LA POCILGA

Cómo olvidar a Clint Eastwood entrando en el saloon tras ver el cadáver de su amigo y diciendo: “Who owns this shithole?” (¿quién es el dueño de esta pocilga?). Hay frases de película que no se olvidan, hay fotogramas que permanecen en la memoria para siempre.

Y es que el cine te transporta a otro lugar, te permite vivir otra realidad y olvidarte de lo que te rodea durante varias horas. Cómo no sucumbir a ese billete a otro mundo, a otras vidas, a otras mentes, a otros cuerpos. Ese mundo que no es el tuyo, que no puede serlo. Un mundo en el que nada de lo que ocurre puede afectarte en exceso. En el que los dramas se acaban cuando se encienden las luces, en el que las muertes no son reales, en el que los amores siempre acaban bien… y que aun cuando acaban mal, no te deben afectar en exceso porque cuando pongas el primer pie en la calle todo eso ha quedado atrás. Todo ese mundo irreal se queda dentro de la sala, en la butaca, en el reposabrazos al que te agarrabas cuando no podías creer lo que le estaba pasando al protagonista.

Las películas tienen el poder de hacerte entrar en otra realidad y formar parte de ella durante unos minutos. Todo queda aparcado cuando entras en la sala: el trabajo, tu ruptura, la lavadora que tienes que poner, la entrega a la que no llegas, la cita con el dentista, las facturas, la multa que te va a llegar por pasarte de velocidad para llegar a esa cena con tus amigas, la gotera del baño que no vienen a arreglar los del seguro. Cualquier circunstancia que te preocupe o presione o frustre pasa al cajón del olvido cuando el acomodador te indica tu butaca. Y es algo que te ocurre sobre todo en la sala. Puedes ver películas en casa y quedarte absorto, pero el proceso de ir a un sitio concreto a disfrutar del visionado le añade un plus de hermetismo: todo lo que ocurra en ese lugar tiene única y exclusivamente que ver con la película; no es el salón donde ayer tuviste que recoger el pipí que se había hecho tu perro, o donde recibiste la llamada con malas noticias ayer justo cuando te ibas a la cama. Es un lugar neutro dedicado al disfrute de la emisión.

El proceso empieza antes de salir de casa, porque tienes que decidir lo que ponerte. Dependerá mucho de con quién hayas quedado – puede que escojas tus mejores galas o algo más cómodo, de diario. Y por el camino irás anticipando la ilusión del encuentro con tu sala preferida. Una vez que llegues podrás saber que estás en buenas manos por el olor a palomitas y el ruido de la gente expectante. Irás hacia tu sala, entrada en mano, con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Te gustará esta vez? ¿Le darás la razón a los críticos? ¿Será el final que esperas? ¿Estará guapo tu actor favorito?

Te sientas, colocas las cosas, te acomodas, miras que el móvil esté en silencio. Palomitas, refresco, asiento mullidito… lo tienes todo. Sólo esperas que no se siente alguien delante que te tape media pantalla (no, por favor, no esta vez). Y… se apagan las luces. ¡Bien! Ves perfectamente la pantalla, te hundes un poco en el asiento, te preparas para ver los tráilers que te vayan preparando para la película, que te hagan ir desconectando de todo lo que has dejado aparcado fuera. Se tes escapa un pequeño suspiro y te quedas mirando fijamente la pantalla.

Fotogramas, colores, sonidos, música, paisaje… historias, en definitiva. Algunas no tienen nada que ver con tu vida y, aún así, la película consigue que te mimetices con los personajes, que empatices con ellos, que sientas lo que ellos sienten y que te afecte como si te estuviera ocurriendo a ti. Si es algo que te ha pasado, en mayor o menor medida, tardarás aún menos en meterte de lleno en lo que estás viendo. Ya tendrás ideas preconcebidas de cómo se sienten los personajes y lo vivirás con mayor intensidad, teniendo un debate interno sobre si tú actuaste igual o sobre si deberían ellos comportarse de otra manera. Eres parte de la trama, te llega lo que está ocurriendo. Y tanto lo vives, tanto lo sientes, tanto lo palpas; que se convierte en un proceso catártico. Ríes, lloras, aplaudes, te entusiasmas. Te dejas la piel por ellos, porque te han cogido suavemente de la mano y te han llevado a un mundo en el que puedes sentir cualquier cosa, puedes vivirla con toda la intensidad que necesites y salir airosa.

Se encienden las luces y estás en tu butaca, parpadeando, sin saber muy bien cómo poner palabras a lo que has vivido. Porque muchas veces los sentimientos apenas tienen palabras, cuesta elaborar frases que los definan como se merecen. Y miras alrededor para ver las caras de los demás y saber si lo han vivido como tú. Y piensas: qué bonito es el cine, cuánto nos permite sentir sin movernos de esta sala. Qué pena que sólo pensemos en ello cuando cierra nuestra sala favorita – aquella en la que vimos tantos taquillazos de niños, aquella que nos enseñó a soñar. La que nos convirtió en quienes hoy somos.

 

BRUNETINA Y EL GRAVY

Parece que fue ayer, la verdad. Sobre todo porque, como suele ocurrir con muchos olores, ese sabor no se olvida con facilidad. De hecho, si Brunetina cierra los ojos, es capaz de recordar el olor, el sabor y hasta la textura del gravy.

