ADICCIONES

Hay quien es adicto a diferentes sustancias no legales, a aquellas de las que se habla en las noticias (los medios, que se suele decir ahora). A todo aquello que relacionamos con fin de semana, noche, fiesta, descontrol, juventud, despreocupación, desenfreno. Y que se suele justificar con un “carpe diem” o “si sé cuándo parar”. Y si bien esas sustancias tienen mala prensa, hay otras de curso legal que también nos causan estragos: el tabaco, el café, el alcohol, la cafeína. Hasta de las patatas fritas de bolsa se dice que tienen ingtredientes secretos para hacerlas adictivas.

Y, sin embargo (sin embargo, te quiero – que diría Sabina), la mayor de nuestras adicciones es el móvil. Ese pequeño apéndice, esa prolongación de tus manos. Ese dispositivo que contiene tu vida en tan poco espacio. Le depositamos tal grado de confianza que nos sirve de memoria, de guía espiritual, de brújula y de conexión con el mundo exterior. En él tenemos fotos, recuerdos, contactos, aplicaciones de música, de planos, de ciclos, de salud, de comida a domicilio, de compras online, de ofertas, de promociones, redes sociales, retoques digitales, filtros, calendarios, recordatorios… Es el cerebro que reposa en nuestras manos. Es el que buscamos cuando creemos que hemos perdido el bolso, por el que se nos para el corazón cuando creemos que no está en el bolsillo. Es aquel por el que nos tiramos al suelo para salvarlo de un golpe que podría ser letal.

Nos hemos acostumbrado tanto a él que dejamos que piense por nosotros, que nos haga la vida más fácil. Así que le dejamos que nos avise de eventos o de cumpleaños. Le pedimos ayuda cuando tenemos que ir a un punto, que nos diga la ruta, la forma de llegar, el tiempo que nos llevará. Tiramos de él cuando no tenemos ganas de cocinar y queremos ver lo que nos ofrecen a domicilio. Le hacemos caso cuando nos dice que va a llover o que suben las temperaturas. Dejamos que nos recomiende música que oír camino del trabajo o vídeos para amenizar viajes en tren. Esperamos que nos ayude a embellecer una foto que ha salido sólo regular, confiamos en que tenga nuestros billetes de avión cuando nos vamos de viaje. Tiene tantas fotos de tantos momentos, tantos recuerdos. Hay dentro tantas charlas con amigos, conocidos, familia. Tantos momentos impagables, irreemplazables, inolvidables.

Y, de repente, un día: se apaga. La pantalla se pone en negro y esa prolongación de tu cuerpo no es capaz de volver a encenderse. Y, como condenado a muerte, ves pasar tu vida delante de tus ojos como si fueran fotogramas de una película. Y, dentro del shock, no quieres creerte lo que está ocurriendo. En pocos segundos imaginas todos los escenarios en los que este problema tiene solución – puede que se haya quedado sin batería, seguro que se arregla cargándolo, fijo que ha sido un reinicio automático, si no se puede romper, si a mí esto no me puede pasar… Pero me está pasando. ¿Qué hago? ¡Tengo toda mi vida ahí! ¡No puede ser! ¡No puedo respirar!

Te sudan las manos, se te acelera el pulso, te cuesta respirar… estás viviendo tu peor pesadilla. Lo que suele pasarle a otra gente y siempre piensas: me pasa eso a mí y no vivo para contarlo. Pero vas a tener que hacerlo, porque ese dispositivo no parece querer volver del viaje sin retorno y te toca buscar soluciones. Pruebas primero a reanimarlo de varias maneras, aunque eso no funciona. Y pasas al plan B: buscar un teléfono antiguo que sustituya al que se ha ido a dormir sin decir adiós. Y, mientras lo buscas, piensas en cómo vas a poder hacer para vivir tu día a día sin algo con lo que ni eres capaz de levantarte por las mañanas. Y piensas lo fácil que era todo de niña, las ganas que te entran de no ser adulta, de poner hacerte una bola bajo el edredón y dejar que te lo resuelvan todo tus padres. Lo que se añora ser una niña de colegio cuando la vida te pone a prueba y espera de ti que seas una persona madura y responsable que resuelve sus propios problemas. Qué duro es el mundo de los adultos.

Cuando entregas su cadáver en la tienda y se lo amortajan y lo mandan a la morgue… Se te queda una sensación de vacío inesperada. No podías suponer que sentirías algo así por un simple teléfono. Pero es que no es sólo eso: es tu memoria externa, es tu mejor amigo, es tu Sancho Panza. Y a ver quién hace el camino sin él a tu lado, no va a ser igual. Y, según te pones las gafas de sol para afrontar la mañana cual zombi que no ha pegado ojo por un artilugio eléctrico, te dices: siempre se van los mejores. Y emprendes tu camino sola, a pasos cortos, con la certeza de que mañana será mejor. Que lo que no te mata te hace más fuerte. Que no hay mal que por bien no venga. Declaras día de luto oficial. I will survive.

 

BRUNETINA Y LA LECHE

Parece una de esas cosas sin importancia, o con no demasiada, sobre todo teniendo en cuenta que es un alimento que tomas desde bebé y al que se le presta poca atención. Es cierto que últimamente se le hace caso para tacharlo de las dietas, para tomarlo desnatado o para culparlo de kilos de más (que probablemente hayamos ganado gracias al sedentarismo). Se deja de tomar porque los japoneses no la toman, porque somos intolerantes, porque no nos aporta nada, porque nuestro cuerpo no se lleva con la lactosa. Ha quedado escondido en el frigo, se ha sacado de la lista de la compra semanal o mensual, se ha dejado de pensar en él salvo como complemento del café o culpable de tantos males. Ya no es el alimento que una vez fue.

