Se siente

Ese libro no se lee, se siente… El tacto de su portada, el olor de sus páginas, el sabor tras aspirar el aroma de la tinta negra sobre el blanco de sus hojas recién sacadas de la imprenta. El sonido cuando lo dejas en la mesita de noche, no queriendo separarte de él pero sabiendo que no puedes retrasar más el ir al baño, a por agua, a contestar el teléfono, al supermercado, a sacar al perro, a tender la ropa… a hacer cualquiera de las anodinas tareas cotidianas durante las cuales seguirás pensando en él, en ellos, en lo que viven, en lo que están sintiendo, en lo que les depara el destino. Ese vivir cotidiano que te aleja de las añoradas páginas que te transportan a otro mundo y te abstraen de una realidad que ya no te interesa.

Te interesa él, sus recuerdos, su familia, su pasión por esa melena pelirroja y por las palabras. Las calles de ese pueblo de infancia, la necesidad de escapar del lugar de nacimiento, la sed por beber la modernidad fuera de un entorno marcado por la guerra, la posguerra, el hambre, las envidias, el miedo a lo desconocido, la desconfianza ante un idioma que aparece en cada esquina en canciones que desafían el orden establecido – interpretadas por seres melenudos, con pelo de chica y movimientos obscenos, con una legión de seguidoras que se desgañitan y desmayan a su paso, que se olvidan del pudor y los buenos consejos maternos en la presencia de chicos totalmente desconocidos y claramente lascivos.

Esa inevitable necesidad de huir de lo conocido para encontrarse a uno mismo en lo desconocido. El descubrimiento, con el paso de que los años, de que el abandono solo era una forma de conseguir madurar para entender que tu familia lo es todo – que eres quien eres gracias a ese pueblo, esos orígenes, esas raíces que repudiabas pero que ahora te definen más que nunca. Entender que tenías que irte para poder volver. Y ver a ese abuelo en esa casa – olerlo, sentirlo y querer abrazarlo. Su abuelo, tu abuelo.

El libro que venera todos los sentidos es, sin duda, “El jinete polaco”, del creador de realidad ensoñadora más potente que haya existido nunca, y a su vez poeta en prosa, Antonio Muñoz Molina.

Brunetina y el mar

A Brunetina no le gusta la playa, vaya eso por delante. Y no es que tenga algo en contra de la arena, o del mar y sus olas. Es que solo de pensar en tener que ponerse al sol a las cuatro de la tarde en julio, rodeada de familiones, con niños corriendo alrededor llenándole la toalla de arena, señoronas contando el cotilleo de la Esteban a voces a sus amigas, grupos de adolescentes oyendo trap a toda pastilla en el móvil mientras intentan encontrar la pose que más abdominales y biceps les saque – mientras ellas se hacen el selfie de rigor poniendo morritos y sacando pecho, la orilla llena de algas, el mar lleno de basura, la arena – que te abrasa los pies – con sus correspondientes colillas y latas de resfrescos abandonadas, el coche aparcado a 3km porque era imposible dejarlo cerca de la playa – con gorrilla o sin él… solo de pensar en ese escenario le hace querer abrir el armario e irse al mundo de Narnia de cabeza, con un buen abrigo de plumas y una bufanda a juego.