Hace muchos años de esto, sí, pero el tiempo es relativo… Bueno, lo es nuestra percepción del mismo – una hora dura una hora, otra cosa es que haya minutos que se nos hagan horas (ese mirar cada instante el reloj del móvil y ver que sólo han pasado un par de minutos, ese querer detener el tiempo cuando se está en buena compañía y ver que se nos escapa como arena entre los dedos). Que nos desviamos, al tema que nos atañe: el gravy. Esa salsa de carne y verduras que tomaba de pequeña como si de oro líquido se tratara. Y quizás, probada de adulta, no le habría hecho ni pizca de gracia… Pero es lo que tiene la infancia – que todo lo magnifica y hace que la comida sea un recordatorio de un estado de ánimo, que un sabor agradable sepa a sonrisa, que una comida con tus amiguitas sea un momento único e irrepetible que te deje un sabor de algodón de azúcar en la boca.

Es la hora del lunch y hay que ir hacia el comedor escolar. Brunetina va con su amiga, Rachel (ya la conocéis), de la mano, con ese andar típico de las niñas – que más que andar es dar saltos de duendecillo. Contentas, sonrientes, de la mano, felices. Y, según se van acercando a ese comedor enorme lleno de mesas, con unas pequeñas escaleras para acceder y una ventana lateral por la que se llega a la comida, ya lo nota. Lo huele, lo percibe, lo siente… y se pone tan contenta que da palmaditas con las manos. ¡Hay gravy! Ya ves, qué cosa tan tonta. Y ese alimento tan British, tan del Reino Unido, tan ajeno a la cultura española… a ella la hace feliz. Casi seguro que es porque es algo que relaciona con ir a comer con sus amigas, pero la cuestión es que le encanta. No se puede decir que sea difícil contentarla.

Es de color marrón, o canela. La textura es un tanto líquida, aunque espesa. Y huele a… quizás algo similar a las pastillas de caldo de Avecrem (aunque puede que sea un olor más intenso). Se la ponían por encima al puré de patatas que acompañaba a los guisantes y la carne. Brunetina, la carne, como que no puede decir que sea su comida preferida. Salvo contadas excepciones, suele preferir el pescado. Pero, a lo que iba, que la salsa iba con el puré de patatas y aquello sabía tan bien que intentaba comerlo muy lento para que le durara. Arriesgaba, quizás, que la seño le preguntara si no le gustaba y le metiera prisa… Pero no importaba en absoluto: los placeres se disfrutan mejor con pausa, con calma, poco a poco, sin que le vengan a una metiendo prisa estropeando el momento. Y tomaba pequeñas porciones con el tenedor: pincha, rebaña, escurre y a la boca. Cierra un poco los ojos, sube la lengua al cielo de la boca, deja que el sabor inunde las papilas gustativas. ¡Aaaaaah, qué rico! Unos segundos antes de coger otro poco, vamos a disfrutar del sabor en la punta de la lengua un poco más. ¿Por qué nos lavamos los dientes tan rápido al acabar de comer? Es una pena, porque solemos dejar para el final el bocado perfecto, el que tiene un poco de todos los sabores del plato, el que hemos reservado como remate de una comida perfecta. Y lo único que se nos ocurre, tras eso, es salir corriendo a por una pasta de menta que nos borre esa memoria. Una pena que vayamos con tanta prisa en este mundo moderno, ni tiempo de saborear la comida tenemos.

A Brunetina es que la comida siempre le ha parecido algo muy serio – desde pequeña. Y cuando va por Inglaterra y le viene ese olor como dulzón, a guiso, a puré de patatas… Cierra los ojos, aspira y siente el gravy sobre la lengua. Está sentada en esa sillita minúscula del comedor escolar, tiene 5 años, su amiga Rachel está a su lado y Miss Head comprueba que no le falte de nada. Sólo con eso ya se siente como en casa. Es que, de hecho, está en casa. En su segunda casa. Porque Brunetina es galesa y andaluza – lo mejor de cada sitio.

Por eso quiere aprovechar para felicitaros San Valentín y recordaros que es un momento ideal para celebrar – amistad, amor, matrimonio, amor fraternal… lo que sea. Coge a esa persona y vete a cenar algo rico porque es algo serio la comida. Muy serio.

 

NO QUIERO

Me niego, mi cabeza no lo asume, mi cuerpo lo rechaza… todo mi ser se opone a esto. Y no hay nada que pueda hacer al respecto. No es algo que esté en mis manos resolver. ¿Cómo es eso que dicen? Suelen recomendar los psicólogos, a las personas en épocas de estrés, que cojan papel y lápiz y hagan una lista. Deben anotar todo lo que les preocupa. Una vez hecho esto, tienen que separar esos problemas en dos grupos: los que tiene solución, y los que no la tienen. Para aquellos que parece que tengan remedio, debemos planear la estrategia y ponernos manos a la obra. Para los que quedan sin solución posible, te dicen que debes aprender a vivir con ellos, adaptarte, resignarte, saber que en la vida siempre habrá circunstancias que no puedas controlar que te harán daño, pero sólo tanto como tú se lo permitas. Tienes que hacerte fuerte, doblarte pero no romperte. Be water, my friend. O, como decía la tía Casilda: “si tiene solución, de qué lloras; y si no tiene solución, pa qué lloras”.

