A veces

No te pasa siempre, no es algo común en ti. Por eso, cuando te ocurre, te pilla totalmente por sorpresa. Es una sensación extraña, confusa, difícil de digerir. Y te preocupa. Bueno, inicialmente consigue inquietarte – no le puedes negar ese poder. Pero, como no se trata de algo espontáneo, como se trata de algo que se ha ido moldeando con el tiempo… en lo más profundo de tu ser lo reconoces, lo abrazas y le agradeces la visita. Contra todo pronóstico.

A veces eres pesimista. Y eso que, repito, no es lo normal. No te hallas, no te explicas cómo es posible que alguien con tu empuje albergue dentro un Mr. Hyde. Pero, sí, ocurre. Por supuesto. Y existe una alta probabilidad de que eso les ocurra a muchas más personas. Pero ahora te está pasando a ti, no a otra persona. No te toca animar a ese amigo ni decirle frases bonitas sacadas de un libro de autoayuda. De hecho, entiendes por qué tus amigos no reaccionan bien a ese tipo de comentarios: no los necesitas, no te interesan. No los has pedido y no ayudan en nada. Si acaso, consiguen empeorarlo todo.

A veces no puedes con todo. Y es totalmente legítimo. Porque en el día a día estás tirando del carro, sacando todo adelante, luchando por lo que quieres conseguir. Eres el punto de apoyo, eres quien anima al de al lado, eres quien soluciona los problemas, eres quien se ríe de las desgracias, eres quien puede con todo, eres quien tiene todo planeado, eres quien se adelanta a los obstáculos, eres quien lo hace todo. Te da tiempo a todo, reconoces la mirada de admiración de quien te rodea. Pero se te olvida que no eres una máquina sino una persona. Que no puedes lograr la perfección en todo lo que te propongas.

A veces bajas la guardia. A veces te dejar llevar por la corriente. A veces no te apetece ser ese salmón que siempre va en dirección contraria. Porque siempre lo ves todo de color de rosa, nunca te apetece hacerle caso a las nubes que tapan el sol, prefieres pensar en el arcoíris durante la tormenta. Pero cansa mucho, demasiado. Y ser de naturaleza optimista te impide ver el mal ajeno, te anima a hacer las cosas con una sonrisa. Pero a veces, solo a veces, no te merece la pena. O no te apetece o no te da la real gana. Porque cuando luchas constantemente contra los elementos puede ocurrir que te agotes. Puede ser que no triunfes, puede ser que te caigas tropezando tantas veces con la misma piedra que decidas sentarte a su lado. Sí, en el suelo. Sí, sin hacerle ni caso a la frase que dice que no hay que mirar atrás ni para coger impulso.

A veces tiras la toalla. La que nunca quieres soltar, la que llevas siempre en la mano, sobre el hombro, en el bolso o mochila. La que se supone que no debes lanzar porque no es tu naturaleza. Porque tu costumbre es ver el lado positivo de las cosas y considerar la ausencia de lucha como un fracaso en sí mismo. Pero no todo es de color de rosa y a veces, sólo a veces, tienes que ponerte tu traje de persona negativa. Y en esos momentos ves que no merece la pena luchar contra todos, que no merece tu ayuda quien no te la pide, que no merece tu tiempo quien no lo valora, que no merece tu cariño quien no lo devuelve, que no merece la mejor versión de ti quien no hace más que mirarse su propio ombligo.

A veces intentar tratar a todos de la misma forma reporta pocos beneficios, o ninguno, y es lógico que te invada la desgana, el hastío o el cinismo. Y que no veas todo con tus gafas de color de rosa sino con otras cuyos cristales no dejan pasar la luz del día. Con otras que te muestran lo que los negativos llaman “la realidad” y los positivos, “el lado malo de las cosas”. Pero tiene sentido, tiene su razón de ser. Porque si no te han pedido ayuda, ¿por qué sales corriendo a ofrecerla? Si no te han llamado para ver cómo te encuentras, ¿por qué llamas interesándote por su bienestar? Si no te han buscado para verte, ¿por qué sales corriendo tras sus pasos? Si te han demostrado cada minuto del día que tienen cosas mejores que hacer que dedicarte un solo segundo de sus pensamientos, ¿por qué los tienes en tan alta estima?

A veces es necesario que veas las cosas desde otra perspectiva para que, al menos, puedas descansar. Para que, al menos, puedas dejar de ser esa persona al servicio de los demás que nunca recibe nada a cambio. Para que, por una vez, puedas sentarte a mirar lo que ocurre a tu alrededor sin que te afecte. Sin que te duele, sin que te desgaste, sin que te destruya. Porque eres un ser humano, no un robot, y no puedes volcar tus atenciones y no recargar las pilas. Día tras día, año tras año.

Así que, a veces y por tu propio bien, tiras la toalla, te tumbas en el suelo a su lado y miras. Contemplas, observas, analizas y tomas notas. Pasas minutos, horas, días así. Y te sirve, vaya si te sirve. Porque sólo cuando lo das todo por perdido ves esa ventana que se abría al fondo. Sólo cuando dejas de mirar al sol a los ojos consigues desprenderte de tu ceguera y percibir otros personajes secundarios que tanto te aportan y a los que no hacías aprecio. Sólo cuando te alejas del problema eres consciente de que, quizás no tenía solución per se, pero desde luego existían cosas, personas y lugares mucho más relevantes que no conseguías disfrutar por culpa de tu insana obsesión por pegar los trozos de un jarrón que lleva demasiado tiempo roto. Quizás nunca estuvo intacto, quizás sólo quisiste verlo en positivo. Quizás ni era un jarrón.

A veces no se trata de correr tras lo que nunca estuvo ahí sino de abrazar a quien estuvo a tu lado todo ese tiempo dándote los pañuelos cada vez que se te saltaban las lágrimas.

A veces no debes pedir a quien no te escucha, sino aceptar lo que otros te dan sin haberlo reclamado.

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