Pero el mar, ay, eso ya es otra cosa. Porque estar en el sofá tirada y pensando en por qué hace 40 grados y cuándo volverá el frío… mientras alarga la mano para coger el mando a distancia del aire acondicionado, no es vida. Lo que realmente apetece es coger un bañador retro, una toalla, un capazo y salir hacia la playa. Y encontrar aparcamiento a la primera, nada de levante, un poco de sol – pero no en exceso-, tener una sombrilla, poder plantarla cerca de la orilla, para que la brisa marina le refresque la piel mientras ve las olas romper y a las gaviotas de lejos. ¿Número de personas en la playa? Pocas, y silenciosas. Un señor mayor dando un paseo por la orilla, una mujer tomando el sol en su hamaca, una parejita en la orilla intentando entrar en el agua de a poquitos, tres niños haciendo un castillo de arena con la concentración de un adulto haciendo un sudoku. Una amalgama de personas, vidas cruzadas, sensaciones, situaciones… con el mar de fondo. El mar frío, sin algas, limpio. Las olas rompiendo con fuerza, pero no tanta como para que ondee la bandera roja. Ir hacia ellas poco a poco, sin prisa, respirando el aire puro y evitando molestar a los niños del castillo en el camino. Poner los pies en el agua y sentir el frío recorrer desde la punta de los dedos hasta la nuca. Esa sensación de frescor, de alivio, de disfrutar del descanso de guerrero en la naturaleza. Y entrar en el agua sin prisa, esquivando las olas, yendo de lado para evitar el impacto directo. Y, en un momento dado, soltarse la coleta y zambullirse de cabeza. Y bucear. Sacar la cabeza, mirar alrededor, y nadar. Parar de nadar y quedarse flotando, dejando que la marea te meza y te abrace con sus partículas de sal. Cerrar los ojos y sentir la mayor de las relajaciones. Y sentir, solo sentir… los pies, las piernas, las manos. Y abandonarse.

Porque a Brunetina el mar sí que le gusta.

Pánico escénico

El miedo como forma de vida. Como motor principal de tu día. Como cristal de las gafas que llevas puestas para ver el mundo. Como amigo inseparable que no deje de susurrarte ideas negativas al oído. Como fiel escudero que te hace más mal que bien.

Se dice que el miedo es bueno, que es una respuesta natural del organismo ante situaciones desconocidas o potencialmente peligrosas. Que es lo que nos ha permitido sobrevivir como especie. Que es aquello que nos protege de hacernos daño o, incluso, matarnos. De adentrarnos en lugares que podrían hacer peligrar nuestras vidas. O de acercarnos a quienes podrían dañarnos.

Pero el miedo, a veces, se pasa de precavido y nos hace daño. Porque, con la excusa de que él mira por nuestro bien, se nos sienta en el hombro – cual loro – y se pone a soplarnos cosas en la oreja. Y esas cosas, a veces, no son positivas. Bueno, nunca suelen serlo. Pero, en algunos casos, no nos hacen bien. Y ese miedo, fiel amigo, nos coge de la mano y no nos suelta. Y no le da la real gana de dejarnos en paz. De dejarnos vivir, de permitirnos seguir el camino que tenemos marcado, la decisión que hemos tomado.

A veces hay que aprender a convivir con él, a no tenerle miedo al propio miedo, a decirle que entiendes que te dice las cosas por tu propio bien… pero que sabes cuidar de ti mismo. Y que, aunque los argumentos que te da no son inciertos, puede que se esté precipitando pensando en lo peor. Y que siempre tomas decisiones basadas en hechos racionales. Que este paso que vas a dar es necesario, interesante. Que es una oportunidad, un reto, una ocasión para crecer y aprender. Que habrá muchos obstáculos en el camino, pero al final merecerá la pena.

Que tiene para rato, porque no piensas tirar la toalla. Así que: miedo, ponte cómodo, porque esto lo gana el que ría último… y aún no he empezado a reírme.

Abróchense los cinturones, que empieza la aventura.

Brunetina y Manolito

Hace ya años de esto, pero Brunetina se acuerda como si hubiera ocurrido ayer. Quizás porque todo aquello que te pasa de niño se magnifica y deja huella en tu cerebro. O quizás porque le gustan tanto los animalitos que ese tipo de anécdotas siempre están más en la superficie, cercanos, tiernos, al alcance cuando una tarde con los amigos le apetece contar algo simpático de cuando era pequeña.

