El 3 en 1 de Brunetina

No pasa nada porque la hayan ascendido, pero a veces me pregunto: ¿se lo merece? En eso anda pensando Brunetina sentada en la terraza con el último libro de Valeria entre las manos. Lo deja sobre la mesa de forja celeste, se estira, siente la brisa que empieza a correr ahora que cae la noche. Mira cómo se esconde el sol, observa los naranjas del horizonte, las pequeñas vetas moradas. Se queda así unos minutos con la mente en blanco.

No me supone un problema, tampoco podríamos llamarlo quebradero de cabeza. Pero a veces, sólo a veces, me molesta. Porque, pensándolo bien, tampoco creo que sea merecido. O sí, pero entonces yo merecería más. Esa promoción me pilla totalmente por sorpresa, por no hablar de su sueldo o de la casa en la que vive. Y mejor no pensemos en su chico.

¿No será envidia? Un momento, que miro la definición: “Tristeza o pesar del bien ajeno”. Bueno, tampoco es que me ponga triste pensando en lo que tiene Rosa. ¿O sí? Pues a mí no me da ninguna pena que alguien que no sea yo tenga algo que no merece. Algo bueno que le cae del cielo. Si te digo la verdad, a mí lo que me da es rabia. Sí, eso es: rabia. Porque no me da la gana de resignarme y de asumir que eso que le pasa a la gente es algo caído del cielo como recompensa a sus buenas acciones. No, no y no. Eso es de película de Disney y no cuela conmigo. Y es que cuanto más lo pienso, más me mosqueo. ¿Cómo es posible que la gente tenga tanta suerte? Hay que ver lo poco que se tienen que esforzar algunos para conseguir cualquier cosa que se les pase por la cabeza. No hay más que fijarse en Mónica: ¿en qué cabeza cabe que tenga ese cuerpo? ¡Pero si no se mueve del sofá ni para ir a hacer la compra! ¡Eso es suerte y lo demás son tonterías! ¿Y cuando le tocó el gordo a sus ex-compañeros de oficina el mes siguiente a haberla despedido? Brunetina va escalando en sus pensamientos mientras anda por el salón recogiendo cosas que hay desperdigadas: libros, posavasos, tazas con restos de té, bolígrafos.

¡No me lo puedo creer! ¡Este Dani es un desastre! ¿Cómo acumula tanta porquería en la casa una sola persona? ¿Es que no se da cuenta de que vive en mi casa? ¿Es que tengo yo que hacerlo todo? ¡Estoy harta! Me tiene frita: ordenar, recoger, fregar, planchar, cocinar, hacer la compra. ¿Pero qué se ha creído? ¿Es que me toma por su criada? Y luego viene con las quejas de por qué no tengo buena cara cuando acaba el día. ¿Y qué cara quiere que tenga? No, si encima tendré que aplaudirle o darle un premio. Por ser un desastre, que eso es lo que es. ¿Desastre? Bueno, un niño malcriado que se cree que puede vivir del cuento y encima tenerme a su servicio. ¡Qué cruz!

No puede ser que cada día tenga que trabajar 10 horas, aguantar broncas y estrés… para llegar a casa y encontrarme esta pocilga. ¡Qué cansada me tiene! Porque lo de la oficina, claro, mejor no entremos en eso. Yo no creo que pueda soportar otro día más en el que me digan que tengo que entregar una traducción urgente en 72 horas. ¿No entienden que no soy una máquina? ¿No ven que eso es humanamente imposible? No, qué van a ver ellos. ¡Si no dan palo al agua! Es verlos de cháchara café en mano y ponerme de un mal humor. ¡Qué quemada estoy! Y otro paseíto, y otro saludo, y otra charla. Y mientras, otras dando el callo. Lo que yo me pregunto es cómo pueden dormir por las noches con tanto café que se toman a lo largo del día. Es que tienen que estar peor que alguien que bebe Jäger con Red Bull.

No creo que me esté sentando bien esta ira, mejor intento calmarme un poco. Mira, me tumbo en el puf y me pongo un poco de música. ¿Qué puedo oír? A ver que eche un ojo… ¡Ya está! Sinatra, que seguro que me ayuda. Bien, esto ya es otra cosa. Brunetina siente que se va calmando, nota cómo respira cada vez más lento, siente el oxígeno llegarle hasta el cerebro. Inspira, expira… cierra los ojos. Sí, la música amansa a las fieras. Y el chute de oxígeno es mano de santo, sin duda. Nota que se le destensan los músculos, se siente cada vez menos rígida, más flexible, menos agarrotada. Con la relajación se va perdiendo en el puf, resbalando un poco. Se queda descalza, se reclina. Ya tiene los ojos completamente cerrados y respira muy lento. Cree recordar que iba a hacer algo de cenar, pero… no merece la pena. Se está tan bien en el puf. ¿Y si llama para que traigan comida? No, que tendría que buscar el móvil, mirar el menú, escoger. ¿Y preparar la presentación de mañana? Bah, da igual, ya se le ocurrirá algo. ¿Y cuando venga Dani? Bueno, que da la mismo. Se está en la gloria aquí. No quiero moverme, no quiero hacer nada. Ahora es que lo único que siento es relax y… pereza. Sí, eso es. Pereza.

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