Se siente

Ese libro no se lee, se siente… El tacto de su portada, el olor de sus páginas, el sabor tras aspirar el aroma de la tinta negra sobre el blanco de sus hojas recién sacadas de la imprenta. El sonido cuando lo dejas en la mesita de noche, no queriendo separarte de él pero sabiendo que no puedes retrasar más el ir al baño, a por agua, a contestar el teléfono, al supermercado, a sacar al perro, a tender la ropa… a hacer cualquiera de las anodinas tareas cotidianas durante las cuales seguirás pensando en él, en ellos, en lo que viven, en lo que están sintiendo, en lo que les depara el destino. Ese vivir cotidiano que te aleja de las añoradas páginas que te transportan a otro mundo y te abstraen de una realidad que ya no te interesa.

Te interesa él, sus recuerdos, su familia, su pasión por esa melena pelirroja y por las palabras. Las calles de ese pueblo de infancia, la necesidad de escapar del lugar de nacimiento, la sed por beber la modernidad fuera de un entorno marcado por la guerra, la posguerra, el hambre, las envidias, el miedo a lo desconocido, la desconfianza ante un idioma que aparece en cada esquina en canciones que desafían el orden establecido – interpretadas por seres melenudos, con pelo de chica y movimientos obscenos, con una legión de seguidoras que se desgañitan y desmayan a su paso, que se olvidan del pudor y los buenos consejos maternos en la presencia de chicos totalmente desconocidos y claramente lascivos.

Esa inevitable necesidad de huir de lo conocido para encontrarse a uno mismo en lo desconocido. El descubrimiento, con el paso de que los años, de que el abandono solo era una forma de conseguir madurar para entender que tu familia lo es todo – que eres quien eres gracias a ese pueblo, esos orígenes, esas raíces que repudiabas pero que ahora te definen más que nunca. Entender que tenías que irte para poder volver. Y ver a ese abuelo en esa casa – olerlo, sentirlo y querer abrazarlo. Su abuelo, tu abuelo.

El libro que venera todos los sentidos es, sin duda, “El jinete polaco”, del creador de realidad ensoñadora más potente que haya existido nunca, y a su vez poeta en prosa, Antonio Muñoz Molina.

Brunetina se despide

Hace cosa más de un año empezaba esta andadura personal, este pequeño proyecto en el que puse todas mis ilusiones, ganas y esperanzas. Nació de una necesidad imperiosa de escupir todas las sensaciones, pensamientos y reflexiones que se me escapaban a borbotones a golpe de teclado (por los dedos índice de cada mano, que nunca supe escribir como Dios manda).

Una mañana, tumbada en la cama pensando en cosas varias… me di cuenta de que necesitaba crear este blog. Quería empezarlo con un homenaje a mi tía, porque era la que ocupaba mis pensamientos día y noche en esos momentos, y quizás porque pensaba (de manera equivocada o no) que le hubiera gustado leerlo, saber que lo hacía yo, imaginarme escribiendo algo cada semana que podía llegar a cualquier persona que tuviera unos minutos que dedicarle a mi web.

Le puse la mayor de las ilusiones y le dediqué bastantes horas. Tuve que aprender a diseñar la web (más o menos), para lo cual necesité la ayuda de quien siempre me tiende la mano cuando me veo en apuros. Aprendí, o lo intenté, a darle vida al blog. Al menos tuve la impresión de darle un poco de caña a las neuronas, porque parece que cuantos más años cumples, más te acomodas y menos las usas.

Y escupí todo aquello que me quemaba por dentro. Primero, dos veces en semana, Luego, una sola vez a la semana. Contaba sensaciones, inventaba historias, disfrazaba anécdotas, inventaba historietas o situaciones. De todo aquello que me flotaba por la mente escogía lo que me parecía más interesante, lo moldeaba, disfrazaba, adornaba y lo plasmaba en esta falsa página en blanco.

