Nariz fría

Cold nose friends, así los llaman los ingleses. Y no pueden llevar más razón, porque cuando estás tranquilamente en el sofá leyendo un libro, con el brazo cuyo codo sobresale un poco, viene algo frío y húmedo que te roza (bueno, se posa) y das un respingo. Ya ha aparecido el mejor amigo del hombre a saludarte, a ver cómo estás, a interesarse por tu tarde. Porque ellos siempre están pendientes de ti, en nada se parecen a los gatos. Ellos siempre quieren saber de su dueño, de su amo, y les gusta estar informados de tu estado de ánimo, de lo que andas haciendo, de cómo te van las cosas.

Son animales curiosos los perros. No son una mascota como otra cualquiera, no en vano se les conoce como nuestros mejores amigos. Son fieles hasta la muerte. A veces, por desgracia, en sentido literal. Porque ven en su humano a la persona que todo le brinda y no entenderían desafiar su autoridad ni disgustarle. Son obedientes, cariñosos, comprensivos, pacíficos, juguetones, divertidos, molestos. Sí, a veces son molestos. ¿Acaso no lo somos también las personas? Pero te quieren y te dan cariño y se hacen un hueco como un miembro más en la familia. Lo consiguen sin proponérselo y pillándote totalmente por sorpresa.

Tara, pequeña, tú no eras del todo así. Aún recuerdo tu primer día en casa. Una pequeña bola de pelo negra, gris y blanca. Unos ojos azul cielo que convertirían en piedra a quien quisieran premiar con su mirada fría y distante. Altiva, de hecho. Una mirada muy humana, muy poco perruna. Y llegaste entre celebraciones y gritos y aplausos. Y temíamos por tu integridad física, eras muy pequeña. Así que, para evitar cualquier tipo de accidente, conseguimos una malla que cubriera los barrotes de los balcones e impidiera que pudieras caer al vacío. La situación fue así: llegaste, anduviste por el pasillo (altiva, siempre muy digna), te acercaste al balcón, asomaste el hocico, viste lo alto que estaba aquello… y pusiste una cara de vértigo que a todos nos dio risa. No te hizo falta ayuda. Los torpes éramos nosotros, los que creímos que un ser de tu inteligencia iba a ser tan descuidado de no valorar la posibilidad de una caída.

¿Recuerdas tu primera comida? Nos habían dicho que te habían entrenado para comer pienso, que te encantaba. Y que la leche te volvía loca. ¿Qué hicimos? Pues apertrecharnos de ambas cosas en previsión. Y te quise dar unas bolitas de pienso para ganarme tu confianza. Así que cogí un puñado con la mano derecha y me senté delante de ti. Me miraste con esos ojos impenetrables y luego me oliste la mano. Parecía que la cosa funcionaba, pero no. Me volviste a mirar. Así, varias veces. Luego mirabas al suelo. Me mirabas fijamente, me olías la mano y tocabas el suelo con el hocico. Me costó entenderte. Como bien he dicho no eras tú la torpe. ¡Querías que te pusiera la comida en el suelo! Te la puse y te la comiste tranquilamente, sin perder la compostura. Pero es que tú nunca la perdías.

Hay que ver lo que te gustaban las visitas. A tu manera, porque nunca fuiste un perro al uso, nunca te humillaste ni te dejaste domar. Qué va, tenías tu forma de hacer las cosas y no dabas tu pata a torcer. Lo que te gustaba era enterarte de quién llamaba a la puerta. Ibas, olías y ya sabíamos que alguien estaba a punto de tocar el timbre. Efectivamente, teníamos visita. La mirabas, inspeccionabas, olías y te ibas. Luego, al rato y en función de tu estado de ánimo, volvías a ver lo que se cocía y te sentabas a los pies de la persona. La forma de saber que le dabas tu aprobado al cien por cien era que te hicieras una rosca a sus pies y te durmieras. Claro, esto en invierno hacía gracia. Pero es que había meses de verano en los que también considerabas oportuno hacerlo. Y la pobre visita se reía y te dejaba hacer.

No te gustaba cualquiera, te atraían las personas que no te molestaban, las que no te reclamaban cariño ni atenciones. Es que eras muy gatuna. Esas personas para ti merecían respeto y les hacías caso precisamente porque no te lo pedían. Como bien te digo, tenías tu carácter. Pero por eso eras especial, porque parecías una más en la casa. Y como tal, tenías tus manías, como las tenemos todos. Te encantaban las naranjas. Bueno, y por extensión, las mandarinas. Era ver que íbamos a abrir una y ya te ponías a llorar, sentadita, formal, pidiendo por favor que te diéramos un gajo. Luego lo masticabas sacándole el zumo y te lo tomabas con fruición. ¿A ti parece normal? Lo de la mojama tenía más sentido, porque se supone que originariamente tus ancestros vivían de comer pescado crudo. Pero, vamos, que mucho ancestro siberiano pero a ti lo que te gustaba era dormir acurrucada en tu mantita. Y bien que te enfadabas cuando tardaba en irme a la cama. Claro, como compartíamos habitación no te apetecía irte a dormir sola. Manías que tenías, como tenemos todos. Y venías a buscarme al salón con la misma cara del primer día, con esos ojos azul cielo, a hacerme ver que ya tocaba irse a dormir, que dejara la MTV y me fuera la habitación.

Mira que nos dabas disgustos, porque nos los dabas. Ese genio tuyo hacía que fuera complicado pasearte sin correa. Y lo que empezaba siendo una vuelta agradable al sol por los pinos solía terminar en una carrera repentina y una desaparición absoluta. ¿Cómo podías correr tanto? Queríamos pensar que siendo perro de trineo para ti correr sin un lastre era demasiado sencillo. Aquellas huídas acababan en la familia desperdigada buscándote – a pie y en coche- por distintos puntos de la ciudad hasta encontrarte. Volvías humillada, cabizbaja. Parece que cuando se te acababa la energía y dejabas de correr, parabas en seco y mirabas a tu alrededor sin tener ni la más mínima idea de dónde estabas. Y te asustabas. Aunque alguna vez volviste a casa sola, como una valiente. Todavía te recuerdo sentada en mitad de la carretera mirando fijamente a nuestro balcón, esperando que la telepatía nos avisara de que estabas ahí y que querías que bajáramos a buscarte. Y fuimos con mucha ilusión, corriendo, bajando los escalones de dos en dos.

Hay que ver lo que se te echa de menos. Lo enferma que estabas al final, la forma que tenías de llorar bajito para no molestar, lo poco que te respondían las patas. Tú, tan digna, tan orgullosa… tan humillada. La pena de decirte adiós y la mirada de dolor de todos cuando ya no estabas en casa. ¿Sabes? Yo te sigo viendo, Pasan los años y te juro que veo tu sombra, me cruzo con tu rabo peludo por el pasillo. Hay noches que me despierto y creo haberte oído ladrar. Si, pequeña, ladrabas en sueños. Ladrabas y corrías, te lo pasabas pipa. Espero que donde estés puedas ladrar y correr, y que no te pierdas mucho. Y que no se olviden de darte naranjas con mucho zumo y trocitos de mojama. Y que a nadie se le pase tu edredón, que con lo friolera que eres no podrás dormir sin él aun en las noches de verano.

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