La leche, si, eso. No nos paramos a hacerle mucho caso porque siempre ha estado ahí, como es primo lejano del que no te acuerdas salvo cuando ya lleva 3 días en casa y empieza a oler (como el pescado, ya se sabe lo que pasa con las visitas), sobre todo cuando te das cuenta de que no hace más que tomarse tu Cola Cao cada mañana. Pero lleva contigo toda la vida y no se lo valoras. De bebé tomabas la de tu madre, que te protegía de todas las enfermedades y te hacía fuerte y sano. Puede que hasta la tomaras en polvo, en lugar de la materna o para complementarla. Pero la tomabas en varios formatos casi seguro. Y ya de niño te daban tus batidos de frutas con ella o te ponían tus galletas en la merienda con tu vaso de leche. La tenías tan a mano como el agua del grifo, nunca pensaste que fuera a dejar de estar ahí. O que un día no la toleraras o tuvieras que preocuparte de si debías tomarla sin su nata por aquello de la salud, la línea, la dieta o la moda del momento que corresponda. Por alguna de esas cosas que te ocurren de adulto y que de niño ni sabes que existen.

Pero es que Brunetina se acuerda perfectamente de la leche que tomaba de niña y la echa de menos como las flores al sol en un domingo negro de invierno de temporal insufrible. La echa de menos como la enamorada a su amado cuando se va a dormir sabiendo que él está a muchos kilómetros y su cama de dos parece que sea de 10, de lo amplia y fría que se siente en su ausencia. Como el niño a su camión de juguete preferido cuando se le rompe y se lo tiran y le intentan dar un videojuego de consolación para distraerlo. Como la niña a su padre cuando él llega tarde a recogerla del cole y ella espera pacientemente en las escaleras con su mochilita rosa en el suelo, a sus pies. Como el perro a su amo cuando dan las 8 de la tarde y aún no ha llegado a casa, y lo lleva esperando todo el día solo, aburrido, abandonado, triste.

La leche de ahora le parece agua. Y la culpa la tiene la leche inglesa. A los cuatro años aprendió los sabores, que antes era demasiado pequeña como para percibir o distinguir en exceso. Y se crió tomando vasos de leche gigantes. Ese vaso con leche helada, entera, fresca. Eso es: era leche fresca, de la que el lechero dejaba en la puerta cada madrugada. De la que también se podía comprar en el supermercado en pintas o medias pintas. De la que tenía una fecha de caducidad muy corta – prueba de que no tenía esa cantidad de aditivos y procesos que la hacían algo insípido y aburrido. Era una leche que casi se podía tomar con cuchillo y tenedor, y le sabía a gloria bendita. Quizás estuviera más cerca de la mantequilla que de la misma leche, pero eso no importaba. Lo mejor era tomarla bien fría y de tragos en los que luego podía sentir en la lengua ese sabor único. Con galletas o un sándwich salado de atún. Para desayunar o merendar o como complemento a la cena justo antes de dormir. Leche fresca, entera, sin desnatar, sin quitarle la gracia, sin dejarla sosa.

Por eso la de ahora no puede tomarla: porque en España no existe esa leche. Sí, bueno, alguna refrigerada hay… pero no se parece ni por asomo, ya lo ha intentado Brunetina más de dos y de tres veces – sin éxito todas ellas. Y es una pena, porque no puede tomar leche. Y tiene que explicar casi cada vez el por qué no la toma: todos piensan que es intolerante o que no quiere engordar. Y no, lo que le pasa a ella es es que no tolera las cosas sin sabor y un vaso de agua blanca no le resulta atractivo. Ay, lo que daría Brunetina por media pinta de leche fría en estos momentos.

 

LUCES Y SOMBRAS

Qué complicados somos y qué poco lo sabemos. Cuánto nos gusta pensar que somos gente sencilla, cercana, simpática, fácil de conocer. Y qué pocas ganas tenemos de darnos cuenta de que no llevamos razón en absoluto. Nos equivocamos de cabo a rabo.

Estamos tan convencidos de que somos buenas personas, cariñosas, adorables, que se preocupan por los demás y se desviven por ellos, que olvidamos la realidad: nadie nos conoce, ni siquiera nosotros mismos. Y tenemos días en los que estar a nuestro lado es un verdadero placer: somos atentos, cercanos, serviciales y educados. Pero también existen los días en los que quien tenga que aguantarnos merece un premio a la mayor de las paciencias – seremos antipáticos, estaremos serios, contestaremos poco y mal, no estaremos de acuerdo con nada y querremos a la vez que nos dejen y nos hagan caso. Querremos que nos lean la mente, en definitiva.

Luces y sombras – eso es lo que nos define. Porque las personas no somos libros abiertos sino cuadros impresionistas de Monet con pequeños trazos que de cerca nos marean, pero de lejos nos enseñan un paisaje precioso. Porque somos bellos, nuestros pequeños defectos nos hacen únicos y especiales. Nuestras manías nos convierten en quienes somos y nos distinguen de los demás. Porque no somos planos, páginas con pocas letras – somos complejos, inconstantes, inaccesibles, herméticos, distantes, defectuosos.

Somos frágiles. Tenemos miedo de que el mundo que nos rodea no nos acepte porque nuestra autoestima es tan baja que nos impide entender que alguien pueda querernos con todas estas manías, todos estos defectos, estas taras, esos esqueletos que llevamos escondidos en el armario. Porque ya no somos niños, porque la vida ha hecho lo que ha querido con nosotros y porque hemos dado tanto tantas veces recibiendo nada a cambio o, lo que es peor, recibiendo insultos, patadas, desprecio. Recibiendo indiferencia cuando regalábamos amor. Y eso nos fue arañando el alma, encogiendo el amor propio. Cada ataque externo nos dejó una marca dentro, una marca que se une a otras, a otras y a otras más. Y que nos recuerda que no está en nuestra mano controlar cómo se comportan los demás. Y que, muchas veces, por mucho amor que demos… la persona al otro lado puede no tener absolutamente ningún interés por ver nuestros esfuerzos y el tiempo que le dedicamos.