Al tema: Brunetina tenía un ratón. Sí, eso es. En la casa de Cardiff resulta que había un visitante y se hizo uno más de la familia. Hubo que ponerle nombre, claro, porque no se puede vivir en amor y compaña sin tener forma de llamarlo. Manolito, se llamaba. Algo muy castizo, claro, en honor a los orígenes y fruto de ese pesar que siempre acompaña a los exiliados, ese amor por la patria y añoranza por volver.

Manolito era como se supone que deben ser los ratones: pequeño, tímido, escurridizo y amante del queso. Y por eso le ponían queso, para que él saliera a tomarse una tapa de vez en cuando. Y a Brunetina le encantaba observarlo, llamarlo, ponerle la comida.

Pero toda buena historia tiene un final, porque nada es para siempre, porque todo lo bueno algún día se termina. Y le explicaron a Brunetina que Manolito tenía que mudarse, que su familia estaba fuera, que había que ayudarlo a salir de la casa. Y se pusieron todos manos a la obra: vamos a poner queso en una caja, que entre, y así salimos y lo dejamos con la caja abierta en la calle para que vaya a buscar a los suyos. Y tenía sentido. Así se hizo, de hecho. Brunetina iba con su hermano y la caja, con Manolito dentro, pero notó que no se movía. ¿Por qué no se mueve? Y su hermano le dijo: es que se está haciendo el muerto, no veas si es listo Manolito, vamos a soltarlo fuera y nos escapamos de puntillas, para no molestarlo. Y, en cuanto no nos vea, se irá como una bala. Y ella, feliz, convencida, sonriente. Corriendo a casa de puntillas, que no nos oiga Manolito.

Qué sorpresa fue para Brunetina descubrir la realidad muchos años después en una comida familiar. Contaba ella la historia a su manera, como la había vivido, como solemos hacer con los recuerdos. Y, por desgracia, descubrió que Manolito no se había hecho el muerto, no. El pobre ratón no era tan buen actor como ella creía. Aunque en su momento creyó ciegamente en lo que le contaron – quizás porque deseaba que fuera verdad, quizás porque su familia estaba tan sorprendida como ella de que Manolito no hubiera resistido el entrar en la caja del quesito trampa.

Manolito: allá donde estés, se te echa de menos. Espero que te estén dando buen queso y agua fresquita, que era lo que más te gustaba.

Olores

Ves los anuncios… esa chica corriendo vestida con gasa rosa, melena rubia el viento, las olas del mar, una sonrisa, un hombre perfecto que la abraza y le da vueltas en el aire. Felicidad, amor, risas, sol, playa, alegría. Es un anuncio de perfume. Lo sabes porque cuando se ven imágenes de ese tipo y no entiendes bien de lo que va el tema, casi seguro que van a anunciar alguna fragancia.

No los culpas, no puede ser fácil tener que plasmar en imágenes lo que supone un perfume. Lo que se siente cuando vas andando por la calle y una nube de un olor reconocido te sacude. Cierras los ojos, paras en seco, te giras hacia esa fragancia. Quieres saber quién la lleva. Miras y… no, no es quien creías. Pero te ha venido su imagen a la mente, su voz, sus ojos, su sonrisa, su tacto. Su yo.

Porque los olores son tan personales que una de las cosas más difíciles es regalarle a alguien un perfume, por mucho que conozcas a la persona. Da igual que sea alguien cercano; sin su nariz y su forma de experimentar el olfatear ese frasco, es imposible saber si estás errando. Porque le puede gustar el olor dulce, o a jazmín, o a roble, o a césped recién cortado, o a bebé que acaban de sacar del baño. Pero, sobre todo, porque no hay dos personas que huelan igual usando la misma fragancia.

Ese perfume se funde con el olor de la piel de quien lo usa y se convierte en algo único, irrepetible, reconocible, inolvidable. Se convierte en su esencia, en el olor a tu amiga, tu mejor amigo, tu abuela, tu madre, tu vecino, tu amante, tu marido. Porque la piel que hay bajo esas pulverizaciones tiene un olor característico que le imprime al perfume recién sacado de la caja una personalidad, un carácter, una forma de ser y de existir en el mundo.

