Se siente

Ese libro no se lee, se siente… El tacto de su portada, el olor de sus páginas, el sabor tras aspirar el aroma de la tinta negra sobre el blanco de sus hojas recién sacadas de la imprenta. El sonido cuando lo dejas en la mesita de noche, no queriendo separarte de él pero sabiendo que no puedes retrasar más el ir al baño, a por agua, a contestar el teléfono, al supermercado, a sacar al perro, a tender la ropa… a hacer cualquiera de las anodinas tareas cotidianas durante las cuales seguirás pensando en él, en ellos, en lo que viven, en lo que están sintiendo, en lo que les depara el destino. Ese vivir cotidiano que te aleja de las añoradas páginas que te transportan a otro mundo y te abstraen de una realidad que ya no te interesa.

Te interesa él, sus recuerdos, su familia, su pasión por esa melena pelirroja y por las palabras. Las calles de ese pueblo de infancia, la necesidad de escapar del lugar de nacimiento, la sed por beber la modernidad fuera de un entorno marcado por la guerra, la posguerra, el hambre, las envidias, el miedo a lo desconocido, la desconfianza ante un idioma que aparece en cada esquina en canciones que desafían el orden establecido – interpretadas por seres melenudos, con pelo de chica y movimientos obscenos, con una legión de seguidoras que se desgañitan y desmayan a su paso, que se olvidan del pudor y los buenos consejos maternos en la presencia de chicos totalmente desconocidos y claramente lascivos.

Esa inevitable necesidad de huir de lo conocido para encontrarse a uno mismo en lo desconocido. El descubrimiento, con el paso de que los años, de que el abandono solo era una forma de conseguir madurar para entender que tu familia lo es todo – que eres quien eres gracias a ese pueblo, esos orígenes, esas raíces que repudiabas pero que ahora te definen más que nunca. Entender que tenías que irte para poder volver. Y ver a ese abuelo en esa casa – olerlo, sentirlo y querer abrazarlo. Su abuelo, tu abuelo.

El libro que venera todos los sentidos es, sin duda, “El jinete polaco”, del creador de realidad ensoñadora más potente que haya existido nunca, y a su vez poeta en prosa, Antonio Muñoz Molina.

BRUNETINA Y SU TÍA

Parece que fue ayer, por aquello de que el tiempo pasa volando (algo que de niña dices sin pensar, pero que de adulta sientes cual puñal que se te clava entre las costillas), pero el 25 de abril de 2016 Brunetina recibió la peor noticia que puede recordar en su no tan breve existencia: la muerte de su tía materna, su madrina, su segunda madre.

Son circunstancias cotidianas, al fin y al cabo, nadie está libre de venir al mundo tan solo como deberá abandonarlo – con suerte, en muchísimos años… con menos suerte, siendo joven aún. Pero resulta que eso que es tan cotidiano, tan natural, tan normal… parece que se te haga antipático cuando los astros se alinean y te toca a ti – no en primera persona, claro, pero pasando muy de cerca y notando el aliento de la señora de la guadaña en la oreja. Y, entre otras muchas cosas, sientes una rabia e impotencia que no se pueden expresar con palabras. Que sí, que lo intentas, y por eso existe este blog – como muestra, un botón, que dirían los clásicos. Pero esa noticia, que no te pilla por sorpresa, te deja un nudo en la garganta que te impide funcionar como una persona normal.

Ya no eres un ser humano, eres un robot. Porque esos miedos que te mantenían despierta por la noche, que te hacían correr con la nieve de cara, que te ponían a hacer listas de tareas por cumplir sin fin… esos miedos se han materializado. Y no hay nada ni nadie que pueda salvarte de la noticia que te acaban de dar: se ha ido. Sin mirar atrás, sin remedio, sin posibilidad de arrepentimiento. Tu tía, esa persona a la que conoces desde hace 35 años, acaba de abandonar la faz de la tierra.

Es curioso, porque no pasa como en las películas. No te pones a gritar, o a llorar, o a correr desconsolada por las calles de la ciudad. No. Simplemente cuelgas el teléfono y sigues andando, por el camino que ibas, en la misma dirección, con el piloto automático, sin tener la más mínima idea de dónde ibas y por qué. No ocurre nada, ¿sabes? Nada digno de mención, nada que pueda aparecer en tu serie preferida o en tu novela de cabecera. El mundo sigue exactamente igual – miras alrededor y nada ha cambiado. Nada. Los coches siguen circulando, la gente se cruza contigo (algunos se chocan, ofuscados, pero los pobres no saben el estado en el que te encuentras). La vida sigue, irónicamente. La suya, por desgracia, no. ¿Pero la de los demás? Exactamente igual que antes de que recibieras la llamada, esa llamada que no querías recibir pero que llevabas semanas temiendo que tendría lugar.

La sensación, tan desagradable, es de estupor. Ante la muerte no sabemos lo que hacer, lo que decir, lo que sentir. Y nos quedamos como entumecidos, catatónicos, sorprendidos, asombrados. De repente eres consciente de la fugacidad de la vida y de tu propia mortalidad y se te congela el mundo alrededor. Es como si te hubieran quitado un brazo, o una pierna, o un órgano, o una oreja. Es como que, de repente, sigues tu camino faltándote algo – aunque no sabes muy bien el qué. Es una sensación muy desagradable, rara, incómoda. Es un sentimiento que no entiendes, que no eres capaz de expresar con palabras, que no puedes comunicar a los que te rodean. Algo que no es como imaginabas y ante lo que no sabes reaccionar.