Y nuestra fragilidad se convierte en cinismo. Porque perdemos, poco a poco, la fe en el ser humano y nos cuesta creer que haya personas puras de corazón, semejantes dispuestos a apoyarnos, a ayudarnos, a sentarse para mirarnos con ternura y darnos la mano. Nuestra mente de niño está enterrada bajo años de realidad desagradable y nos impide creer en los demás. Y nos hacemos duros, por fuera, y fingimos indiferencia, dureza. Hacemos comentarios crueles porque por dentro sufrimos, porque tenemos miedo de hacer el ridículo, porque preferimos atacar primero a ser sensibles y que todo se vuelva en nuestra contra. Porque tenemos miedo de sentir.

El cinismo nos lleva a actitudes impostadas, a personalidades fingidas que nos colocamos como el que se pone una chaqueta para protegerse del frío. Tenemos tanto miedo que no somos capaces de mostrar nuestra cara amable al mundo y salimos a la calle con coraza, con muchas capas, con muchas mentiras que ni nosotros mismos nos creemos. Y no queremos ver que nadie puede ayudarnos así, que no se nos ve la cara amable y que a los demás les va a costar mucho trabajo tendernos la mano, pararse a mirarnos a los ojos y ver lo hay que en nuestra alma.

Pero a veces hay personas que te paran, se cruzan en tu camino y te miran fijamente a los ojos. Y te ven, ven toda tu lucha interior y la entienden. Y te dan un abrazo, de esos que duran un poco más de lo normal, de esos que no son por compromiso. De esos que te hacen sentirte querido, valorado. De los que hacen que la coraza se rompa en mil pedazos y puedas sacar fuera lo que te ocurre, lo que te preocupa, lo que te está haciendo que lleves toda la semana ladrando a cualquiera que se te acerque. Y empiezas tu proceso de curación, te pones cara a cara con tus sombras y les dices que no tienes miedo, que no vas a dejar de quererte porque el camino se haya vuelto tortuoso, que vendrán días mejores en los que estas lágrimas sean sólo el recuerdo de un mal sueño.

Y esa persona te habrá demostrado que te quiere por tus luces y tus sombras, que tu fragilidad no es algo malo, que eres simplemente humano y necesitas cariño. Que nadie puede avanzar en este camino sin ayuda de otros y que muchas manos que se tienden en tu camino lo hacen para ayudarte, no para utilizarte ni ningunearte.

Entenderás que eres difícil pero que merece la pena dedicar todo el tiempo del mundo a quererte, a desenredar los nudos que llevas años creando dentro de ti. Al fin te verás a través de sus ojos y comprenderás lo que es el amor.

BRUNETINA Y LOS RECUERDOS

Me acuerdo del día en el que me monté en el coche para irme a Gales.

Me acuerdo del viaje de ida hablando un idioma ficticio.

Me acuerdo de mi primer viaje en Ferry, y de los delfines en alta mar.

Me acuerdo de los viajes eternos a Almería.

Me acuerdo de los pelos de Tara cuando abríamos las ventanas en el coche.

Me acuerdo del azulejo que nos decía que habíamos llegado a Almería y de cantar (siempre, sin excepción) “un inmenso coral es tu hermosa bahía”.

Me acuerdo de olor a Nenuco en el coche y del peine que salía del bolso de mi madre para ponernos guapos llegando a la calle San Juan Bosco.

Me acuerdo de mi abuela llorando en la ventana – a moco tendido.

Me acuerdo de Tara a dos patas mirando la vida pasar en Almería.

Me acuerdo del pobre Trueno, que se ponía de color gris nada más llegar.

Me acuerdo de un señor mayor con un trapo de cocina al hombro y preparando café en cafetera italiana (señor que, por cierto, me daba bastante miedo).

Me acuerdo de la caja de los cuentos que tenía mi abuela, y de cómo me llevaba a por ellos a escondidas… como si fuera a enseñarme un tesoro (lo era, de hecho).

Me acuerdo de cómo me llamaba La Ratita Presumida.

Me acuerdo de todas las muñecas, sobre todo una que tenía morena, de pelo largo, con las manos en alto sujetando un velo de gasa en tonos rojos.

Me acuerdo de mi hermano persiguiendo a mi abuela en silencio, esperando que le diera dinero para ir al cine.

Me acuerdo de cómo todas las pelis se estrenaban en Almería mucho antes que en El Puerto.

Me acuerdo de la mesa de pimpón y de los sudores de los que jugaban.

Me acuerdo del arroz con leche, y de la rabia que me daba que no me gustaran los dulces.

Me acuerdo del bacalao con tomate, de las patatitas redondas crujientes por fuera y cocidas por dentro.

Me acuerdo de Mario y Rosa, de Holly, de Picasso.

Me acuerdo de los perros del vecino, que se colaban en nuestro jardín para jugar con nosotros.

Me acuerdo de los parques, de lo verde, de lo bien que olía siempre.

Me acuerdo de ser la única que sabía escribir con letras unidas y de que me sacaran a la pizarra a demostrarlo.

Me acuerdo del temor a la vuelta, de querer seguir en Cardiff y volver a El Puerto sólo en vacaciones.

Me acuerdo de cruzarnos España para volver a la feria.

Me acuerdo de Elsa, de Paloma, de Zorayda… de estar todas juntas planeando tonterías.

Me acuerdo de los cumpleaños masivos, de la piñata, de no coger ni una cosa.

Me acuerdo de ser la nueva, la diferente, la guiri (y de no querer serlo).

Me acuerdo de irme al cuarto a jugar cuando ponían “V” porque me daba pesadillas si veía la serie.

Me acuerdo de llorar siempre que veía “Autopista hacia el cielo”.

Me acuerdo de acostarme siempre pensando en levantarme mayor, porque sólo me rodeaba gente de más edad y quería ser como ellos.

Me acuerdo de la micro cámara de fotos con las que hice las peores fotos de la historia.

