Brunetina y la stripper

Brunetina cierra la puerta con un pie mientras hace malabarismos para no caerse apoyada en el otro, cual gorrión. Corre -dentro de sus posibilidades- hacia la cocina cargada de cosas: las llaves cuelgan del dedo meñique, tiene en una mano la bolsa del súper, en la otra los zapatos que ha recogido del zapatero, al hombro va el bolso con neceser, taper y todo tipo de utensilios que le permitirían sobrevivir a un encierro en un búnker durante meses. De hecho, acaba de caer en por qué tiene esa contractura que lleva meses sin curarse -tampoco le sobra el tiempo para pedir cita en el fisio, y si lo hace… no puede ir a la pelu este mes. Bueno: compras sobre la encimera. Lo suelta todo sin pensar mientras va por el pasillo deshaciéndose de los estiletos. Quien diga que las mujeres están deseando llegar a casa para quitarse el sujetador es que no conoce los efectos de 11 centímetros durante 10 horas.

Vale, zapatos fuera. ¡Qué gusto andar descalza! Por cierto: ¿cuánto hace que no riego las plantas? Se asoma a verlas y… están sanas. Lo mismo me encargué esta mañana antes de salir, justo después de preparar la comida y el tentempié – claro que se me olvidaría porque a la vez intentaba cepillarme los dientes y recordar si ya tenía fruta en la ofi o debía llevarme más.

Es que no se puede estar más rota, claro que la stripper del bus no ayuda. Veamos: ¿es que las mujeres no entienden el uso de las barras en los autobuses y en los vagones del metro? Está más que claro que tienen afición por bailar en barra y es ver una y tener que abrazarse a ellas. No es culpa de ellas, es un acto reflejo que no pueden dominar. La mujer que se abraza a la barra, de hecho, puede hacerlo de varias maneras:

– Espalda pegada a la barra, sujetándose con el mismísimo culo. Con un poco de suerte, el culo tiene tal tamaño que la barra queda atrapada entre las nalgas. Si no, se utiliza una mano para agarrarse a la barra… mano que se coloca sobre la cabeza y hace que el público esté expectante por ver a esta stripper matutina bajar hasta el suelo.

– Abrazo lateral. Probablemente se trate de personas con déficit de cariño en su infancia que intenten compensarlo en estas barras de bus. Esta stripper se deja caer sobre la barra, no sin cierta cara de inmensa melancolía, y utiliza un brazo para agarrarse bien. O necesita cariño o está calentando para poder sujetarse y ponerse boca abajo. Lo de apoyar la cabeza en la barra es optativo, aunque es más que ideal porque así consigue impedir el que alguien use la barra ni para sujetarse con un meñique.

– De cara, porque yo lo valgo. Sí, señores: esta opción también es válida. La stripper del transporte público puede sentir la necesidad de ir hacia la barra y asirse a ella como si no hubiera un mañana. Va de cara, con los dos brazos abiertos, y la atrapa cual serpiente, pierna por encima incluida. Es, sin duda, más profesional que las anteriores. Por eso va de frente, sin miedo, sin pudor.

A Brunetina le entran ganas de sacar unos billetitos del bolso para poder ofrecer dinero caso de que empiece el espectáculo. El problema es que el bus o metro suele ir tan lleno que no dispone de la habilidad para que le crezca un brazo supletorio que le permita rebuscar en el bolso. Es lo que tiene estar compartiendo barra con otras 10 personas (todos hombres, sin complejo de strippers).

Lo curioso es que la stripper, famosa y conocida, no es la única que campa a sus anchas en el transporte público urbano. Porque pululan otros especímenes, uno de ellos es el de las “señoras de edad avanzada con exceso de energía pero demasiada prisa”. A lo mejor tienen tanta prisa porque se han dado cuenta de que les queda poca vida por delante y quieren aprovecharla al máximo – todo es posible. Pero lo interesante es que siempre consiguen pasar primero. Siempre es siempre (igual que el “no es no” de Pedrito, aunque parece que él no ha tenido los arrestos de estas señoras). Si una de esas señoras tiene entre ceja y ceja el objetivo de montarse antes que tú: olvídate de ganar esa batalla. Tira el casco, quema tu uniforme, entrega las armas y ondea la bandera blanca. Ríndete mientras estés a tiempo. Estas señoras usan dos cosas básicas para ganarte: los codos y su mínima estatura. Piensa que unos codos bien puestos desde un metro y medio pueden hacer mucho daño… Te alcanzan donde más te duele. Y entran primero.

Estas señoras, tras pasar primero, consiguen su otro objetivo: sentarse. Da exactamente igual los achaques que tengan, lo mucho que presuman de su reuma o lo que tarden en cruzar la calle cuando estás conduciendo y tienes que dejarlas pasar. En esos momentos en los que tienen que conseguir posar el culo, van a correr más que Usain Bolt cuando la novia lo pilla de juerga en Río. Y se sientan.

¿Sabes el remate? Que cuando van en grupo… se suman las energías de todas y pueden hablar muy rápido, muy alto y dar muchas palmas. Por lo que te amenizan el viaje a voces – algo que a primera hora de la mañana no te resulta demasiado agradable. Te taladran tanto el tímpano que no puedes oír tu Spotify. Le subes tanto el volumen a la música que tu móvil te avisa de que puedes quedarte sordo: ¡NO ME IMPORTA! ¡AYÚDAME A DEJAR DE OIRLAS! Pero da igual lo que hagas: sigues oyéndolas. Siguiente parada y se montan dos hippies con 6 perros… Huelen a gloria bendita.

Mira, me voy a poner un vino porque de acordarme me están entrando ganas de irme a una isla desierta y dedicarme a la vida contemplativa. Pero una cosa está clara: como mañana vea a otra aspirante a stripper, le pregunto que cuándo empieza el espectáculo. No sin antes hacerle una foto.

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