Brunetina y la lujuria

Una, dos, tres… las vueltas de las aspas del ventilador. Una, dos, tres… respiraciones profundas. Creo que si me quedo quieta, tumbada, con los ojos cerrados y respirando flojito se me alivia esta sensación de calor (eso piensa Brunetina).

Me sobran los shorts. ¿Eran más largos el año pasado? Creo que esta camiseta me está más corta de lo habitual. El ombligo… ¿se me veía el ombligo el verano pasado? Ay, el ombligo. Quién se iba a imaginar que una parte tan pequeña del cuerpo podría levantar pasiones. Todavía te recuerdo. Creo que veo tu cabeza. Te huelo el pelo, me besas el cuello. Los brazos, las piernas… siento un escalofrío. Me baja desde la nuca, me pasa por los hombros, los brazos, los muslos, los dedos de los pies. ¿Dónde estás? Te siento, no te veo. Abro los ojos. “Me encanta tu ombligo”, te oigo decir. Fijo la vista, agacho la cabeza… ahí estás, miras hacia arriba, me sonríes mientras me acaricias la barriga. “¡Qué bien hueles!”… eso es lo que alcanzo a oír mientras entorno la vista. Se me cierran los ojos. Te siento, sé que te estás alejando del ombligo. Las caderas, los muslos…siento un escalofrío de pies a cabeza.

“¡Ya está bien!”, se dice Brunetina. “No puede ser que el verano me tenga así; me voy a la piscina”. Se levanta, el suelo se le mueve bajo los pies… puede que no sea la mejor de las ideas salir a la calle. La camiseta sigue corta. Los shorts… también. ¿Cómo es posible? Siente un escalofrío…

“Ok, veamos: crema para el sol, toalla, gafas de sol, Kindle, revista de cotilleo… ¿qué me falta?”, anda relatando Brunetina por el pasillo de la azotea sin aire acondicionado en pleno julio en la ciudad. “¡El agua!”. Va corriendo a la cocina, menos mal que siempre guarda una botella helada en el congelador… abre la puerta, la encuentra, la toca. Qué fresquita, qué alivio. “Me la voy a poner un momento en la nuca, me vendrá bien”, piensa Brunetina. Se la pone, siente alivio, entorna los ojos… siente un escalofrío. “Hasta aquí podíamos llegar”, se dice indignada. “¡Me voy a la piscina!”.

Camiseta blanca, vaqueros clásicos, zapatillas deportivas… una barba de una semana, una mochila al hombro. Lleva cascos, ¿qué estará escuchando? ¿Será el típico que pierde todo el encanto al abrir la boca? Aunque, con ese porte, quién necesita nada más… De repente, un parón en seco del metro. Todo los pasajeros del vagón se miran sorprendidos. Con esa mirada de sorpresa infinita propia del ser humano cuando ocurre algo que lo saca de su ensimismamiento estival. Esos ojos vacíos de respuestas pero llenos de confusión cuando ocurre lo inesperado. Cuando un acontecimiento fortuito nos recuerda que no somos más que un punto en el universo. Que no somos inmortales, que cualquier segundo puede ser el último, que nada es para siempre, que la vida es sólo una suma de pequeñas vivencias. Que vivir es todo aquello que ocurre mientras haces planes. Que, sorprendentemente, nada ni nadie nos garantiza estar cinco minutos más habitando un mundo que no nos pertenece. Un mundo que utilizamos y despreciamos. Un mundo lleno de personas como nosotros. Personas altas, bajas, gordas, flacas, guapas, feas… atractivas. ¿Cuántas personas nos resultan atractivas a nuestro alrededor? ¿Cuántas oportunidades hemos desaprovechado pensando que teníamos más tiempo? ¿Cuántos han sido descartados pensando que merecíamos algo mejor? Cuántas caricias perdidas, cuántos besos fugaces, cuántos abrazos, cuántas cosquillas, cuántos suspiros ahogados, cuántas miradas no cruzadas, cuántos olores no aprovechados, cuántos escalofríos…

“Un momento, el barbitas me está mirando… ¿no?”, Brunetina se dice para sí en voz baja. Un suspiro ahogado. No se lo puede creer. “Ahora mismo lo cuento en el grupo de chat de mis amigas, ¡no se lo van a creer!”

“Vente al agua, te prometo que no está fría”. Eso dice Roberto. Se llamaba Roberto, por lo visto. Y no es que fuera guapo, es que tenía una voz que le hacía a una preguntarse cómo no echaban a todos los locutores de radio, las unificaban en una sola y lo dejaban a él a modo de dios todopoderoso para gusto de cualquier oyente. Y eso sin hablar de la camiseta… Metro noventa, piel morena, torso cincelado por el mismísimo Miguel Ángel. “David, ya quisieras tú”, piensa para sí Brunetina. Huele a gloria, es que lo tiene todo. Me gusta verlo salir del agua, rodear la piscina andando con parsimonia, sacudirse el agua del pelo, secarse al sol. Se estira, los brazos tersos, la espalda morena, un antojo… sí, creo que tiene un antojo. En el hombro. Parece un corazoncito… mira que soy ñoña a veces.

Uno, dos, tres… besos. “Quién me lo iba a decir a mí, hay que ver lo que da de sí la piscina”, Brunetina contiene una sonrisa. Uno, dos, tres… besos en el ombligo. Fijo la vista, agacho la cabeza… ahí estás, miras hacia arriba, me sonríes mientras me acaricias la barriga. Se me cierran los ojos. Te siento, sé que te estás alejando del ombligo. Las caderas, los muslos…siento un escalofrío de pies a cabeza.

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