Me acuerdo de pillarme dos dedos con el capó del coche (por torpe) y de perder ambas uñas, y de molestar a todos retransmitiendo cada paso del proceso.

Me acuerdo de la piscina, de las clases de natación, de ver a los mayores jugando a las cartas, de Marco Polo, del trampolín, de las volteretas hacia ambos lados, de bucear y que te escocieran los ojos si se habían pasado con el cloro.

Me acuerdo de mi tía echándome demasiada crema para el sol y sentirme como un pescado, que si te intentan agarrar, te escapas de entre las manos de quien sea.

Me acuerdo de que me dijeran “di algo en inglés, anda”.

Me acuerdo de Ben, que me parecía el más guapo del mundo.

Me acuerdo del fantasma de la casa y de que Blacky no quería subir a la otra planta porque ella también tenía miedo.

Me acuerdo de Blacky, de Manolito, de Currito.

Me acuerdo de unos ratones blancos en una jaula en la bañera del cuarto izquierda.

Me acuerdo de la alegría de tener al fin cuarto propio.

Me acuerdo del sonido de la campana del recreo y de los gritos de los niños más pequeños.

Me acuerdo de los pinos, cuando no eran asfalto y bancos.

Me acuerdo de la resina en las manos cuando intentaba, torpemente, subir a los árboles.

Me acuerdo de tener siempre heridas en las rodillas.

Me acuerdo de posar en todas las fotos y de preocuparme mucho por si salía guapa.

Me acuerdo de mi melena larguísima y brillante.

Me acuerdo de mis sandalias rosas, que yo creía que tenían tacón.

Me acuerdo del patinete.

Me acuerdo de tantas cosas…

 

LA POCILGA

Cómo olvidar a Clint Eastwood entrando en el saloon tras ver el cadáver de su amigo y diciendo: “Who owns this shithole?” (¿quién es el dueño de esta pocilga?). Hay frases de película que no se olvidan, hay fotogramas que permanecen en la memoria para siempre.

Y es que el cine te transporta a otro lugar, te permite vivir otra realidad y olvidarte de lo que te rodea durante varias horas. Cómo no sucumbir a ese billete a otro mundo, a otras vidas, a otras mentes, a otros cuerpos. Ese mundo que no es el tuyo, que no puede serlo. Un mundo en el que nada de lo que ocurre puede afectarte en exceso. En el que los dramas se acaban cuando se encienden las luces, en el que las muertes no son reales, en el que los amores siempre acaban bien… y que aun cuando acaban mal, no te deben afectar en exceso porque cuando pongas el primer pie en la calle todo eso ha quedado atrás. Todo ese mundo irreal se queda dentro de la sala, en la butaca, en el reposabrazos al que te agarrabas cuando no podías creer lo que le estaba pasando al protagonista.

Las películas tienen el poder de hacerte entrar en otra realidad y formar parte de ella durante unos minutos. Todo queda aparcado cuando entras en la sala: el trabajo, tu ruptura, la lavadora que tienes que poner, la entrega a la que no llegas, la cita con el dentista, las facturas, la multa que te va a llegar por pasarte de velocidad para llegar a esa cena con tus amigas, la gotera del baño que no vienen a arreglar los del seguro. Cualquier circunstancia que te preocupe o presione o frustre pasa al cajón del olvido cuando el acomodador te indica tu butaca. Y es algo que te ocurre sobre todo en la sala. Puedes ver películas en casa y quedarte absorto, pero el proceso de ir a un sitio concreto a disfrutar del visionado le añade un plus de hermetismo: todo lo que ocurra en ese lugar tiene única y exclusivamente que ver con la película; no es el salón donde ayer tuviste que recoger el pipí que se había hecho tu perro, o donde recibiste la llamada con malas noticias ayer justo cuando te ibas a la cama. Es un lugar neutro dedicado al disfrute de la emisión.

El proceso empieza antes de salir de casa, porque tienes que decidir lo que ponerte. Dependerá mucho de con quién hayas quedado – puede que escojas tus mejores galas o algo más cómodo, de diario. Y por el camino irás anticipando la ilusión del encuentro con tu sala preferida. Una vez que llegues podrás saber que estás en buenas manos por el olor a palomitas y el ruido de la gente expectante. Irás hacia tu sala, entrada en mano, con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Te gustará esta vez? ¿Le darás la razón a los críticos? ¿Será el final que esperas? ¿Estará guapo tu actor favorito?

Te sientas, colocas las cosas, te acomodas, miras que el móvil esté en silencio. Palomitas, refresco, asiento mullidito… lo tienes todo. Sólo esperas que no se siente alguien delante que te tape media pantalla (no, por favor, no esta vez). Y… se apagan las luces. ¡Bien! Ves perfectamente la pantalla, te hundes un poco en el asiento, te preparas para ver los tráilers que te vayan preparando para la película, que te hagan ir desconectando de todo lo que has dejado aparcado fuera. Se tes escapa un pequeño suspiro y te quedas mirando fijamente la pantalla.

Fotogramas, colores, sonidos, música, paisaje… historias, en definitiva. Algunas no tienen nada que ver con tu vida y, aún así, la película consigue que te mimetices con los personajes, que empatices con ellos, que sientas lo que ellos sienten y que te afecte como si te estuviera ocurriendo a ti. Si es algo que te ha pasado, en mayor o menor medida, tardarás aún menos en meterte de lleno en lo que estás viendo. Ya tendrás ideas preconcebidas de cómo se sienten los personajes y lo vivirás con mayor intensidad, teniendo un debate interno sobre si tú actuaste igual o sobre si deberían ellos comportarse de otra manera. Eres parte de la trama, te llega lo que está ocurriendo. Y tanto lo vives, tanto lo sientes, tanto lo palpas; que se convierte en un proceso catártico. Ríes, lloras, aplaudes, te entusiasmas. Te dejas la piel por ellos, porque te han cogido suavemente de la mano y te han llevado a un mundo en el que puedes sentir cualquier cosa, puedes vivirla con toda la intensidad que necesites y salir airosa.