Así que sigues tu camino, de manera un tanto automática, cual sonámbula… y pretendes que las cosas sean como antes, como siempre, como han sido y como serán. Porque, por algún motivo que desconoces, no puedes llorar, ni desahogarte, ni sacar fuera lo que sea que se supone que llevas dentro. Y te vas, a casa, y sientes que te sobran las paredes, los muebles, los brazos, las piernas, los ojos, el corazón y el cerebro. Así que sales. Te vas a una terraza y te pides una cerveza, esperando que lo que te comentan sirva para distraerte de lo que realmente ha ocurrido. Porque la verdad es que no eres muy consciente de lo que ha pasado.

Y al día siguiente vas a trabajar, y no quieres hablar del tema. Te dan el pésame, te quieren comentar cosas… Pero, para qué mentir, lo último que te apetece es hablar de eso, de lo que ha pasado, de ella, de su ausencia, del viaje sin retorno. Y pocos días después estás en un tren camino de casa, recorriendo un trayecto que se te hace nuevo porque nunca te había pasado llegar y no verla. Y llegas, y no la ves, y te montas en otro bus, y te vas a la feria. Y pides comida, y bebida, y oyes, y hablas, y posas en fotos, y bailas. Pero, de repente, notas que ese agujero en el estómago que tienes desde el lunes se agranda. Empieza a ser demasiado grande, se ensancha, se amplía y parece que estés en un centrifugado de una lavadora. Y en el momento más tonto de la tarde… empiezas a llorar sin consuelo. Las lágrimas te caen por la cara y ya no eres capaz de seguir con el piloto automático. Sólo quieres llorar, sacar la rabia que llevas dentro, el dolor, la pena, la impotencia, el desgarro. Y te vas a casa.

Poco sabía Brunetina entonces que ese momento, justo ese, era en el que empezaría a curarse. Porque es imposible salir de un pozo sin haber tocado fondo, porque solo puedes empezar a vivir la vida sin alguien cuando realmente le digas adiós, la llores, la dejes ir. Porque la vida sin ella es otra, pero no indigna de vivir. Porque su recuerdo merece que, al menos, intentes hacer las cosas con la misma pasión que siempre las has hecho.

Porque tu tía no está, pero su recuerdo no te abandona. Y por él, por ella, has sido capaz de crear este blog. Porque ha pasado un año y has conseguido escribir esto sin derramar una sola lágrima.

La vida sigue, irremediablemente.

SIN PRISA

Suena la alarma, la apagas (por la tercera vez), te desperezas, bostezas, vas hacia la ducha. Se suceden desayuno, acicalamiento, ropa, viaje en metro, trabajo, reuniones, obligaciones, compras deporte. No te da tiempo a nada, sabes que los días son demasiado cortos y que podrías llenarlos aunque tuvieran 70 horas.

Lo haces porque tienes que hacerlo, porque es lo correcto, porque es lo que toca, porque se supone que debes. Y si… ¿no fuera cierto? Si existieran otras opciones, otras formas de plantear el día, otras formas de vivir la vida, de exprimirla, de aprovechar cada segundo sin sentir que se te escapa como arena entre los dedos.

Para un momento y piensa: ¿qué harías si no tuvieras que seguir con esa rutina establecida? Con esos horarios, esos compromisos, esas obligaciones, esas pequeñas manías hechas rutina a base de repetición diaria. A lo mejor querrías dormir más, o despertar sin alarma, o quedarte mirando el sol por la ventana desde la cama mientras oyes el canto de los pájaros en los árboles vecinos. ¿Qué tal un desayuno homenaje? Un zumo recién hecho, una tostada de aguacate con huevos escalfados, un cuenco de granola con frambuesas y plátano, un batido con yogur, leer las noticias con la radio de fondo. Sin pensar en el paso siguiente, sin prisa.

¿Y si no tuvieras que ir a la oficina? Si pudieras dedicar la mañana a ir al gimnasio, a leer ese libro que te lleva esperando semanas sobre la mesa, a dar un paseo por el parque o por la playa. Si pudieras pensar lo que te apetece comer ese día, ¿tomarías algo recalentado en un taper? Quizás preferirías ir al mercado a por productos frescos y tomar algo hecho con cariño, con pausa, sin prisa. Algo que se sirve y se come con una copa de vino o una cerveza bien fría.

Por la tarde, quizás, pequeña siesta tras la comida. Y luego, a lo mejor, una serie, o película. O acercarte a esa exposición que llevas tiempo queriendo ver y rematar el día tomando algo con unos amigos en el bar que tienes en tu lista de pendientes.

Porque las mejores cosas de la vida no solo son gratis, sino que suelen llevar tiempo y no son amigas de la prisa, de la rigidez, de la ausencia de flexibilidad, de la falta de descanso, de la mente cerrada a nuevas oportunidades o formas de hacer las cosas. Es como el amor arrebatado de las películas. Ese galán atormentado, volátil, desquiciado. Ese hombre terriblemente atractivo de la pantalla que trata mal a toda mujer que se le acerca, ese protagonista que tiene un motivo oculto de su pasado que le hace despreciar al género femenino pero cuyo físico le hace ser perdonado por cuanta fémina huele sus feromonas a cien kilómetros de distancia. Es el personaje principal que todos tenemos en la mente, es ese chico que tan pronto quiere arrebatadamente como se olvida de ella y se va con otra, o se va de fiesta y olvida hasta de su propio nombre, pero que vuelve de rodillas y llorando. Es esa persona que no es de fiar, esa persona que se vale de sus encantos para poder atrapar a su presa, pero que luego no la valora lo suficiente como para dedicarle el trato que se merece. Y por eso, a partir del momento en el que consigue captar su atención y vencer su resistencia, se dedica a tener explosiones de amor seguidas de otras de odio, momentos de extrema pasión seguidos de discusiones y desprecios. Esa locura que lo hace especial, único, irrepetible… aunque no es de fiar. Es un amor impredecible, infantil, caprichoso, egoísta… no es amor. Son puros brotes de pasión que acaban en nada, porque lo que necesitas es a alguien que te tienda la mano cuando te caes, que te ayude a levantar cuando tropieces, que te ponga la mano en la frente cuando crea que tienes fiebre, que te vaya a la farmacia cuando te encuentras mal, que te sorprenda con tu piruleta preferida en un día malo, que te dé las buenas noches cada día de la semana, que te vea bien sin pintar, que se ría con tus chistes malos, que vea adorables tus manías, que no se asuste con los cadáveres que tienes en el armario. Alguien que haya venido al mundo para quitarte tus miedos e inseguridades, para demostrarte lo increíble que eres, para animarte a seguir tus sueños, para darte alas, para sacarte una sonrisa cuando más lo necesites. Un amor pausado, tranquilo, de fiar. Un amor real.