Y es que no hay nada más personal que el olor, más íntimo, más inimitable, más perdurable, más atractivo, más especial. Su olor. Tu olor.

Brunetina y los consejos

Hay muchas cosas que te dicen a lo largo de la vida. Son pequeñas recomendaciones que sueles anotar mentalmente para cuando las necesites. Pero Brunetina tiene dos consejos, muy sencillos, que aplica casi diariamente. Consejos que puede que sean útiles a casi cualquier persona – niño o adulto.

Son, a saber:

  • Las cosas, de una en una. Gran consejo materno, fruto de unos arrechuchos de Brunetina en los que se quejaba de no poder abarcarlo todo (estudiando o trabajando, sirve en ambas circunstancias). Su madre, con esa sabiduría que da crear vida, le dijo: “me da igual que tengas cien cosas pendientes, no puedes hacerlas todas a la vez. Así que las apartas todas y las vas cogiendo de una en una. Solo tienes que encargarte de una cosa, la que tengas delante. Olvida por completo las demás”. Y Brunetina pensó que era la mejor idea que había oído nunca. Y es que no le faltaba lógica. Porque solemos querer terminar todo a la vez, poniendo en práctica es mala manía que tenemos de aparentar que podemos hacer muchas cosas a la vez. Y, al final, por tanto obsesionarnos con abarcarlo todo… hacemos poco y mal, aparte de acabar derrotados y frustrados por no haber cumplido con nuestras propias expectativas.
  • No se te olvide respirar. Consejo paterno que se basaba en la idea de: “cuando te agobies, necesitas darle un chute de oxígeno al cerebro. Así que vete a un sitio aparte, cierra los ojos y toma aire. Pero tómalo de verdad, llena los pulmones, y luego lo expulsas. Muy lentamente, disfrutando de cada segundo. Así, hasta tres veces. Y verás como te calmas”. Brunetina pensaba que esto sonaba demasiado sencillo para poder funcionar, pero – como siempre ante los consejos de sus padres- se equivocaba. Y descubrió que el oxígeno al cerebro es como el sol a las flores. Y que era tan sencillo como tomarlo a conciencia, poco a poco y durante unos segundos. Pura magia.

Y con esos dos consejos vive Brunetina cualquier tropiezo en su día a día, cualquier preocupación, disgusto, despiste o comedura de coco. Esos consejos que suelen llamar de otra manera, mucho más comercial que lo que se lee arriba – algo del tipo mindfulness o meditación. Pero, no os dejéis llevar por palabras salidas de mentes marketinianas… Estaba todo inventado ya de antes: las cosas de una en una, y no se os olvide respirar.

Porque los mejores consejos siempre vienen de los que trajeron al mundo y te lo dieron todo. Algo que olvidas de adolescente, pero que sabes bien de adulto. Y que nunca olvidarás.

Crece

Al principio piensas que no vas a poder, que es algo que siempre se te ha resistido por algo. Quizás no hayas nacido para eso, quizás sea pura torpeza. Puede que hicieras algo muy malo en otra vida y por eso en esta te impiden conseguir hacer esto bien. Y, por todo eso que te da vueltas en la cabeza, lo pospones. Lo dejas estar. Lo olvidas. Lo asumes con resignación.

Pero una buena mañana piensas: ¿y si lo veo como un reto? Es decir: ¿y si pienso que no es algo que nunca vaya a conseguir sino algo que deba intentar con mayor dedicación? Solo se trata de trazar un plan y seguirlo paso a paso. Es decir, que si me lo propongo, lo consigo. ¿Por qué no? ¿Por qué no ponerle ganas en lugar de tirar la toalla?

Y lo haces: te paras a pensar, decides cómo lo vas a hacer y te ciñes al plan establecido. Al principio, con ciertas reticencias. Esto no puede ser tan fácil. No porque lo piense con fuerza me va a salir mejor que las veces anteriores. ¿O sí? Quizás mi propio derrotismo me impedía intentarlo con ganas, con la ilusión que se merece.