Pero no quiero. Resulta que no me da la gana. Y lo he intentado, que no parezca que no he puesto de mi parte. Pero es que en este caso hay poco o mal remedio. ¿Sabes lo que me pasó ayer? Que estaba pensando en el próximo post que iba a escribir, y me dije: “se me ha olvidado preguntarle si le está gustando el blog últimamente”. Y, de repente, como un fogonazo, caí en la cuenta. No estás, no has podido leer nada, no conociste mi web. Sencillamente porque la creé cuando ya te habías ido. Nos dejaste un lunes 25 de abril y publiqué mi primera entrada un lunes 20 de junio. Dos meses necesité, ocho semanas me hicieron falta para poder asumir tu pérdida, tu abandono, tu ida sin vuelta. Y ese domingo previo a la escritura recuerdo perfectamente que abrí los ojos, vi el sol entrar por la ventana… y supe que tenía que hacer algo. Que ya no podía tener más tiempo este dolor en el pecho, este malestar en las yemas de las manos, este nudo en la garganta. Que de nada servía llorar cada vez que cogía el teléfono pensando en llamarte. Que no había remedio ni consuelo – que esto no tenía vuelta atrás. Y lo único que se me ocurrió para poder ahogar las penas fue crear una web, en tu honor, y dedicarte la primera publicación. Porque las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito permanece. Y yo quería que tu existencia no se fuera con un golpe de levante, que tu esencia no se olvidara, que tu paso por este mundo tan perro no cayera en el olvido. Y escribí, me senté delante del portátil lleno de pegatinas de colores y le di a la tecla. Y salió todo rápido, fácil, fluido – aunque tenía que levantarme cada dos o tres frases a lavarme la cara y sonarme los mocos. Si me pagaran por llorar, podría navegar en una piscina de dinero, como el tío Gilito. Que, por cierto, de llorona ibas tú también servida – no te me hagas ahora la digna. Cuando arrancabas con la lágrima te hartabas – se ve que lo llevo en la sangre.

Me vino bien, me suavizó la pérdida. Y pude ir publicando otras cosas, menos serias, o a veces hasta graciosas. Me dediqué a mirar lo que escribía como el que ve crecer una planta: con calma, paciencia, amor y asombro. Y tuve mis entradas mejores y peores – como imagino que debe ser. Pero no importaba, porque era mi intento de crear arte nacido del dolor. Era mi amago de sacar algo bueno de algo malo. Y tanto he escrito, tanto he andado, tanto tiempo ha pasado… que se me había olvidado que lo hice para ti y que nunca pudiste verlo. Tanto me he enfrascado en mis propios pensamientos – los que me tenían que salvar de tu pérdida – que he conseguido no llorarte a todas horas. Aunque hay días, como hoy, en los que no quiero verlo de color de rosas ni tirar de frases manidas de autoayuda. No me apetece fingir que sonrío pensando en ti, porque hoy no he sonreído… se me ha encogido el corazón y he sentido un puñal que me atraviesa el pecho.

Por eso hoy, y solo hoy, no me viene en gana asumir que te has ido. Ni pintarme una sonrisa en la cara, ni decir que estoy entera. Hoy me dueles y no pienso fingir. No voy a bailar en tu honor ni a reírme pensando en una de tus anécdotas absurdas. No me apetece hacer de tripas corazón. No quiero.

BRUNETINA Y EL COLE

Puede que nos pase a todos, que recordamos lo que nos ocurría de niños con las proporciones incorrectas: todo en nuestra mente se graba ampliado, de grandes dimensiones, como si nos hubiéramos tomado una galleta de las que hacían encoger a Alicia en su país surrealista y fuéramos personas muy pequeñas en espacios enormes. Como si fuera un sueño en lugar de un recuerdo – aunque quizás los recuerdos se graben en la mente de la misma manera que lo hacen los sueños, mezclando partes de realidad con pequeñas dosis de imaginación.

Cuando Brunetina se pone a recordar su colegio de St Cadoc’s, en Cardiff, se le antoja gigante. El edificio tiene pasillos anchos, amplios, con percheros muy altos donde colgar los minúsculos abrigos y las diminutas mochilas con el lunch del día. El patio del colegio, que rodea el edificio, existe en sus recuerdos como una explanada que no tiene fin, donde se entremezclan jardines y asfalto, donde se puede correr, saltar a la comba, jugar al escondite, hacer carreras de sacos.

Por cierto, ahora que lo piensa, solía haber un concurso por parejas de distintas disciplinas. Nada especialmente elaborado, algo propio para entretener a los niños y darle una oportunidad a los padres de ver a sus hijos en acción, de conocer a sus amigos, de vivir con ellos cómo ganan una medalla o diploma. Su mejor amiga, Rachel (la piojosa, tema que ahora no hace al caso, pero que más adelante entenderemos), fue su compañera en una de las carreras. Consistía en correr por parejas unidos por el tobillo con un lazo. Requería de una gran coordinación, ya que podías usar sin problema una pierna, pero la otra dependía de que tu amiga quisiera y pudiera avanzar a la vez que tú. Daba para reírse, porque en la mayoría de los casos se acababa pisoteada y haciendo la croqueta por el suelo. Inevitable, sin duda.  Algo que iba acompañado de otra carrera de huevos, con una cuchara en la boca y un huevo n equilibrio sobre ella, que no podía caerse hasta que llegaran a la meta. Pero les dieron un diploma, a Brunetina y a su amiga Rachel, así que tan mal no lo harían.

