Se siente

Ese libro no se lee, se siente… El tacto de su portada, el olor de sus páginas, el sabor tras aspirar el aroma de la tinta negra sobre el blanco de sus hojas recién sacadas de la imprenta. El sonido cuando lo dejas en la mesita de noche, no queriendo separarte de él pero sabiendo que no puedes retrasar más el ir al baño, a por agua, a contestar el teléfono, al supermercado, a sacar al perro, a tender la ropa… a hacer cualquiera de las anodinas tareas cotidianas durante las cuales seguirás pensando en él, en ellos, en lo que viven, en lo que están sintiendo, en lo que les depara el destino. Ese vivir cotidiano que te aleja de las añoradas páginas que te transportan a otro mundo y te abstraen de una realidad que ya no te interesa.

Te interesa él, sus recuerdos, su familia, su pasión por esa melena pelirroja y por las palabras. Las calles de ese pueblo de infancia, la necesidad de escapar del lugar de nacimiento, la sed por beber la modernidad fuera de un entorno marcado por la guerra, la posguerra, el hambre, las envidias, el miedo a lo desconocido, la desconfianza ante un idioma que aparece en cada esquina en canciones que desafían el orden establecido – interpretadas por seres melenudos, con pelo de chica y movimientos obscenos, con una legión de seguidoras que se desgañitan y desmayan a su paso, que se olvidan del pudor y los buenos consejos maternos en la presencia de chicos totalmente desconocidos y claramente lascivos.

Esa inevitable necesidad de huir de lo conocido para encontrarse a uno mismo en lo desconocido. El descubrimiento, con el paso de que los años, de que el abandono solo era una forma de conseguir madurar para entender que tu familia lo es todo – que eres quien eres gracias a ese pueblo, esos orígenes, esas raíces que repudiabas pero que ahora te definen más que nunca. Entender que tenías que irte para poder volver. Y ver a ese abuelo en esa casa – olerlo, sentirlo y querer abrazarlo. Su abuelo, tu abuelo.

El libro que venera todos los sentidos es, sin duda, “El jinete polaco”, del creador de realidad ensoñadora más potente que haya existido nunca, y a su vez poeta en prosa, Antonio Muñoz Molina.

Quizás, Brunetina

Quizás esté cansada, porque es un año de blog y pesa. Quizás el verano la deje lacia, con pocas ganas de darle alas a las neuronas. Quizás los 40 grados a la sombra no ayuden. Quizás estar sentada bajo el chorro de aire frío en el salón le hiele los pensamientos. Quizás la jornada de verano le trastoque su rutina habitual. Quizás el mes de julio no se haya inventado para grandes reflexiones. Quizás el ventilador del portátil le queme el muslo izquierdo mientras escribe en ropa de verano. Quizás el sol que intenta entrar por la ventana la distraiga. Quizás el tener que beber agua cada cinco minutos le ocupe mucho tiempo. Quizás tenga la mente en estado de vacaciones. Quizás sus neuronas estén fuera de cobertura. Quizás sea importante parar, a veces, para volver con más ganas. Quizás la creatividad no pueda forzarse. Quizás sea necesario aburrirse para poder crear.

Brunetina está muy agradecida. A todos, los pocos o muchos que estéis leyendo esto. Porque leer comentarios positivos siempre anima a continuar escribiendo ideas y chorradas varias en esta página, semana tras semana. Porque sin vosotros esto no tendría sentido. Y por eso necesita parar. No os merecéis nada más que lo mejor, y ahora mismo puede que los posts perdieran calidad si continuara. Por vosotros y por sí misma, toca parada vacacional en la que reposar y coger fuerzas.

Por todo ello, colgamos el cartel de “cerrado por vacaciones” y nos vemos de nuevo el martes 5 de septiembre. Con reseñas de libros, pelis, series y moda. Porque son las cosas que más le gustan a Brunetina y quiere contaros todo aquello que le salga del corazón – como viene siendo habitual en este pequeño rincón.

No me voy a ninguna parte, podéis escribirme todo lo que queráis durante estas semanas. Estaré encantada de leeros.

¡Feliz verano!