Así pasan los días, las semanas, los meses. Y una buena mañana te das cuenta de que sí, de que era cuestión de ponerle ganas. De que no era torpeza, sino falta de fe en tu propia persona. Y no puedes evitar sonreír mientras miras las nuevas hojas de tu planta. Bueno, de tus plantas, que ya son dos. Porque, viendo que no matabas a la primera, te animaste a tener una segunda. Y así descubriste que no se te daban mal las plantas, simplemente no sabías cómo tratarlas. Era una cuestión de aprender, de tener paciencia y ganas de hacerlo bien. Y la planta te lo agradeció creciendo, siendo cada mes más frondosa y alegrando a todo aquel que quisiera mirarla.

Porque las plantas también notan el cariño, las ganas y la paciencia. Y, si sabes escucharlas y entender lo que necesitan, te lo recompensarán con creces. Porque no se trata de ver cómo crece, sino de crecer con ella.

Brunetina y el sueño

Te pesan los párpados, te cuesta fijar la vista. Parpadeas, te frotas el ojo izquierdo, el derecho, te secas algunas lágrimas. Vale, de acuerdo, parece que ya puedo seguir leyendo. Ah, pues no puedo, no. Bueno, de acuerdo, cierro el libro este y me pongo una serie. Mira, esta serie es divertida, seguro que me espabilo. Títulos de crédito, saludos iniciales, un par de bromas. Ay, espera, que se me cierran los ojos. Vaya, parece que cada vez parpadeo más lento. No puede ser, no me estoy enterando de nada. ¿Qué acaba de pasar? Pues juraría que esa actriz es nueva, claro, como que parece que he parpadeado durante diez minutos… No me extraña que no me esté enterando de nada.

Apagas el portátil, lo cierras, te desperezas, te estiras, coges el móvil. Mira, me han escrito. Uf, me cuesta contestar algo ocurrente. Espera, una notificación… bah, ni soy capaz de entender esa foto. Mejor programo las alarmas y bloqueo el móvil.

No quiero dormirme, no quiero acostarme, no quiero darme por vencida. Pero es que ya ni siento los músculos del cuerpo, el cerebro hace tiempo que está soñando. Mejor apago la luz y me acurruco de lado. Un ratito, solo un ratito.

Y es que el sueño siempre fue la criptonita de Brunetina – no hay necesidad básica que pese más en su organismo.

Buenas noches.

Es mental

Respiras un poco más fuerte, aunque no puedes percibirlo. Lo intuyes porque cuando estás a punto de adelantar a alguien, mira hacia atrás según te acercas. Se ve que tu aliento te precede. Coge aire por la nariz, expúlsalo por la boca. Intenta hacer respiraciones profundas, acompasar los latidos, calmar el cuerpo para poder cumplir con el plan establecido.

Un paso, otro más… ya no tienes piernas. Eres un robot en funcionamiento, se suceden los movimientos mecánicos, se mezcla el sudor con el calor, el cansancio, el agotamiento. No, eso no, aún no has terminado tu ruta. No puedes darte por vencida, no debes dejar que eso ocurra. Pero… cuesta trabajo. Te duele el costado, parece que no has respirado todo lo bien que creías. Y sientes la alergia, que te ralentiza. Te pican los ojos – eso es que te ha entrado sudor. Hablando de sudor, si te intentan abrazar, te escapas cual pastilla de jabón recién usada. Mira, justo a tu derecha, tres amigas tomando una caña en una terraza. Anda, a la izquierda, un perrito muy mono – tienes unas ganas tremendas de parar para acariciarlo. Jo, se te ha metido algo en el ojo. Vaya, te acabas de tragar un mosquito – eso te pasa por no cerrar la boca. Si se veía venir. ¿Y estos pasos? Me acabo de ver reflejada en ese cristal y parezco alguien que necesite que le concedan la extrema unción. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Por qué lo estoy haciendo? No valgo, no sé, no puedo. No voy a ser capaz. Es un esfuerzo inútil. No sirve de nada. No me luce. No me gusta. No me lo estoy pasando bien. No mejoro. No avanzo. Mira aquel, me ha adelantado como si nada. Me duele todo, quiero parar, no pienso volver a correr, no sé qué hago aquí, no entiendo por qué pensé que esto era una buena idea, no sé hacerlo, no puedo, no nací para esto. Me ahogo, quiero parar, no puedo un segundo más.