Ya, que por qué era la piojosa. Pues ocurrió que un día, en casa, la madre de Brunetina descubrió que… su preciosa melena estaba habitada por unos minúsculos bichos que le hacían rascarse a todas horas. Y, curiosamente, la seño le explicó a su padre que Brunetina se había hecho la mejor amiga de una de las niñas de la clase que tenía fama por tener piojos. Brunetina anunciando ya desde una temprana edad su gran ojo para escoger amistades, algo que la perseguirá toda su vida.

Aunque había más niñas en la clase aparte de Rachel, y muchas que se interesaban por Brunetina – al fin y al cabo era la nueva, la guiri (irónico), la sensación en el cole. Y todas querían ser sus amigas, aunque Brunetina, la pobre, al principio no podía enterarse de gran cosa en ese idioma ajeno. Pronto descubrió que lo que ella inventaba en el coche camino de Gales poco tenía que ver con el inglés – primera lección vital que le enseño que no era tan lista como se creía. Pero sus compis se lo intentaban poner fácil y la incluían en todos los juegos. Como ese recreo en el que estaban plenamente convencidas de que si cogían un cristal del suelo podrían usarlo para hacerle a Brunetina agujeros en las orejas. Menos mal que eso nunca ocurrió, habríais sido muy interesante explicarle a sus padres qué teñía en la cabeza cuando decidió cortarse con un cristal recogido del suelo. Y no, Brunetina no tenía pendientes (eso es digno de un post en sí mismo, pero dejémoslo en que no le quisieron imponer eso de bebé, sino dejar que ella decidiera por su misma de adulta si le interesaba agujerearse las orejas para llevar ese complemento).

Si cierra los ojos y se concentra, Brunetina puede oler el comedor, el gravy que acompañaba al puré de patatas con guisantes. Quizás para una mente española eso sea´, como poco, desagradable. Pero su mente lo tiene como un recuerdo positivo y es un olor que entra en la categoría de los que le abren el apetito y le hacen sentirse como en casa. Y puede sentir también el frío saliendo al patio, la sensación de que se le congelaban los huesos con la humedad en las mañanas más frías, y lo que le fascinaba ver los charcos helados – se acercaba a ellos, los pisaba con cuidado, los observaba maravillada.

Y es que los recuerdos del cole no se olvidan, y hasta se magnifican. Se graban en la mente y se convierten en vivencias lejanas positivas, que siempre consiguen arrancarte una sonrisa en los días grises, cuando te tumbas a mirar por la ventana y ver la vida pasar.

 

ÚNICOS

El ser humano es el único animal capaz de sufrir sólo imaginando un escenario adverso, de dolor, de pérdida, de ausencia. Ese perro al que tanto cariño le tienes y que humanizas poniéndole ropa no puede hacerlo. Ese gato del que dices que es tan inteligente y al que tratas como si la casa fuera suya en lugar de tuya es incapaz de ello. Esa boa, hámster, cobaya, pez, tarántula, canario, ardilla… Di el animal de compañía que te plazca: podrás seguir pensando que es una persona, que es tu mejor amigo, que te entiende como nadie. Podrás vestirlo, abrazarlo, quererlo más que a tu propia vida. Podrás venerarlo; pero es incapaz de hacer lo que el cerebro humano.

Así somos: capaces de las mayores pasiones y de las más bajas perversiones. Descendientes de los primates más agresivos, esos que matan por placer, esos que pueden tirar a otro de un árbol sólo porque les apetece matarlo. Y nosotros tenemos la habilidad de imaginar situaciones con tal nivel de detalle, tan reales, tan tangibles… que nos hacen llorar o reír igual que si las estuviéramos viviendo.

Vas corriendo por el parque, es un día de entrenamiento normal, un martes rutinario de tu semana. Los cascos, la lista de Spotify, las mallas reflectantes, los guantes, el paso acompasado. Respirar – uno, dos -, avanzar, calmarse, tomar aire, concentrarse en la canción, adelantar a esas dos personas cortando el paso, dar saltitos esperando que el semáforo se ponga en rojo. Todo va bien, como de costumbre. Todo está en orden. Pero decides cambiar el camino, darle una pincelada de color a la rutina, salir del hábito. Giras a la derecha y entras en un parque por el que nunca pasas. Y al principio corres normal, sigues con tu calentamiento como de costumbre. Pero empiezas a ver cada vez menos luz, varias farolas rotas, te adentras en la oscuridad y oyes un grupo de varios chicos. Los notas a tu izquierda, con el rabillo del ojo. Y de repente piensas que no ha sido tan buena idea, que puede que te pase algo, que uno de ellos se ha movido y te está diciendo algo, que otro empieza a seguirte. Y corres, mucho, lo más rápido posible. Vas cuesta arriba pero no te importa. Notas que el corazón te late muy rápido, que te falta el aire, que tienes mucho calor. Un último esfuerzo… ya estás en la calle transitada, te paras, te agachas para tomar aire, te pones las manos en las rodillas, flexionas las piernas. Te giras y no ves nada. No hay nadie, ninguna persona te ha seguido. Estaba todo en tu cabeza.