Sin salida

A veces la calle está cortada, o no tiene salida. Así que avanzas hacia la nada, quizás sin saberlo, quizás por dejadez ni viste la señal que te avisaba de que ese camino no llegaba a ninguna parte. Bueno, sí que llegaba, pero a un final, a un punto de no retorno… no te llevaba a otra calle, no había giros, salidas, escapatoria. Y te encuentras, de repente y sin previo aviso, en una calle que has recorrido en su totalidad y a la que no le queda ni un centímetro más que pisar. Has parado en todos los puntos, admirado los paisajes, las vistas, saludado a los viandantes, acariciado a los perros que se te cruzaban, te has hecho selfies y has charlado con el frutero. Pero se te ha acabado.

¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¿Cómo actuar? ¿A quién acudir? ¿Qué dirección tomar? ¿Cómo hacerlo? ¿Cuándo? ¿Pedir consejo? ¿Hacer caso a esos consejos? ¿Reflexionar? ¿Meditar? ¿Parar y ver la vida pasar? ¿Esperar? ¿Rezar? ¿Darle vueltas a todo? ¿No pensar en nada? ¿Dejarlo estar? ¿No hacer nada? ¿Ponerlo todo patas arriba? ¿Darle la vuelta a la tortilla? ¿Resignarte? ¿Pelear? ¿Crear un camino nuevo? ¿Desandar lo andado? ¿Borrar tus propios pasos?

Puede que una calle sin salida sea justo lo que necesitas, lo que te lleva a crear tu propia salida, a poner las baldosas y pisarlas, una a una. A no dar nada por hecho, a no fosilizarte, a no confiar en el inmovilismo, a retarte, a cuestionar tus propias decisiones, a desconfiar de la rutina, a inventar una nueva. Es muy probable que la ausencia de salida sea una escapatoria en sí misma, una señal de alarma, una oportunidad.

Para. Descansa. Mira hacia atrás. Recuerda lo bueno. Guarda lo malo como lecciones aprendidas. Levántate. Sacúdate el polvo. Saca pecho. Respira. Sonríe. Y da tu primer paso en el nuevo camino que vas a inventar. Actúa.

Brunetina y los viajes

A Brunetina le gusta viajar. Bueno, puede que esto suena a típica frase que uno dice para quedar bien en según qué sitios: entrevistas de trabajos, citas a ciegas, reuniones informales, encuentros con culturetas de pro. Pero en su caso, parezca o no frase hecha, es una realidad. Y quizás, puede, a lo mejor… influya su infancia. Porque todos sus recuerdos alegres, divertidos, emotivos, tuvieron lugar viajando o en el coche o en el extranjero – o cruzando España de norte a sur en coche para poder llegar a su querida feria.

No hay nada como un viaje en coche para dejarla en un estado de trance que no lo consigue ni la más preciada de las meditaciones actuales que tan en boga están. Es montarse en el coche, abrocharse el cinturón, acomodarse en el asiento (como los gatos, que andan dando con las patitas al cojín para dejarlo a su gusto, solo que sin las uñas) y sentirse más cómoda que en el sofá de su propia casa. Se gira, mira hacia la ventana, y se acomoda para pasar un buen rato bebiendo el paisaje. Le da igual que sean cinco minutos o tres horas, porque el poder de abstracción es tan brutal que llega a un nivel de abandono de su cuerpo que le hace perder la conciencia del tiempo. Y cuando toca bajarse, la tienen que avisar de que ya han llegado, de que están en el destino, de que hay que abandonar el coche.

Quizás sea por eso, por esa habilidad, sea la que más aguanta en viajes largos sin pedir una parada para beber, o ir al baño, o estirar las piernas. Aunque puede que no se trate de habilidad sino de entrenamiento. Porque cruzarte un país en el asiento trasero del coche con cinco años puede que imprima carácter – es más que probable. Y acabó por aprender a distraerse en la misma espera, por no impacientarse pensando en lo que quedaba para llegar al destino final, por disfrutar del camino en sí, de los paisajes por la ventana, de las gotas de lluvia que caen en los cristales, de las vacas pastando a lo lejos, de las ovejas lanudas paseando, de los coches que adelantan con gente dentro que saluda, de las nubes que hacen todo tipo de formas: caras, animalitos, figuras, corazones, pájaros.