Miras Runtastic y no vas tan mal, has recorrido mucho más de lo que esperabas y encima lo has hecho rápido. No puedes parar ahora, no lo dejes. No dejes que tu cerebro te engañe, te diga que eres incapaz, te impida cumplir con tu plan de entrenamiento. Venga, un último empujón y llegas a casa. No tires la toalla ahora, deja de buscar excusas. Dile a tu demonio mental que deje de ponerte palos en las ruedas porque no piensas parar. Tu cuerpo puede, estás preparada. Solo te queda lo más difícil: callar las voces de tu cabeza. ¿Sabes por qué? Porque el deporte no es físico, es algo mental.

BRUNETINA Y SU TÍA

Parece que fue ayer, por aquello de que el tiempo pasa volando (algo que de niña dices sin pensar, pero que de adulta sientes cual puñal que se te clava entre las costillas), pero el 25 de abril de 2016 Brunetina recibió la peor noticia que puede recordar en su no tan breve existencia: la muerte de su tía materna, su madrina, su segunda madre.

Son circunstancias cotidianas, al fin y al cabo, nadie está libre de venir al mundo tan solo como deberá abandonarlo – con suerte, en muchísimos años… con menos suerte, siendo joven aún. Pero resulta que eso que es tan cotidiano, tan natural, tan normal… parece que se te haga antipático cuando los astros se alinean y te toca a ti – no en primera persona, claro, pero pasando muy de cerca y notando el aliento de la señora de la guadaña en la oreja. Y, entre otras muchas cosas, sientes una rabia e impotencia que no se pueden expresar con palabras. Que sí, que lo intentas, y por eso existe este blog – como muestra, un botón, que dirían los clásicos. Pero esa noticia, que no te pilla por sorpresa, te deja un nudo en la garganta que te impide funcionar como una persona normal.

Ya no eres un ser humano, eres un robot. Porque esos miedos que te mantenían despierta por la noche, que te hacían correr con la nieve de cara, que te ponían a hacer listas de tareas por cumplir sin fin… esos miedos se han materializado. Y no hay nada ni nadie que pueda salvarte de la noticia que te acaban de dar: se ha ido. Sin mirar atrás, sin remedio, sin posibilidad de arrepentimiento. Tu tía, esa persona a la que conoces desde hace 35 años, acaba de abandonar la faz de la tierra.

Es curioso, porque no pasa como en las películas. No te pones a gritar, o a llorar, o a correr desconsolada por las calles de la ciudad. No. Simplemente cuelgas el teléfono y sigues andando, por el camino que ibas, en la misma dirección, con el piloto automático, sin tener la más mínima idea de dónde ibas y por qué. No ocurre nada, ¿sabes? Nada digno de mención, nada que pueda aparecer en tu serie preferida o en tu novela de cabecera. El mundo sigue exactamente igual – miras alrededor y nada ha cambiado. Nada. Los coches siguen circulando, la gente se cruza contigo (algunos se chocan, ofuscados, pero los pobres no saben el estado en el que te encuentras). La vida sigue, irónicamente. La suya, por desgracia, no. ¿Pero la de los demás? Exactamente igual que antes de que recibieras la llamada, esa llamada que no querías recibir pero que llevabas semanas temiendo que tendría lugar.