Se encienden las luces y estás en tu butaca, parpadeando, sin saber muy bien cómo poner palabras a lo que has vivido. Porque muchas veces los sentimientos apenas tienen palabras, cuesta elaborar frases que los definan como se merecen. Y miras alrededor para ver las caras de los demás y saber si lo han vivido como tú. Y piensas: qué bonito es el cine, cuánto nos permite sentir sin movernos de esta sala. Qué pena que sólo pensemos en ello cuando cierra nuestra sala favorita – aquella en la que vimos tantos taquillazos de niños, aquella que nos enseñó a soñar. La que nos convirtió en quienes hoy somos.

 

BRUNETINA Y EL GRAVY

Parece que fue ayer, la verdad. Sobre todo porque, como suele ocurrir con muchos olores, ese sabor no se olvida con facilidad. De hecho, si Brunetina cierra los ojos, es capaz de recordar el olor, el sabor y hasta la textura del gravy.

Hace muchos años de esto, sí, pero el tiempo es relativo… Bueno, lo es nuestra percepción del mismo – una hora dura una hora, otra cosa es que haya minutos que se nos hagan horas (ese mirar cada instante el reloj del móvil y ver que sólo han pasado un par de minutos, ese querer detener el tiempo cuando se está en buena compañía y ver que se nos escapa como arena entre los dedos). Que nos desviamos, al tema que nos atañe: el gravy. Esa salsa de carne y verduras que tomaba de pequeña como si de oro líquido se tratara. Y quizás, probada de adulta, no le habría hecho ni pizca de gracia… Pero es lo que tiene la infancia – que todo lo magnifica y hace que la comida sea un recordatorio de un estado de ánimo, que un sabor agradable sepa a sonrisa, que una comida con tus amiguitas sea un momento único e irrepetible que te deje un sabor de algodón de azúcar en la boca.

Es la hora del lunch y hay que ir hacia el comedor escolar. Brunetina va con su amiga, Rachel (ya la conocéis), de la mano, con ese andar típico de las niñas – que más que andar es dar saltos de duendecillo. Contentas, sonrientes, de la mano, felices. Y, según se van acercando a ese comedor enorme lleno de mesas, con unas pequeñas escaleras para acceder y una ventana lateral por la que se llega a la comida, ya lo nota. Lo huele, lo percibe, lo siente… y se pone tan contenta que da palmaditas con las manos. ¡Hay gravy! Ya ves, qué cosa tan tonta. Y ese alimento tan British, tan del Reino Unido, tan ajeno a la cultura española… a ella la hace feliz. Casi seguro que es porque es algo que relaciona con ir a comer con sus amigas, pero la cuestión es que le encanta. No se puede decir que sea difícil contentarla.

Es de color marrón, o canela. La textura es un tanto líquida, aunque espesa. Y huele a… quizás algo similar a las pastillas de caldo de Avecrem (aunque puede que sea un olor más intenso). Se la ponían por encima al puré de patatas que acompañaba a los guisantes y la carne. Brunetina, la carne, como que no puede decir que sea su comida preferida. Salvo contadas excepciones, suele preferir el pescado. Pero, a lo que iba, que la salsa iba con el puré de patatas y aquello sabía tan bien que intentaba comerlo muy lento para que le durara. Arriesgaba, quizás, que la seño le preguntara si no le gustaba y le metiera prisa… Pero no importaba en absoluto: los placeres se disfrutan mejor con pausa, con calma, poco a poco, sin que le vengan a una metiendo prisa estropeando el momento. Y tomaba pequeñas porciones con el tenedor: pincha, rebaña, escurre y a la boca. Cierra un poco los ojos, sube la lengua al cielo de la boca, deja que el sabor inunde las papilas gustativas. ¡Aaaaaah, qué rico! Unos segundos antes de coger otro poco, vamos a disfrutar del sabor en la punta de la lengua un poco más. ¿Por qué nos lavamos los dientes tan rápido al acabar de comer? Es una pena, porque solemos dejar para el final el bocado perfecto, el que tiene un poco de todos los sabores del plato, el que hemos reservado como remate de una comida perfecta. Y lo único que se nos ocurre, tras eso, es salir corriendo a por una pasta de menta que nos borre esa memoria. Una pena que vayamos con tanta prisa en este mundo moderno, ni tiempo de saborear la comida tenemos.

A Brunetina es que la comida siempre le ha parecido algo muy serio – desde pequeña. Y cuando va por Inglaterra y le viene ese olor como dulzón, a guiso, a puré de patatas… Cierra los ojos, aspira y siente el gravy sobre la lengua. Está sentada en esa sillita minúscula del comedor escolar, tiene 5 años, su amiga Rachel está a su lado y Miss Head comprueba que no le falte de nada. Sólo con eso ya se siente como en casa. Es que, de hecho, está en casa. En su segunda casa. Porque Brunetina es galesa y andaluza – lo mejor de cada sitio.

Por eso quiere aprovechar para felicitaros San Valentín y recordaros que es un momento ideal para celebrar – amistad, amor, matrimonio, amor fraternal… lo que sea. Coge a esa persona y vete a cenar algo rico porque es algo serio la comida. Muy serio.

 

NO QUIERO

Me niego, mi cabeza no lo asume, mi cuerpo lo rechaza… todo mi ser se opone a esto. Y no hay nada que pueda hacer al respecto. No es algo que esté en mis manos resolver. ¿Cómo es eso que dicen? Suelen recomendar los psicólogos, a las personas en épocas de estrés, que cojan papel y lápiz y hagan una lista. Deben anotar todo lo que les preocupa. Una vez hecho esto, tienen que separar esos problemas en dos grupos: los que tiene solución, y los que no la tienen. Para aquellos que parece que tengan remedio, debemos planear la estrategia y ponernos manos a la obra. Para los que quedan sin solución posible, te dicen que debes aprender a vivir con ellos, adaptarte, resignarte, saber que en la vida siempre habrá circunstancias que no puedas controlar que te harán daño, pero sólo tanto como tú se lo permitas. Tienes que hacerte fuerte, doblarte pero no romperte. Be water, my friend. O, como decía la tía Casilda: “si tiene solución, de qué lloras; y si no tiene solución, pa qué lloras”.