Siempre le gustaron los pájaros, y le siguen gustando. Verlos volar es algo hipnótico: son elegantes, majestuosos, valientes… libres. Pero verlos andar, cuando lo hacen, es extremadamente divertido. Esa garza dando zancadas por la marisma con el fondo anaranjado y rosa de un atardecer en la bahía.

A lo que iba: a Brunetina le gusta viajar. ¿Conocer un sitio nuevo? ¿Su comida? ¿Su cultura? ¿Su historia? ¿Sus gentes? ¿Su forma de entender la vida? Por supuesto, todo eso le fascina. Pero el viaje en sí mismo – en coche, barco, avión, tren, bus – es algo que la hace igualmente feliz. La impaciencia por lo desconocido, el no saber lo que te encuentras en el camino, el sentarse y mirar por la ventana en calma, sin obligaciones, sin prisas, sin preocupaciones. El placer del paisaje contemplado desde la mirada del turista. Sobran las palabras.

Descompresión

La alarma. El atasco. El bus. El taxi. El coche. La bici. La moto, El código de entrada. Los emails. El móvil. La reunión. La llamada. El ascensor. Las escaleras. El taper. La merienda. La fruta. El super. Las colas. El calor. El sueño. La casa. La fregona. La limpieza. La sartén. Las horas que pasan volando. Las noches en vela. El madrugón. Las ganas de siesta. La fecha de entrega. El plazo que se acorta. El cambio de opinión. Los planes improvisados. El metro que no llega. El que se va en tu cara. El abono caducado. El taxi que pasa de largo. La terraza llena. El chorro de agua que te empapa las gafas. La bebida caliente. La cubitera sin hielos. El último helado del congelador. Las colas. El sudor. El peinado que se cae. El golpe de viento que te levanta el vestido. La lluvia repentina que te pilla antes de llegar a casa. La caca del perro en el portal. El camión de la basura haciendo ruido. El afilador a una hora inesperada. El tapicero y sus altavoces. El vecino gritón. La vecina con tacones. El ruido, el calor, el bullicio, el estrés.

El olor a mar. Los gorriones cantando. Unas gaviotas de lejos. El aire fresco en la piel. La comida recién hecha. La siesta improvisada. El silencio. El paseo por la playa. La tapa con amigos. Las risas. La paz.

Brunetina y el mar

A Brunetina no le gusta la playa, vaya eso por delante. Y no es que tenga algo en contra de la arena, o del mar y sus olas. Es que solo de pensar en tener que ponerse al sol a las cuatro de la tarde en julio, rodeada de familiones, con niños corriendo alrededor llenándole la toalla de arena, señoronas contando el cotilleo de la Esteban a voces a sus amigas, grupos de adolescentes oyendo trap a toda pastilla en el móvil mientras intentan encontrar la pose que más abdominales y biceps les saque – mientras ellas se hacen el selfie de rigor poniendo morritos y sacando pecho, la orilla llena de algas, el mar lleno de basura, la arena – que te abrasa los pies – con sus correspondientes colillas y latas de resfrescos abandonadas, el coche aparcado a 3km porque era imposible dejarlo cerca de la playa – con gorrilla o sin él… solo de pensar en ese escenario le hace querer abrir el armario e irse al mundo de Narnia de cabeza, con un buen abrigo de plumas y una bufanda a juego.