Tuvo una finalidad claramente terapéutica, y por ello, muchas veces me hizo llorar. Bueno, o me hice llorar, porque el blog no es un ente separado de mí. Tuve monólogos, quejas, charlas, reflexiones. Pude descargar la rabia que llevaba dentro, pude darle un espacio a ella y a tantos otros que nos han dejado. Pude quejarme de lo que más me incordiaba y reírme de lo que me parecía ridículo. Pero, ante todo, me di la oportunidad de decir la verdad, sin tapujos, sin filtros, sin cortapisas y sin ningún tipo de expectativa que no fuera el poder volcarlo y, posteriormente, olvidarlo.

Durante estos meses tuve la oportunidad de recibir muchos comentarios positivos, críticas, aportaciones, ánimos, piropos… cariño, en definitiva. Porque el hecho de que alguien encuentre unos minutos para leer tu punto de locura es un halago. Y que dedique otros tantos a hablarte de lo que ha sentido leyéndote es verdaderamente maravilloso.

Y este proyecto, como tuvo un principio, tiene un final. Todos lo tenemos, y no por ello la vida deja de ser interesante… más bien al contrario. Pero ya he cumplido con los objetivos propuestos y considero que es el momento idóneo para echar el cierre. Para poder hacer una despedida digna y caminar hacia otro lado.

No olvido vuestras palabras ni consejos y, sobre todo, no podré borrar lo bien que me hizo sentir saberme apoyada. Os quiero, lo sabéis. A unos y a otros: a todos. Y me siento satisfecha y feliz de los pasos que he dado y de lo que aprendido del mundo y de mi forma de vivirlo.

La web seguirá existiendo y se podrá leer o releer las veces que uno quiera… pero ya como libro cerrado que tienes en la repisa y al que te acercas en esas tardes un tanto nostálgicas. Y yo estaré donde siempre, en todas partes y en ninguna. Cerca de los que tengo al alcance de la mano, y a golpe de chat de aquellos que por desgracia me pillan lejos.

Gracias. A todos, a mí, a ti… porque el dolor de tu recuerdo me animó a crear esto y a día de hoy solo siento alegría pensando en ti, en lo que fuiste y en lo que me diste.

Hasta pronto.

 

No intimidas

Hazme caso: no es así. El que seas una mujer atractiva, inteligente, con un buen trabajo, con aspiraciones, inquietudes e intereses… no intimida a nadie. Bueno, salvo a las personas inseguras, claro. Porque alguien que no está muy seguro de su propia valía preferirá fijarse en alguien que considera inferior, una persona que no le robe su propio brillo, que no cuestione sus aficiones, que no resalte su propia falta de valía.

Deja de creer en esas cosas: la gente no lleva razón. No porque lo digan otros va a tener malor que lo que tú bien sabes. Porque no hay ningún hombre en el mundo que tenga una cita con una mujer guapa, con conversación, divertida, y diga: “no quiero volver a verla nunca más en mi vida”. Y si necesitas verlo desde otra perspectiva para que tenga más sentido, dale la vuelta a la tortilla. Piensa en una cena con un hombre culto, atractivo, interesante, con conversación, con las ideas claras… ¿querrías volver a verlo? Eso es, no lo olvides.

Pero considera otro escenario: una persona que se gusta tanto, que se tiene a sí misma en tan alta estima que no hace otra cosa que no sea hablar de sus ocupaciones, opiniones, intereses, hábitos. Alguien que se pasa la cena contando sus historias, hablando de “su libro”. Alguien que es incapaz de pararse a escuchar, de quedarse callada esperando que la otra persona tenga un momento para participar. Alguien tan inseguro que no sabe más que hablar de sí mismo. Esa persona, hombre o mujer, no le gusta a nadie. Esa mujer que necesita ser constantemente el centro de atención en realidad es alguien lleno de inseguridades, asustado porque no se considera lo suficientemente interesante como para gustar si no es siendo la protagonista en cada momento. Ese hombre que se cree que atrae contando todas sus anécdotas no es consciente de que lo que transmite es falta de autoestima y un gran complejo de inferioridad.