Quédate con quien puedas hacerte una bolita en el sofá a comer noodles y ver Netflix – olvida las lentejuelas, porque la pasión se le irá tan pronto como se enciendan las luces de la discoteca. Recuerda: sin prisa todo es mejor.

BRUNETINA Y DALMA

Una de las primeras personas en las que piensa Brunetina cuando quiere recordar su infancia es, sin lugar a ninguna duda, la más estilosa de todas las mujeres que han pisado o pisarán la faz de la tierra: Dalma. La única, la guapísima, la elegante, la inimitable, la irrepetible. Esa gran amiga de su madre de sangre brasileña hizo mella en Brunetina como ninguna otra.

Alta, esbelta, de piernas interminables, melena negra suelta, gestos medidos, andar de gacela, con una sonrisa irresistible. Sabía reírse de sí misma como ninguna otra. Era una risa contagiosa, juvenil a la vez que sugerente. Se apartaba el pelo de la cara con un sencillo gesto, muy cuidado, que la hacía aún mas atractiva. Y se vestía con unos tejidos que marcaban su paso al ritmo del viento de la bahía. Le daba el toque exótico a la ciudad que tanto necesitaba, hacía de cada sitio al que iba uno interesante, místico, sensual, irresistible.

Era fácil saber cuándo había estado de visita en casa. Entrando en el portal, se olía su perfume. Ese olor dulce sin ser cargante, esa fragancia que ella y solo ella usaba. Y Brunetina subía las escaleras de dos en dos, de tres en tres, para llegar cuanto antes al cuarto izquierda. Para poder verla, oírla, observarla en silencio… esperando poder contagiarse de todo lo que emanaba tremenda mujer, señora, madre, esposa, amiga, confidente. Cuál era su sorpresa al ver que llegaba tarde, que lo que había olido era el rastro que dejaba su marcha, que era el olor de su ausencia y no el de su presencia el que le había dado las buenas tardes al llegar a casa del colegio. Y se iba frustrada a la habitación, a soltar la mochila y hacer la tarea – totalmente desmotivada ante la previsión de una tarde privada de su compañía.

Y es que tenía estilo hasta para la decoración. Ir a su casa a jugar con Paloma era una aventura, algo que siempre le apetecía. Todo estaba decorado con el mejor gusto y las cenas con amigos siempre tenían de fondo una música que tenía el volumen correcto – ni muy alta, ni muy baja. La atmósfera ideal, la anfitriona de anuncio. Se le antojaba a Brunetina que era música que solo ella podía tener, algo que componían por y para ella, unos acordes que acompasaban su andar de gacela, descalza, con un mono de seda hasta los tobillos, el pelo al viento, una risa espontánea, una bandeja de quesos, un guiño de ojos al pasar, el rastro de su perfume. Cierto es que con la edad supo que se trataba de ritmos brasileros, pero eso nunca le restó encanto. Solo hizo que le gustara esa música, que a día de hoy la relaje y transporte a otro momento cuando entra en un restaurante y se puede intuir ese sonido levemente.

La comida no se quedaba atrás – comer en su casa era una oda a la gula. Con ella aprendió Brunetina lo que era un auténtico desayuno de beicon crujiente, huevos, panecillos de distintos tipos tostados… Inventó el brunch incluso antes de que existiera. Tanto se adelantaba a las tendencias que podía saber algo que volvería loca a la gente cuando nadie se lo había imaginado. Y su versión de la ensaladilla rusa no se quedaba atrás – le ponía huevos de codorniz a modo de adorno y hacía tanta que podías tomar y tomar hasta decir basta.

Cuenta la leyenda que la admiración de Brunetina era tal que la pillaron con dos años sentada en el salón de casa cruzada de piernas e intentando imitar la postura de tan maravillosa mujer. Y que ella, cuando lo descubrió, se rió como ella solo sabía y le quitó importancia. Como las grandes estrellas. Como habrían hecho Grace Kelly, o Lauren Bacall, o Sophia Loren. Y cómo no querer imitar a la mujer que le enseñó a bailar samba al ritmo de las Mama Chicho (con poco éxito) o que dio un abrazo y beso a su hermano cuando por culpa de un virus se hallaba postrado en cama y apartado del resto de los mortales, por el riesgo de contagiarles tan peligrosa enfermedad. Con ella aprendió que el maquillaje se lleva, pero sin que se note. Que en la ropa importan los tejidos. Que hay que dedicar el tiempo que sea necesario a estar listas. Que una fragancia habla más que muchas palabras. Que hasta en casa hay que ser estilosas. Que incluso unas zapatillas de estar por casa pueden tener tacón. Que hasta andando descalza se puede tener clase. Que hay que saber ponerse el mundo por montera. Que unas transparencias son bonitas si sabes llevarlas. Que la elegancia no se compra con dinero.

Y la recuerda andando por las calles de Chipiona descalza, con su golpe de melena y su risa contagiosa. Riéndose de sí misma por haber salido de casa un momento sin zapatos y haber aparecido allí de tapas. Fingiendo que le importaba, pero sin que le afectara lo más mínimo que todo el pueblo la mirara. Desconcertando a todos y dejando una huella imborrable en sus cabezas. Porque una mujer así, a la que las mujeres envidian y los hombres desean, es imposible de olvidar. Una mujer de bandera es atemporal.