Pero el mar, ay, eso ya es otra cosa. Porque estar en el sofá tirada y pensando en por qué hace 40 grados y cuándo volverá el frío… mientras alarga la mano para coger el mando a distancia del aire acondicionado, no es vida. Lo que realmente apetece es coger un bañador retro, una toalla, un capazo y salir hacia la playa. Y encontrar aparcamiento a la primera, nada de levante, un poco de sol – pero no en exceso-, tener una sombrilla, poder plantarla cerca de la orilla, para que la brisa marina le refresque la piel mientras ve las olas romper y a las gaviotas de lejos. ¿Número de personas en la playa? Pocas, y silenciosas. Un señor mayor dando un paseo por la orilla, una mujer tomando el sol en su hamaca, una parejita en la orilla intentando entrar en el agua de a poquitos, tres niños haciendo un castillo de arena con la concentración de un adulto haciendo un sudoku. Una amalgama de personas, vidas cruzadas, sensaciones, situaciones… con el mar de fondo. El mar frío, sin algas, limpio. Las olas rompiendo con fuerza, pero no tanta como para que ondee la bandera roja. Ir hacia ellas poco a poco, sin prisa, respirando el aire puro y evitando molestar a los niños del castillo en el camino. Poner los pies en el agua y sentir el frío recorrer desde la punta de los dedos hasta la nuca. Esa sensación de frescor, de alivio, de disfrutar del descanso de guerrero en la naturaleza. Y entrar en el agua sin prisa, esquivando las olas, yendo de lado para evitar el impacto directo. Y, en un momento dado, soltarse la coleta y zambullirse de cabeza. Y bucear. Sacar la cabeza, mirar alrededor, y nadar. Parar de nadar y quedarse flotando, dejando que la marea te meza y te abrace con sus partículas de sal. Cerrar los ojos y sentir la mayor de las relajaciones. Y sentir, solo sentir… los pies, las piernas, las manos. Y abandonarse.

Porque a Brunetina el mar sí que le gusta.

Pánico escénico

El miedo como forma de vida. Como motor principal de tu día. Como cristal de las gafas que llevas puestas para ver el mundo. Como amigo inseparable que no deje de susurrarte ideas negativas al oído. Como fiel escudero que te hace más mal que bien.

Se dice que el miedo es bueno, que es una respuesta natural del organismo ante situaciones desconocidas o potencialmente peligrosas. Que es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie. Que es aquello que nos protege de hacernos daño o, incluso, matarnos. De adentrarnos en lugares que podrían hacer peligrar nuestras vidas. O de acercarnos a quienes podrían dañarnos.

Pero el miedo, a veces, se pasa de precavido y nos hace daño. Porque, con la excusa de que él mira por nuestro bien, se nos sienta en el hombro – cual loro – y se pone a soplarnos cosas en la oreja. Y esas cosas, a veces, no son positivas. Bueno, nunca suelen serlo. Pero, en algunos casos, no nos hacen bien. Y ese miedo, fiel amigo, nos coge de la mano y no nos suelta. Y no le da la real gana de dejarnos en paz. De dejarnos vivir, de permitirnos seguir el camino que tenemos marcado, la decisión que hemos tomado.

A veces hay que aprender a convivir con él, a no tenerle miedo al propio miedo, a decirle que entiendes que te dice las cosas por tu propio bien… pero que sabes cuidar de ti mismo. Y que, aunque los argumentos que te da no son inciertos, puede que se esté precipitando pensando en lo peor. Y que siempre tomas decisiones basadas en hechos racionales. Que este paso que vas a dar es necesario, interesante. Que es una oportunidad, un reto, una ocasión para crecer y aprender. Que habrá muchos obstáculos en el camino, pero al final merecerá la pena.

Que tiene para rato, porque no piensas tirar la toalla. Así que: miedo, ponte cómodo, porque esto lo gana el que ría último… y aún no he empezado a reírme.

Abróchense los cinturones, que empieza la aventura.

Brunetina y Manolito

Hace ya años de esto, pero Brunetina se acuerda como si hubiera ocurrido ayer. Quizás porque todo aquello que te pasa de niño se magnifica y deja huella en tu cerebro. O quizás porque le gustan tanto los animalitos que ese tipo de anécdotas siempre están más en la superficie, cercanos, tiernos, al alcance cuando una tarde con los amigos le apetece contar algo simpático de cuando era pequeña.

Al tema: Brunetina tenía un ratón. Sí, eso es. En la casa de Cardiff resulta que había un visitante y se hizo uno más de la familia. Hubo que ponerle nombre, claro, porque no se puede vivir en amor y compaña sin tener forma de llamarlo. Manolito, se llamaba. Algo muy castizo, claro, en honor a los orígenes y fruto de ese pesar que siempre acompaña a los exiliados, ese amor por la patria y añoranza por volver.

Manolito era como se supone que deben ser los ratones: pequeño, tímido, escurridizo y amante del queso. Y por eso le ponían queso, para que él saliera a tomarse una tapa de vez en cuando. Y a Brunetina le encantaba observarlo, llamarlo, ponerle la comida.

