada… Pero, por suerte para ella, los fue perdiendo. Era mejor que no viera su propio estado, era menos doloroso así. Nosotros ya no la teníamos, pero al menos ella podía estar tranquila, escondida en algún rincón de su mente, apartada del mundo real, viviendo en algún pasado remoto. Al menos no perdió el gusto por la cerveza – esa sí que se la tomaba con ganas. Y eso se lo aplaudo, que le quedara eso cuando ya no le quedaba nada. Tuvo la gracia de quedarse con lo más simpático, y tiene su ironía, porque siempre fue una mujer vital y divertida – no podía haberse quedado con algo mejor de su yo anterior que su pasión por las tapitas y la cerveza.

Mi tía supo que se iba, tuvo en momento fugaz en el que me regaló repentinamente un libro… algo que nunca hacía. Siempre me daba regalos (a escondidas, no la dejaban hacerlo abiertamente), pero nunca arrancaba a darme algo porque sí. Y ese día se levantó para despedirme, me miró y me dijo: espera. Fue hacia la repisa, no sin dificultad, y cogió el libro que se acababa de leer. Quiero que te lo quedes, me dijo, es un regalo. Y yo, quizás en sincronía con su repentina despedida antes de tiempo, le pedí que me lo firmara. Ella me dijo que no sabía lo que poner, que tenía la letra mal por el pulso, pero le dije que no era importante. Me miró y lo entendió. Y me lo firmó. Igual que me entendió cuando me dio el último abrazo y no me quería soltar. No me han abrazado tan fuerte en la vida – y se lo agradezco, porque se despidió de mí con lo mejor que supo darme nunca: amor incondicional.

Y no vuelven. No porque no quieran, sino porque ya no pueden. Su tiempo con nosotros se agotó y tuvieron que irse. Pero lo que dejaron es inmenso y eso nadie se lo puede llevar. Y hoy les dedico este homenaje y les doy las gracias por haberme dado tanto y por haberme hecho tan feliz cuando pudieron. Espero que allá donde estén los cuiden como se merecen y sepan que nunca los voy a olvidar. Personas tan grandes nunca se van, permanece su esencia. Gracias por haber pasado por este camino fugaz al que llamamos vida. Os echo de menos, pero os prometo disfrutar de todo lo que venga con vuestro recuerdo en la mente.

Se fueron pero siguen con nosotros.