Dalma, esa mujer irrepetible que nunca se podrá olvidar.

 

GRATIS

Las mejores cosas en la vida son gratis… O casi.

Una ducha hirviendo tras un entrenamiento o un largo día en la oficina (o ambas cosas). Abres el grifo y dejas que caiga el agua caliente, sientes que te baja por la espalda, se te destensan los hombros, se relaja el cuello, todos los músculos se te destensan y respiras mejor que nunca.

Recibir un mensaje de esa persona que siempre te hace sonreír en el día que más lo necesitas, sobre todo cuando esa persona ni sabe que estás teniendo un mal día y parece que haya acertado porque un ángel de la guarda le ha hecho saber que necesitabas apoyo.

La sensación de llegar a casa y poder quitarte los tacones de doce centímetros, que amas, pero que las últimas dos horas te estaban pareciendo una tortura mucho peor que andar sobre cristales rotos.

El primer bocado de tu plato preferido, algo en lo que llevas pensando todo el día y que al fin puedes comer con total tranquilidad. Lo pinchas, te lo llevas a la boca, cierras los ojos…

Los primeros acordes de tu canción preferida, la sensación que recorre  de placer todo tu cuerpo cuando vas canturreando cada frase. El sentir cómo todo tu cuerpo está pendiente de cada nota.

Despertarte sin que suene la alarma, con el sol entrando por la ventana y la temperatura justa en la que debes dormir con edredón pero sin helarte.

Cuando en mitad de la noche te despiertas pensando que no has oído la alarma, pero ves la hora y te das cuenta de que aún te quedan dos horas por dormir. Y te giras, cierras los ojos y caes en brazos de Morfeo con una sonrisa.

La nieve en el día más inesperado, que te saca de tu mal humor y te hace sentirte cual niña de colegio. Sólo puedes mirar con emoción y hacer fotos para poder recordarlo.

El abrazo que no esperas, el piropo cuando sientes que nada te queda bien, las palabras amables cuando te hacen falta.

Que la manicura te quede perfecta y no puedas dejar de mirarla.

La lluvia cuando te apetece mirarla desde la ventana.

El dos por uno en la máquina de snacks.

Levantarte con buena cara.

El olor a tu perfume preferido.

El perrito que te saluda por la calle.

Ese bebé que te sonríe en el metro.

La señora a la que ayudas a cruzar la calle y te da las gracias como si fueras lo mejor que le ha pasado en mucho tiempo.

Los pitillos que te quedan como un guante.

Ver tu bolso preferido.

Estrenar ropa.

Usar por primera vez un cepillo de dientes.

Un enjuague bucal refrescante.

Un vaso de leche con galletas de chocolate.

El inicio del fin de semana.

Un brindis con los amigos.

Que te inviten a un plan improvisado.

Pensar en un viaje con amigos.

El bostezo de un hámster enano.

Tu programa de radio preferido.

Su voz. Al oído.

Ver a esa persona entre el bullicio.

El arcoíris.

El bus que llega justo cuando estás en la parada.

Estar recién depilada.

La piel sedosa.

El peinado perfecto.

La mariposa que se cruza en tu camino en plena ciudad.

El sonido de las gaviotas.

El cielo azul.

Las nubes con formas de animales.

Las pelis de animación.

La escena de tu peli preferida.

Sentarte tras un día eterno.

Un gesto de cariño de alguien inesperado.

Tu peluche de infancia.

Tu revista preferida recién comprada.

El olor a libro nuevo.

Un edificio bonito.

Un paseo por tu ciudad preferida.

El sonido de las olas del mar.

Ver la mariquita que te anuncia que llega la primavera.

Que tengas el cambio justo para la máquina.

Que te inviten a una caña.

Salir del curro.

Que te admiren.

El suelo limpio.

Andar descalza.

Tu programa preferido en la tele.

Ver tu serie en calma.

Un chiste malo contado por alguien muy bueno.

Huevos fritos con jamón y patatas.

Las sábanas recién puestas.

Que te cuiden cuando estás mala.

Cumplir con tu entrenamiento.

El trabajo bien hecho.

Un buen libro.

Unos pies suaves.

La expectación de antes de quedar con alguien.

Tontear, ligar.

Reencontrarte con alguien que hace mucho que no ves.

Tener un ataque de risa tan grande que no puedas dejar de llorar.

Los memes.

Los emails chorra.

Que los planes salgan bien.

La puntualidad.

Que te echen de menos… y te lo digan.

Que te quieran, y querer de vuelta.

Que te expliquen algo que nunca has entendido y, al fin, comprenderlo. Ver la luz.

Hacer castillos de churros en la orilla de la playa.

Los gatos callejeros.

Tener energía.

Darle algo a alguien y que le encante.

Un tinte recién puesto.

Una minifalda.

Que te toque la ventanilla en el tren.

Poder sentarte en el bus.

Que te den los buenos días – con ganas, mejor aún.

Estar viva.

 

 

 

BRUNETINA Y LOS ZAPATOS

El rosa siempre fue su color, desde una temprana edad. No se podía ser más cursi: edredón rosa, paredes del habitación de ese color, dibujos de Snoopy, peluches, Barbies… Pero es que no lo podía evitar – era su color preferido. No le faltaba ninguno de los detalles típicos de las niñas; que si ropa, bolsos, zapatos, muñecos, adornos, casitas, carros. Películas Disney, por supuesto, y fantasía arrolladora – aparte de una afición por imaginar mundos y escenarios no tangibles mucho más divertidos que el real.

