Brunetina y los puretas

Brunetina lleva semanas dándole vueltas al tema. Es algo que le sobrevuela sobre la cabeza y parece que cada día se le ocurra algo nuevo que complemente su teoría. Bueno, teoría quizás es una palabra que le venga un tanto grande. Es más bien un compendio de pequeñas reflexiones (en las que cree firmemente) y que está deseando contar al primero que pase. Aunque luego la conversación se deriva hacia lo que ocurrió el otro día en alguna serie y se despista. Y se le olvida que estaba llena de ideas geniales que podía haber verbalizado. Y las ideas, como el amor o el fuego, si no se comparten, se apagan. O quizás no, pero seguro que Claudio Coelho es capaz de vender millones de libros en todo el mundo con esa frase que se acaba de sacar de la manga (u otra similar, pero de la misma cuerda).

Resulta que de joven no ibas a tal o cual sitio porque era “de puretas”. Y la misma frase te valía para determinadas prendas de vestir, formas de hablar o costumbres. Y los años pasan y se te olvida que es probable que un día el pureta seas tú. Piénsalo: por pura y simple lógica, al final tienes que entrar dentro de ese grupo. Siento tener que ser yo quien te quite la venda de los ojos, pero no vas a tener 15 años para siempre. Puede que te sientas joven, puede que lo aparentes y hasta puede que en el año en el que vivas se considere jóvenes a las personas de tu edad actual. Pero, amigo, a lo mejor eres un pureta sin saberlo. Y ahí está el drama: en no saberlo.

Veamos: ¿no tienes amigos que parece que no se aclaran con nada? Ya sabes, esas personas que conoces desde que eras muy joven y que ahora miras con una mezcla entre incredulidad y pena. Porque en el mundo de las nuevas tecnologías no conocen ni una. Y no, no se trata de gente que ha decidido voluntariamente no tener perfil en una red social porque prefiere no enseñar su vida al mundo – cosa que respetas profundamente y no cuestionas en ningún momento. Se trata de gente que ni siquiera sabe cómo funcionan todas esas redes sociales, pese a estar suscrita a muchas de ellas. ¿Te lo explico mejor? Siéntate, coge la postura, relájate, que aquí van algunos ejemplos:

– Tu amigo con perfil en Facebook que no entiende que debe poner una foto (la que sea) para que tenga sentido. ¿En serio te da miedo poner una foto de perfil? No me vendas la moto de que no tienes tiempo, se tarda entre 30 segundos y un minuto en hacerlo.

– Tu amigo que se hace un Instagram y lo utiliza para poner las mismas fotos que en Facebook, fotos que se le “cortan” porque aún no ha comprendido que debe ser un cuadrado. ¿Por qué?

– Ese amigo de Instagram además decide que su cuenta va a ser privada, porque tiene demasiado ego como para no publicar fotos de su última compra en H&M, pero demasiado miedo (puretil) a que venga el asesino de la baraja y vea sus cosas. Por favor, que alguien lo ayude.

– Tu amigo que hace fotos de fotos. Repito, por si no queda claro: fotos de fotos. Sí, y sale totalmente a rayas y deformada. Y las manda por chat indiscriminadamente. ¡Mirad, somos nosotros hace 57 años! Vale, son muchos menos, pero es que nadie en su sano juicio creería que una persona menor de 100 años pudiera ser tan torpe.

– ¿Te suena el ejemplo anterior? Pues hay uno que es primo hermano: tu amigo que no sabe hacer fotos y las hace de lado y las publica así en la red social que sea. Y, cuando le avisan de que se ha equivocado, escribe (públicamente) que no sabe cambiarla. Sin comentarios.

-Tu amigo el que te manda cada 24-48 horas algún vídeo o artículo sobre por qué los 80 fueron mejores, por qué los hijos de los 80 son más duros/resistentes/indestructibles. Sí, hijo mío, eres duro… pero de mollera.

– Tu amigo el que aún no se ha dado cuenta de que lleva la misma camiseta que hace 15 años. Que sí, que llevar camisetas mola mucho, pero puedes permitirte ir a Zara a comprarte ropa de adulto. No pasa nada, amiguito, nadie te va a tirar piedras por vestir acorde con tu edad.

– Tu amigo el que se niega a instalarse WhatsApp porque los chats son el demonio. Ese mismo amigo luego se queja de que no liga y de que no se entera de los planes de grupo. ¡Oh, qué  sorpresa!

– Tu amigo el que no tiene internet en el móvil porque… ni siquiera tiene contrato, vive de recargas semanales o mensuales. Tienes todo mi permiso para dejar de dirigirle la palabra. Te comprendo perfectamente.

– Tu amigo el que no sabe lo que es el reggaetón, ni Gandía Shore, ni Pokémon Go, ni Netflix. Ese mismo amigo suele negarse a ir a bares donde “no se pueda hablar” porque “no le gusta bailar” y “prefiere estar sentado”.

– Y no olvides a tu amigo el que no compra por internet porque “me van a robar los datos de la tarjeta de crédito”. Tranquilo, voy a por la cicuta.

Y lo dicho antes en clave de humor, en realidad te produce tristeza. ¿Sabes por qué? Porque tienes miedo de parecerte a ellos. Porque no estás seguro de si te da pena el ver cómo son o el creer que, siendo amigos, puede que tengáis algo en común. Esperas de todo corazón que sólo tengáis aficiones comunes; pero, ¿acaso el pureta es consciente de serlo? No, ¿verdad?

Así que haces repaso de todo lo que te llama la atención o te sorprende, o chirria y empiezas a evaluar. ¿Y sabes de qué te das cuenta? De que la edad es sólo un número (frase muy pureta, estás avisado), pero es que los años se cumplen igual. Pero, y aquí está la clave, lo importante es cumplirlos con dignidad y entereza. ¿Y sabes qué es más importante aún para no quedarse anquilosado? Ser flexible. Ahí lo tienes. Se trata de ser capaz de amoldarse a los nuevos tiempos, de estar informado, de escoger las novedades que te interesen y utilizarlas como corresponde, y de rechazar las que no te gusten con motivos de peso. Renovarse o morir. Recuérdalo: la diferencia entre cumplir años y ser un pureta es saber ser lo suficientemente flexible como para que lo nuevo no sólo te atraiga, sino que además te interese y te apetezca probarlo. Ya lo sabes, úsalo cuanto quieras. De nada.

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