Pero no quiero. Resulta que no me da la gana. Y lo he intentado, que no parezca que no he puesto de mi parte. Pero es que en este caso hay poco o mal remedio. ¿Sabes lo que me pasó ayer? Que estaba pensando en el próximo post que iba a escribir, y me dije: “se me ha olvidado preguntarle si le está gustando el blog últimamente”. Y, de repente, como un fogonazo, caí en la cuenta. No estás, no has podido leer nada, no conociste mi web. Sencillamente porque la creé cuando ya te habías ido. Nos dejaste un lunes 25 de abril y publiqué mi primera entrada un lunes 20 de junio. Dos meses necesité, ocho semanas me hicieron falta para poder asumir tu pérdida, tu abandono, tu ida sin vuelta. Y ese domingo previo a la escritura recuerdo perfectamente que abrí los ojos, vi el sol entrar por la ventana… y supe que tenía que hacer algo. Que ya no podía tener más tiempo este dolor en el pecho, este malestar en las yemas de las manos, este nudo en la garganta. Que de nada servía llorar cada vez que cogía el teléfono pensando en llamarte. Que no había remedio ni consuelo – que esto no tenía vuelta atrás. Y lo único que se me ocurrió para poder ahogar las penas fue crear una web, en tu honor, y dedicarte la primera publicación. Porque las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito permanece. Y yo quería que tu existencia no se fuera con un golpe de levante, que tu esencia no se olvidara, que tu paso por este mundo tan perro no cayera en el olvido. Y escribí, me senté delante del portátil lleno de pegatinas de colores y le di a la tecla. Y salió todo rápido, fácil, fluido – aunque tenía que levantarme cada dos o tres frases a lavarme la cara y sonarme los mocos. Si me pagaran por llorar, podría navegar en una piscina de dinero, como el tío Gilito. Que, por cierto, de llorona ibas tú también servida – no te me hagas ahora la digna. Cuando arrancabas con la lágrima te hartabas – se ve que lo llevo en la sangre.

Me vino bien, me suavizó la pérdida. Y pude ir publicando otras cosas, menos serias, o a veces hasta graciosas. Me dediqué a mirar lo que escribía como el que ve crecer una planta: con calma, paciencia, amor y asombro. Y tuve mis entradas mejores y peores – como imagino que debe ser. Pero no importaba, porque era mi intento de crear arte nacido del dolor. Era mi amago de sacar algo bueno de algo malo. Y tanto he escrito, tanto he andado, tanto tiempo ha pasado… que se me había olvidado que lo hice para ti y que nunca pudiste verlo. Tanto me he enfrascado en mis propios pensamientos – los que me tenían que salvar de tu pérdida – que he conseguido no llorarte a todas horas. Aunque hay días, como hoy, en los que no quiero verlo de color de rosas ni tirar de frases manidas de autoayuda. No me apetece fingir que sonrío pensando en ti, porque hoy no he sonreído… se me ha encogido el corazón y he sentido un puñal que me atraviesa el pecho.

Por eso hoy, y solo hoy, no me viene en gana asumir que te has ido. Ni pintarme una sonrisa en la cara, ni decir que estoy entera. Hoy me dueles y no pienso fingir. No voy a bailar en tu honor ni a reírme pensando en una de tus anécdotas absurdas. No me apetece hacer de tripas corazón. No quiero.

BRUNETINA Y EL COLE

Puede que nos pase a todos, que recordamos lo que nos ocurría de niños con las proporciones incorrectas: todo en nuestra mente se graba ampliado, de grandes dimensiones, como si nos hubiéramos tomado una galleta de las que hacían encoger a Alicia en su país surrealista y fuéramos personas muy pequeñas en espacios enormes. Como si fuera un sueño en lugar de un recuerdo – aunque quizás los recuerdos se graben en la mente de la misma manera que lo hacen los sueños, mezclando partes de realidad con pequeñas dosis de imaginación.

Cuando Brunetina se pone a recordar su colegio de St Cadoc’s, en Cardiff, se le antoja gigante. El edificio tiene pasillos anchos, amplios, con percheros muy altos donde colgar los minúsculos abrigos y las diminutas mochilas con el lunch del día. El patio del colegio, que rodea el edificio, existe en sus recuerdos como una explanada que no tiene fin, donde se entremezclan jardines y asfalto, donde se puede correr, saltar a la comba, jugar al escondite, hacer carreras de sacos.

Por cierto, ahora que lo piensa, solía haber un concurso por parejas de distintas disciplinas. Nada especialmente elaborado, algo propio para entretener a los niños y darle una oportunidad a los padres de ver a sus hijos en acción, de conocer a sus amigos, de vivir con ellos cómo ganan una medalla o diploma. Su mejor amiga, Rachel (la piojosa, tema que ahora no hace al caso, pero que más adelante entenderemos), fue su compañera en una de las carreras. Consistía en correr por parejas unidos por el tobillo con un lazo. Requería de una gran coordinación, ya que podías usar sin problema una pierna, pero la otra dependía de que tu amiga quisiera y pudiera avanzar a la vez que tú. Daba para reírse, porque en la mayoría de los casos se acababa pisoteada y haciendo la croqueta por el suelo. Inevitable, sin duda.  Algo que iba acompañado de otra carrera de huevos, con una cuchara en la boca y un huevo n equilibrio sobre ella, que no podía caerse hasta que llegaran a la meta. Pero les dieron un diploma, a Brunetina y a su amiga Rachel, así que tan mal no lo harían.

