Se fueron

Es así: se fueron para no volver. Y es duro entenderlo, lleva tiempo. No son días o semanas – son meses y años. Porque esas personas se llevan con ellas un trozo de ti y nadie te lo devuelve. Ocupaban un espacio que nadie rellena y ese vacío duele. En el día a día aprendes a no hacerle caso, pero ese agujero negro existe y se manifiesta en fechas señaladas.

Carlos se fue poco a poco. El shock inicial de su enfermedad fue duro, pero él era más duro que ese golpe. Y se dedicó a darme ánimos. Él a mí: inconcebible. El que debía luchar contra una enfermedad que acabaría siendo mortal era el que animaba y le restaba importancia, el que te hablaba de otros temas, el que no quería ver una cara triste a su alrededor. Y ese tiempo que estuvo enfermo no quiso hacerme partícipe de sus citas médicas, de sus náuseas, de su malestar, de su falta de energía, de su deterioro físico y psíquico. Supo que yo era mucho más débil que él y decidió ahorrarme ese tormento. Cara a cara ante la muerte, en las puertas del último viaje, decidió ser más grande. Pensó en ser más grande que todo lo que ocurría y que, si se iba, sería por la puerta grande. Y el tiempo que le quedó, los huecos que le dejaba esa lacra de nuestro siglo, lo llenó de encuentros, viajes, experiencias, personas, sitios, eventos. No quiso desperdiciar un día sólo de los que le quedaban, se dio cuenta del milagro que es la vida y tomó las riendas de la situación. Y continuó su viaje como si no pasara nada, como si tuviera una gripe o un virus pasajero, como si no tuviera relevancia alguna ese veneno que lo estaba consumiendo por dentro. Se recuperaba de cada operación con coraje, salía de la quimio sin una mueca de dolor. Era muy duro, era muy resistente, era un ser humano único e irremplazable. Y no es que no tuviera defectos; tenía muchos, como todos. Pero su inteligencia era sobrehumana, por eso la enfermedad quiso atacarle al cerebro, a su órgano más preciado. Era un amigo único, daba los mejores consejos, no te decía lo que querías oír… te espabilaba si hacía falta y no te dejaba quejarte por tonterías. Tampoco te dejaba hacer el tonto – me quitaba el móvil de las manos cuando veía que iba a meter la pata con alguna amiga. Evitaba por todos los medios que me hiciera daño a mí misma, intentaba que reflexionara, que fuera menos visceral. Él me perdonaba mis prontos, pero sabía que no todo el mundo estaba equipado para saber llevarme, entenderme, apagar mis fuegos. Tan bien me conocía que, en sus últimas semanas, cuando ya lo habían desahuciado y dije de ir a verlo, me mintió. Me dijo que estaba un poco feo y que prefería que lo viera perfecto. Me preguntó que cuándo era mi feria (poco después) y me dijo que lo invitara, que nos veríamos ahí, que él quería ir a mi feria. Y me lo creí – quizás en el fondo algo no me cuadraba, no podía entender que de repente se estuviera curando… pero mi fe absoluta en su persona me cegó y quise creer sus palabras. Yo sé que lo hizo adrede, sé que sabía lo que hacía y sé que fue por mí, no por él. Quiso evitarme el mal trago, quiso irse como lo que era: un señor.

No pudo hacer eso mi abuela… el Alzheimer se la fue llevando tan poco a poco que los días se hicieron años y ella no tuvo forma de despedirse de nadie. Recuerdo, eso sí, el primer día que supe que la había perdido. Yo estaba sentada en el sofá y ella llegaba de la calle, la acababan de recoger. Vino hacia mí y la miré y… no estaba, sus ojos eran dos pozos sin fondo, estaban vacíos, huecos. Era como mirar a una pantalla negra de una televisión, como mirar a un fantasma, a un muerto viviente. Era la nada más absoluta. Y me atravesó el pecho una espada, fue un dolor punzante, físico. Lo pude sentir; y tuve que dejarla sola para ir a llorar donde no me viera. Se me había helado el alma y ya nunca podría hacer que volviera a entrar en calor. Y tuvo sus momentos de lucidez, en los que lloraba asustada… Pero, por suerte para ella, los fue perdiendo. Era mejor que no viera su propio estado, era menos doloroso así. Nosotros ya no la teníamos, pero al menos ella podía estar tranquila, escondida en algún rincón de su mente, apartada del mundo real, viviendo en algún pasado remoto. Al menos no perdió el gusto por la cerveza – esa sí que se la tomaba con ganas. Y eso se lo aplaudo, que le quedara eso cuando ya no le quedaba nada. Tuvo la gracia de quedarse con lo más simpático, y tiene su ironía, porque siempre fue una mujer vital y divertida – no podía haberse quedado con algo mejor de su yo anterior que su pasión por las tapitas y la cerveza.

Mi tía supo que se iba, tuvo en momento fugaz en el que me regaló repentinamente un libro… algo que nunca hacía. Siempre me daba regalos (a escondidas, no la dejaban hacerlo abiertamente), pero nunca arrancaba a darme algo porque sí. Y ese día se levantó para despedirme, me miró y me dijo: espera. Fue hacia la repisa, no sin dificultad, y cogió el libro que se acababa de leer. Quiero que te lo quedes, me dijo, es un regalo. Y yo, quizás en sincronía con su repentina despedida antes de tiempo, le pedí que me lo firmara. Ella me dijo que no sabía lo que poner, que tenía la letra mal por el pulso, pero le dije que no era importante. Me miró y lo entendió. Y me lo firmó. Igual que me entendió cuando me dio el último abrazo y no me quería soltar. No me han abrazado tan fuerte en la vida – y se lo agradezco, porque se despidió de mí con lo mejor que supo darme nunca: amor incondicional.

Y no vuelven. No porque no quieran, sino porque ya no pueden. Su tiempo con nosotros se agotó y tuvieron que irse. Pero lo que dejaron es inmenso y eso nadie se lo puede llevar. Y hoy les dedico este homenaje y les doy las gracias por haberme dado tanto y por haberme hecho tan feliz cuando pudieron. Espero que allá donde estén los cuiden como se merecen y sepan que nunca los voy a olvidar. Personas tan grandes nunca se van, permanece su esencia. Gracias por haber pasado por este camino fugaz al que llamamos vida. Os echo de menos, pero os prometo disfrutar de todo lo que venga con vuestro recuerdo en la mente.

Se fueron pero siguen con nosotros.

 

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