No aciertas

Mejor que lo asumas desde ya, desde ahora mismo: no aciertas – ni haciendo una cosa ni la otra. Con lo cual, lo mejor que puedes hacer es resignarte y dejar de darle vueltas. Porque te va a ir mejor. O, por lo menos, te vas a quedar más tranquilo.

Y es que tradicionalmente se concebía todo de otra manera. Pero, con el paso de los años, nos hemos ido al otro extremo, olvidando por completo que podría existir el término medio. Que ahí es donde está la virtud. Pero es que hace muchos años vivíamos en la represión extrema. Y se consideraba que la pureza era la mejor de las virtudes. Es por ello que las personas, cuando estaban interesadas en alguien del sexo opuesto, se cuidaban mucho de acercarse directamente a ellas. Eran siempre los hombres los que debían cortejar a la mujer, y se preocupaban de mantener las formas. Lo que hacían era relacionarse con alguien de su mismo estrato social y de su entorno. Se valoraban los modales, los valores y la pureza de la candidata. Se tenía en cuenta su belleza, cómo no, pero lo importante para escoger una mujer era que la persona fuera honesta y honrada.

Una mujer, eso es. Porque la intención era pedir la mano, casarse con ella y crear una familia. Para lo cual se esperaba que ella llegara virgen a tal fecha y que le entregara su flor a su marido. Aunque ese marido debía ser puro también y poder ofrecerle a ella su inexperiencia, por llamarlo de otra manera. Era un acuerdo no escrito, pero funcionaba de esa manera. Y, como el fin último era el matrimonio, el hombre no tenía ningún problema en ponerlo sobre la mesa. De hecho, no era la mujer en busca del marido al que cazar, sino el hombre en busca de la mujer que cumpliera con esas condiciones que ya había anotado mentalmente. No se buscaba algo fortuito sino una relación estable, una base sobre la que construir algo serio y duradero.

Los tiempos cambiaron, la forma de socializar fue evolucionando, y ya las personas se podían relacionar con otras diferentes. Pero permanecía ese requisito de la pureza, la castidad. Y se valoraba, tanto en ellas como en ellos. De hecho, estaba socialmente muy mal visto no ser virgen o llegar al matrimonio habiendo mantenido relaciones sexuales. Esa pureza era un plus. No hablemos de la promiscuidad. Ser promiscuo era el peor de los males. La sociedad, tu entorno, todos te indicaban el camino: debías ser casto y puro. Nadie te iba a querer si no eras así, tenías algún tipo de enfermedad si es que no sabías llegar al matrimonio conservando la virginidad con a que habías nacido.

Pero… fue cuestión de tiempo que llegara la revolución sexual y todo cambiara. Los hippies, las drogas, las comunas, el amor libre. Lo opuesto luchando con el orden establecido. Los nuevos tiempos comiéndose los antiguos. Y la gente que vivía en la represión pudo por fin romper sus cadenas y estar con quien le diera la real gana. Podían tener encuentros fortuitos, podían tener relaciones fugaces sin pensar siquiera en el matrimonio. Podían escoger cómo vivir sus vidas.

Fruto de eso fue la hiper-sexualización de la sociedad, que llega hasta nuestros días y todo lo invade. Las personas pasaron de ser virginales a animales sexuales. Los estudios que analizaban cómo funciona el cuerpo cuando se excita empaparon a la sociedad de un carácter sexual en todos sus ámbitos – y el marketing lo aprovechó para su propio beneficio. El sexo vende, mucho. Por lo tanto, por todas partes había campañas en las que se podía interpretar que comprando o consumiendo algo se podrían obtener favores sexuales del sexo opuesto, se podría ser más atractivo, se podría conquistar a más hombres o mujeres. Lo que llegó intentando salvar a todos se convirtió en una nueva trampa. Y ahora lo ridículo e irrisorio era no tener relaciones sexuales a diestro y siniestro.

Vivimos en una era que aplaude al promiscuo y tacha al tímido. En unos tiempos en los que todo es sexual y, sobre todo, lo íntimo se considera vox populi. Por lo tanto, lo común es alardear de conquistas y comentar secretos de alcoba como si fuera lo más normal del mundo. Lo ideal es poder contar a todos las muchas personas con las que tienes encuentros, que todos sepan lo sumamente atractivo que eres y lo lejos que estás de la virginidad clásica. Y se señala al que no comparta esa actitud, se obvia que las personas pueden no ser ni una cosa ni la otra… que las conquistas fluctúan a lo largo de la vida, que las apetencias varían, que las circunstancias vitales condicionan todo lo relacionado con la conducta humana – sexo incluido.

Hemos vuelto a caer en nuestra propia trampa: de tanto querer alejarnos de ese puritanismo nos hemos convertido en animales sin rumbo que aplaudimos a cualquiera. Y se nos olvida que seguimos siendo personas, con sentimientos, con necesidades, con capacidad de raciocinio. Que lo importante es respetarnos, entendernos y no meternos en vidas ajenas. Que lo ideal sería que cada uno escogiera su opción personal, que no se la tuviera que contar al mundo, y que nos pareciera genial no saber sus temas íntimos.

Por eso no aciertas: porque no es posible hacerlo. Porque en un mundo en el que hay que mostrar a mujeres semi-desnudas orgásmicas frente a un hombre bastante feo para vender un desodorante, lo de menos son los valores. Y lo demás, lo que vende. Y mientras siga vendiendo, seguirás sin acertar. Pero, no te preocupes, que es cuestión de tiempo. Ya acertaremos.

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