La sensación, tan desagradable, es de estupor. Ante la muerte no sabemos lo que hacer, lo que decir, lo que sentir. Y nos quedamos como entumecidos, catatónicos, sorprendidos, asombrados. De repente eres consciente de la fugacidad de la vida y de tu propia mortalidad y se te congela el mundo alrededor. Es como si te hubieran quitado un brazo, o una pierna, o un órgano, o una oreja. Es como que, de repente, sigues tu camino faltándote algo – aunque no sabes muy bien el qué. Es una sensación muy desagradable, rara, incómoda. Es un sentimiento que no entiendes, que no eres capaz de expresar con palabras, que no puedes comunicar a los que te rodean. Algo que no es como imaginabas y ante lo que no sabes reaccionar.

Así que sigues tu camino, de manera un tanto automática, cual sonámbula… y pretendes que las cosas sean como antes, como siempre, como han sido y como serán. Porque, por algún motivo que desconoces, no puedes llorar, ni desahogarte, ni sacar fuera lo que sea que se supone que llevas dentro. Y te vas, a casa, y sientes que te sobran las paredes, los muebles, los brazos, las piernas, los ojos, el corazón y el cerebro. Así que sales. Te vas a una terraza y te pides una cerveza, esperando que lo que te comentan sirva para distraerte de lo que realmente ha ocurrido. Porque la verdad es que no eres muy consciente de lo que ha pasado.

Y al día siguiente vas a trabajar, y no quieres hablar del tema. Te dan el pésame, te quieren comentar cosas… Pero, para qué mentir, lo último que te apetece es hablar de eso, de lo que ha pasado, de ella, de su ausencia, del viaje sin retorno. Y pocos días después estás en un tren camino de casa, recorriendo un trayecto que se te hace nuevo porque nunca te había pasado llegar y no verla. Y llegas, y no la ves, y te montas en otro bus, y te vas a la feria. Y pides comida, y bebida, y oyes, y hablas, y posas en fotos, y bailas. Pero, de repente, notas que ese agujero en el estómago que tienes desde el lunes se agranda. Empieza a ser demasiado grande, se ensancha, se amplía y parece que estés en un centrifugado de una lavadora. Y en el momento más tonto de la tarde… empiezas a llorar sin consuelo. Las lágrimas te caen por la cara y ya no eres capaz de seguir con el piloto automático. Sólo quieres llorar, sacar la rabia que llevas dentro, el dolor, la pena, la impotencia, el desgarro. Y te vas a casa.

Poco sabía Brunetina entonces que ese momento, justo ese, era en el que empezaría a curarse. Porque es imposible salir de un pozo sin haber tocado fondo, porque solo puedes empezar a vivir la vida sin alguien cuando realmente le digas adiós, la llores, la dejes ir. Porque la vida sin ella es otra, pero no indigna de vivir. Porque su recuerdo merece que, al menos, intentes hacer las cosas con la misma pasión que siempre las has hecho.

Porque tu tía no está, pero su recuerdo no te abandona. Y por él, por ella, has sido capaz de crear este blog. Porque ha pasado un año y has conseguido escribir esto sin derramar una sola lágrima.

La vida sigue, irremediablemente.

SIN PRISA

Suena la alarma, la apagas (por la tercera vez), te desperezas, bostezas, vas hacia la ducha. Se suceden desayuno, acicalamiento, ropa, viaje en metro, trabajo, reuniones, obligaciones, compras deporte. No te da tiempo a nada, sabes que los días son demasiado cortos y que podrías llenarlos aunque tuvieran 70 horas.

Lo haces porque tienes que hacerlo, porque es lo correcto, porque es lo que toca, porque se supone que debes. Y si… ¿no fuera cierto? Si existieran otras opciones, otras formas de plantear el día, otras formas de vivir la vida, de exprimirla, de aprovechar cada segundo sin sentir que se te escapa como arena entre los dedos.