Lo que recuerda con total nitidez son sus primeros tacones. Bueno, lo que su mente de niña quiso registrar como tacones – no pensemos que iba vestida cual reina de concurso de belleza tejana, nada más lejos de la realidad. Se trataba de unas sandalias de color rosa. Tenían unas tiras en la parte  delantera y se cerraban al tobillo. La suela debía de ser rígida, porque al andar sonaba un taconeo muy simpático. Y eso le hacía creer a Brunetina que iba en tacones. Eso y que la parte trasera tenía una mínima elevación, lo cual le hacía imaginarse una modelo embutida en el mejor de los vestidos desfilando por la pasarela con estiletos de doce centímetros. Se sentía como una princesa de cuento en ellas, lo recuerda como si hubiera pasado ayer (y puede que tuviera unos dos años, nada más).

Se ponía sus sandalias nuevas y andaba por el pasillo de casa – arriba y abajo. Y le decía a su madre: mira, tengo tacones. Con una sonrisa de oreja a oreja, por supuesto. De hecho, existe una foto de la comunión de su hermano donde aparece con su vestido (rosa, claro) y sus sandalias a juego. No se puede tener mayor cara de ilusión. Pelo corto rubio, de esos que se peinaban casi sin cepillo, el típico pelo lacio que es suave como el algodón, ropa de muñeca con lazos, zapatos de señorita y piel clara tono nórdico (esa que aun a día de hoy hace que la gente se cuestione sus orígenes, y es que hay cosas que te persiguen de por vida).

Esos fueron los primeros, sí. O lo que a ella le parecieron sus primeros zapatos de tacón. Pero los primeros tacones reales que tuvo se los regaló su abuela – no podía ser de otra manera. Fueron unas sandalias compradas en el zoco, no sin pocos regateos. De tacón de cuña, plataforma y cordones. De un color nude muy actual. Sandalias modernas que le hicieron ganarse a ella y a su abuela un buen mosqueo materno porque “la niña es demasiado pequeña para ponerse tacones”. La niña en cuestión estaba encantada de tenerlos y se sentía importante con ellos, aunque supo que no podría llevarlos a la calle (una pena, porque eran preciosos). De hecho, es sorprendente pensar que llevar esas cuñas hoy levantaría más de un piropo y haría que bastantes personas le preguntaran que dónde las había comprado. Cosas de la moda, que parece que siempre se repite, como la historia.

Pero ha sido un largo camino, lleno de zapatos de todo tipo: sandalias, tacones, plataformas, cuñas, botas, botines, tenis, chanclas, zapatillas. Han sido muchos los zapatos que han ayudado a Brunetina a ir deambulando por la vida, aunque una gran parte de ellos le han hecho ver todo desde las alturas. Nada como un buen par de zapatos de salón de 10 centímetros para enfrentarte al vida de otra manera, para plantarle cara al día con aplomo. No se ve la vida igual así que con unos planos. Se anda más erguida, se dan pasos más cortos, se balancea el cuerpo de otra manera.

Y es que aquello que viste tus pies es extremadamente importante, porque es la parte de tu vestimenta que más usas, que más necesitas y a la que sueles hacerle menos caso. Pero la mayor parte de tu vida la pasas o durmiendo o andando. Por lo tanto, siguiendo esa lógica, lo más importante deberían ser tu cama y tus zapatos. Esos zapatos que te abrazan el pie, que te protegen de la lluvia, que te llevan a hacer turismo o deporte, a una cita.

Brunetina siempre ha pensado, desde una muy temprana edad, que unos buenos tacones son tu forma de decirle al mundo que vas a por él, que no te achantas, que no va a poder contigo. Como bien dijo Miranda en Sex and The City: You can take me out of Manhattan, but you can´t take me out of my shoes. Mientras puedas usar el zapato que quieres, mientras puedas vestir a tus pies de la forma que te gusta… todo irá bien, tendrás todo bajo control, podrás transmitir al mundo el mensaje de quién eres y quién quieres ser. Porque no se puede juzgar a nadie sin haber estado en su piel. O, siguiendo en la línea de SATC: Don´t judge me until you’ve walked a mile in my shoes.

 

ADICCIONES

Hay quien es adicto a diferentes sustancias no legales, a aquellas de las que se habla en las noticias (los medios, que se suele decir ahora). A todo aquello que relacionamos con fin de semana, noche, fiesta, descontrol, juventud, despreocupación, desenfreno. Y que se suele justificar con un “carpe diem” o “si sé cuándo parar”. Y si bien esas sustancias tienen mala prensa, hay otras de curso legal que también nos causan estragos: el tabaco, el café, el alcohol, la cafeína. Hasta de las patatas fritas de bolsa se dice que tienen ingtredientes secretos para hacerlas adictivas.

Y, sin embargo (sin embargo, te quiero – que diría Sabina), la mayor de nuestras adicciones es el móvil. Ese pequeño apéndice, esa prolongación de tus manos. Ese dispositivo que contiene tu vida en tan poco espacio. Le depositamos tal grado de confianza que nos sirve de memoria, de guía espiritual, de brújula y de conexión con el mundo exterior. En él tenemos fotos, recuerdos, contactos, aplicaciones de música, de planos, de ciclos, de salud, de comida a domicilio, de compras online, de ofertas, de promociones, redes sociales, retoques digitales, filtros, calendarios, recordatorios… Es el cerebro que reposa en nuestras manos. Es el que buscamos cuando creemos que hemos perdido el bolso, por el que se nos para el corazón cuando creemos que no está en el bolsillo. Es aquel por el que nos tiramos al suelo para salvarlo de un golpe que podría ser letal.