Estás en tu mesa, la de siempre, la misma de hace quince años. Se dice pronto, pero son los que han pasado. Miras por la ventana, parece que hoy hay poca contaminación. Ah, ha sonado un email, veamos en lo que consiste. Y lo abres sin presiones, con tranquilidad, con parsimonia… son las 8.30 y tampoco te bombea tan rápido el corazón a estas horas. Pero ese email lo cambia todo. En un segundo ves pasar tu vida por delante de tus ojos. ¿Que hay una reorganización? ¿Qué quiere decir eso? No queda claro, te empiezan a surgir dudas. Sales del despacho y buscas a tu compañero del café… Vaya, parece que no eres la única que ha recibido el email – ni la única a la que se le ha acelerado el pulso. Y, ahora que ya estás con él, vienen otros cinco más. Entre todos conseguís desmontar la empresa en un abrir y cerrar de ojos. Ya os veis en la calle. Bueno, no sólo eso: os imagináis en la cola del paro, esperando cuatro horas para que os sellen la tarjeta, sin derecho a prestaciones, sin el finiquito porque se trataba de despido procedente, sin ingresos para poder afrontar la hipoteca, el garaje, las facturas, la gasolina, el abono de transporte, el teléfono. Y ese viaje que tenías planeado con tus amigas por las islas griegas en verano, mejor cancelarlo. ¿Y cómo cuentas esto en casa? ¿Y qué va a ser de ti? ¿Y dónde vas a trabajar ahora? ¿Y cómo te vas a reinventar? Te duele la cabeza, todo te da vueltas, respiras muy rápido y te cuesta concentrarte. De repente, te das cuenta de que te has terminado el café y que estás sola delante de la máquina. Todos se han vuelto a sus despachos a producir. Tiras el vaso, vas hacia tu sitio, te vibra el móvil con un nuevo email y empiezas a temblar. Te armas de valor y lo abres: te están felicitando por tu nuevo ascenso. Parpadeas y te das cuenta de que lo habías imaginado todo. No es un email con tu despido. Estaba todo en tu cabeza.

Y es que así es el ser humano: capaz de sufrir por situaciones que sólo existen en su cabeza. Así es y así somos: únicos.

 

BRUNETINA Y EL VIAJE

Va en el coche, en el asiento trasero, a la izquierda, justo detrás del conductor. Brunetina se dedica a mirar por la ventana, a ver el paisaje, a hacer dibujos con el dedo índice en la ventanilla… Le encanta estar así, sin hacer nada. Ir en el coche en silencio mirando por la ventana le gusta mucho – algo que le seguirá gustando toda su vida, quizás porque se curtió de pequeña y ahora lo asocia a recuerdos positivos de su infancia.

Como decía: mira por la ventana y ve pasar el paisaje, los coches, la vegetación los animales. Mira el cielo y empieza a pensar a qué le recuerdan las nubes. Cree ver un perro, sí, un perrito. Tiene las orejas levantadas, como si hubiera divisado una presa (quizás un gato), la boca abierta y la lengua fuera. ¡Cuánto me gustan los perros!, piensa Brunetina. Suele pensar que nunca va a tener la suerte de que le regalen uno – aunque quizás está siendo demasiado melodramática… otro rasgo de su carácter que la acompañará toda la vida, sin duda. Qué sabe ella de la vida a sus tiernos 4 años, veamos. Poca cosa. Así que eso de creer que la mala suerte le impedirá tener nunca un perro al que hacer monerías es sólo su mente jugando a saberlo todo demasiado pronto. Claro que, a día de hoy, su mente también juega a saber mucho. Y, no nos engañemos, no sabe de la misa ni la mitad. La edad no te hace sabio, eres el mismo pero con más años. Tu esencia permanece igual para toda la vida. Brunetina seguirá soñando despierta e imaginando cosas que poco tienen que ver con la realidad.

Pero, no nos distraigamos. El coche, el asiento, la ventana trasera y las nubes. Oye la conversación de sus padres en la parte delantera. Su padre, conductor designado, anda al volante diligentemente. Su madre ocupa el asiento del copiloto con un mapa en la mano. Hablan sobre el camino que hay que coger, sobre si deberían parar a comer algo. Puede que los niños estén cansados, a mí no me vendría mal un café bien cargado, estirar las piernas no estaría de más, qué tal un bocata de jamón o de queso. Vamos a parar ahora, que cuando salgamos de España, a ver qué nos encontramos.

