Tony y el existencialismo

Que Los Soprano es una de las mejores series de todos los tiempos es algo que no merece la pena ni discutir, piensa Brunetina. El simple hecho de que James Gandolfini sea el actor que interpreta al protagonista debería ser más que suficiente para justificar su creencia.

Tony, ese capo con el que simpatizas. Ese mafioso que, pese a que seas consciente de sus delitos (y los veas), te despierta simpatía. No quieres que le pase nada malo. Te frustras si las cosas no le salen bien y te preocupas cuando conspiran a su alrededor en su contra. Te preocupa que se le olvide la medicación o le tienes tirria a la madre controladora. No simpatizas con tu mujer, si bien deberías, ni te preocupan en exceso sus hijos. Te sorprendes estando del lado del “malo”, porque a lo que estás acostumbrado es a querer que los buenos ganen y los malos sean castigados. Ese final feliz de las pelis que tanta paz da cuando asoman los títulos de crédito.

Pero es que Gandolfini, que en paz descanse, supo encarnar como nadie la figura del capo despiadado… con sentimientos. Y mostró la cara B de lo que supone ser un líder como él: la ansiedad, el estrés, la depresión. Y, naciendo en los 90, la serie nos mostró a un mafioso que tenía ataques de pánico y necesitaba ir a terapia para desahogarse. Un hombre que cree que todo se soluciona con violencia al que la vida (o su terapeuta, que borda el papel) le demuestra que no, que todos somos humanos y que la salud mental es fundamental para ser un buen líder – da igual el trabajo que tengas. Y el hombre impasible que no llora aprende que es importante aprender a canalizar la rabia, que los problemas no se entierran sino que se hablan, que mostrar las emociones no es señal de debilidad sino de fortaleza emocional. Y por el camino descubre que no solo él es imperfecto, sino que en realidad todos a su alrededor sufren como él, aunque lo quieran tapar con falsas corazas de dureza y hombría.

Y vamos de su mano, miramos con sus ojos, conocemos a su psicóloga. Una mujer recta, cuyo trabajo es totalmente legal… enfrentada a la realidad del cliente criminal que la necesita. Una mujer que lo ayuda pero que necesita también ayuda a su vez. Todo rizando el rizo y poniendo de relieve cómo todos somos imperfectos e incapaces de ser tan fuertes como pedimos a los demás que sean.

Y conocemos a su “familia”. Sí, con comillas. Porque no los une la sangre sino la segunda familia que se forma entre mafiosos y que es casi más sagrada que la que se tiene por naturaleza. Y los vemos preocupados, enfrentados, luchando a diario contra problemas muy parecidos a los nuestros. Y luego miramos a un lado y vemos a la familia. Eso, la que no tiene comillas. Y su mujer, muy enterada de los escarceos de su marido, que un día le pide que se haga una vasectomía para que no deje embarazada a cualquiera de sus muchas amantes. Esas amantes siempre son chicas insultantemente jóvenes, espectaculares y probablemente rusas, o del este en general, lo mismo le da a Tony. Y la madre: esa gran malvada de la historia de la televisión. Una mujer capaz de chantajear emocionalmente, vivir en la negatividad permanente y manipular a los que la rodean hasta matarse entre ellos sin que ellos se hayan dado ni cuenta de que eran simples títeres en manos de una venerable anciana.

Pero hoy me quiero quedar con su hijo – el más inocente de los que le rodean y, por tanto, el que más sufre. Para otros chavales de su edad crecer es estudiar y pedirle a tus padres la consola si sacas buenas notas. Su cumplir años es ir descubriendo, muchas veces con la ayuda de la hermana (que en nada se le parece), lo que realmente hace su padre para ganar dinero. E ir navegando por esa casa siempre llena de gente entre una hermana que chantajea, una madre que intenta cumplir el papel de la buena esposa, una abuela que manipula, una familia postiza que va y viene siempre con armas y un padre cuya incapacidad para controlar sus ataques de ira lo convierte en figura a la que admirar y temer a partes iguales. Y en uno de sus despertares nos sorprende con un ataque de existencialismo: le da por pensar que la vida no tiene sentido, que Dios no existe, que no sabe el sentido de nada ni por qué venimos al mundo. Rodeado de machos que resuelven todo con peleas le nace una necesidad de entender el por qué de la vida.

Lo mejor es la reacción de los padres cuando el hijo les plantea todas sus preguntas: incredulidad, estupor y, sobre todo, miedo. Y lo mandan al cuarto castigado, a estudiar. ¿Por? Porque nadie sabe el sentido de la vida. Ni Tony ni nosotros. Y no somos tan diferentes – eso es lo verdaderamente relevante. Tony es todos nosotros.

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