Nos hemos acostumbrado tanto a él que dejamos que piense por nosotros, que nos haga la vida más fácil. Así que le dejamos que nos avise de eventos o de cumpleaños. Le pedimos ayuda cuando tenemos que ir a un punto, que nos diga la ruta, la forma de llegar, el tiempo que nos llevará. Tiramos de él cuando no tenemos ganas de cocinar y queremos ver lo que nos ofrecen a domicilio. Le hacemos caso cuando nos dice que va a llover o que suben las temperaturas. Dejamos que nos recomiende música que oír camino del trabajo o vídeos para amenizar viajes en tren. Esperamos que nos ayude a embellecer una foto que ha salido sólo regular, confiamos en que tenga nuestros billetes de avión cuando nos vamos de viaje. Tiene tantas fotos de tantos momentos, tantos recuerdos. Hay dentro tantas charlas con amigos, conocidos, familia. Tantos momentos impagables, irreemplazables, inolvidables.

Y, de repente, un día: se apaga. La pantalla se pone en negro y esa prolongación de tu cuerpo no es capaz de volver a encenderse. Y, como condenado a muerte, ves pasar tu vida delante de tus ojos como si fueran fotogramas de una película. Y, dentro del shock, no quieres creerte lo que está ocurriendo. En pocos segundos imaginas todos los escenarios en los que este problema tiene solución – puede que se haya quedado sin batería, seguro que se arregla cargándolo, fijo que ha sido un reinicio automático, si no se puede romper, si a mí esto no me puede pasar… Pero me está pasando. ¿Qué hago? ¡Tengo toda mi vida ahí! ¡No puede ser! ¡No puedo respirar!

Te sudan las manos, se te acelera el pulso, te cuesta respirar… estás viviendo tu peor pesadilla. Lo que suele pasarle a otra gente y siempre piensas: me pasa eso a mí y no vivo para contarlo. Pero vas a tener que hacerlo, porque ese dispositivo no parece querer volver del viaje sin retorno y te toca buscar soluciones. Pruebas primero a reanimarlo de varias maneras, aunque eso no funciona. Y pasas al plan B: buscar un teléfono antiguo que sustituya al que se ha ido a dormir sin decir adiós. Y, mientras lo buscas, piensas en cómo vas a poder hacer para vivir tu día a día sin algo con lo que ni eres capaz de levantarte por las mañanas. Y piensas lo fácil que era todo de niña, las ganas que te entran de no ser adulta, de poner hacerte una bola bajo el edredón y dejar que te lo resuelvan todo tus padres. Lo que se añora ser una niña de colegio cuando la vida te pone a prueba y espera de ti que seas una persona madura y responsable que resuelve sus propios problemas. Qué duro es el mundo de los adultos.

Cuando entregas su cadáver en la tienda y se lo amortajan y lo mandan a la morgue… Se te queda una sensación de vacío inesperada. No podías suponer que sentirías algo así por un simple teléfono. Pero es que no es sólo eso: es tu memoria externa, es tu mejor amigo, es tu Sancho Panza. Y a ver quién hace el camino sin él a tu lado, no va a ser igual. Y, según te pones las gafas de sol para afrontar la mañana cual zombi que no ha pegado ojo por un artilugio eléctrico, te dices: siempre se van los mejores. Y emprendes tu camino sola, a pasos cortos, con la certeza de que mañana será mejor. Que lo que no te mata te hace más fuerte. Que no hay mal que por bien no venga. Declaras día de luto oficial. I will survive.

 

BRUNETINA Y LA LECHE

Parece una de esas cosas sin importancia, o con no demasiada, sobre todo teniendo en cuenta que es un alimento que tomas desde bebé y al que se le presta poca atención. Es cierto que últimamente se le hace caso para tacharlo de las dietas, para tomarlo desnatado o para culparlo de kilos de más (que probablemente hayamos ganado gracias al sedentarismo). Se deja de tomar porque los japoneses no la toman, porque somos intolerantes, porque no nos aporta nada, porque nuestro cuerpo no se lleva con la lactosa. Ha quedado escondido en el frigo, se ha sacado de la lista de la compra semanal o mensual, se ha dejado de pensar en él salvo como complemento del café o culpable de tantos males. Ya no es el alimento que una vez fue.

La leche, si, eso. No nos paramos a hacerle mucho caso porque siempre ha estado ahí, como es primo lejano del que no te acuerdas salvo cuando ya lleva 3 días en casa y empieza a oler (como el pescado, ya se sabe lo que pasa con las visitas), sobre todo cuando te das cuenta de que no hace más que tomarse tu Cola Cao cada mañana. Pero lleva contigo toda la vida y no se lo valoras. De bebé tomabas la de tu madre, que te protegía de todas las enfermedades y te hacía fuerte y sano. Puede que hasta la tomaras en polvo, en lugar de la materna o para complementarla. Pero la tomabas en varios formatos casi seguro. Y ya de niño te daban tus batidos de frutas con ella o te ponían tus galletas en la merienda con tu vaso de leche. La tenías tan a mano como el agua del grifo, nunca pensaste que fuera a dejar de estar ahí. O que un día no la toleraras o tuvieras que preocuparte de si debías tomarla sin su nata por aquello de la salud, la línea, la dieta o la moda del momento que corresponda. Por alguna de esas cosas que te ocurren de adulto y que de niño ni sabes que existen.

Pero es que Brunetina se acuerda perfectamente de la leche que tomaba de niña y la echa de menos como las flores al sol en un domingo negro de invierno de temporal insufrible. La echa de menos como la enamorada a su amado cuando se va a dormir sabiendo que él está a muchos kilómetros y su cama de dos parece que sea de 10, de lo amplia y fría que se siente en su ausencia. Como el niño a su camión de juguete preferido cuando se le rompe y se lo tiran y le intentan dar un videojuego de consolación para distraerlo. Como la niña a su padre cuando él llega tarde a recogerla del cole y ella espera pacientemente en las escaleras con su mochilita rosa en el suelo, a sus pies. Como el perro a su amo cuando dan las 8 de la tarde y aún no ha llegado a casa, y lo lleva esperando todo el día solo, aburrido, abandonado, triste.