Se van de España, sí, están emigrando. Todo eso que ve por la ventana desaparecerá. Todo ese paisaje conocido pasará a ser un recuerdo. A Brunetina la espera lo desconocido: otro idioma, otro país, otra gente, otros coches, otra forma de conducir, otra vida. Con sus cortos años, apenas le ha dado tiempo de saber bien qué es esto de vivir… pero ya lo va vislumbrando. Y es plenamente consciente de que se avecina algo totalmente nuevo. Se ha despedido de sus amigas en su ciudad natal, de su seño, de sus vecinos, de su cole. Vaya, el cole, a ver qué tal va eso. Porque lo mismo el de allí no le gusta tanto. Vete tú a saber. ¿Y a su hermano? Mira a la derecha y ahí anda, sentado, mayor, digno. Bueno, claro, que a la edad de Brunetina cualquiera puede parecer mayor. Y se alegra de tenerlo ahí, piensa que todo va a salir bien. Si algo no fuera como debiera, ya se encargaría su hermano de defenderla. Esto es pan comido, esta aventura está controlada.

Va a volver a mirar por la ventana, pero parece que le están hablando, Sus padres, su hermano. ¿Qué? Que si sabes hablar inglés, que te va a hacer falta. Y Brunetina contesta que sí, y todos se parten de risa. Ella piensa que no entiende por qué se ríen… claro que sabe el idioma. Y empieza a balbucear para sí misma palabras inventadas que se preparó con su amiga, pensando con total convencimiento que eso era la lengua que iba a necesitar allí. No entiende que eso despierte las risas de su familia. De hecho, muchas veces dice algo y los ve reírse… y piensa que es que no la están entendiendo, porque lo que ella cuenta es algo muy serio.

Claro que sabe inglés, faltaría más. Esto va a ser muy fácil – irá al cole y usará esas palabras para hacer nuevas amigas.. Verás qué sorpresa se llevan cuando vean que la española ya lo trae todo de serie. A ver si al final le van a pedir ayuda sus padres o su hermano, que todo es posible. Este viaje se pone interesante, a ver si llegamos ya. No puedo con la impaciencia. Bueno, voy a jugar al “veo-veo” con mi hermano, o a disparar a conductores de camiones, así se nos hace más ameno lo que quede.  No está mal esto de viajar en coche, me relaja.

QUÉ PASARÁ

Y así empiezas el año: lleno de dudas, de incertidumbre, de preguntas sin respuesta, de planes escritos, de ideas geniales en la cabeza, de promesas hechas, de fracasos en la basura, de correcciones en el tintero. Qué pasará, qué misterio habrá… puede ser mi gran año.

Los días previos están repletos de encuentros, comidas, regalos, viajes. Es una lluvia constante de quedadas, un torbellino de emociones. Necesitas sacar la energía restante del año para hacer frente a tanto evento. Y, entre todos esos momentos, te asaltan las dudas, te haces preguntas, titubeas. ¿Escribo los propósitos de Año Nuevo? ¿Servirá de algo? Porque se suele decir que, según se acerca el final del año, debes encargarte de dos cosas fundamentales: conseguir tu ropa interior roja (que, al parecer, da suerte y es la única que puedes usar ese día y/o noche) y escribir una lista de todo aquello que quieres conseguir en el año que empieza.

Te has hecho con una libreta y un boli, uno que parece que escribe más o menos bien… No son tiempos de escribir a mano, todo lo haces con el móvil o el portátil, así que el simple hecho de sentarte a escribir en un cuaderno se te antoja de otra época. Le da un toque nostálgico al asunto, sin lugar a dudas. Y empiezas por pensar en el repaso de todo lo ocurrido en los últimos doce meses: lo vivido, las risas, los llantos, los encuentros, las despedidas, las sorpresas, los viajes, los paseos. Y te das cuenta de que no lo has hecho nada mal, de que has conseguido superar baches, tropezarte unas cien veces con la misma piedra… y levantarte. Sí, cuando te caíste -todas las veces- juraste en arameo. Te lamentaste, te tiraste de los pelos, maldijiste tu suerte y te preguntaste el tan manido “¿por qué a mí?” (qué tendremos los humanos que siempre nos sorprendemos de que nos pase algo malo y nos preguntamos por qué eso nos tiene que tocar a nosotros; no falla, nos creemos invencibles hasta que la vida nos demuestra lo contrario). Y, sin embargo, fuiste capaz de salir de ese bucle de queja permanente, romper con ese hilo de pensamientos negativos y sacudirte el polvo para poder afrontar lo que viniera después con una sonrisa de oreja a oreja. Renaciste de tus cenizas, te vestiste con tus mejores galas y le hiciste frente a eso que ni esperabas ni creías merecer.

Nunca mereces lo malo que te ocurre, si bien tienes que concienciarte de que no se trata de que las cosas no sean justas sino de cómo te enfrentas a la adversidad. En lugar de tomar la postura pseudo-adolescente de decir que no mereces algo, mejor toma las riendas de la situación y decide que eso no te afecte, que no cambie el curso de tu día. No le des el poder de decidir qué clase de día vas a tener – relativiza y estarás por encima de todas aquellas piedras del camino. No permitas que un atasco, un tropiezo, una discusión o una mala cara sean más importantes que el hecho de estar donde estás haciendo lo que quieres. No dejes de ser tú porque la vida sea una carrera de vallas en lugar de un paseo por el campo.