Sé la persona tan segura de sí misma que sabe que aquel que tienes al otro lado necesita su espacio – que lo escuches, que le preguntes por lo que le interesa, que le hagas reír, que le hagas sentir que es importante para ti. Porque cuando nos separamos recordamos cómo nos ha hecho sentir la otra persona: importante, querido, apreciado, escuchado… alguien. Nos hace sentir que somos especiales y que no solo merecemos su tiempo, sino que además disfrutan a nuestro lado. Porque en realidad eso es lo que todos queremos: sentirnos bien, que nos den cariño, cobijo, que nos quieran con nuestros defectos e inseguridades. Que nos den nuestro espacio y nos dejen brillar con luz propia.

Y ahora, ve a hacer feliz a alguien, pero recuerda: no intimidas. No dejes que otros intenten robarte tu brillo con semejante afirmación. Nunca.

Brunetina y la Fashion Week

Se acaba el verano y parece que con él termina todo lo bueno… pero no. Porque en realidad lo que ocurre es que llega la temporada de las Fashion Weeks. Es decir, una sucesión de vídeos de desfiles varios en Nueva York, Madrid, París, Milán. Así que Brunetina guarda el pareo y el bikini y lo cambia por el wifi más cercano para poder seguir en el móvil todas las tendencias del momento – no sea que se le escape alguna moda sin revisar, criticar o comentar.

No solo se trata de ver moda, sino de echarle un ojo a los que se acercan a los photocalls de turno y tienen la suerte de asistir en la front row. Antes, hace años, esa primera fila de los desfiles de las grandes firmas se veía repleta de modelos y diversos ejemplares de la fauna del diseño, la moda o las artes de alguna manera. ¿Hoy en día? Muchos de esos sitios se ven ocupados por pequeños traseros fibrosos de chicas (y chicos, aunque en menor medida) cuya principal fuente de ingresos viene de subir a su canal de Youtube una serie de vídeos sobre su día a día y sus consejos de moda, decoración o tendencias. Sí, los sitios antes designados a famosos ahora se ocupan por la nueva ola de personajes conocidos: los YouTubers (o vloggers, en cualquiera de sus formas).

Los diseñadores, por tanto, deben tener esto en cuenta a la hora de elaborar sus colecciones y de intentar promocionarlas… bien es sabido que uno debe adaptarse a la demanda del público – idealmente, anticiparse a ella y satisfacer esa necesidad, pero al menos intentar detectar lo que esté de actualidad y ofrecer la experiencia más satisfactoria para los asistentes. Porque de ellos, y de sus móviles de última generación, depende el alcance de tu marca. Y gracias a los vídeos que suban y tagueen, podrás llegar a cientos de miles… para bien o para mal.

¿La moda en sí? Relevante tambíen, por supuesto. Pero no exclusivamente lo que circula por las pasarelas sobre modelos de 1,85 de cuerpos de extremidades interminables, no. Es importante quién va, qué lleva, cómo y con quién se fotografía. Y es igual de divertido que ver lo que se llevará en las próximas estaciones. Vuelta a las botas altas (¿soy la única que se acuerda de Pretty Woman estas semanas?), tangas que suben por encima del pantalón y se dejan ver sin pudor (“aserejé”, al menos en mi cabeza) y el regreso de las grandes.

Versace nos ha regalado la vista con un fin de fiesta de la mano de las grandes modelos, esas que inventaron lo que es ser top model y por las que parece que no pasen los años: Carla, Claudia, Naomi, Cindy y Helena. Homenaje único a Giani Versace 20 años después de su muerte. Si no te gusta la moda, al menos pincha en alguno de los miles de vídeos que capturan ese momento genial. Y recuerda: los 90 no han muerto, vuelven con más fuerza que nunca.