Ya, que por qué era la piojosa. Pues ocurrió que un día, en casa, la madre de Brunetina descubrió que… su preciosa melena estaba habitada por unos minúsculos bichos que le hacían rascarse a todas horas. Y, curiosamente, la seño le explicó a su padre que Brunetina se había hecho la mejor amiga de una de las niñas de la clase que tenía fama por tener piojos. Brunetina anunciando ya desde una temprana edad su gran ojo para escoger amistades, algo que la perseguirá toda su vida.

Aunque había más niñas en la clase aparte de Rachel, y muchas que se interesaban por Brunetina – al fin y al cabo era la nueva, la guiri (irónico), la sensación en el cole. Y todas querían ser sus amigas, aunque Brunetina, la pobre, al principio no podía enterarse de gran cosa en ese idioma ajeno. Pronto descubrió que lo que ella inventaba en el coche camino de Gales poco tenía que ver con el inglés – primera lección vital que le enseño que no era tan lista como se creía. Pero sus compis se lo intentaban poner fácil y la incluían en todos los juegos. Como ese recreo en el que estaban plenamente convencidas de que si cogían un cristal del suelo podrían usarlo para hacerle a Brunetina agujeros en las orejas. Menos mal que eso nunca ocurrió, habríais sido muy interesante explicarle a sus padres qué teñía en la cabeza cuando decidió cortarse con un cristal recogido del suelo. Y no, Brunetina no tenía pendientes (eso es digno de un post en sí mismo, pero dejémoslo en que no le quisieron imponer eso de bebé, sino dejar que ella decidiera por su misma de adulta si le interesaba agujerearse las orejas para llevar ese complemento).

Si cierra los ojos y se concentra, Brunetina puede oler el comedor, el gravy que acompañaba al puré de patatas con guisantes. Quizás para una mente española eso sea´, como poco, desagradable. Pero su mente lo tiene como un recuerdo positivo y es un olor que entra en la categoría de los que le abren el apetito y le hacen sentirse como en casa. Y puede sentir también el frío saliendo al patio, la sensación de que se le congelaban los huesos con la humedad en las mañanas más frías, y lo que le fascinaba ver los charcos helados – se acercaba a ellos, los pisaba con cuidado, los observaba maravillada.

Y es que los recuerdos del cole no se olvidan, y hasta se magnifican. Se graban en la mente y se convierten en vivencias lejanas positivas, que siempre consiguen arrancarte una sonrisa en los días grises, cuando te tumbas a mirar por la ventana y ver la vida pasar.

 

ÚNICOS

El ser humano es el único animal capaz de sufrir sólo imaginando un escenario adverso, de dolor, de pérdida, de ausencia. Ese perro al que tanto cariño le tienes y que humanizas poniéndole ropa no puede hacerlo. Ese gato del que dices que es tan inteligente y al que tratas como si la casa fuera suya en lugar de tuya es incapaz de ello. Esa boa, hámster, cobaya, pez, tarántula, canario, ardilla… Di el animal de compañía que te plazca: podrás seguir pensando que es una persona, que es tu mejor amigo, que te entiende como nadie. Podrás vestirlo, abrazarlo, quererlo más que a tu propia vida. Podrás venerarlo; pero es incapaz de hacer lo que el cerebro humano.

Así somos: capaces de las mayores pasiones y de las más bajas perversiones. Descendientes de los primates más agresivos, esos que matan por placer, esos que pueden tirar a otro de un árbol sólo porque les apetece matarlo. Y nosotros tenemos la habilidad de imaginar situaciones con tal nivel de detalle, tan reales, tan tangibles… que nos hacen llorar o reír igual que si las estuviéramos viviendo.

Vas corriendo por el parque, es un día de entrenamiento normal, un martes rutinario de tu semana. Los cascos, la lista de Spotify, las mallas reflectantes, los guantes, el paso acompasado. Respirar – uno, dos -, avanzar, calmarse, tomar aire, concentrarse en la canción, adelantar a esas dos personas cortando el paso, dar saltitos esperando que el semáforo se ponga en rojo. Todo va bien, como de costumbre. Todo está en orden. Pero decides cambiar el camino, darle una pincelada de color a la rutina, salir del hábito. Giras a la derecha y entras en un parque por el que nunca pasas. Y al principio corres normal, sigues con tu calentamiento como de costumbre. Pero empiezas a ver cada vez menos luz, varias farolas rotas, te adentras en la oscuridad y oyes un grupo de varios chicos. Los notas a tu izquierda, con el rabillo del ojo. Y de repente piensas que no ha sido tan buena idea, que puede que te pase algo, que uno de ellos se ha movido y te está diciendo algo, que otro empieza a seguirte. Y corres, mucho, lo más rápido posible. Vas cuesta arriba pero no te importa. Notas que el corazón te late muy rápido, que te falta el aire, que tienes mucho calor. Un último esfuerzo… ya estás en la calle transitada, te paras, te agachas para tomar aire, te pones las manos en las rodillas, flexionas las piernas. Te giras y no ves nada. No hay nadie, ninguna persona te ha seguido. Estaba todo en tu cabeza.

