NO QUIERO

Me niego, mi cabeza no lo asume, mi cuerpo lo rechaza… todo mi ser se opone a esto. Y no hay nada que pueda hacer al respecto. No es algo que esté en mis manos resolver. ¿Cómo es eso que dicen? Suelen recomendar los psicólogos, a las personas en épocas de estrés, que cojan papel y lápiz y hagan una lista. Deben anotar todo lo que les preocupa. Una vez hecho esto, tienen que separar esos problemas en dos grupos: los que tiene solución, y los que no la tienen. Para aquellos que parece que tengan remedio, debemos planear la estrategia y ponernos manos a la obra. Para los que quedan sin solución posible, te dicen que debes aprender a vivir con ellos, adaptarte, resignarte, saber que en la vida siempre habrá circunstancias que no puedas controlar que te harán daño, pero sólo tanto como tú se lo permitas. Tienes que hacerte fuerte, doblarte pero no romperte. Be water, my friend. O, como decía la tía Casilda: “si tiene solución, de qué lloras; y si no tiene solución, pa qué lloras”.

Pero no quiero. Resulta que no me da la gana. Y lo he intentado, que no parezca que no he puesto de mi parte. Pero es que en este caso hay poco o mal remedio. ¿Sabes lo que me pasó ayer? Que estaba pensando en el próximo post que iba a escribir, y me dije: “se me ha olvidado preguntarle si le está gustando el blog últimamente”. Y, de repente, como un fogonazo, caí en la cuenta. No estás, no has podido leer nada, no conociste mi web. Sencillamente porque la creé cuando ya te habías ido. Nos dejaste un lunes 25 de abril y publiqué mi primera entrada un lunes 20 de junio. Dos meses necesité, ocho semanas me hicieron falta para poder asumir tu pérdida, tu abandono, tu ida sin vuelta. Y ese domingo previo a la escritura recuerdo perfectamente que abrí los ojos, vi el sol entrar por la ventana… y supe que tenía que hacer algo. Que ya no podía tener más tiempo este dolor en el pecho, este malestar en las yemas de las manos, este nudo en la garganta. Que de nada servía llorar cada vez que cogía el teléfono pensando en llamarte. Que no había remedio ni consuelo – que esto no tenía vuelta atrás. Y lo único que se me ocurrió para poder ahogar las penas fue crear una web, en tu honor, y dedicarte la primera publicación. Porque las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito permanece. Y yo quería que tu existencia no se fuera con un golpe de levante, que tu esencia no se olvidara, que tu paso por este mundo tan perro no cayera en el olvido. Y escribí, me senté delante del portátil lleno de pegatinas de colores y le di a la tecla. Y salió todo rápido, fácil, fluido – aunque tenía que levantarme cada dos o tres frases a lavarme la cara y sonarme los mocos. Si me pagaran por llorar, podría navegar en una piscina de dinero, como el tío Gilito. Que, por cierto, de llorona ibas tú también servida – no te me hagas ahora la digna. Cuando arrancabas con la lágrima te hartabas – se ve que lo llevo en la sangre.

Me vino bien, me suavizó la pérdida. Y pude ir publicando otras cosas, menos serias, o a veces hasta graciosas. Me dediqué a mirar lo que escribía como el que ve crecer una planta: con calma, paciencia, amor y asombro. Y tuve mis entradas mejores y peores – como imagino que debe ser. Pero no importaba, porque era mi intento de crear arte nacido del dolor. Era mi amago de sacar algo bueno de algo malo. Y tanto he escrito, tanto he andado, tanto tiempo ha pasado… que se me había olvidado que lo hice para ti y que nunca pudiste verlo. Tanto me he enfrascado en mis propios pensamientos – los que me tenían que salvar de tu pérdida – que he conseguido no llorarte a todas horas. Aunque hay días, como hoy, en los que no quiero verlo de color de rosas ni tirar de frases manidas de autoayuda. No me apetece fingir que sonrío pensando en ti, porque hoy no he sonreído… se me ha encogido el corazón y he sentido un puñal que me atraviesa el pecho.

Por eso hoy, y solo hoy, no me viene en gana asumir que te has ido. Ni pintarme una sonrisa en la cara, ni decir que estoy entera. Hoy me dueles y no pienso fingir. No voy a bailar en tu honor ni a reírme pensando en una de tus anécdotas absurdas. No me apetece hacer de tripas corazón. No quiero.

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