Intangible

Cuesta trabajo definirlo, porque todo aquello que tenga que ver con sensaciones o sentimientos nunca es fácil de explicar. Y tampoco es sencillo conseguirlo o perseguirlo. Cuanto más te preguntas cómo ha ocurrido o por qué no está pasando, más te alejas de ello.

¿No te has dado cuenta de que hay personas con las que tienes una conexión instantánea y otras a las que no entiendes por mucho que habléis el mismo idioma? Y no es una cuestión de atención o interés, porque de hecho suele ocurrir que le dedicas más tiempo a aquellas desconexiones con el objetivo de conseguir arreglarlas o mejorarlas. Olvidas que no se trata de atenciones, de mimos o de horas invertidas. No es una cuestión de ponerle ganas… es que hay relaciones que están destinadas al fracaso mucho antes de nacer.

Te niegas a ello, por supuesto. Con esa manía humana de querer razonarlo todo, meditarlo, analizarlo, diseccionarlo y arreglarlo. Se te mete entre ceja y ceja que te vas a llevar bien con el universo entero, con todos los habitantes del planeta tierra. Pero estás pasando por alto que hay algo intangible en las relaciones que ocurre… o no. Esa chispa que se enciende y que hace que te comuniques con alguien con una siemple mirada, y que otra persona sentada a su lado no te entienda ni aunque le escribas un libro de instrucciones de 300 páginas. Y es algo tan agradable, a la par que recíproco, que los dos acabáis hablando de cualquier cosa que se os pase por la cabeza sin notar que lo estáis haciendo, olvidando que pueda haber otras personas alrededor.

¿No es bonito? Mágico, incluso. Lo fácil que es a veces que dos cerebros conecten y se retroalimenten, se contagien el entusiasmo por haberse encontrado, se distraigan, entiendan, animen, gusten. Lo inesperado, la sorpresa, el encuentro fortuito que te alegra la tarde, que te hace querer quedarte más tiempo aunque deberías irte, que te haga pensar que mereció la pena salir del sofá y pisar la calle, andar en busca de ese yo complementario en una cabeza ajena que haría de un día normal una tarde inolvidable.

Quizás gran parte de su belleza radice presicamente en su carácter aleatorio, en la imposibilidad de provocar una sensación así de manera premeditada. En un mundo lleno de tecnología donde todo se puede reducir a algoritmos y meter en bases de datos artificiales, una conexión humana contra todo lo pevisto te demuestra que, como ya sabías, las mejores cosas de la vida son gratis. E inexplicables.

Feliz semana.

Brunetina y la vuelta

A Brunetina no le resulta desagradable volver… al cole, a la rutina, al otoño, a los abrigos, a las noches de mantita en el sofá delante de la tele pensando que va a salir a Rita. Y le viene pasando de siempre. Porque la sola idea de ir a por libros nuevos y poder encuadernarlos siempre le produjo entre emoción, impaciencia y alegría. Quizás había un punto de miedo… a lo desconocido, a las nuevas asignaturas, a los exámenes, al posible fracaso. Pero todo eso se veía superado por la emoción de saber que va a poder abrir la montaña de libros nuevos, uno a uno, y aspirarlos con los ojos cerrados. Ese olor a libro nuevo, a tinta. Esa promesa de aventuras por descubrir. Ese mundo nuevo. Ese cúmulo de emociones, de incertidumbre, de alegría por poder volver a ver tus amigos, contarles tu verano, preguntarles por el suyo, enseñarles fotos o juguetes, probar sus bolis de colores, prestarles tus fluorescentes, ver la pulsera nueva que compraron en el puesto de la playa o contarles la última peli que te llevó a ver tu hermano mayor.

Hay cosas que, afortunadamente, no se pasan con el paso de los años. Y esa expectación por el momento de la vuelta es algo que a Brunetina se le ha quedado grabado. Y año tras año, sin falta, vive las mismas sensaciones. Y por eso le cuesta unirse a la multitud de caras largas, quejas, lamentos, malos humores de todos aquellos que solo saben echar pestes cuando agosto llega a su fin y toca volver a la cotidianeidad del trabajo, las obligaciones, a la rutina que aparcaron cuando el sol derretía las aceras y nublaba el entendimiento.