La leche de ahora le parece agua. Y la culpa la tiene la leche inglesa. A los cuatro años aprendió los sabores, que antes era demasiado pequeña como para percibir o distinguir en exceso. Y se crió tomando vasos de leche gigantes. Ese vaso con leche helada, entera, fresca. Eso es: era leche fresca, de la que el lechero dejaba en la puerta cada madrugada. De la que también se podía comprar en el supermercado en pintas o medias pintas. De la que tenía una fecha de caducidad muy corta – prueba de que no tenía esa cantidad de aditivos y procesos que la hacían algo insípido y aburrido. Era una leche que casi se podía tomar con cuchillo y tenedor, y le sabía a gloria bendita. Quizás estuviera más cerca de la mantequilla que de la misma leche, pero eso no importaba. Lo mejor era tomarla bien fría y de tragos en los que luego podía sentir en la lengua ese sabor único. Con galletas o un sándwich salado de atún. Para desayunar o merendar o como complemento a la cena justo antes de dormir. Leche fresca, entera, sin desnatar, sin quitarle la gracia, sin dejarla sosa.

Por eso la de ahora no puede tomarla: porque en España no existe esa leche. Sí, bueno, alguna refrigerada hay… pero no se parece ni por asomo, ya lo ha intentado Brunetina más de dos y de tres veces – sin éxito todas ellas. Y es una pena, porque no puede tomar leche. Y tiene que explicar casi cada vez el por qué no la toma: todos piensan que es intolerante o que no quiere engordar. Y no, lo que le pasa a ella es es que no tolera las cosas sin sabor y un vaso de agua blanca no le resulta atractivo. Ay, lo que daría Brunetina por media pinta de leche fría en estos momentos.

 

LUCES Y SOMBRAS

Qué complicados somos y qué poco lo sabemos. Cuánto nos gusta pensar que somos gente sencilla, cercana, simpática, fácil de conocer. Y qué pocas ganas tenemos de darnos cuenta de que no llevamos razón en absoluto. Nos equivocamos de cabo a rabo.

Estamos tan convencidos de que somos buenas personas, cariñosas, adorables, que se preocupan por los demás y se desviven por ellos, que olvidamos la realidad: nadie nos conoce, ni siquiera nosotros mismos. Y tenemos días en los que estar a nuestro lado es un verdadero placer: somos atentos, cercanos, serviciales y educados. Pero también existen los días en los que quien tenga que aguantarnos merece un premio a la mayor de las paciencias – seremos antipáticos, estaremos serios, contestaremos poco y mal, no estaremos de acuerdo con nada y querremos a la vez que nos dejen y nos hagan caso. Querremos que nos lean la mente, en definitiva.

Luces y sombras – eso es lo que nos define. Porque las personas no somos libros abiertos sino cuadros impresionistas de Monet con pequeños trazos que de cerca nos marean, pero de lejos nos enseñan un paisaje precioso. Porque somos bellos, nuestros pequeños defectos nos hacen únicos y especiales. Nuestras manías nos convierten en quienes somos y nos distinguen de los demás. Porque no somos planos, páginas con pocas letras – somos complejos, inconstantes, inaccesibles, herméticos, distantes, defectuosos.

Somos frágiles. Tenemos miedo de que el mundo que nos rodea no nos acepte porque nuestra autoestima es tan baja que nos impide entender que alguien pueda querernos con todas estas manías, todos estos defectos, estas taras, esos esqueletos que llevamos escondidos en el armario. Porque ya no somos niños, porque la vida ha hecho lo que ha querido con nosotros y porque hemos dado tanto tantas veces recibiendo nada a cambio o, lo que es peor, recibiendo insultos, patadas, desprecio. Recibiendo indiferencia cuando regalábamos amor. Y eso nos fue arañando el alma, encogiendo el amor propio. Cada ataque externo nos dejó una marca dentro, una marca que se une a otras, a otras y a otras más. Y que nos recuerda que no está en nuestra mano controlar cómo se comportan los demás. Y que, muchas veces, por mucho amor que demos… la persona al otro lado puede no tener absolutamente ningún interés por ver nuestros esfuerzos y el tiempo que le dedicamos.

Y nuestra fragilidad se convierte en cinismo. Porque perdemos, poco a poco, la fe en el ser humano y nos cuesta creer que haya personas puras de corazón, semejantes dispuestos a apoyarnos, a ayudarnos, a sentarse para mirarnos con ternura y darnos la mano. Nuestra mente de niño está enterrada bajo años de realidad desagradable y nos impide creer en los demás. Y nos hacemos duros, por fuera, y fingimos indiferencia, dureza. Hacemos comentarios crueles porque por dentro sufrimos, porque tenemos miedo de hacer el ridículo, porque preferimos atacar primero a ser sensibles y que todo se vuelva en nuestra contra. Porque tenemos miedo de sentir.

El cinismo nos lleva a actitudes impostadas, a personalidades fingidas que nos colocamos como el que se pone una chaqueta para protegerse del frío. Tenemos tanto miedo que no somos capaces de mostrar nuestra cara amable al mundo y salimos a la calle con coraza, con muchas capas, con muchas mentiras que ni nosotros mismos nos creemos. Y no queremos ver que nadie puede ayudarnos así, que no se nos ve la cara amable y que a los demás les va a costar mucho trabajo tendernos la mano, pararse a mirarnos a los ojos y ver lo hay que en nuestra alma.

Pero a veces hay personas que te paran, se cruzan en tu camino y te miran fijamente a los ojos. Y te ven, ven toda tu lucha interior y la entienden. Y te dan un abrazo, de esos que duran un poco más de lo normal, de esos que no son por compromiso. De esos que te hacen sentirte querido, valorado. De los que hacen que la coraza se rompa en mil pedazos y puedas sacar fuera lo que te ocurre, lo que te preocupa, lo que te está haciendo que lleves toda la semana ladrando a cualquiera que se te acerque. Y empiezas tu proceso de curación, te pones cara a cara con tus sombras y les dices que no tienes miedo, que no vas a dejar de quererte porque el camino se haya vuelto tortuoso, que vendrán días mejores en los que estas lágrimas sean sólo el recuerdo de un mal sueño.

