Desarraigo

Imagina por un momento que no tienes familia ni amigos que te definan. No se trata de pensar en que les haya ocurrido algo ni nada por el estilo. Sólo es pensar en un escenario en el que esas personas no existen (por el motivo que sea, eso no es relevante ahora). Eres una especie de Mowgli, pero sin animales (porque, en cierto modo, los animales eran su familia). Por lo tanto: tú, solo en el planeta tierra. Nada más que tú. Nadie a tu alrededor.

Quién serías, qué serías, que te respaldaría, de dónde sacarías la fortaleza. En ese mundo imaginado totalmente paralelo a la realidad, intenta pensar por un momento que no tienes ningún tipo de vínculo que te defina. Ese es el ejercicio que te propongas que hagas conmigo en esta mañana de lunes – vamos a darle un toque de misterio al inicio de la semana.

Pensándolo bien: no somos islas. Por lo tanto, nuestro carácter y forma de comportarnos no vienen de un compartimento estanco que existe al nacer en nuestro cerebro. Tenemos una personalidad que se va marcando por aquellos que nos crían y educan, además de por todos los que nos rodean en el proceso: entiéndase amigos, compañeros de clase, maestros, vecinos. Es decir, somos quienes somos por todo aquello que vamos viendo, aprendiendo, imitando desde el día en el que salimos (o nos animan a salir) del cómodo vientre de nuestras santas madres.

Si en esta realidad inventada no existiera ninguna de esas personas: ¿quién serías realmente? ¿Cuáles serían los rasgos de tu personalidad que consideras que se mantendrían? O, mejor aún: ¿qué comportamiento que ahora tienes enterrado en el sótano de tu cerebro saldría a pasear? Porque seguro que hay muchas que no haces o dices por esa losa que pesa sobre tu cabeza desde la infancia. Ese yo escondido, esa persona que no eres por temor al qué dirán. O, quizás porque llevas toda la vida negándole el saludo y no te has parado a pensar que merezca su lugar en tu día a día. De hecho, no será una única persona; es muy probable que dentro de ti haya muchas personas amordazadas a las que nunca les has dado una oportunidad. ¿Sabes quiénes son? ¿No tienes intriga por saber qué pasaría si salieran a pasear contigo? ¿Acaso crees que pueda pasar algo tremendamente negativo por que al fin te liberes de esos grilletes que te llevan coartando toda tu vida? Porque, piénsalo: vida no hay más que una. Y la estás pasando en función de lo que te dicen, de lo que opinan sobre ti, siguiendo los pasos de un camino marcado, midiendo tus movimientos como si vivieras la vida de Truman.

Pero, piensa en otra cosa: a falta de esas personas de apoyo, de esa familia, de esos amigos… ¿quién sería tu respaldo? Tu soporte emocional, tu gente de confianza. Porque es cierto que la autoestima viene de dentro, pero somos animales sociales y no podemos funcionar sin el ánimo y la aprobación de nuestros semejantes. Si nadie nunca te abraza o te ayuda a levantarte, si no existen esas personas que anteponen tu seguridad a la suya propia… ¿cómo podrías mantenerte en pie? Y, si pudieras, ¿en qué clase de persona te convertirías? ¿Serías un ser sin empatía, un sociópata? Alguien incapaz de vivir en sociedad porque se ha criado sin un círculo cercano de seres que te ofrecen su amor incondicional.

También quisiera hacerte otra pregunta: ¿estás cien por cien seguro de que no eres esa persona que tienes amordazada por culpa de otros? ¿No tienes nada de culpa tú mismo? Es más que lógico que te afecte el cómo te ven tus seres queridos, pero es probable que los culpes de cosas que a lo mejor escapan a su control. Quizás tengas una necesidad enfermiza de aprobación que es totalmente innecesaria. Porque, desde que el mundo es mundo, las personas se han criado en unos entornos concretos que los han definido… pero luego se han convertido en adultos completamente independientes, con su propios gustos e inquietudes, capaces de sobreponerse al rechazo ajeno caso de que su actitud no sea bien vista. Por lo tanto, quizás esa capacidad para decirte lo que hacer no la tienen ellos… sólo la tienen cuando se la otorgas, cuando se la brindas, cuando les das poder para mandar sobre tu persona. Cuando te niegas a romper la coraza. Cuando vas andando por la vida como Calimero, sin llegar a romper el huevo de manera absoluta, sin romper el cordón umbilical.

¿A qué esperas? Para mirarte en el espejo, preguntarte quién se ha escondido ahí dentro y darle permiso para pasear. Porque sólo se vive una vez y estás dejando que todas esas preocupaciones te definan. Estás solo, no le des más vuelta. Actúa.

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