Pero el otoño es un momento ideal para retomar las riendas de tu vida, para plantearte nuevos retos, comprarte una agenda nueva (o dos, por qué no), estrenar bolis de colores en el curro, instalarte esa app de aprender idiomas, darle por fin al boxeo, planear escapadas de fin de semana a todos esos sitios en los que eres incapaz de estar cuando hace cuarenta grados a la sombra. Es el mejor momento para volver a ver a aquellos que llevan dos meses tostándose en la playa y que te cuenten sus anécdotas, siempre con una caña fresquita en la mano.

Te puedes reinventar, renovar, mejorar, espabilar. Puedes animarte a cambiar el vestuario, mostrar tu mejor yo y vivir este momento de transición como lo que realmente es: una nueva oportunidad para pisar con fuerza y enseñarle al mundo todo aquello de lo que eres capaz.

Otoño: te estamos esperando. Bienvenido.

Nos equivocamos

Pasamos tanto tiempo de nuestra vida diaria ocupados en actividades mecánicas, en tareas de esas que realizamos sin pensar, que se nos olvida que la vida es eso justamente que nos está ocurriendo. No es el plan de futuro, ni la quedada del sábado, ni el viaje a Islas Mauricio del próximo noviembre. Es ahora, es esto, es hoy, es este preciso minuto en el que andas leyendo las cuatro palabras que me he animado a juntar tras las vacaciones.

¿No te da pena a veces? Pensar que te pasas toda tu existencia corriendo de un lado a otro, sin darte ni cuenta de que solo rellenas huecos, víctima del horror vacui que nos domina a todos en esta sociedad moderna de tecnología, inmediatez y todo tipo de dispositivos que no nos conectan, sino que nos hacen cada vez más torpes, insensibles, asociales, inhumanos.

Sin querer, como por una bendita casualidad de esas que se dan a veces en la vida, te encuentras en otro lugar y no se parece nada a la ciudad en la que vives. Y, sin saber cómo ni por qué, dejas que el ambiente local se te contagie, se te pegue a la piel, te entre en los pulmones al respirar, se meta en los tímpanos en forma de voces calmadas, pájaros cantarines sin prisa, coches que pasan sin más preocupación que la de llegar pronto a la playa para poder tomar el sol y darse un baño bien merecido. Y te das cuenta de que nos equivocamos: lo importante no es ir corriendo de una parte a otra, lo verdaderamente interesante es disfrutar de la nada. Simplemente dejar que lo que te rodea te marque el paso, el rumbo, el ritmo.

Porque nos preocupamos demasiado por cosas tan insustanciales… sin querer ver que lo único que vale es un abrazo, un plato de comida, un buen vino, una caña helada, un ataque de risa tras oír un chiste malo, charlar con la panadera sobre una empanada, agradecer el piropo del quiosquero, admirar la fachada de esa iglesia por la que pasas a diario, acariciar al perrete que se te acerca moviendo la cola, sonreír al ver a esa niña intentar darle de comer a las palomas, tener un techo bajo el que dormir y un peluche al que abrazar cuando no te apetece salir de casa. Porque la vida está en esas pequeñas cosas.

Hemos vuelto en Sweet Limerence… Bienvenidos.

Quizás, Brunetina

Quizás esté cansada, porque es un año de blog y pesa. Quizás el verano la deje lacia, con pocas ganas de darle alas a las neuronas. Quizás los 40 grados a la sombra no ayuden. Quizás estar sentada bajo el chorro de aire frío en el salón le hiele los pensamientos. Quizás la jornada de verano le trastoque su rutina habitual. Quizás el mes de julio no se haya inventado para grandes reflexiones. Quizás el ventilador del portátil le queme el muslo izquierdo mientras escribe en ropa de verano. Quizás el sol que intenta entrar por la ventana la distraiga. Quizás el tener que beber agua cada cinco minutos le ocupe mucho tiempo. Quizás tenga la mente en estado de vacaciones. Quizás sus neuronas estén fuera de cobertura. Quizás sea importante parar, a veces, para volver con más ganas. Quizás la creatividad no pueda forzarse. Quizás sea necesario aburrirse para poder crear.