El boli en la mano, la libreta abierta, la mirada fija, absorto en tus pensamientos. Vive, siente, quiere, ríe, llora, blasfema y pelea. Pon en la lista lo que quieras, todo lo que consideres importante – hacer deporte, aprender un idioma, viajar más, promocionar, conseguir un aumento, aprender a cocinar, comer más sano, quedar más con la gente importante, no enfadarme tanto, mostrar cariño. No te dé vergüenza mostrar tus sentimientos, porque lo único que puede pasar es que no sean recíprocos… ¿acaso eso tiene importancia? ¿Qué tiene de malo querer sin esperar nada a cambio? ¿Qué hay más puro que el amor sin condiciones, sin ataduras, sin egoísmo? Quiere y te querrán, sonríe y te sonreirán.

O no, porque la vida no es un dulce paseo por la orilla del mar. Se asemeja más a ese mar, que tan pronto te mece como te lleva hasta sus profundidades con un temporal, Tan pronto se moja los tobillos con suavidad como te lanza con una ola inesperada. Y tú eres el capitán de tu propio barco – y podrás con todas las tempestades, marejadas y resacas posibles. Porque lo plácido aburre y la aventura da para muchas historias que contar a tus amigos vino en mano y sonrisa en cara.

No está mal tu lista de propósitos, pero recuerda: no los vas a cumplir en un día. Iras sumando anécdotas cada paso del camino para conseguir ser mejor, avanzar, moldearte. Y toda y cada una de esas anécdotas bailarán por delante de tus ojos cuando el año que viene vuelvas a sentarte con la libreta, boli en mano, intentando cuadrar la nueva lista de propósitos. Porque no sabes lo que pasará y ahí reside el encanto: en la incertidumbre ante la aventura aún por vivir y escribir.

Bienvenidos

¡Feliz Año Nuevo!

 

Ya hemos superado los reencuentros, las comilonas, las cenas, las copas, los aperitivos… y estamos viviendo la primera resaca del año. Algunos han empezado el día sin saber si el último refresco de anoche tenía algo que les sentó mal – o bien el dolor de cabeza y la boca pastosa son fruto de las cañas, vinos, copas y chupitos previas a ese vaso del final. Otros están altamente orgullosos de empezar 2017 haciendo deporte y con la sangre libre de toxinas.

En Sweet Limerence nos complace informar del nuevo formato de la web, ya que no puede empezar una nueva época sin que intentemos mejorar y aprender del pasado.

Y el plan es: un post semanal cada martes. El próximo martes 10 de enero empezaremos con Fluttering Thoughts, que seguirá siendo como hasta ahora – pensamiento varios, ideas, reflexiones. Y el martes 17 podremos disfrutar de las nuevas aventuras de Brunetina – que empieza el año recordando su infancia, rescatando de los rincones de su frágil memoria imágenes del pasado y contándolas de una forma intimista y cercana.

Esperamos que os guste y atraiga el nuevo contenido; y estaremos, como siempre, encantados de oír vuestros comentarios.

Os dejamos disfrutar de una semana más de vacaciones, que seguro que los Reyes os traen muchas cosas – muy merecidas – y aún os quedan personas a las que abrazar y felicitar las fiestas.

¡Bienvenidos al nuevo blog!

Brunetina y las vacas

Pues, así a lo tonto, a Brunetina se le echan encima las vacaciones de navidad. Parece que fue ayer cuando cogió el teclado para escribir su primer post y ahora… ¡se acaba el año!

Se suceden las comidas, los encuentros con amigos de la toda la vida, la visita de familia que vive lejos, las llamadas de gente a la que se ve poco durante el año. Es el momento en el que todos quieren un trocito de una, y una quiere poder estar con todos.

Es tiempo de reencuentros, de celebrar, de dar cariño y de recibirlo. La agenda se llena de comilonas, de encuentros en los que sales con alguna copa de más y una indigestión totalmente planeada.

Se acerca el día de ponerse a preparar las uvas, de tararear la canción de Mecano mientras oyes la tele de fondo y piensas en que lo más probable es que se te atragante alguna uva, como todos los años, y acabes sin poder seguir las campanadas como Dios manda.

Y se avecina peligrosamente la noche de Reyes, la ilusión de la cabalgata y la emoción de regalar y de abrir tus propios regalos.

Por eso y por todo más, Brunetina necesita unas vacaciones. Unos días para poder reponerse, ver a todos los queridos y añorados y llenar el buche.

Os desea que tengáis las mejores navidades posibles, que os quieran y os hagan reír a carcajadas. Que os den abrazos de esos que cortan la respiración y regalos de los que te hacen brillar los ojos. Que las navidades sean la antesala del mejor de los años. Que el año nuevo traiga salud, dinero y amor – que son las tres cosas que hay en la vida. Y que en 2017 nos veamos de nuevo, vía blog, para seguir contando tonterías de las nuestras. Gracias por todo.

Nos vemos la semana del 9 de enero.

¡FELIZ NAVIDAD!

¡FELIZ 2017!

La Navidad

Me dispongo a escribir este post y veo que en la numeración de artículos guardados desde el primero que publiqué en Fluttering Thoughts, este viene a ser el 24. Es decir, el día de Nochebuena. ¿Casualidad? Quizás serendipia o una señal del destino. Depende de las creencias particulares de cada uno. Pero al menos podrán concederme el que es una casualidad simpática – y eso no me lo puede negar nadie.

