ÚNICOS

El ser humano es el único animal capaz de sufrir sólo imaginando un escenario adverso, de dolor, de pérdida, de ausencia. Ese perro al que tanto cariño le tienes y que humanizas poniéndole ropa no puede hacerlo. Ese gato del que dices que es tan inteligente y al que tratas como si la casa fuera suya en lugar de tuya es incapaz de ello. Esa boa, hámster, cobaya, pez, tarántula, canario, ardilla… Di el animal de compañía que te plazca: podrás seguir pensando que es una persona, que es tu mejor amigo, que te entiende como nadie. Podrás vestirlo, abrazarlo, quererlo más que a tu propia vida. Podrás venerarlo; pero es incapaz de hacer lo que el cerebro humano.

Así somos: capaces de las mayores pasiones y de las más bajas perversiones. Descendientes de los primates más agresivos, esos que matan por placer, esos que pueden tirar a otro de un árbol sólo porque les apetece matarlo. Y nosotros tenemos la habilidad de imaginar situaciones con tal nivel de detalle, tan reales, tan tangibles… que nos hacen llorar o reír igual que si las estuviéramos viviendo.

Vas corriendo por el parque, es un día de entrenamiento normal, un martes rutinario de tu semana. Los cascos, la lista de Spotify, las mallas reflectantes, los guantes, el paso acompasado. Respirar – uno, dos -, avanzar, calmarse, tomar aire, concentrarse en la canción, adelantar a esas dos personas cortando el paso, dar saltitos esperando que el semáforo se ponga en rojo. Todo va bien, como de costumbre. Todo está en orden. Pero decides cambiar el camino, darle una pincelada de color a la rutina, salir del hábito. Giras a la derecha y entras en un parque por el que nunca pasas. Y al principio corres normal, sigues con tu calentamiento como de costumbre. Pero empiezas a ver cada vez menos luz, varias farolas rotas, te adentras en la oscuridad y oyes un grupo de varios chicos. Los notas a tu izquierda, con el rabillo del ojo. Y de repente piensas que no ha sido tan buena idea, que puede que te pase algo, que uno de ellos se ha movido y te está diciendo algo, que otro empieza a seguirte. Y corres, mucho, lo más rápido posible. Vas cuesta arriba pero no te importa. Notas que el corazón te late muy rápido, que te falta el aire, que tienes mucho calor. Un último esfuerzo… ya estás en la calle transitada, te paras, te agachas para tomar aire, te pones las manos en las rodillas, flexionas las piernas. Te giras y no ves nada. No hay nadie, ninguna persona te ha seguido. Estaba todo en tu cabeza.

Estás en tu mesa, la de siempre, la misma de hace quince años. Se dice pronto, pero son los que han pasado. Miras por la ventana, parece que hoy hay poca contaminación. Ah, ha sonado un email, veamos en lo que consiste. Y lo abres sin presiones, con tranquilidad, con parsimonia… son las 8.30 y tampoco te bombea tan rápido el corazón a estas horas. Pero ese email lo cambia todo. En un segundo ves pasar tu vida por delante de tus ojos. ¿Que hay una reorganización? ¿Qué quiere decir eso? No queda claro, te empiezan a surgir dudas. Sales del despacho y buscas a tu compañero del café… Vaya, parece que no eres la única que ha recibido el email – ni la única a la que se le ha acelerado el pulso. Y, ahora que ya estás con él, vienen otros cinco más. Entre todos conseguís desmontar la empresa en un abrir y cerrar de ojos. Ya os veis en la calle. Bueno, no sólo eso: os imagináis en la cola del paro, esperando cuatro horas para que os sellen la tarjeta, sin derecho a prestaciones, sin el finiquito porque se trataba de despido procedente, sin ingresos para poder afrontar la hipoteca, el garaje, las facturas, la gasolina, el abono de transporte, el teléfono. Y ese viaje que tenías planeado con tus amigas por las islas griegas en verano, mejor cancelarlo. ¿Y cómo cuentas esto en casa? ¿Y qué va a ser de ti? ¿Y dónde vas a trabajar ahora? ¿Y cómo te vas a reinventar? Te duele la cabeza, todo te da vueltas, respiras muy rápido y te cuesta concentrarte. De repente, te das cuenta de que te has terminado el café y que estás sola delante de la máquina. Todos se han vuelto a sus despachos a producir. Tiras el vaso, vas hacia tu sitio, te vibra el móvil con un nuevo email y empiezas a temblar. Te armas de valor y lo abres: te están felicitando por tu nuevo ascenso. Parpadeas y te das cuenta de que lo habías imaginado todo. No es un email con tu despido. Estaba todo en tu cabeza.

Y es que así es el ser humano: capaz de sufrir por situaciones que sólo existen en su cabeza. Así es y así somos: únicos.

 

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