Brunetina está muy agradecida. A todos, los pocos o muchos que estéis leyendo esto. Porque leer comentarios positivos siempre anima a continuar escribiendo ideas y chorradas varias en esta página, semana tras semana. Porque sin vosotros esto no tendría sentido. Y por eso necesita parar. No os merecéis nada más que lo mejor, y ahora mismo puede que los posts perdieran calidad si continuara. Por vosotros y por sí misma, toca parada vacacional en la que reposar y coger fuerzas.

Por todo ello, colgamos el cartel de “cerrado por vacaciones” y nos vemos de nuevo el martes 5 de septiembre. Con reseñas de libros, pelis, series y moda. Porque son las cosas que más le gustan a Brunetina y quiere contaros todo aquello que le salga del corazón – como viene siendo habitual en este pequeño rincón.

No me voy a ninguna parte, podéis escribirme todo lo que queráis durante estas semanas. Estaré encantada de leeros.

¡Feliz verano!

Sin salida

A veces la calle está cortada, o no tiene salida. Así que avanzas hacia la nada, quizás sin saberlo, quizás por dejadez ni viste la señal que te avisaba de que ese camino no llegaba a ninguna parte. Bueno, sí que llegaba, pero a un final, a un punto de no retorno… no te llevaba a otra calle, no había giros, salidas, escapatoria. Y te encuentras, de repente y sin previo aviso, en una calle que has recorrido en su totalidad y a la que no le queda ni un centímetro más que pisar. Has parado en todos los puntos, admirado los paisajes, las vistas, saludado a los viandantes, acariciado a los perros que se te cruzaban, te has hecho selfies y has charlado con el frutero. Pero se te ha acabado.

¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¿Cómo actuar? ¿A quién acudir? ¿Qué dirección tomar? ¿Cómo hacerlo? ¿Cuándo? ¿Pedir consejo? ¿Hacer caso a esos consejos? ¿Reflexionar? ¿Meditar? ¿Parar y ver la vida pasar? ¿Esperar? ¿Rezar? ¿Darle vueltas a todo? ¿No pensar en nada? ¿Dejarlo estar? ¿No hacer nada? ¿Ponerlo todo patas arriba? ¿Darle la vuelta a la tortilla? ¿Resignarte? ¿Pelear? ¿Crear un camino nuevo? ¿Desandar lo andado? ¿Borrar tus propios pasos?

Puede que una calle sin salida sea justo lo que necesitas, lo que te lleva a crear tu propia salida, a poner las baldosas y pisarlas, una a una. A no dar nada por hecho, a no fosilizarte, a no confiar en el inmovilismo, a retarte, a cuestionar tus propias decisiones, a desconfiar de la rutina, a inventar una nueva. Es muy probable que la ausencia de salida sea una escapatoria en sí misma, una señal de alarma, una oportunidad.

Para. Descansa. Mira hacia atrás. Recuerda lo bueno. Guarda lo malo como lecciones aprendidas. Levántate. Sacúdate el polvo. Saca pecho. Respira. Sonríe. Y da tu primer paso en el nuevo camino que vas a inventar. Actúa.

Brunetina y los viajes

A Brunetina le gusta viajar. Bueno, puede que esto suena a típica frase que uno dice para quedar bien en según qué sitios: entrevistas de trabajos, citas a ciegas, reuniones informales, encuentros con culturetas de pro. Pero en su caso, parezca o no frase hecha, es una realidad. Y quizás, puede, a lo mejor… influya su infancia. Porque todos sus recuerdos alegres, divertidos, emotivos, tuvieron lugar viajando o en el coche o en el extranjero – o cruzando España de norte a sur en coche para poder llegar a su querida feria.