Estás en tu mesa, la de siempre, la misma de hace quince años. Se dice pronto, pero son los que han pasado. Miras por la ventana, parece que hoy hay poca contaminación. Ah, ha sonado un email, veamos en lo que consiste. Y lo abres sin presiones, con tranquilidad, con parsimonia… son las 8.30 y tampoco te bombea tan rápido el corazón a estas horas. Pero ese email lo cambia todo. En un segundo ves pasar tu vida por delante de tus ojos. ¿Que hay una reorganización? ¿Qué quiere decir eso? No queda claro, te empiezan a surgir dudas. Sales del despacho y buscas a tu compañero del café… Vaya, parece que no eres la única que ha recibido el email – ni la única a la que se le ha acelerado el pulso. Y, ahora que ya estás con él, vienen otros cinco más. Entre todos conseguís desmontar la empresa en un abrir y cerrar de ojos. Ya os veis en la calle. Bueno, no sólo eso: os imagináis en la cola del paro, esperando cuatro horas para que os sellen la tarjeta, sin derecho a prestaciones, sin el finiquito porque se trataba de despido procedente, sin ingresos para poder afrontar la hipoteca, el garaje, las facturas, la gasolina, el abono de transporte, el teléfono. Y ese viaje que tenías planeado con tus amigas por las islas griegas en verano, mejor cancelarlo. ¿Y cómo cuentas esto en casa? ¿Y qué va a ser de ti? ¿Y dónde vas a trabajar ahora? ¿Y cómo te vas a reinventar? Te duele la cabeza, todo te da vueltas, respiras muy rápido y te cuesta concentrarte. De repente, te das cuenta de que te has terminado el café y que estás sola delante de la máquina. Todos se han vuelto a sus despachos a producir. Tiras el vaso, vas hacia tu sitio, te vibra el móvil con un nuevo email y empiezas a temblar. Te armas de valor y lo abres: te están felicitando por tu nuevo ascenso. Parpadeas y te das cuenta de que lo habías imaginado todo. No es un email con tu despido. Estaba todo en tu cabeza.

Y es que así es el ser humano: capaz de sufrir por situaciones que sólo existen en su cabeza. Así es y así somos: únicos.

 

BRUNETINA Y EL VIAJE

Va en el coche, en el asiento trasero, a la izquierda, justo detrás del conductor. Brunetina se dedica a mirar por la ventana, a ver el paisaje, a hacer dibujos con el dedo índice en la ventanilla… Le encanta estar así, sin hacer nada. Ir en el coche en silencio mirando por la ventana le gusta mucho – algo que le seguirá gustando toda su vida, quizás porque se curtió de pequeña y ahora lo asocia a recuerdos positivos de su infancia.

Como decía: mira por la ventana y ve pasar el paisaje, los coches, la vegetación los animales. Mira el cielo y empieza a pensar a qué le recuerdan las nubes. Cree ver un perro, sí, un perrito. Tiene las orejas levantadas, como si hubiera divisado una presa (quizás un gato), la boca abierta y la lengua fuera. ¡Cuánto me gustan los perros!, piensa Brunetina. Suele pensar que nunca va a tener la suerte de que le regalen uno – aunque quizás está siendo demasiado melodramática… otro rasgo de su carácter que la acompañará toda la vida, sin duda. Qué sabe ella de la vida a sus tiernos 4 años, veamos. Poca cosa. Así que eso de creer que la mala suerte le impedirá tener nunca un perro al que hacer monerías es sólo su mente jugando a saberlo todo demasiado pronto. Claro que, a día de hoy, su mente también juega a saber mucho. Y, no nos engañemos, no sabe de la misa ni la mitad. La edad no te hace sabio, eres el mismo pero con más años. Tu esencia permanece igual para toda la vida. Brunetina seguirá soñando despierta e imaginando cosas que poco tienen que ver con la realidad.

Pero, no nos distraigamos. El coche, el asiento, la ventana trasera y las nubes. Oye la conversación de sus padres en la parte delantera. Su padre, conductor designado, anda al volante diligentemente. Su madre ocupa el asiento del copiloto con un mapa en la mano. Hablan sobre el camino que hay que coger, sobre si deberían parar a comer algo. Puede que los niños estén cansados, a mí no me vendría mal un café bien cargado, estirar las piernas no estaría de más, qué tal un bocata de jamón o de queso. Vamos a parar ahora, que cuando salgamos de España, a ver qué nos encontramos.

Se van de España, sí, están emigrando. Todo eso que ve por la ventana desaparecerá. Todo ese paisaje conocido pasará a ser un recuerdo. A Brunetina la espera lo desconocido: otro idioma, otro país, otra gente, otros coches, otra forma de conducir, otra vida. Con sus cortos años, apenas le ha dado tiempo de saber bien qué es esto de vivir… pero ya lo va vislumbrando. Y es plenamente consciente de que se avecina algo totalmente nuevo. Se ha despedido de sus amigas en su ciudad natal, de su seño, de sus vecinos, de su cole. Vaya, el cole, a ver qué tal va eso. Porque lo mismo el de allí no le gusta tanto. Vete tú a saber. ¿Y a su hermano? Mira a la derecha y ahí anda, sentado, mayor, digno. Bueno, claro, que a la edad de Brunetina cualquiera puede parecer mayor. Y se alegra de tenerlo ahí, piensa que todo va a salir bien. Si algo no fuera como debiera, ya se encargaría su hermano de defenderla. Esto es pan comido, esta aventura está controlada.

Va a volver a mirar por la ventana, pero parece que le están hablando, Sus padres, su hermano. ¿Qué? Que si sabes hablar inglés, que te va a hacer falta. Y Brunetina contesta que sí, y todos se parten de risa. Ella piensa que no entiende por qué se ríen… claro que sabe el idioma. Y empieza a balbucear para sí misma palabras inventadas que se preparó con su amiga, pensando con total convencimiento que eso era la lengua que iba a necesitar allí. No entiende que eso despierte las risas de su familia. De hecho, muchas veces dice algo y los ve reírse… y piensa que es que no la están entendiendo, porque lo que ella cuenta es algo muy serio.

Claro que sabe inglés, faltaría más. Esto va a ser muy fácil – irá al cole y usará esas palabras para hacer nuevas amigas.. Verás qué sorpresa se llevan cuando vean que la española ya lo trae todo de serie. A ver si al final le van a pedir ayuda sus padres o su hermano, que todo es posible. Este viaje se pone interesante, a ver si llegamos ya. No puedo con la impaciencia. Bueno, voy a jugar al “veo-veo” con mi hermano, o a disparar a conductores de camiones, así se nos hace más ameno lo que quede.  No está mal esto de viajar en coche, me relaja.