La Navidad

Me dispongo a escribir este post y veo que en la numeración de artículos guardados desde el primero que publiqué en Fluttering Thoughts, este viene a ser el 24. Es decir, el día de Nochebuena. ¿Casualidad? Quizás serendipia o una señal del destino. Depende de las creencias particulares de cada uno. Pero al menos podrán concederme el que es una casualidad simpática – y eso no me lo puede negar nadie.

Se acercan peligrosamente esas fechas: las que tantos admiradores y detractores tienen. El tiempo de ver las calles llenas de adornos, luces alumbrando las compras, bolsas en tonos rojos, jerséis feos heredados de la costumbre anglosajona. Y hay quienes detestan esta época – quizás no sin razón. El grinch que todos llevamos dentro se rebela ante este consumismo desenfrenado, los atascos en las carreteras, el ansia de querer comprar todo lo que está en las estanterías, la necesidad de quedar con personas que no ves en todo el año, los compromisos, los regalos impuestos, las presiones, los gastos excesivos, las prisas, los agobios.

Pero la Navidad, la real, su esencia… es otra. Es hacerte una lista de tus villancicos preferidos y oírlos mientras paseas por la calle. O ponértelos de camino al trabajo y sentir que te invade el espíritu navideño, que la mueca de sufrimiento se te convierte en un principio de sonrisa, que los problemas ya no lo son tanto si te acuerdas de los villancicos en familia, los abrazos, las risas. Es estar un mes antes de la fecha señalada pensando en cómo decorar la casa, e ir calculando dónde irá el árbol, en qué sitio quedará mejor el belén, si la flor de pascua está bien al lado del reno o tiene más sentido ponerla junto a la estrella con purpurina. Es pasear por las calles viendo todas las luces, los adornos, la magia. Es ir a hacer la ruta de los belenes, quedarte mirando cada pieza, cada escena, cada decorado con todo tipo de detalles. Es querer hacerte una foto en cada árbol gigante que ves en una plaza o en una esquina.

El espíritu navideño te lleva a acordarte de todas esas personas a las que quieres pero que, por tener lejos, no puedes ver tanto durante el año. Es pensar en ellas y sonreír sabiendo que al fin van a cuadrar las agendas. Es llamarlas y charlar con ellas como si el tiempo no hubiera pasado. Y concretar un día y una hora para veros. Con vuestras mejores galas y la mayor de las alegrías, sin mirar el reloj, poniéndoos al día de todo lo que os pasado durante los meses anteriores: lo bueno y lo malo, por supuesto. Y ser capaces de consolar al otro, de darle el abrazo añorado, de demostrarle el cariño que le tienes al fin. Poder darle un regalo y ver su felicidad al abrir el paquete. Es decirle lo que significa para ti pero que durante el año parece que te dé vergüenza hacerlo. Es desearle lo mejor en el año que entra y querer, de corazón, poder vivirlo juntos, poder verlo, poder compartir lo que venga, para bien o para mal.

Son las fiestas de hacer regalos, pero no por compromiso, sino porque al fin tienes una excusa para ir de tienda en tienda buscando cosas bonitas para la gente más importante de tu vida. Por fin es el momento de colmar de regalos a tus seres más importantes, da igual que sean familia o amigos, lo que cuenta es que son prolongaciones de tu persona. Y te animas a escribir tarjetas felicitando las fiestas… ¡con un boli! Como en los viejos tiempos – nada de vídeos por chat. No, te sientas y le escribes una tarjeta a cada persona, a cada trocito de ti que merece abrir el buzón un día y no ver facturas, sino un sobre navideño que contiene mucho amor, purpurina, angelitos.

Es la ocasión de planear encuentros en fechas especiales, de decidir dónde cenas el 24, dónde comes el 25, cómo te tomarás las uvas. ¡Y de pensar en los modelitos! Tienes que ir cuadrando lo que te irás poniendo en cada uno de esos encuentros. Desempolvas les lentejuelas, rebuscas entre tus tacones de vértigo, revisas las plumas y las pieles. Piensas en recogidos (¿quizás una visita a la peluquería?), en lazos para el pelo, en barras de labios rojo pasión, en uñas con manicura especial.

¡Hay que celebrar! Comer, brindar, saltar, bailar, querer, abrazar y besar. Dar gracias por lo que tenemos y recordar lo que hemos perdido. Ser un poco benevolentes con nosotros mismos: deja ya de pensar en si ese pantalón te queda bien… llevas todo el año trabajando, cumpliendo, pagando facturas, siendo un ciudadano ejemplar. Es el momento de darte un respiro y de olvidar tanta norma. De alegrarse por seguir aquí un año más, por tener con quién salir a cantar, a reír, a llorar… o compartir la resaca. Lo que sea. Recuerda: siempre hay motivos para bailar. Después de la tormenta sale el sol. Y, total, cuando te caes… vuelves a levantarte. Mañana será otro día. Ponte guapo, o guapa, sal y disfruta. Porque este regalo que es la vida ocurre una sola vez. Y cuando tengas 120 años (o más) pensarás que pasó en un suspiro. Y no te arrepentirás de lo que hiciste, sino de lo que dejaste pasar por pereza o miedo o el qué dirán. Quiere y te querrán. Regala y disfruta viendo la cara de alegría de quien reciba tu sorpresa. Da gracias, reparte alegría… y harás del mundo un lugar mejor sólo con tu presencia. Deja de exigirte tanto: lo estás haciendo muy, pero que muy, bien. Lo estás bordando – no me lo discutas.

Corre: sal a disfrutar de lo que te ofrece el mundo. Pero recuerda poner los zapatos a la vista y acostarte temprano el día 5, que si no, no pasan los Reyes por tu casa (o te dejan carbón).

Mis mejores deseos en estas fechas: ¡FELIZ NAVIDAD!

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