No hay nada como un viaje en coche para dejarla en un estado de trance que no lo consigue ni la más preciada de las meditaciones actuales que tan en boga están. Es montarse en el coche, abrocharse el cinturón, acomodarse en el asiento (como los gatos, que andan dando con las patitas al cojín para dejarlo a su gusto, solo que sin las uñas) y sentirse más cómoda que en el sofá de su propia casa. Se gira, mira hacia la ventana, y se acomoda para pasar un buen rato bebiendo el paisaje. Le da igual que sean cinco minutos o tres horas, porque el poder de abstracción es tan brutal que llega a un nivel de abandono de su cuerpo que le hace perder la conciencia del tiempo. Y cuando toca bajarse, la tienen que avisar de que ya han llegado, de que están en el destino, de que hay que abandonar el coche.

Quizás sea por eso, por esa habilidad, sea la que más aguanta en viajes largos sin pedir una parada para beber, o ir al baño, o estirar las piernas. Aunque puede que no se trate de habilidad sino de entrenamiento. Porque cruzarte un país en el asiento trasero del coche con cinco años puede que imprima carácter – es más que probable. Y acabó por aprender a distraerse en la misma espera, por no impacientarse pensando en lo que quedaba para llegar al destino final, por disfrutar del camino en sí, de los paisajes por la ventana, de las gotas de lluvia que caen en los cristales, de las vacas pastando a lo lejos, de las ovejas lanudas paseando, de los coches que adelantan con gente dentro que saluda, de las nubes que hacen todo tipo de formas: caras, animalitos, figuras, corazones, pájaros.

Siempre le gustaron los pájaros, y le siguen gustando. Verlos volar es algo hipnótico: son elegantes, majestuosos, valientes… libres. Pero verlos andar, cuando lo hacen, es extremadamente divertido. Esa garza dando zancadas por la marisma con el fondo anaranjado y rosa de un atardecer en la bahía.

A lo que iba: a Brunetina le gusta viajar. ¿Conocer un sitio nuevo? ¿Su comida? ¿Su cultura? ¿Su historia? ¿Sus gentes? ¿Su forma de entender la vida? Por supuesto, todo eso le fascina. Pero el viaje en sí mismo – en coche, barco, avión, tren, bus – es algo que la hace igualmente feliz. La impaciencia por lo desconocido, el no saber lo que te encuentras en el camino, el sentarse y mirar por la ventana en calma, sin obligaciones, sin prisas, sin preocupaciones. El placer del paisaje contemplado desde la mirada del turista. Sobran las palabras.

Descompresión

La alarma. El atasco. El bus. El taxi. El coche. La bici. La moto, El código de entrada. Los emails. El móvil. La reunión. La llamada. El ascensor. Las escaleras. El taper. La merienda. La fruta. El super. Las colas. El calor. El sueño. La casa. La fregona. La limpieza. La sartén. Las horas que pasan volando. Las noches en vela. El madrugón. Las ganas de siesta. La fecha de entrega. El plazo que se acorta. El cambio de opinión. Los planes improvisados. El metro que no llega. El que se va en tu cara. El abono caducado. El taxi que pasa de largo. La terraza llena. El chorro de agua que te empapa las gafas. La bebida caliente. La cubitera sin hielos. El último helado del congelador. Las colas. El sudor. El peinado que se cae. El golpe de viento que te levanta el vestido. La lluvia repentina que te pilla antes de llegar a casa. La caca del perro en el portal. El camión de la basura haciendo ruido. El afilador a una hora inesperada. El tapicero y sus altavoces. El vecino gritón. La vecina con tacones. El ruido, el calor, el bullicio, el estrés.

El olor a mar. Los gorriones cantando. Unas gaviotas de lejos. El aire fresco en la piel. La comida recién hecha. La siesta improvisada. El silencio. El paseo por la playa. La tapa con amigos. Las risas. La paz.