Pero toda buena historia tiene un final, porque nada es para siempre, porque todo lo bueno algún día se termina. Y le explicaron a Brunetina que Manolito tenía que mudarse, que su familia estaba fuera, que había que ayudarlo a salir de la casa. Y se pusieron todos manos a la obra: vamos a poner queso en una caja, que entre, y así salimos y lo dejamos con la caja abierta en la calle para que vaya a buscar a los suyos. Y tenía sentido. Así se hizo, de hecho. Brunetina iba con su hermano y la caja, con Manolito dentro, pero notó que no se movía. ¿Por qué no se mueve? Y su hermano le dijo: es que se está haciendo el muerto, no veas si es listo Manolito, vamos a soltarlo fuera y nos escapamos de puntillas, para no molestarlo. Y, en cuanto no nos vea, se irá como una bala. Y ella, feliz, convencida, sonriente. Corriendo a casa de puntillas, que no nos oiga Manolito.

Qué sorpresa fue para Brunetina descubrir la realidad muchos años después en una comida familiar. Contaba ella la historia a su manera, como la había vivido, como solemos hacer con los recuerdos. Y, por desgracia, descubrió que Manolito no se había hecho el muerto, no. El pobre ratón no era tan buen actor como ella creía. Aunque en su momento creyó ciegamente en lo que le contaron – quizás porque deseaba que fuera verdad, quizás porque su familia estaba tan sorprendida como ella de que Manolito no hubiera resistido el entrar en la caja del quesito trampa.

Manolito: allá donde estés, se te echa de menos. Espero que te estén dando buen queso y agua fresquita, que era lo que más te gustaba.

Olores

Ves los anuncios… esa chica corriendo vestida con gasa rosa, melena rubia el viento, las olas del mar, una sonrisa, un hombre perfecto que la abraza y le da vueltas en el aire. Felicidad, amor, risas, sol, playa, alegría. Es un anuncio de perfume. Lo sabes porque cuando se ven imágenes de ese tipo y no entiendes bien de lo que va el tema, casi seguro que van a anunciar alguna fragancia.

No los culpas, no puede ser fácil tener que plasmar en imágenes lo que supone un perfume. Lo que se siente cuando vas andando por la calle y una nube de un olor reconocido te sacude. Cierras los ojos, paras en seco, te giras hacia esa fragancia. Quieres saber quién la lleva. Miras y… no, no es quien creías. Pero te ha venido su imagen a la mente, su voz, sus ojos, su sonrisa, su tacto. Su yo.

Porque los olores son tan personales que una de las cosas más difíciles es regalarle a alguien un perfume, por mucho que conozcas a la persona. Da igual que sea alguien cercano; sin su nariz y su forma de experimentar el olfatear ese frasco, es imposible saber si estás errando. Porque le puede gustar el olor dulce, o a jazmín, o a roble, o a césped recién cortado, o a bebé que acaban de sacar del baño. Pero, sobre todo, porque no hay dos personas que huelan igual usando la misma fragancia.

Ese perfume se funde con el olor de la piel de quien lo usa y se convierte en algo único, irrepetible, reconocible, inolvidable. Se convierte en su esencia, en el olor a tu amiga, tu mejor amigo, tu abuela, tu madre, tu vecino, tu amante, tu marido. Porque la piel que hay bajo esas pulverizaciones tiene un olor característico que le imprime al perfume recién sacado de la caja una personalidad, un carácter, una forma de ser y de existir en el mundo.

Y es que no hay nada más personal que el olor, más íntimo, más inimitable, más perdurable, más atractivo, más especial. Su olor. Tu olor.

Brunetina y los consejos

Hay muchas cosas que te dicen a lo largo de la vida. Son pequeñas recomendaciones que sueles anotar mentalmente para cuando las necesites. Pero Brunetina tiene dos consejos, muy sencillos, que aplica casi diariamente. Consejos que puede que sean útiles a casi cualquier persona – niño o adulto.