Se acercan peligrosamente esas fechas: las que tantos admiradores y detractores tienen. El tiempo de ver las calles llenas de adornos, luces alumbrando las compras, bolsas en tonos rojos, jerséis feos heredados de la costumbre anglosajona. Y hay quienes detestan esta época – quizás no sin razón. El grinch que todos llevamos dentro se rebela ante este consumismo desenfrenado, los atascos en las carreteras, el ansia de querer comprar todo lo que está en las estanterías, la necesidad de quedar con personas que no ves en todo el año, los compromisos, los regalos impuestos, las presiones, los gastos excesivos, las prisas, los agobios.

Pero la Navidad, la real, su esencia… es otra. Es hacerte una lista de tus villancicos preferidos y oírlos mientras paseas por la calle. O ponértelos de camino al trabajo y sentir que te invade el espíritu navideño, que la mueca de sufrimiento se te convierte en un principio de sonrisa, que los problemas ya no lo son tanto si te acuerdas de los villancicos en familia, los abrazos, las risas. Es estar un mes antes de la fecha señalada pensando en cómo decorar la casa, e ir calculando dónde irá el árbol, en qué sitio quedará mejor el belén, si la flor de pascua está bien al lado del reno o tiene más sentido ponerla junto a la estrella con purpurina. Es pasear por las calles viendo todas las luces, los adornos, la magia. Es ir a hacer la ruta de los belenes, quedarte mirando cada pieza, cada escena, cada decorado con todo tipo de detalles. Es querer hacerte una foto en cada árbol gigante que ves en una plaza o en una esquina.

El espíritu navideño te lleva a acordarte de todas esas personas a las que quieres pero que, por tener lejos, no puedes ver tanto durante el año. Es pensar en ellas y sonreír sabiendo que al fin van a cuadrar las agendas. Es llamarlas y charlar con ellas como si el tiempo no hubiera pasado. Y concretar un día y una hora para veros. Con vuestras mejores galas y la mayor de las alegrías, sin mirar el reloj, poniéndoos al día de todo lo que os pasado durante los meses anteriores: lo bueno y lo malo, por supuesto. Y ser capaces de consolar al otro, de darle el abrazo añorado, de demostrarle el cariño que le tienes al fin. Poder darle un regalo y ver su felicidad al abrir el paquete. Es decirle lo que significa para ti pero que durante el año parece que te dé vergüenza hacerlo. Es desearle lo mejor en el año que entra y querer, de corazón, poder vivirlo juntos, poder verlo, poder compartir lo que venga, para bien o para mal.

Son las fiestas de hacer regalos, pero no por compromiso, sino porque al fin tienes una excusa para ir de tienda en tienda buscando cosas bonitas para la gente más importante de tu vida. Por fin es el momento de colmar de regalos a tus seres más importantes, da igual que sean familia o amigos, lo que cuenta es que son prolongaciones de tu persona. Y te animas a escribir tarjetas felicitando las fiestas… ¡con un boli! Como en los viejos tiempos – nada de vídeos por chat. No, te sientas y le escribes una tarjeta a cada persona, a cada trocito de ti que merece abrir el buzón un día y no ver facturas, sino un sobre navideño que contiene mucho amor, purpurina, angelitos.

Es la ocasión de planear encuentros en fechas especiales, de decidir dónde cenas el 24, dónde comes el 25, cómo te tomarás las uvas. ¡Y de pensar en los modelitos! Tienes que ir cuadrando lo que te irás poniendo en cada uno de esos encuentros. Desempolvas les lentejuelas, rebuscas entre tus tacones de vértigo, revisas las plumas y las pieles. Piensas en recogidos (¿quizás una visita a la peluquería?), en lazos para el pelo, en barras de labios rojo pasión, en uñas con manicura especial.

¡Hay que celebrar! Comer, brindar, saltar, bailar, querer, abrazar y besar. Dar gracias por lo que tenemos y recordar lo que hemos perdido. Ser un poco benevolentes con nosotros mismos: deja ya de pensar en si ese pantalón te queda bien… llevas todo el año trabajando, cumpliendo, pagando facturas, siendo un ciudadano ejemplar. Es el momento de darte un respiro y de olvidar tanta norma. De alegrarse por seguir aquí un año más, por tener con quién salir a cantar, a reír, a llorar… o compartir la resaca. Lo que sea. Recuerda: siempre hay motivos para bailar. Después de la tormenta sale el sol. Y, total, cuando te caes… vuelves a levantarte. Mañana será otro día. Ponte guapo, o guapa, sal y disfruta. Porque este regalo que es la vida ocurre una sola vez. Y cuando tengas 120 años (o más) pensarás que pasó en un suspiro. Y no te arrepentirás de lo que hiciste, sino de lo que dejaste pasar por pereza o miedo o el qué dirán. Quiere y te querrán. Regala y disfruta viendo la cara de alegría de quien reciba tu sorpresa. Da gracias, reparte alegría… y harás del mundo un lugar mejor sólo con tu presencia. Deja de exigirte tanto: lo estás haciendo muy, pero que muy, bien. Lo estás bordando – no me lo discutas.

Corre: sal a disfrutar de lo que te ofrece el mundo. Pero recuerda poner los zapatos a la vista y acostarte temprano el día 5, que si no, no pasan los Reyes por tu casa (o te dejan carbón).

Mis mejores deseos en estas fechas: ¡FELIZ NAVIDAD!