Y esa persona te habrá demostrado que te quiere por tus luces y tus sombras, que tu fragilidad no es algo malo, que eres simplemente humano y necesitas cariño. Que nadie puede avanzar en este camino sin ayuda de otros y que muchas manos que se tienden en tu camino lo hacen para ayudarte, no para utilizarte ni ningunearte.

Entenderás que eres difícil pero que merece la pena dedicar todo el tiempo del mundo a quererte, a desenredar los nudos que llevas años creando dentro de ti. Al fin te verás a través de sus ojos y comprenderás lo que es el amor.

BRUNETINA Y LOS RECUERDOS

Me acuerdo del día en el que me monté en el coche para irme a Gales.

Me acuerdo del viaje de ida hablando un idioma ficticio.

Me acuerdo de mi primer viaje en Ferry, y de los delfines en alta mar.

Me acuerdo de los viajes eternos a Almería.

Me acuerdo de los pelos de Tara cuando abríamos las ventanas en el coche.

Me acuerdo del azulejo que nos decía que habíamos llegado a Almería y de cantar (siempre, sin excepción) “un inmenso coral es tu hermosa bahía”.

Me acuerdo de olor a Nenuco en el coche y del peine que salía del bolso de mi madre para ponernos guapos llegando a la calle San Juan Bosco.

Me acuerdo de mi abuela llorando en la ventana – a moco tendido.

Me acuerdo de Tara a dos patas mirando la vida pasar en Almería.

Me acuerdo del pobre Trueno, que se ponía de color gris nada más llegar.

Me acuerdo de un señor mayor con un trapo de cocina al hombro y preparando café en cafetera italiana (señor que, por cierto, me daba bastante miedo).

Me acuerdo de la caja de los cuentos que tenía mi abuela, y de cómo me llevaba a por ellos a escondidas… como si fuera a enseñarme un tesoro (lo era, de hecho).

Me acuerdo de cómo me llamaba La Ratita Presumida.

Me acuerdo de todas las muñecas, sobre todo una que tenía morena, de pelo largo, con las manos en alto sujetando un velo de gasa en tonos rojos.

Me acuerdo de mi hermano persiguiendo a mi abuela en silencio, esperando que le diera dinero para ir al cine.

Me acuerdo de cómo todas las pelis se estrenaban en Almería mucho antes que en El Puerto.

Me acuerdo de la mesa de pimpón y de los sudores de los que jugaban.

Me acuerdo del arroz con leche, y de la rabia que me daba que no me gustaran los dulces.

Me acuerdo del bacalao con tomate, de las patatitas redondas crujientes por fuera y cocidas por dentro.

Me acuerdo de Mario y Rosa, de Holly, de Picasso.

Me acuerdo de los perros del vecino, que se colaban en nuestro jardín para jugar con nosotros.

Me acuerdo de los parques, de lo verde, de lo bien que olía siempre.

Me acuerdo de ser la única que sabía escribir con letras unidas y de que me sacaran a la pizarra a demostrarlo.

Me acuerdo del temor a la vuelta, de querer seguir en Cardiff y volver a El Puerto sólo en vacaciones.

Me acuerdo de cruzarnos España para volver a la feria.

Me acuerdo de Elsa, de Paloma, de Zorayda… de estar todas juntas planeando tonterías.

Me acuerdo de los cumpleaños masivos, de la piñata, de no coger ni una cosa.

Me acuerdo de ser la nueva, la diferente, la guiri (y de no querer serlo).

Me acuerdo de irme al cuarto a jugar cuando ponían “V” porque me daba pesadillas si veía la serie.

Me acuerdo de llorar siempre que veía “Autopista hacia el cielo”.

Me acuerdo de acostarme siempre pensando en levantarme mayor, porque sólo me rodeaba gente de más edad y quería ser como ellos.

Me acuerdo de la micro cámara de fotos con las que hice las peores fotos de la historia.

Me acuerdo de pillarme dos dedos con el capó del coche (por torpe) y de perder ambas uñas, y de molestar a todos retransmitiendo cada paso del proceso.

Me acuerdo de la piscina, de las clases de natación, de ver a los mayores jugando a las cartas, de Marco Polo, del trampolín, de las volteretas hacia ambos lados, de bucear y que te escocieran los ojos si se habían pasado con el cloro.

Me acuerdo de mi tía echándome demasiada crema para el sol y sentirme como un pescado, que si te intentan agarrar, te escapas de entre las manos de quien sea.

Me acuerdo de que me dijeran “di algo en inglés, anda”.

Me acuerdo de Ben, que me parecía el más guapo del mundo.

Me acuerdo del fantasma de la casa y de que Blacky no quería subir a la otra planta porque ella también tenía miedo.

Me acuerdo de Blacky, de Manolito, de Currito.

Me acuerdo de unos ratones blancos en una jaula en la bañera del cuarto izquierda.

Me acuerdo de la alegría de tener al fin cuarto propio.

Me acuerdo del sonido de la campana del recreo y de los gritos de los niños más pequeños.

Me acuerdo de los pinos, cuando no eran asfalto y bancos.

Me acuerdo de la resina en las manos cuando intentaba, torpemente, subir a los árboles.

Me acuerdo de tener siempre heridas en las rodillas.

Me acuerdo de posar en todas las fotos y de preocuparme mucho por si salía guapa.

Me acuerdo de mi melena larguísima y brillante.

Me acuerdo de mis sandalias rosas, que yo creía que tenían tacón.

Me acuerdo del patinete.

Me acuerdo de tantas cosas…