Para un momento y piensa: ¿qué harías si no tuvieras que seguir con esa rutina establecida? Con esos horarios, esos compromisos, esas obligaciones, esas pequeñas manías hechas rutina a base de repetición diaria. A lo mejor querrías dormir más, o despertar sin alarma, o quedarte mirando el sol por la ventana desde la cama mientras oyes el canto de los pájaros en los árboles vecinos. ¿Qué tal un desayuno homenaje? Un zumo recién hecho, una tostada de aguacate con huevos escalfados, un cuenco de granola con frambuesas y plátano, un batido con yogur, leer las noticias con la radio de fondo. Sin pensar en el paso siguiente, sin prisa.

¿Y si no tuvieras que ir a la oficina? Si pudieras dedicar la mañana a ir al gimnasio, a leer ese libro que te lleva esperando semanas sobre la mesa, a dar un paseo por el parque o por la playa. Si pudieras pensar lo que te apetece comer ese día, ¿tomarías algo recalentado en un taper? Quizás preferirías ir al mercado a por productos frescos y tomar algo hecho con cariño, con pausa, sin prisa. Algo que se sirve y se come con una copa de vino o una cerveza bien fría.

Por la tarde, quizás, pequeña siesta tras la comida. Y luego, a lo mejor, una serie, o película. O acercarte a esa exposición que llevas tiempo queriendo ver y rematar el día tomando algo con unos amigos en el bar que tienes en tu lista de pendientes.

Porque las mejores cosas de la vida no solo son gratis, sino que suelen llevar tiempo y no son amigas de la prisa, de la rigidez, de la ausencia de flexibilidad, de la falta de descanso, de la mente cerrada a nuevas oportunidades o formas de hacer las cosas. Es como el amor arrebatado de las películas. Ese galán atormentado, volátil, desquiciado. Ese hombre terriblemente atractivo de la pantalla que trata mal a toda mujer que se le acerca, ese protagonista que tiene un motivo oculto de su pasado que le hace despreciar al género femenino pero cuyo físico le hace ser perdonado por cuanta fémina huele sus feromonas a cien kilómetros de distancia. Es el personaje principal que todos tenemos en la mente, es ese chico que tan pronto quiere arrebatadamente como se olvida de ella y se va con otra, o se va de fiesta y olvida hasta de su propio nombre, pero que vuelve de rodillas y llorando. Es esa persona que no es de fiar, esa persona que se vale de sus encantos para poder atrapar a su presa, pero que luego no la valora lo suficiente como para dedicarle el trato que se merece. Y por eso, a partir del momento en el que consigue captar su atención y vencer su resistencia, se dedica a tener explosiones de amor seguidas de otras de odio, momentos de extrema pasión seguidos de discusiones y desprecios. Esa locura que lo hace especial, único, irrepetible… aunque no es de fiar. Es un amor impredecible, infantil, caprichoso, egoísta… no es amor. Son puros brotes de pasión que acaban en nada, porque lo que necesitas es a alguien que te tienda la mano cuando te caes, que te ayude a levantar cuando tropieces, que te ponga la mano en la frente cuando crea que tienes fiebre, que te vaya a la farmacia cuando te encuentras mal, que te sorprenda con tu piruleta preferida en un día malo, que te dé las buenas noches cada día de la semana, que te vea bien sin pintar, que se ría con tus chistes malos, que vea adorables tus manías, que no se asuste con los cadáveres que tienes en el armario. Alguien que haya venido al mundo para quitarte tus miedos e inseguridades, para demostrarte lo increíble que eres, para animarte a seguir tus sueños, para darte alas, para sacarte una sonrisa cuando más lo necesites. Un amor pausado, tranquilo, de fiar. Un amor real.

Quédate con quien puedas hacerte una bolita en el sofá a comer noodles y ver Netflix – olvida las lentejuelas, porque la pasión se le irá tan pronto como se enciendan las luces de la discoteca. Recuerda: sin prisa todo es mejor.