Son, a saber:

  • Las cosas, de una en una. Gran consejo materno, fruto de unos arrechuchos de Brunetina en los que se quejaba de no poder abarcarlo todo (estudiando o trabajando, sirve en ambas circunstancias). Su madre, con esa sabiduría que da crear vida, le dijo: “me da igual que tengas cien cosas pendientes, no puedes hacerlas todas a la vez. Así que las apartas todas y las vas cogiendo de una en una. Solo tienes que encargarte de una cosa, la que tengas delante. Olvida por completo las demás”. Y Brunetina pensó que era la mejor idea que había oído nunca. Y es que no le faltaba lógica. Porque solemos querer terminar todo a la vez, poniendo en práctica es mala manía que tenemos de aparentar que podemos hacer muchas cosas a la vez. Y, al final, por tanto obsesionarnos con abarcarlo todo… hacemos poco y mal, aparte de acabar derrotados y frustrados por no haber cumplido con nuestras propias expectativas.
  • No se te olvide respirar. Consejo paterno que se basaba en la idea de: “cuando te agobies, necesitas darle un chute de oxígeno al cerebro. Así que vete a un sitio aparte, cierra los ojos y toma aire. Pero tómalo de verdad, llena los pulmones, y luego lo expulsas. Muy lentamente, disfrutando de cada segundo. Así, hasta tres veces. Y verás como te calmas”. Brunetina pensaba que esto sonaba demasiado sencillo para poder funcionar, pero – como siempre ante los consejos de sus padres- se equivocaba. Y descubrió que el oxígeno al cerebro es como el sol a las flores. Y que era tan sencillo como tomarlo a conciencia, poco a poco y durante unos segundos. Pura magia.

Y con esos dos consejos vive Brunetina cualquier tropiezo en su día a día, cualquier preocupación, disgusto, despiste o comedura de coco. Esos consejos que suelen llamar de otra manera, mucho más comercial que lo que se lee arriba – algo del tipo mindfulness o meditación. Pero, no os dejéis llevar por palabras salidas de mentes marketinianas… Estaba todo inventado ya de antes: las cosas de una en una, y no se os olvide respirar.

Porque los mejores consejos siempre vienen de los que trajeron al mundo y te lo dieron todo. Algo que olvidas de adolescente, pero que sabes bien de adulto. Y que nunca olvidarás.

Crece

Al principio piensas que no vas a poder, que es algo que siempre se te ha resistido por algo. Quizás no hayas nacido para eso, quizás sea pura torpeza. Puede que hicieras algo muy malo en otra vida y por eso en esta te impiden conseguir hacer esto bien. Y, por todo eso que te da vueltas en la cabeza, lo pospones. Lo dejas estar. Lo olvidas. Lo asumes con resignación.

Pero una buena mañana piensas: ¿y si lo veo como un reto? Es decir: ¿y si pienso que no es algo que nunca vaya a conseguir sino algo que deba intentar con mayor dedicación? Solo se trata de trazar un plan y seguirlo paso a paso. Es decir, que si me lo propongo, lo consigo. ¿Por qué no? ¿Por qué no ponerle ganas en lugar de tirar la toalla?

Y lo haces: te paras a pensar, decides cómo lo vas a hacer y te ciñes al plan establecido. Al principio, con ciertas reticencias. Esto no puede ser tan fácil. No porque lo piense con fuerza me va a salir mejor que las veces anteriores. ¿O sí? Quizás mi propio derrotismo me impedía intentarlo con ganas, con la ilusión que se merece.

Así pasan los días, las semanas, los meses. Y una buena mañana te das cuenta de que sí, de que era cuestión de ponerle ganas. De que no era torpeza, sino falta de fe en tu propia persona. Y no puedes evitar sonreír mientras miras las nuevas hojas de tu planta. Bueno, de tus plantas, que ya son dos. Porque, viendo que no matabas a la primera, te animaste a tener una segunda. Y así descubriste que no se te daban mal las plantas, simplemente no sabías cómo tratarlas. Era una cuestión de aprender, de tener paciencia y ganas de hacerlo bien. Y la planta te lo agradeció creciendo, siendo cada mes más frondosa y alegrando a todo aquel que quisiera mirarla.

Porque las plantas también notan el cariño, las ganas y la paciencia. Y, si sabes escucharlas y entender lo que necesitan, te lo recompensarán con creces. Porque no se trata de ver cómo crece, sino de crecer con ella.